Nuestra Señora la Virgen del Rosario (II)

Villareal, Iglesia Arciprestal, 8 de octubre de 2006

 

El Señor nos ha convocado en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía, para honrar y venerar de nuevo a la Virgen del Rosario, vuestra patrona, queridas hijas de Maria del Rosario. Este Domingo os toca a vosotras las Hijas de Maria casadas. Os saludo de corazón a todas y os agradezco vuestra invitación a presidir esta Eucaristía. Saludo a todos cuantos habéis acudido a esta Iglesia arciprestal en esta mañana de Domingo para mostrar vuestro cariño a la Madre, la Virgen del Rosario: saludo también a los párrocos de la Arciprestral y a los sacerdotes concelebrantes, a la comunidad parroquial que nos acoge, a los niños y niñas de primera Comunión, y a toda la Ciudad de Villareal. Un saludo muy cordial envío a todos los que estáis unidos a nuestra celebración a través de la TV o de la radio, en especial a los enfermos.

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). Estas palabras de saludo del Ángel Gabriel a María revelan lo que Dios ha realizado en María por estar destinada por Dios a ser la Madre virginal de su Hijo. Dios la ha llenado de su amor y de su gracia desde el momento mismo de su concepción.

El Señor está contigo, María. Tú diriges nuestra mirada a Dios, Uno y Trino; tu eres la amada y agraciada por Dios. Sí, hermanos y hermanas en el Señor: En María, la Madre de Jesús y Madre nuestra, encontramos la primicia de la humanidad amada por Dios y redimida por su Hijo para devolver la plenitud de la Vida a la humanidad. Dios ha obrado en María maravillas, la ha colmado de su amor preservándola de toda mancha de pecado en previsión de la obra salvadora de su Hijo. María es la llena de gracia de Dios, porque es el fruto de su amor totalmente gratuito e inmerecido. Dios habita en María: ella es templo de la divinidad y queda vivificada por la vida de Dios desde el momento mismo de su Concepción y para siempre. Todas las grandezas que cantamos de María son verdaderos dones de Dios y frutos del amor divino. Ella es la amada y agraciada por Dios, la ‘llena de gracia’ desde el momento mismo de su Concepción.

Y María responde al amor de Dios con su amor: cree en Dios, confía plenamente en Él y muestra una disponibilidad total al Dios santo que la ha santificado. María acoge el Amor de Dios, se fía de Él y le corresponde con la entrega de todo su ser. ‘He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra’ (Lc 1,38).

María nos da de esta manera a Cristo Jesús: María es verdadera Madre del Hijo de Dios, el Salvador, el Enmanuel, el Dios con nosotros. Con el sí de María a las palabras del Arcángel Gabriel se inicia el capítulo culminante de la historia de la humanidad; éste no es otro sino la Encarnación del Hijo Unigénito de Dios. En el Verbo encarnado, en el seno virginal de María por obra del espíritu Santo, Dios se hace Hombre para devolver a la humanidad la vida y el amor divinos, perdidos por el pecado. Dios nos muestra así en María su plan sobre toda la creación y, en particular, sobre el ser humano.

El Hijo de Dios encarnado en el seno virginal de María “manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”, nos recuerda el Concilio Vaticano II (GS 22). Preguntas como qué somos y quiénes somos, de dónde procedemos y hacia dónde caminamos, cuál es el sentido de nuestra existencia y de la historia humana, encuentran en el Hijo de María su respuesta definitiva. En El, la Persona divina asume la naturaleza humana, se hace hombre en todo semejante a nosotros menos en el pecado, y nos devuelve la semejanza divina deformada por el pecado; en El, todo ser humano es elevado a la dignidad de ser hijos en el Hijo (cf. TMA 4). Esta es la razón de nuestra fe y de nuestra esperanza, este el motor de nuestra caridad.

En la Encarnación del Señor en las entrañas de María, Dios mismo, que es amor, sale a nuestro en su mismo Hijo, porque nos ama y nos sigue amando pese a que nos alejemos y rechacemos de El por el pecado. Dios quiere para todo hombre y mujer la vida, una vida sin límites e inmortal. Dios quiere la felicidad plena del hombre, una felicidad que no se limita al disfrute de los bienes terrenos y que no queda anclada en la sociedad del bienestar, sino que tiene la felicidad plena en El y la participación de su vida.

En María se ha hecho ya realidad lo que cada uno de nosotros está llamado a ser según el plan de Dios: en ella el ser humano recupera en todo su esplendor su ser imagen de Dios, empañada por el pecado. Dios, que es Amor, nos crea a todos los hombres por amor; somos creados a su imagen y semejanza, estamos destinados desde el principio a la vida de comunión con Dios para siempre (cf. Ef 1, 4.11). María es así “la aurora de la salvación”, en quien empiezan ya a florecer, en previsión de la obra redentora de su Hijo, los más espléndidos frutos de santidad y de vida nueva.

Con María, la Madre de Jesús, ha dado comienzo la historia de la humanidad salvada y, por ello, de la nueva humanidad. Las palabras del ángel, “llena de gracia”, encierran el singular destino de María; pero también indican el designio de Dios para todo ser humano, para todos nosotros. La ‘plenitud de gracia’, que para María es el punto de partida, es la meta para todos y cada uno de nosotros. Dios nos ha creado ‘para que seamos santos e inmaculados ante él’ (Ef 1, 4). Por eso, Dios nos ha ‘bendecido’ antes de nuestra existencia terrena y ha enviado a su Hijo al mundo para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su propia vida, de la felicidad plena.

