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La Virgen María, estrella y camino

Queridos diocesanos:

En unos días comienza el mes de Mayo, el mes dedicado por excelencia a la Virgen María en toda la Iglesia católica; un mes para honrar a la Virgen con flores y cantos, para rezarla, para agradecer su presencia en medio de nosotros, para sentirnos amados por ella y para dar gracias a Dios por tan buena Madre. Así lo haremos en tantas parroquias y familias; con esta fe y devoción marianas celebraremos también el día 3 de mayo, primer domingo del mes, a la Mare de Déu del Lledó, Patrona de Castellón.

Sabemos muy bien que María como una buena madre nunca nos abandona  y siempre está pendiente de nosotros, sus hijos. Puede que su presencia sea muchas veces imperceptible, pero no deja de ser real y eficaz, también en el dolor, la enfermedad, en la tribulación y en la muerte. María nos mira siempre con verdadero amor de Madre. Cada uno de nosotros, nuestras familias, ciudades y pueblos estamos en su corazón; ella cuida de nosotros en nuestros afanes y tareas; ella sufre y ora con nosotros, y nos alienta en estos momentos de especial dificultad por la desoladora pandemia del coronavirus.

María camina siempre con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades. En la actual situación, invoquemos especialmente su protección e intercesión para que la humanidad sea vea liberada pronto de esta tragedia. Como una estrella, María resplandece siempre en nuestro camino como un signo de salvación y de esperanza. Como rezaba san Bernardo, si los vientos de la tentación se elevan, si te encuentras con los arrecifes de la tribulación, mira a la estrella e invoca a María; en los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María.

El Papa Francisco nos pide que cuidemos nuestra relación con la Virgen María. De lo contrario, algo de huérfano hay en nuestro corazón. Siempre tenemos necesidad de la Virgen, en particular en los momentos de dificultad, como los presentes. Hoy os invito a contemplar a la Virgen Maria y aprender de ella a dirigir nuestra mirada a Dios. María es modelo de fe; es estrella y camino que nos lleva a su Hijo, que nos conduce a Dios. Ella, mujer humilde, tenía un alma siempre dispuesta para preguntar y escuchar a Dios, para aceptar y cumplir su voluntad: “Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Cuando el ángel le anunció que Dios la ha elegido para ser Madre de Dios, María pregunta cómo será posible pues no conoce a varón. En la duda no se cierra en sí misma; las dificultades en su vida y en su misión nunca fueron razón para cerrar su corazón a Dios y dejar de confiar en Él.

La fe de la Virgen, su disponibilidad total y su deseo de servir en todo a Dios fueron mucho más fuertes que las dudas y obscuridades ante la misión recibida de Dios. Ella supo acompañar a su Hijo en todo momento -también en el dolor y muerte en la Cruz-: lo sostuvo con su mirada en la pasión, estuvo al pie de la Cruz hasta el final, y acogió en su regazo su cuerpo ya muerto. Pero ella confío siempre en Dios y pudo alegarse en la mañana de la Resurrección.

Pidámosle a María que nos enseñe a ser humildes como ella. Humildad es vivir en la verdad. María sabe que sin Dios no es nada. Preguntemos como ella que querrá decirnos Dios en estos momentos. Y que nos enseñe a reconocer nuestra finitud y fragilidad, nuestras limitaciones –también las de la ciencia y de la sociedad del bienestar, y nuestra necesidad de Dios y de abrir, como ella, nuestro corazón a Dios.

Hoy más que nunca estamos llamados a confiar, como María, en Dios y en su Hijo, el Señor Resucitado, vida para el mundo y esperanza para la humanidad, y a anunciar el amor y la misericordia de Dios. ¡Cristo ha resucitado! No nos desalentemos en la lucha contra el mal; no tengamos miedo, porque el Resucitado está con nosotros. Y María, su Madre y Madre nuestra, nos lo muestra, nos sostiene y acompaña.

María nos enseña a estar disponibles para servir y amar a los demás. Ella es la mujer inquieta que siempre está pendiente de los que pasan por alguna necesidad. Así ocurrió con su prima Isabel o con los novios en Caná. Nuestra Madre nos pide que estemos con nuestra oración y con nuestros gestos cerca de los que sufren, de los contagiados y de los sanitarios, de los fallecidos y sus familias, de los mayores, de los que sufren soledad o están abatidos. Todos necesitan sentir a través de los creyentes la cercanía del amor de Dios y la certeza de que Jesucristo ha resucitado.

 

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

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