Un nuevo Curso Pastoral

Querido diocesanos:

Con la fuerza del Espíritu del Señor Resucitado nos disponemos a iniciar un nuevo Curso Pastoral. Siguiendo nuestro vigente Plan Diocesano de Pastoral, este año nuestra atención preferente va a girar en torno a la Eucaristía, el resto de los sacramentos, la oración y la espiritualidad.

Nuestra Iglesia diocesana es y esta llamada a ser misterio de comunión para la misión. Para acoger este don y realizar esta tarea, recibidos del Señor, el sacramento de la Eucaristía tiene un lugar único y central. No es una frase vacía que la Eucaristía es y debe ser el centro de la vida de todo cristiano, de toda familia cristiana, de toda parroquia y comunidad eclesial, de la Iglesia misma. La Eucaristía contiene todo el bien de la Iglesia, contiene a Cristo mismo. Es la actualización del misterio pascual y es la unión sacramental, pero real, con el Señor en la comunión eucarística la que genera la unión y comunión con Dios en Cristo; unidos en Cristo, con Él y por Él, se realiza, se alimenta, y se fortalece la comunión fraterna que, a su vez, envía a ser testigos y promotores de la unión de todos los hombres en Dios.

Cuando decae la participación en la Eucaristía, especialmente los Domingos -como nos ocurre hoy y en grado creciente-, se debilita la fe y la vida cristiana personal y familiar, se debilita la vitalidad de las parroquias, movimientos y de toda la Iglesia diocesana, así como su fuerza misionera, evangelizadora y transformadora de la sociedad según el plan de Dios. De ahí la llamada urgente a trabajar todos para que nuestros fieles participen en la Eucaristía dominical y lo hagan de un modo activo, pleno y fructuoso.

Esto nos lleva a cuidar el resto de los sacramentos, especialmente el de la Penitencia. Hemos de recuperar el Sacramento de la Misericordia de Dios en toda su belleza y profundidad; los sacerdotes hemos de ofrecerlo habitualmente y en horario fijo en el modo establecido por la Iglesia y todos hemos de acercarnos a él con frecuencia para recuperar o fortalecer la unión con Dios y los hermanos si se ha roto o debilitado por el pecado; sólo así podremos recibir debidamente dispuestos la comunión eucarística, sin lo cual ésta no dará frutos de santidad, de comunión, de misión y de vida eterna.

Finalmente deseamos impulsar la oración personal y comunitaria y fortalecer la espiritualidad de todos. Ésta no es algo indeterminado o difuso, ni un mero sentimiento; tampoco se reduce a unos actos de piedad. Para un cristiano, la espiritualidad significa vivir según el Espíritu del Señor para descubrir y vivir el propio ser, la propia vocación y la propia tarea. Es dejar que, en la oración, el Espíritu del Señor dé forma a nuestro propio espíritu. Esto no lleva a intimismo desencarnado. La espiritualidad bien entendida y vivida abarca nuestras convicciones y sentimientos y se despliega en actitudes y compromisos en todas las facetas y dimensiones de nuestra vida.

Sin la gracia de Dios, sin la savia de la Vid que es Cristo Jesús y sin la fuerza del Espíritu nada podemos ser ni hacer como cristianos y como Iglesia. Vivamos el nuevo curso pastoral con ánimo y esperanza renovados. No estamos solos: El Señor Jesús es nuestro compañero de camino; su Espíritu nos ilumina, alienta y fortalece.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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