De manos de María recibimos a Jesús, el Hijo de Dios: Él es el Enmanuel, el Dios con nosotros y para nosotros. De manos de María podemos acoger a Jesús que viene a nosotros. No somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino que Él nos amó primero; es decir, cuando amamos a Dios y cuando amamos a nuestro prójimo, no hacemos sino responder a un amor que nos precede. No se trata sino de acoger el amor de Dios y responder con amor.

Esto es lo que nos muestra la escena de la Anunciación del Señor. No somos nosotros los que hemos ido a Dios sino que es Dios quien viene a nosotros. Y Dios viene a nosotros por medio de la Virgen Maria y por medio de ella deberá también reinar en nosotros, en nuestras familias y en nuestro mundo. No es Dios quien necesita de nosotros, sino nosotros los que estamos necesitados de Él, para que tengamos vida, y vida en abundancia. De ahí la invitación constante que nos hace María a acoger a Jesús en nuestras vidas. Nuestro amor a la Virgen del Rosario, si es sincera y auténtica, nos ha de llevar a acoger a Cristo, a conocer mejor a Cristo para amarle y seguirle.

Puede que nuestra devoción a María se quede en lo externo y superficial, se convierta en una mera tradición vacía. Puede que nuestra devoción a María no pase de ella, que no escuchemos sus gestos y sus palabras, que no lleguemos a Cristo y a su Evangelio, que no lleguemos a Dios. Con frecuencia somos víctimas de un ambiente, en el que el hombre, la familia y la sociedad son entendidos como si Dios no existiera; un ambiente que está marcando también el modo de vivir de nuestras familias cristianas y el modo de educar a los hijos. Si somos sinceros debemos constatar que Dios, Jesucristo y su Evangelio han desaparecido con frecuencia de nuestra propia vida personal, de la vida muchas familias cristianas y de la educación de nuestros hijos; se vive el día a día sin referencia alguna a Dios; mantenemos a Dios al margen de nuestros proyectos y acciones cotidianas.

Pero el silencio y la ausencia de Dios abren el camino a una vida humana sin rumbo, a proyectos que acortan el horizonte de nuestras familias y de nuestros hijos y se limitan a intereses inmediatos. El silencio de Dios lleva al ocaso del hombre, a las rupturas de matrimonios, a la desestructuración de las familias, al bloqueo del desarrollo integral de nuestros hijos. Expoliados de su profundidad espiritual, eliminada su referencia a Dios, se inicia la muerte del hombre, del matrimonio, de la familia y de la sociedad.

Nuestra devoción a María será auténtica, y no mera tradición vacía, si nos conduce a la fe en Cristo; si descubrimos en María, la primera discípula, el modelo perfecto de imitación y seguimiento de Jesús; si de manos de María recuperamos a Dios, a Cristo y su Evangelio en nuestra vida personal y familiar, una recuperación que nos lleve vivir desde la fe en Dios y desde el amor de Dios el matrimonio y la familia, que nos lleve a educar en la fe cristiana a nuestros hijos.

Al celebrar hoy la fiesta de la Virgen del Rosario, acojamos al Hijo que ella nos muestra en sus brazos, encontrémonos con Él, hagamos de Cristo el centro de nuestra fe y de nuestra vida personal y familiar. Atraídos por María, vayamos al encuentro con su Hijo mediante la oración personal y familiar y la participación en familia en la Eucaristía dominical. Si nuestra la devoción a la Virgen del Rosario no acaba de llevarnos al encuentro personal y familiar con su Hijo, Jesucristo, no será verdadera devoción. Porque ese es el sentido definitivo de nuestra devoción a la Virgen: encontrarnos con Cristo, para adherirnos a El, conocerle, amarle, imitarle y testimoniarle. A Cristo por María, debería ser el lema de nuestra devoción a la Virgen del Rosario.

Queridas Hijas casadas de María del Rosario. Sé que lleváis con orgullo el ser hijas de María del Rosario. ¿Por qué no hacéis honor a vuestro nombre y recuperáis el rezo del Rosario en familia? Una familia que reza unida, permanece unida. El rezo del Rosario no es algo trasnochado. Bien hecho, con sosiego y devoción, en compañía y a ejemplo de María, el Rosario es una oración que nos lleva a contemplar el rostro de Cristo, y así a conocerle, amarle, seguirle e imitarle. Es una devoción que nos ayuda, de manos de María, a profundizar en el Misterio de su Hijo, el Verbo Encarnado, y así a caldear nuestro espíritu de fe y nuestro amor a Jesucristo tan importante en estos tiempos. Acoger y amar a Jesucristo -nuestro Salvador- es lo más grande que se nos puede regalar. El Rosario, al ser un método sencillo, nos ayuda a todos sin excepción. No hemos de olvidar que si alguien se puede preciar de ser ‘maestra en oración’ es la Virgen María. Por eso acudimos y recurrimos a ella. De la Escuela de tal Madre no podemos nunca salir desilusionados.

A la Virgen del Rosario pedimos hoy una vez más por todos nosotros y nosotras, por vuestras familias y por vuestros hijos, por los enfermos, por toda nuestra Ciudad. De las manos de María, la Virgen del Rosario, acojamos a Cristo Jesús, que sale a nuestro encuentro una vez en esta Eucaristía. ¡Que unidos a El en la comunión seamos como María fieles discípulos de su Hijo y testigos suyos en el mundo! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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