Misa Exequial de D. José Mª Cardá

 

Villarreal, Iglesia Arciprestal, 2.11.2007

 

El Señor nos ha convocado en torno a su Mesa para celebrar el misterio de su Pascua, su muerte y su resurrección. En la celebración de hoy, la Pascua de Cristo se hace más íntima y visible con la muerte de Don José María, quien ayer mañana era llamado por el Señor a su presencia. El celebró la eucaristía muchas veces ofreciéndola por las necesidades de los feligreses confiados a su ministerio. Hoy celebramos esta Eucaristía por él, para que el Señor salga a su encuentro definitivo y le lleve a la presencia del Padre, a la Gloria para siempre.

Nuestro hermano Don José María nos ha dejado a los casi 87 años de edad tras larga enfermedad. Ha desaparecido de nuestra vista silenciosamente, sin llamar la atención sobre su persona; nacido aquí en Villarreal en 1920, realizó sus estudios de Humanidades en el Seminario de Tortosa y –después de la interrupción forzosa por la guerra civil- los de filosofía en Valencia y Tortosa y de Teología en Salamanca y en Roma. Don José María fue ordenado sacerdote en Castellón en el mes de marzo del año 1946 y perteneció de por vida al Instituto de Sacerdotes Operarios. La trayectoria de su ministerio sacerdotal le llevó a ejercer muchas y variadas tareas: entre otras, las de profesor de Seminario Mayor de Salamanca y del Pontificio Instituto ‘Regina Mundi’, de Vicerrector y Director espiritual del Colegio Español en Roma o de Rector del Seminario Menos de Barcelona, de Agente de Preces de las Diócesis Españolas en Roma o de Postulador de causas de beatificación y canonización. Después de pasar unos años como Jubilado residente en la “Alquería Mosén Sol”, marchó luego al “Hogar Mosén Sol” en Majadahonda (Madrid) dedicado a la biblioteca y a escribir. En todas estas tareas ejerció abnegadamente su labor sacerdotal. Demos gracias a Dios por esta vida entregada.

Don José María era un sacerdote fiel y sacrificado. Nos ha dejado un ejemplo a todos los sacerdotes por su constancia y su fidelidad a la Iglesia y a las almas que le fueron encomendadas. Con espíritu disponible ha sabido darse incluso en la enfermedad a la Iglesia, con una vida austera y de constante trabajo, mientras las fuerzas se lo han permitido.

En estos momentos de dolor por la muerte de nuestro hermano elevamos nuestra mirada al Padre del Amor y de la Vida, de la Bondad y de la Misericordia; y con San Pablo decimos: Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios, manifestado Cristo.

Porque la muerte de todo fiel cristiano, la muerte de José María, vivida en la fe y en la esperanza cristianas, no es un término total o ruptura definitiva, sino tránsito y transformación. ‘La vida de los que en ti creen, Señor, no termina, se transforma’. Sí, hermanos: La fe nos indica que cuando la existencia terrenal llega al límite extremo de sus posibilidades, en ese límite se encuentra no con el vacío de la nada, sino con las manos del Dios vivo, Señor de la vida y de la muerte, que acoge esa realidad entregada y la convierte en semilla de resurrección.

Creemos, hermanos, en un Dios, que es creador, dador de vida y resucitador. El Dios creador, en quien creemos, es el Ser paternal y personal, el Viviente por excelencia, que da el ser a sus criaturas por puro amor, y así llamó a la existencia también a José María. Y el amor es generador de vida; Dios, que crea por ser él mismo el Amor, crea y lo creó para la vida; para una vida eterna, porque la vida que surge del Amor creador, que es Dios, lleva en sí una promesa de eternidad.

Este Dios, creador y dador de vida, que da el ser y la vida, es el Dios resucitador; el Dios que no quiere que nada de lo ha hecho se pierda, muy en especial, la vida de sus fieles, (la vida de José María), con los que ha sellado, en la sangre de Jesucristo, una alianza eterna. La plenitud de la vida nueva de Cristo, muerto y resucitado, es la garantía de una vida que vence a la muerte; una vida que, gracias al Espíritu vivificador, se comunica a cuantos viven en Cristo por la fe: ‘El que cree en el Hijo tendrá la vida eterna’ (Jn 3, 36).

Por el Bautismo, que nos inserta en el Cuerpo de Cristo, participamos ya de la vida resucitada de Cristo; ‘Dios, que resucito al Señor, nos resucitará también a nosotros por su poder’ (1 Cor 6,14). Por ello, sobre el cristiano, como sobre Cristo, la muerte no tiene la última palabra: el que vive en Cristo no muere para quedar muerto; muere para resucitar a una vida nueva y eterna.

Cuanto sabemos y afirmamos de un cristiano, lo hemos de afirmar con mayor motivo del sacerdote, que por seguir a Cristo lo ha dejado todo y se ha entregado de por vida al servicio de Jesús, al servicio de la Iglesia y de los hermanos. La vida de un sacerdote está consagrada al servicio de la fe de sus hermanos y al servicio de Cristo sumo y eterno sacerdote. El mayor resorte de la vida de un sacerdote es siempre su entrega a Jesucristo. La vocación es un don de Dios y por la vocación al sacerdocio hemos sido entregados por el Padre a Jesús, para ser servidores del Pueblo santo, como pastores al servicio del Buen Pastor.

