La religiosidad popular cristiana

 

 

Queridos diocesanos:

Hace unos meses, los Obispos de la provincia eclesiástica valentina os ofrecíamos unas Orientaciones pastorales sobre la religiosidad popular. Su lectura y reflexión nos ayudarán también a la renovación de la vida cristiana y de las comunidades basadas en el encuentro con Jesucristo vivo.

La religiosidad popular es la expresión de la búsqueda de Dios en cada pueblo de acuerdo con su idiosincrasia y su historia. Surge de la apertura a la Trascendencia, a Dios, propia de toda persona humana. Pablo VI escribió que la religiosidad popular es “refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer”. En el ser humano y en los pueblos existe un hondo sentido de lo sagrado, que se expresa de diversas maneras.

Entre nosotros, la religiosidad popular tiene profundas raíces cristianas. Es una religiosidad con la que se expresan la fe en Jesucristo y actitudes propias de la misma. Mediante ella, nuestro pueblo cristiano –especialmente la gente sencilla- vive y expresa su relación con Dios, con Jesucristo, con la Santísima Virgen y con los Santos. La religiosidad popular cristiana es también un espacio válido para el encuentro personal y comunitario con Dios en Jesucristo.

En la Exhortación Evangelii gaudium el Papa Francisco nos recuerda que “hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar”(n. 125). Nuestra actitud ante la religiosidad popular no puede ser la de quien mira desde la distancia y juzga con dureza una realidad que le es ajena: “sólo desde la connaturalidad que da el amor podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres”. Sólo la mirada de fe, penetrada de amor, conoce la riqueza teologal de la religiosidad popular.

El Catecismo de la Iglesia Católica sitúa en su justo lugar la religiosidad popular: “La liturgia sacramental y la de los sacramentales, y la catequesis debe tener en cuenta las formas de piedad de los fieles y de religiosidad popular” (n.1674). En este contexto se enmarcan la veneración de las reliquias, las visitas a los santuarios, las procesiones, las peregrinaciones y romerías, el vía crucis, las danzas religiosas, el rosario, las medallas, etc. El Concilio Vaticano II tiene presente estas acciones populares cuando afirma que la liturgia “es la forma más perfecta de expresar el culto hacia Dios”, pero “no abarca toda la vida espiritual” (SC 12).

En efecto, estas formas de religiosidad popular complementan la vida litúrgica, pero nunca la igualan, ni la sustituyen, aunque en algún caso formen, en cierto modo, parte de la liturgia, como sucede con las procesiones que son prolongación de la procesión simple de entrada, que hace todo sacerdote cuando inicia la misa. Los actos de religiosidad popular son auténticos cuando tienen en cuenta la sagrada liturgia, “derivan en cierto modo de ella y conducen al pueblo a ella, ya que la liturgia por su naturaleza, está muy por encima de ellos” (CEC 1675).

Algunas veces, al sobreabundar el afecto y el sentimiento, se vacían de su verdadero sentido, se desvirtúan y se desvían de sus fines. Entonces necesitan ser purificadas y rectificadas por los pastores de la Iglesia dándoles su motivación teológica y moral. Los mismos fieles, los verdaderos devotos, se dan cuenta cuándo son auténticas y cuándo se vacían de su ser y sirven a intereses que no son del Evangelio.

En general son caminos para la evangelización. Muchas personas encuentran en la religiosidad popular una forma sencilla, más intuitiva, más directa, de expresar su fe y de acercarse a la celebración litúrgica y a la integración más plena en la Iglesia. Estas celebraciones son ocasión propicia para catequizar, explicando el sentido de cada acción de religiosidad popular. A primera vista pueden aparecer como superficiales y hasta manifestaciones folklóricas. Sin embargo son formas de inculturación de la fe, que merecen una reflexión teológica y una atención pastoral. Lo popular es la forma en la que el pueblo llano manifiesta su fe. Por lo tanto la religiosidad popular tiene un valor muy apreciable. Expresa la identidad y el carácter de los pueblos y está en lo más hondo de sus raíces. Por eso hay que cuidarla para que no sea algo residual, ni quede en el mundo de lo profano o caiga en la superstición.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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