Ordenación de Presbíteros

S.I. Concatedral de Castellón, 24 de Junio de 2007

 

“Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas” (Sal 138). Sí, hermanos y hermanas en Cristo Jesús: Hoy es un día de gozo muy especial para toda la Iglesia y para nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón. Convocados por el Señor Resucitado celebramos la ordenación sacerdotal de estos ocho hermanos nuestros. Si ayer mañana Dios nos concedía el don de un nuevo diácono, esta tarde nos enriquece con ocho nuevos sacerdotes. Cantemos al Señor con alegría, démosle gracias y alabanza. A Él la gloria por los siglos de los siglos.

Os saludo con todo mi afecto y con profunda alegría a todos: a vosotros, queridos Enrique, Francisco Miguel, Héctor, Helter, José Antonio, Julio, Piero Salvatore y Reinel, hoy vais a ser configurados con Cristo, Pastor y Cabeza de su Iglesia, por el orden que vais a recibir. Mi felicitación muy especial para vuestros padres y familias, que os han educado en la fe, os han enseñado a escuchar, acoger y responder con generosidad la llamada de Dios al ministerio presbiteral y hoy se alegran junto con vosotros. Mi saludo agradecido también a vuestras comunidades parroquiales de origen: en ellas nacisteis a la vida de los Hijos de Dios por el Bautismo; allí comenzasteis a conocer, a amar, a imitar y a seguir a Cristo Jesús. Mi saludo y agradecimiento también, en el caso de los diáconos del Redemptoris Mater, a vuestras comunidades del Camino Neocatecumenal, donde redescubristeis a Jesucristo, y escuchasteis y respondisteis a su llamada. Mi saludo a todos los sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano del que, a partir de esta tarde, comenzáis a formar parte; os damos nuestra más cordial y fraterna bienvenida. Saludo y felicito también al Rector, a los formadores y a los seminaristas del Mater Dei, del Redemptoris Mater y del Colegio Pontificio Internacional Sedes Sapientiae: con ellos habéis madurado vuestra vocación al ministerio presbiteral; y mi saludo a las comunidades parroquiales de Sto. Tomás de Villanueva de Castellón y Benicassim, de San Miguel de Castellón.

La Palabra de Dios de este día, en que con la Iglesia entera celebramos la Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista, nos recuerda algunos rasgos de vuestra elección y llamada al ministerio presbiteral.

El profeta Isaías confiesa que, él, hombre de labios impuros, que vive entre un pueblo de labios impuros (cf. Is 6, 5), ha sido elegido por el mismo Dios para ser su profeta, ya desde antes de nacer. “Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó, en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre” (Is 49,1). Es Dios, quien le hizo su siervo desde el vientre de su madre y le constituyó luz de las naciones para que la salvación de Dios alcance hasta el confín de la tierra (Cf Is 49, 4-6). La elección y el ministerio profético de Isaías son dones gratuitos de Dios; el profeta es consciente que debe corresponder con generosidad y fidelidad a la llamada y a la misión a favor de su pueblo. Lo mismo ocurre con Juan el Bautista: engendrado por una anciana estéril por concesión graciosa de Dios, es elegido por Dios para ser el Precursor del Salvador; “lleno del Espíritu santo ya desde el seno de su madre” está destinado por Dios para convertir a muchos israelitas al Señor, su Dios, e ir delante del Señor a fin de prepararle un pueblo bien dispuesto (cf. Lc 1, 15-17).

Es el Señor quien los elige y llama; no por mérito alguno por su parte, sino por puro don y gracia. La elección, la llamada y la misión de Dios son las que hacen de Isaías profeta y luz de las naciones y de Juan Bautista el Precursor del Señor.

Vosotros, queridos diáconos, habéis descubierto también que es Dios quien os ha elegido desde el seno materno para ser presbíteros de su Iglesia; no por vuestros méritos ciertamente, sino por pura gracia. Vosotros también habéis escuchado la llamada certera del Señor a su seguimiento; y habéis sabido responder con gratitud, plena disponibilidad y entrega para poneros al servicio de Jesucristo, el Buen Pastor y Cabeza del Cuerpo, que es su Iglesia. Por el don de la ordenación seréis desde hoy epifanía para los hombres del único Sacerdote, que es Cristo, con vuestra persona y con vuestra vida seréis prolongación de su presencia y de su gracia entre los hombres. Un gran don, el que hoy recibís, un don que os pudiera hacer zozobrar como a Isaías, si os fijaseis sólo en vuestras fuerzas limitadas, en vuestras muchas debilidades o en las dificultades del momento para la evangelización. Pero, bien sabéis, que el amor, la fidelidad y la fuerza del Señor os acompañarán siempre. Como en el caso de Juan “la mano del Señor estará con vosotros”.

