LXX Aniversario del tránsito del Venerable P. Luis Amigó

HOMILÍA EN LA EUCARISTÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS
EN EL LXX ANIVERSARIO DEL TRÁNSITO DEL VENERABLE P. LUIS AMIGÓ

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Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 1 de octubre de 2009

(Ne 8,1-4.5-6.7-12; Sal 18; Lc 10,1-12)

 

Hermanos y hermanas, amados todos en el Señor.

Saludo con afecto al Ilmo. Cabildo Catedral, a los Sres. Párrocos de la Ciudad y sacerdotes concelebrantes; a la Hna. Provincial y a las Hnas. Terciarias Capuchinas de las Comunidades de Segorbe, Altura, Nules, Benaguacil, Valencia, Masamagrell y Rocafort. Saludo también a la Sra. Presidenta y Junta Directiva de la Asociación ‘P. Luis Amigó’. Expreso mi respeto y agradecimiento por su presencia al Sr. Alcalde de Segorbe y a la Sra. Concejal.

El Señor nos ha convocado y reunido esta tarde aquí en la S.I. Catedral Basílica de Segorbe para celebrar esta Eucaristía de acción de gracias a Dios en el tránsito del P. Luis Amigó a la casa de del Padre. Hoy hace exactamente 75 años –el 1 de octubre de 1934- el P. Amigó, padre de la familia amigoniana e insigne predecesor mío en esta sede episcopal entregaba su alma a Dios.

Al celebrar el 75 Aniversario de su partida a la casa del Padre, damos a gracias a Dios por tantos dones recibidos a través del P. Luis Amigó: por su persona, por el carisma que impregnó toda su vida y la de la familia amigoniana, por su obra, por vuestras Congregaciones femenina y masculina y por la familia amigoniana, por el ministerio episcopal tan rico en obras y magisterio de éste ‘zagal’ del buen Pastor, como él gustaba decir sobre sí mismo.

Este valenciano de origen (Masamagrell, 1854), nacido en una familia muy religiosa y educado en la fe cristiana, dio tempranas muestras de profunda sensibilidad hacia los marginados de su entorno. En los hospitales compartía con los enfermos su salud y su alegría, y les atendía en sus necesidades. En las barracas, alquerías y casas aisladas de la huerta valenciana hacía partícipe a sus habitantes y en particular a los niños y jóvenes de su saber y de su sentir. Y, sobre todo, se acercaba a las cárceles para consolar e instruir a los allí recluidos, ganando poco a poco la confianza de aquellas personas y cautivando progresivamente su corazón.

Siguiendo la llamada del Señor, Luis Amigó tomó el hábito de franciscano capuchino, siendo ordenado sacerdote en 1879. Francisco de Asís le ayudó a entender y seguir con radicalidad el mensaje evangélico, y a entender y vivir el sacerdocio como consagración de Dios y a Dios y como vocación de entrega y servicio. Ser sacerdote significa ser servidor de la Palabra, de la Eucaristía y guía de la comunidad en nombre y representación del Buen Pastor; ser sacerdote implica vivir para los demás y desvivirse por sus problemas, y ser libre en el amor para amar más libre y universalmente a todos. Luis Amigó vivió desde el primer momento su sacerdocio como un verdadero servicio a los demás y, particularmente, a los niños y huérfanos, a los jóvenes, al mundo de la marginación y de los encarcelados. Todo ello lo hizo con la pedagogía de Francisco de Asís, entretejida de acogida cariñosa, de trato afable y llano, y de una gran comprensión y misericordia.

De nuevo en su tierra natal, en Masamagrell, reorganizó la Tercera Orden Franciscana Seglar en los pueblos de la comarca. A las mujeres, las comprometió con el cuidado de enfermos, atención a los pobres, y alfabetización de niños necesitados. A los hombres los orientó también al trabajo de voluntariado dentro de las cárceles. Y como fruto granado de todo ese intenso trabajo nacieron las dos congregaciones religiosas que él fundó. Primero, -el 11 de mayo de 1885- la Congregación de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, a las asignó como principales campos de compromiso la atención de enfermos, la enseñanza de niñas y jóvenes y, particularmente, el cuidado de los huérfanos.  Posteriormente -el 12 de abril de 1889-, fundó la Congregación de Religiosos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores, cuyos miembros son conocidos hoy en día como los amigonianos. A éstos los orientó -en 1890- a la labor de educar integralmente a los niños y jóvenes en conflicto. Y este mismo quehacer se lo confiaría también con el tiempo a sus Terciarias Capuchinas.

