María, la virgen creyente y fiel

Queridos diocesanos:

Mayo es el mes dedicado a la Virgen María para honrarla y rezarla, para agradecer su presencia en nuestra vida, para invocar su protección y para dar gracias a Dios por tan buena Madre. En el presente Año de la Fe, Mayo debería ser sobre todo un mes para contemplar a María en su camino de fe cristiana. En su carta convocatoria del Año de la Fe, Benedicto XVI propone a María como el principal ejemplo de fe y a ella, proclamada ‘bienaventurada porque ha creído’ (Lc 1,45), le confía este tiempo de gracia (PF13,15). La Virgen, que escuchó la buena Noticia y la acogió en su corazón, nos enseña a escuchar, meditar y proclamar la Palabra de Dios, para avivar y fortalecer nuestra fe.

La vida entera de María es un largo itinerario de fe. María escucha el saludo del Ángel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”; en su turbación, medita qué podría significar aquel saludo. La voz del ángel suena de nuevo para darle firmeza y sostenerla en la escucha, pero sus palabras son más desconcertantes aún: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. El será grande, se llamará Hijo el Altísimo”. Ante estas palabras, la Virgen de Nazaret no duda, pero indaga: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”. Y, sobre todo, la Virgen se fía de Dios: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (cf. Lc 1,26-38). Con este acto de fe, de confianza y de disponibilidad, María se convierte en ‘Madre del Señor’; así se consuma el mayor y más decisivo acto de fe en la historia del mundo. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “La Virgen María es la realización más perfecta de la fe” (n. 144).

En su libertad y por su humildad, la Virgen está abierta siempre al designio de Dios, se fía plenamente de su palabra; cree que será la Madre del Salvador sin perder la virginidad; ella, la mujer humilde que se sabe deudora de Dios de todo su ser, cree que será verdadera Madre de Dios, que el fruto de su seno será realmente el Hijo del Altísimo. Desde el primer instante se adhiere con todo su corazón al plan de Dios sobre ella, un plan que trastoca el orden natural de las cosas: una virgen madre, una criatura madre del Creador. María cree cuando el ángel le habla, y sigue creyendo cuando el ángel la deja sola, y se ve rodeada de las humildes circunstancias de una mujer cualquiera que está para ser madre. El acto de fe de María no fue fácil, pero supo confiarse a Dios. La verdadera fe no es nunca un privilegio o un honor, sino que siempre significa un morir a sí mismo para abrirse a Dios y a su vida; y así fue sobre todo la fe de María.

Toda la vida de María fue una peregrinación en la fe. Ni el designio de Dios ni la divinidad de su Hijo le fueron totalmente manifiestos; ella se fio de Dios y vivió apoyándose en la Palabra de Dios. El plan divino se le ocultó a veces bajo un velo oscuro y desconcertante: así la extrema pobreza en que nace Jesús, la necesidad de huir al destierro para salvarle de Herodes, las fatigas para proporcionarle lo estrictamente necesario, su sufrimiento al pie de la Cruz. María, aunque no entendía muchas cosas, no dudó que aquel hijo débil e indefenso, era el Hijo de Dios. La Virgen creyó y se fio siempre, aun cuando no entendiera el misterio. La Virgen, como dijo Benedicto XVI vive toda su existencia dentro de la Palabra de Dios, está como impregnada esta Palabra; todo su pensamiento, toda su voluntad y todas sus acciones están impreg­nados y formados por la Palabra. Al habitar ella misma en la Palabra, puede convertirse también en la ‘Morada’ nueva de la Palabra en el mundo. Sin María no hubo alumbramiento del Hijo de Dios en Belén ni nacerá hoy en el corazón de los hombres por la predicación del Evangelio. Caminemos todos tras las huellas de María.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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