Nuestra Señor la Virgen del Rosario (I)

Iglesia Arciprestal de Villareal – 1 de octubre de 2006

 

Con gozo he acogido la invitación de la Hijas de la Virgen del Rosario en su sección de no casadas para celebrar la Eucaristía con todos vosotros en este primer Domingo de Octubre, dedicado a la Virgen del Rosario. Gracias por vuestra invitación. Os saludo de corazón a todas vosotras y a cuantos prontos a la llamada de la Madre, habéis acudido a esta celebración. Y María, la Madre, como siempre, dirige nuestra mirada a su Hijo y nos congrega en torno a Él, que sale a nuestro encuentro en esta Eucaristía, como Palabra y Pan de Vida. El se hace presente en su Palabra y en su Eucaristía. A la vez que actualizamos el misterio pascual del Señor, su muerte y resurrección, honramos y veneramos a la madre de Dios y Madre nuestra, la Virgen María, la Virgen del Rosario.

En esta Eucaristía damos gracias a Dios por María, por su patrocinio y protección; le agradecemos todos los dones que nos ha dispensado a través de su intercesión maternal tras generación. Esta mañana, contemplamos y rezamos a María; ella nos mira y nos acoge una vez más con verdadero amor de Madre; ella cuida de muestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades. Pero ella, sobre todo, dirige nuestra mirada hacia su Hijo; ella nos muestra, nos da y nos lleva a su Hijo, ella nos lleva a Dios.

Cuantos aquí nos encontramos somos hombres y mujeres de la época de la técnica, del progreso científico, de los grandes avances y descubrimientos. Pero al mismo tiempo damos la impresión de andar por la vida huérfanos de padre, y por lo mismo desorientados, aturdidos, inseguros. Vivimos como en un desierto donde tantas veces se ceba el sentimiento de la soledad, de la amargura, del sinsentido. Son las consecuencias de haber aparcado a Dios de nuestras vidas. Si María fue elegida para ser Madre de Dios, para hacer que Dios pudiera poner su tienda en medio de nuestro campamento, a Ella tenemos que acudir para que lo devuelva a nuestros corazones, a nuestras familias, a nuestra sociedad, a fin de que el desierto que padecemos se torne pronto en vergel frondoso.

Si miramos hacia el interior de nuestra Iglesia, constatamos una realidad cada vez más preocupante. Una gran mayoría de nuestros convecinos son cristianos católicos porque están bautizados; pero menos son los que se confiesan creyentes, y menor aún es el número de los practicantes. ¿Cómo puede conciliarse el ser cristianos sin ser creyentes? O considerarse creyentes y devotos Hijos de Maria sin la fe está separada de la vida? ¿Cómo es posible afirmarse creyentes, sin que esta fe dé forma a nuestra persona creyente y a nuestra existencia?

La referencia manifiesta a Dios en el mundo en que vivimos resulta cada vez más rara, más fría o indiferente: en los diálogos entre los hombres, en las familias, en los medios de comunicación, en la enseñanza, en nuestra sociedad. Vivimos en un mundo en que avanza la increencia, en que el hablar de Dios y vivir desde Él y hacia Él parece que resulta obsoleto, o incluso como algo reservado a los pusilánimes y débiles, a quienes –así se dice- renuncian a su autonomía y autorrealización. Muchos son, en efecto, los que viven como si Dios no existiera, también entre quienes se declaran católicos. Vivimos en una tierra, que cada vez más es una tierra de misión, de evangelización.

Pero ¿pueden realizarse el hombre y la mujer al margen de Dios? Después de esos momentos, en que el hombre y la mujer parecen haber atrapado la felicidad, se anuncia un vacío insoportable y desolador. El hombre experimenta que es limitado y finito. La experiencia muestra que las conquistas científicas y técnicas son limitadas, y no colman el ansia de eternidad y felicidad, inserta en el corazón de todo hombre y de toda mujer.

Alguien ha dicho que el hombre son sus deseos o su corazón. ¿Dónde anidan nuestros anhelos más hondos, queridos hermanos? Ese somos nosotros. Es legítimo gozar de las sanas conquistas de este mundo, pero ahí no puede anclarse nuestro corazón. “Nos hiciste Señor, para ti”, nos dice San Agustín. Sin Dios, se anuncia el vacío, desaparece la frescura, la fascinación, la felicidad de nuestra tierra. Entonces abdicamos de nuestra dignidad, porque el hombre sólo es digno de Dios. En él está nuestro origen, en él está nuestro fin.

Para recuperar a Dios en nuestra vida, para fortalecer nuestra fe y vida cristiana hemos de contemplar a María y rezarla para vivir según su estilo de fe. Si contemplamos a María ella nos muestra el verdadero rostro de Dios, el Dios que es amor. Porque María es el fruto primero y más sublime del amor de Dios, manifestado en la redención realizada por Cristo. El ángel Gabriel la llama ‘llena de gracia’, es decir toda santa e inmaculada por gracia de Dios, que prepara en María una digna morada para su Hijo. María Inmaculada, preservada de pecado original desde el mismo momento su concepción, es el fruto primero y maravilloso de la redención realizada por Cristo, en su primera venida.