En 1907 cuando contaba 52 años de edad, fue nombrado obispo. Él, que había vivido su sacerdocio siendo cercano a los hombres y, en particular, a los más necesitados, quiso vivir su episcopado como entrega generosa, plena y total al amor. Su intención quedó recogida en la leyenda que escogió para su escudo: doy la vida por mis ovejas. Fue obispo, primero de Solsona (1907-1913) y, posteriormente, de Segorbe (1913-1934). En ambas diócesis su porción predilecta fueron los jóvenes, la gente sencilla y trabajadora, y los marginados de la sociedad. Sencillo y humilde, como buen fraile franciscano y capuchino, suscitó la admiración de cuantos le trataron, pequeños y grandes. Continuó ocupándose, con entrañas de misericordia, del mundo de la marginación. Defendió repetidamente los valores evangélicos de la justicia social y avivó la conciencia de la gente sobre la importancia de la educación cristiana de la juventud y, en particular, de la desviada del camino de la verdad y del bien. Y compartió con todos, a través de sus escritos, la sabiduría vital que encerraba su ser y que tenía como verdadero centro y quicio el amor.

A los 79 años de edad, el 1 de octubre de 1934, entregaba su alma a Dios. Lo que más llamó la atención de quienes le trataron en sus últimos años fue la serenidad que respiraba su ser y que transmitía, como por ósmosis, a quienes se le acercaban.

Esta efeméride de su tránsito es, para toda la familia amigoniana, a la vez que recuerdo agradecido del P. Luis Amigó, una fuerte invitación a la renovación desde el carisma de vuestro Fundador y Padre. Así lo habéis vivido en el Año jubilar proclamado por este motivo y que hoy clausuramos en nuestra Diócesis.

Nuestro mundo sigue perturbado en el fondo por los mismos fenómenos que le tocó vivir al P. Luis Amigó. El hombre pierde con frecuencia el sentido último de su existencia, sigue necesitando el anuncio del amor y la misericordia de Dios. A la luz de las lecturas de la Palabra de Dios podemos decir que Dios no se cansa de invitarnos siempre a la renovación y a la conversión.  Y lo hace con las entrañas propias de un Padre que nos ama.  “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón” (Sal 33, 9). A pesar de nuestras infidelidades, Dios nunca nos rechaza y menos aún nos abandona, como ocurrió con el Pueblo de Israel. Así lo recordábamos en la primera lectura de este día: Dios no se complace en destruir; sus entrañas se estremecen. Dios espera que volvamos a él, él espera ante todo nuestra restauración interior en la escucha y acogida de su palabra.

Si en lo más profundo de nuestra vida estamos convencidos de que Dios es el verdadero Amor, de que nos ama, de que esta nuestra verdad y nuestro bien, veremos que todo cambia a nuestro alrededor. Seremos capaces de sonreír y consolar hasta en los momentos más difíciles de la vida porque todo es expresión del amor de Dios. Nada sucede ‘por casualidad’.  Hemos creído en el amor de Dios que produce una visión nueva de las personas, de las cosas y de las circunstancias. Si Dios se nos ha revelado como Padre, nos descubriremos como hijos. Es decir, veremos a los demás como hermanos. Dios creó al hermano como don para nosotros y nos creó a nosotros como don para el hermano.

En el centro de toda evangelización, de toda obra eclesial, de toda vida cristiana y consagrada está la fuerza del Dios que nos ama y de Cristo que ha venido por nosotros. “Si la Iglesia predica a este Dios, no habla de un Dios desconocido sino del Dios que nos ha amado hasta tal punto que su Hijo se ha encarnado por nosotros” (Sínodo de los Obispos Europeos, Relación final, 1991).