La vida humana tiene, pues, un destino que no es la nada, o el vacío o la obscuridad de la muerte. Hay una patria futura para todos los que creen en Cristo: la casa del Padre, la inmensa felicidad del encuentro pleno y definitivo con Dios. ‘Lo que ojo no vio, preparó Dios para los que le aman’ (1 Cor. 2,9). El destino de quienes creen en Cristo y aman a Dios es la comunión completa con Dios junto con todos los miembros del cuerpo de Cristo, nuestros hermanos, especialmente con nuestros seres queridos.

De esta comunión con Dios y con los hermanos que nos han precedido en la fe goza ya plenamente quien muere en la amistad con Dios, aunque a la espera misteriosa del ‘último día’, cuando el Señor venga con gloria; y, junto con la resurrección de la carne, tenga lugar la transformación gloriosa de toda la creación en el Reino de Dios consumado. El jueves terminaba nuestro hermano su vida terrenal permaneciendo fiel a la fe en el Hijo del Padre, Jesucristo. Por eso asociamos su muerte a la de Cristo con la esperanza de que en él ha de resucitar. Sembramos en la esperanza el cuerpo de nuestro hermano, para que resucite con Cristo para la vida eterna.

Para un cristiano, la muerte es el encuentro definitivo con Dios, el momento sublime en el que nuestra pertenencia al Señor se hace más consistente y luminosa. Si morimos, morimos para el Señor, participamos de su muerte para participar de su resurrección. Cuando morimos en la fe de Cristo, estamos proclamando la fe en su resurrección. ‘Morimos para el Señor, porque ninguno de nosotros los cristianos vive para si mismo y ninguno muere para sí mismo. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos’ (Rom 14, 7-12).

Desde la luz de Cristo Resucitado encontramos sentido a los sufrimientos de esta vida, a la enfermedad, a la soledad, a los desengaños que laceran tantas veces nuestro corazón. Todas estas manifestaciones amargas son gotas del cáliz de la pasión de Cristo. Bebemos con él el cáliz de la salvación, porque aceptamos la cruz para hacer la voluntad de nuestro Padre Dios. Bebemos el cáliz de la muerte, que siempre es dolorosa y como una aparente derrota, para morir con Cristo y por él y con él poder tener entrada también en la resurrección de Cristo. Para esto resucitó Cristo para ser Señor de los que mueren en él y resucitarlos para siempre en la gloria del Padre.

En esta celebración eucarística asociamos la vida y la muerte de nuestro hermano, José María, a la pasión y muerte y a la gloriosa resurrección de Jesucristo, dando gracias al Padre que dio a Don José María la vocación al sacerdocio y le concedió la gracia de permanecer fiel a lo largo de tantos años en los que ejerció el ministerio.

Desde la esperanza, que no defrauda, elevamos nuestra oración al Padre y clamamos con Jesús llenos de confianza filial, que le conceda a nuestro hermano el gozo de su gloria para siempre. Que perdone sus pecados y premie sus trabajos y sus penas, que le conceda la mayor y definitiva alegría de ver en plenitud la gloria del reino de Dios y la plena redención de su cuerpo en la gloria de Cristo resucitado.

Pedimos al Señor que conceda muchas y santas vocaciones al sacerdocio a la Iglesia diocesana; que a los sacerdotes nos conceda perseverar en su santo servicio y acertar en el ministerio de evangelización y de servicio pastoral, que el pueblo de Dios en Segorbe-Castellón y en Tortosa necesita.

Que la María Virgen, la Mare de Deú de Gracia, acompañe a nuestro hermano Don José María en estos pasos decisivos de su peregrinación hasta llevarlo al cielo. Que Ella nos conceda a nosotros, amigos y familiares, el consuelo de la fe y el deseo y el firme propósito de mejorar nuestra vida según el designio del Padre amoroso del cielo.

Termino con la Oración de confianza filial, que formuló Don José María:

Dios y Padre mío, aunque sé que no te amo como debo, estoy seguro de que Tú me amas infinitamente.

Cuando me pregunto qué ves en mí para amarme, no encuentro respuesta, porque no me amas por lo que yo soy, sino porque Tú eres el Amor y sólo deseas de mí que me deje amar por Ti.

Gracias, Padre. Haz que entienda que también para dejarme amar necesito de tu ayuda y que tengo que pedírtela sinceramente, con mi oración y correspondiendo con mi vida a la ayuda que no dejas de prestarme.

Sabes que no siempre te la pido así. No permitas que por este motivo me obsesione considerando mi indignidad, antes al contrario, haz que el pensamiento de que me amas tan sólo porque quieres amarme me llene de confianza.

Y concédeme, un día, sentirme entre tus brazos, infinitamente amado por Ti para siempre y en eterna acción de gracias a Ti.

Así será, porque lo queremos Tú y yo. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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