María fue preservada de toda mancha de pecado desde el momento mismo de su Concepción y llamada a una existencia llena de gracia y santidad, por pura gratuidad y amor del Padre. En ella se manifiesta de modo perfecto que Dios es puro amor, pura gratuidad; Dios actúa antes ya de la respuesta responsable de la criatura. En María se realiza de modo anticipado y perfecto la obra de salvación de Jesucristo, a quien ella llevará en su seno. La perfecta santidad de María, su comunión plena con Dios desde el momento mismo de su concepción, se debe al Hijo que concebirá en su seno. El es el Don del Padre en quien se concentran todos los dones. María fue preservada del pecado original, llena de gracia y de santidad desde siempre “en vista de los méritos de Jesucristo, salvador del género humano”.

María responde a la gracia y al amor de Dios con una respuesta de adhesión total de su persona al Dios santo que la ha santificado. María vive su existencia desde la verdad de su persona, que sólo la descubre en Dios. María sabe que ella es nada sin Dios, que su existencia estaría vacía sin Dios. María sabe que está hecha para acoger y para dar. María sabe que la raíz de su existencia no está en sí misma, sino en Dios, y por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. Dios dice Sí al hombre y la mujer dijo Sí a Dios. Y entonces Dios se hizo hombre. Misterio de amor incompresible por parte de Dios, misterio de fe admirable por María. Misterio que nos abre el camino hacia Dios y hacia los hermanos.

María, aceptando a Dios, sintiéndose pobre ante Dios y necesitada de Él, se llena de Dios, y se convierte así en la madre de la Vida. Movida por la fe y por el amor, María acepta y acoge la Palabra de Dios, acoge a Dios en su vida para ponerse enteramente a su servicio y al servicio de la salvación del género humano. “Hágase en mi según tu Palabra”, es su respuesta. María dice sí a la vida, dice sí al amor, a la gratuidad, a la esperanza, a la fortaleza, al riesgo, a la fe, a la paciencia, a lo eterno.

Ella, la ‘Hija de Sión’ es la ‘Hija predilecta del Padre’ es un  ejemplo y modelo perfecto de fe en Dios, y de amor a Dios y al prójimo (TMA, 54). Ella es luz y guía de fe de creyentes. María Santísima es la ‘Estrella de la Nueva Evangelización’ a que la Iglesia nos llama al inicio de este nuevo milenio, ella es luz en el camino, modelo de humanidad realizada, en la plena confianza en Dios y totalmente disponible a sus designios de amor; sus pasos son guía en nuestro camino, y su santidad, modelo supremo al que todos estamos llamados en virtud del bautismo. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).

Nuestra vida cristiana es siempre una aventura gozosa. María nos enseña a ser responsables del don recibido de la fe. Ella, que había sido elegida y “dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante” (LG 56; CICa 487), no obstante, en la Anunciación, se sintió tremendamente desconcertada por el saludo y el mensaje del Ángel Gabriel (Lc 1,26-38; Juan Pablo II, Redemptoris Mater, nº 7-11), y sin temer, sin dudar, pero con el estupor del encuentro con Dios, supo responder con prontitud al plan de Dios: “He aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 26-38).

También en nuestra vida ha habido un momento en el que Dios nos ha tocado espiritualmente; fue como su primer ‘anuncio’, y le ha servido de ‘ángel mensajero’ alguna persona con el testimonio de su vida, o algún escrito. Pero a veces ocurre que tenemos la mente y el corazón tan saturados por las preocupaciones de nuestro egoísmo, que no oímos su voz ni nos abrimos a Dios que viene a nuestro encuentro. A veces ocurre que Él llama en vano a la puerta de nuestra casa porque, ocupados como estamos en nuestras vanidades y autocomplacencias, dejamos a Dios que pase de largo. María, en cambio, no dejó a Dios pasar de largo; su actitud nos debe recordar a Dios que pasa y no vuelve.

Como Maria debemos correr el riesgo de embarcarnos en la aventura de la vida programada sólo por Dios, aunque de momento parezcan tambalearse nuestras seguridades espirituales, familiares y sociales. Con el ‘Si’ de María queda al descubierto nuestra falta de generosidad; mirándola a ella nuestra admiración se torna en gozoso deseo de entrega, decidida apuesta por la vida con mayúscula. No tengamos miedo de creer en Dios y a Dios, de decirle sí en nuestra vida; no nos avergoncemos de ser cristianos. El ‘sí’ de María es para todos los cristianos una lección y un ejemplo para convertir la obediencia a la voluntad del Padre en camino y en medio de la santificación propia (cf Pablo VI, MC 21).

María nos invita con su ‘sí’ a estar siempre, en todo momento y lugar, atentos a hacer sólo la voluntad de Dios, no buscándonos a nosotros mismos, sino poniendo nuestra mirada únicamente en la gloria del Omnipotente, el único que en definitiva bordará en el tapiz de nuestra propia historia; es el designio que jamás podríamos imaginar, pues como María, modelo de humanidad realizada, sólo en Dios alcanzaremos la cumbre de nuestra dignidad de criaturas tal y como Dios las diseñó.

Recemos hoy a María para que nos ayude a creer como ella. Recemos a María con el rosario. Es una devoción que ayuda, de las manos de María, a profundizar en el Misterio de su Hijo, el Verbo Encarnado, y así a avivar nuestra fe y vida cristiana. Conocer, comprender, creer y amar a Jesucristo -nuestro Salvador- es lo más grande que se nos puede regalar. El Rosario, al ser un método sencillo, nos ayuda a todos sin excepción. María es nuestra ‘maestra en oración’. Por eso acudimos y recurrimos a ella. Que María, la Virgen del Rosario, nos ayude a recuperar a Dios, a su Hijo en nuestra vida; que fortalezca nuestra fe y vida cristiana; que nos ayude a ser discípulos y testigos de su Hijo y del Evangelio en el mundo. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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