Esta riqueza de Cristo es la que nos toca vivir y predicar de palabra. “Poneos en camino” nos dice el Señor en el Evangelio de hoy.  Ahora que –como entonces- no podemos sostenernos en el aplauso social y constatamos mayor pobreza de vocaciones; que nos encontramos perplejos ante tantas cosas que cambian y no sabemos cómo orientarnos, es la hora de una elección más honda por Jesucristo para vivir “arraigados y fundamentados en el amor” (Ef 3, 17-19). Sin este arraigo en el amor gratuito de Dios no podemos imaginar un servicio eficaz en la historia, sea en la educación o servicio de las personas, sea en la transformación de las personas o de la sociedad según Dios. El Verbo de Dios, en la gratuidad, ha asumido la humanidad en todo, excepto en el pecado, para poder transformarla así desde dentro (cf.  EN 16). Somos hijos de tal gratuidad del amor divino.  Puede amar verdaderamente sólo el que tiene experiencia de ser amado.

El gran problema del ser humano, en la actualidad, es que le falta esta fe. Se fía de sí mismo más que de Dios. Y este ‘secularismo’ se puede infiltrar también en nosotros, hombres y mujeres creyentes y consagrados, si nos dejamos llevar por el racionalismo seco y frío de un humanismo inmanentista más que por la sencilla adhesión generosa a la acción de Dios que nos susurra su amor y su entrega salvadora. Sólo quien sabe desarrollar la entrega generosa y gratuita en cada momento a la amorosa cercanía de Dios puede ser prolífero espiritual y humanamente.

Descubrir a Dios como Amor es una gran revelación. Ahora bien, no estaría todo revelado si no se comprende hasta qué punto Dios ha amado al ser humano. Y la muestra más fehaciente de su amor está en la Cruz. Comprender la Cruz de Cristo es entender la grandeza del amor porque nadie tiene mayor amor sino aquel que da la vida por los demás.  Es el gran misterio y por otra parte la gran verdad. La evangelización es el anuncio del amor de Dios manifestado en Jesucristo.

Desde este Dios que es amor estamos todos a una profunda renovación espiritual. Y lo estáis de modo especial la familia amigoniana. Porque para vosotras, queridas hermanas terciarias capuchinas, se trata de volver en fidelidad renovada a vuestros orígenes para reavivar el carisma fundacional viviendo en todo momento con radicalidad vuestra entrega consagrada al Señor. El Señor os llama a reavivar vuestra fidelidad al amor de Dios para ser, como vuestro Padre Fundador autenticos instrumentos de la misericordia de Dios.

El alma de vuestra vida consagrada es percibir, amar y vivir a Cristo como plenitud de la propia vida, de forma que toda vuestra existencia sea entrega sin reservas a Él y, en él, a los hermanos. Esta es la sustancia de la vida consagrada. A esta sustancia habréis de volver una y otra vez para que vuestra vocación y vuestra consagración sean fuente de gozo radiante y completo. Cuando queremos entendernos sólo por la tarea que hacemos y olvidamos esto que es sustancial, la propia vida no es capaz de mantenernos en la alegría de Cristo, y la misma consagración se desvirtúa y termina perdiendo sentido.

Queridas hermanas: Vivid en todo, como vuestro Padre, la comunión eclesial, congregacional y comunitaria. El camino de la renovación de la vida religiosa y de su fecundidad apostólica es el de la comunión de la Iglesia: el que traza la participación en la misma y única Eucaristía, sacramento de caridad, fuente de nuestra comunión y de nuestra misión. Permaneced fieles al don y al carisma que habéis profesado y que habéis recibido de vuestro Fundador.

Querida familia amigoniana: ¡Que sobre un mundo que llora y sufre, sigáis derramando la misericordia de Dios! ¡Que la Virgen Maria, fiel y obediente esclava del Señor, os ayude a seguir en el carisma del P. Amigó al servicio de la renovación espiritual de nuestro mundo! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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