Los santos, amigos de Dios

PlumaQueridos diocesanos

 

En la solemnidad de todos los santos, el día 1 de noviembre, la Iglesia nos invita a compartir la alegría celestial de todos los santos. Los santos son una muchedumbre innumerable de bautizados de todas las épocas y naciones: son todos aquellos que han acogido la vida y la amistad de Dios y se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina en su vida terrena. De la mayoría no conocemos ni el rostro ni el nombre, pero por la fe sabemos que gozan ya para siempre de la amistad, de la vida y de la gloria de Dios. A todos los une su voluntad de encarnar en su existencia el Evangelio, bajo la ayuda y el impulso del Espíritu Santo.

Como dice San Bernardo, el significado principal de esta solemnidad es que la contemplación del luminoso ejemplo de los santos suscite en nosotros el gran deseo de ser como ellos: es decir, el deseo de vivir en esta vida como hijos y amigos de Dios para ser contados para siempre en la gran familia de sus hijos. Ser santo significa, en efecto, vivir unidos a Dios como amigos de Dios y miembros de su familia.

 

Todos estamos llamados a la santidad. Dios quiere que todos tengamos parte de su vida y de su amistad. Pero, ¿cómo podemos llegar a ser hijos y amigos de Dios? Para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Para ser santo es necesario, ante todo, escuchar a Jesús y dejarse encontrar personalmente por él, acoger y vivir la vida nueva que Él nos da en el bautismo, que es la vida misma de Dios, y seguirle sin desalentarse ante las dificultades. Quien confía en Jesús y se fía de Él, hace de Cristo el centro y fundamento de su vida, lo ama de verdad y se entrega a Dios viviendo en el camino de la Vida, que Jesús nos propone. Quien quiere se santo, sabe que ha de ir muriendo a sí mismo, porque el que quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien la entrega a Dios y a los demás, encuentra la Vida (cf. Jn 12, 24-25). Es el camino de la Cruz, el camino de la ofrenda de sí mismo por amor entregado a Dios y al hermano.

 

La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos: porque, más que obra del hombre, la santidad es ante todo don de Dios. San Juan observa: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3, 1). Es Dios quien nos ha amado primero y en Jesús nos ha hecho sus hijos adoptivos. En nuestra vida todo es don del amor de Dios, un don que espera nuestra repuesta libre. ¿Cómo no responder al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos? En Cristo, Dios se nos entrega totalmente a sí mismo, y nos llama a una amistad personal con Él. Cuanto más acogemos a Jesús y permanecemos unidos a Él, tanto más entramos en el misterio de la santidad divina. Descubrimos que somos amados por Dios de modo infinito, y esto nos impulsa amarle y a amar también a nuestros hermanos. Amar con un amor verdadero, buscando siempre el bien del otro, implica siempre “perderse a sí mismos”, y precisamente esto nos da la verdadera alegría y la verdadera felicidad.

 

Jesús llama dichosos a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los mansos, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los puros de corazón, a los artífices de paz y a los perseguidos por causa de la justicia (cf. Mt 5, 3-10). Este es el camino que nos propone Jesús: es el camino de la dicha y la felicidad eternas. Con Él lo imposible resulta posible; con su ayuda, sólo con su ayuda, podemos llegar a ser perfectos como es perfecto el Padre celestial (cf. Mt 5, 48).

 

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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