miércoles de ceniza 2018

1ª LECTURA

Joel 2, 12-18

Ahora – oráculo del Señor convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto; rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos; y convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor que se arrepiente del castigo.

¡Quién sabe si cambiará y se arrepentirá dejando tras de sí la bendición, ofrenda y liberación para el Señor, vuestro Dios!

Tocad la trompeta en Sion, proclamad un ayuno santo, convocad a la asamblea, reunid a la gente, santificad a la comunidad, llamad a los ancianos; congregad a muchachos y niños de pecho; salga el esposo de la alcoba, la esposa del tálamo.

Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, servidores del Señor, y digan: «Ten compasión de tu pueblo, Señor no entregues tu heredad al oprobio, ni a las burlas de los
pueblos».
¿Por qué van a decir las gentes:«Dónde está su Dios»? Entonces se encendió el celo de Dios por su tierra y perdonó a su pueblo.

Salmo: Sal 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17

R. Misericordia, Señor: hemos pecado
Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R.
Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R.

2ª LECTURA

San Pablo a los Corintios 5, 20-6,2

Hermanos.
Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él. Y como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice: «En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé». Pues mirad: ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.

EVANGELIO

Mateo 6, 1-6.16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.

Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo
escondido, te recompensará».

COMENTARIO

Hace apenas dos semanas que un sacerdote italiano me contó la siguiente historia. Un día estaba él conduciendo por Roma y vio, de lejos, a una viejecita que trataba de cruzar la calle por un paso de cebra. La pobre mujer, apenas ponía el pie, lo tenía que retirar porque los coches no sólo no se detenían sino que pasaban a toda velocidad. Se compadeció el sacerdote al ver que ninguno de los conductores le prestaba la más mínima atención y, cuando él estuvo delante del paso de cebra, se detuvo.

La pobre ancianita no se lo acababa de creer del todo y tardó mucho en poner más de un pie sobre el paso de cebra. Cuando al fin lo hizo, caminó hasta encontrarse en frente de su coche y entonces se detuvo. Justo en aquél momento le miró, le hizo una peineta y dejó que salieran de su boca los peores insultos que el sacerdote había escuchado jamás. Acto seguido continuó caminando por el paso de cebra y se fue.

Ni que decir tiene que el sacerdote se quedó estupefacto. Pero comprendió lo que había sucedido: a veces no nos desahogamos con quién debemos sino con quien podemos. La inocente y frágil ancianita no podía manifestar lo que llevaba dentro a los otros conductores, sólo le tenía a él. Y con él lo hizo.

Cuando le escuchaba pensé: “eso me ha pasado a mí alguna vez”. Más de una, de hecho. No el lamentable episodio del paso de cebra sino el hecho de volcar sobre otros -inocentes- el mal que llevaba dentro. A veces lo hacen los padres con los hijos y a veces los hijos con los padres. A veces lo hace el marido con la mujer y a veces la mujer con el marido.

Hoy, miércoles de Ceniza, comenzamos la Cuaresma. Es un tiempo privilegiado para volver a Dios, para ‘ayunar’ de aquello que nos aleja de Él. Podríamos, quizá, comenzar por algo pequeño, casi diminuto: no desahogarnos con quien no debemos. Que no paguen nuestro dolor -culpable o no- aquellos que no tienen culpa.