No lo olvidéis nunca: Vuestra ordenación sacerdotal es un gran don y un gran misterio. Ante todo es un gran don de la benevolencia divina, fruto de su amor. Y también es misterio, porque toda vocación está relacionada con los designios inescrutables de Dios y con las profundidades de la conciencia y de la libertad humana. Recibís esta gracia no para provecho y en beneficio propio, sino para ser siervos de Dios al servicio de Cristo, de la Iglesia y de los hermanos. Si permanecéis fieles y abiertos a la gracia inagotable del sacramento, ésta os transformará interiormente para que vuestra vida, unida para siempre a la de Cristo sacerdote, se convierta en servicio permanente y en entrega total.

Hoy vais a ser consagrados presbíteros, para ser pastores y actuar en el nombre de Jesucristo, Cabeza, Siervo y buen Pastor de su Iglesia. Mediante el gesto sacramental de la imposición de las manos y la plegaria de consagración, quedaréis convertidos en presbíteros para ser servidores del pueblo cristiano con un título nuevo y más profundo. Participareis así en la misma misión de Cristo, maestro, sacerdote y rey, para que cuidéis de su grey siendo maestros de la palabra, ministros de los sacramentos y guías de la comunidad.

Configurados con Cristo, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, seréis maestros autorizados de la Palabra de Dios en nombre de Cristo y de la Iglesia; seréis, a la vez, ministros de los sacramentos en la persona de Cristo Cabeza, como servidores suyos y administradores de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4, 1), y seréis pastores celosos de la grey que os sea encomendada a ejemplo del “buen Pastor da su vida por las ovejas ” (Jn 10, 11). No olvidéis nunca que Cristo apacienta al pueblo de Dios con la fuerza de su amor, entregándose a sí mismo como sacrificio: Cristo cumple su misión de pastor convirtiéndose en Siervo y Cordero inmolado.

Queridos diáconos: Hoy vais a quedar configurados con Cristo, el Buen Pastor, convirtiéndoos así en colaboradores de los Obispos, sucesores de los Apóstoles. Este día será inolvidable para vosotros. Jesús, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, ejemplo sublime de entrega amorosa, os invita ‘a quienes el constituye pastores, según su corazón’ a seguir sus mismas huellas. Para ser buen reflejo de Cristo, el Buen Pastor, es preciso que os identifiquéis más y más con El. Vivid de tal modo que la identificación con Cristo se refleje cada día más y mejor en toda vuestra existencia; así seréis para los demás una imagen transparente del Buen Pastor.

La caridad pastoral es el motor de este largo proceso de identificación con Cristo, que durará lo que vuestra vida. La caridad pastoral es “don gratuito del Espíritu Santo, y al mismo tiempo, tarea y llamada a la respuesta libre y responsable” (PDV 23). Como nos enseñó el Papa Juan Pablo II, “la caridad pastoral es aquella virtud con la que imitamos a Cristo en su entrega y en su servicio. No es sólo lo que hacemos, sino el don de nosotros mismos, lo que manifiesta el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de relacionarnos con la gente” (PDV 23).

Por la fuerza de la caridad pastoral, el sacerdote vive de Cristo, en Cristo y para Cristo; y desde Cristo vive para la Iglesia, para los hermanos y para las comunidades, que le son encomendados. El sacerdote ha de descentrarse de sí mismo para centrarse en Cristo, como Juan el Bautista lo supo hacer en todo momento dirigiendo las miradas a Cristo; y centrado en Cristo, el sacerdote habrá de centrarse en la Iglesia y en los hermanos. Como el Buen Pastor, el sacerdote ha de estar dispuesto a dar la vida por sus ovejas, a desvivirse por sus fieles, a superar inercias y tibiezas, a salir por los caminos del mundo para sanar al enfermo y al herido por la vida, para recuperar para Cristo al alejado, para anunciar el Evangelio a quienes todavía no han oído hablar de Dios. Como el Buen Pastor, el sacerdote ha de reunir al rebaño que se le ha confiado, congregando a los fieles para la Eucaristía o para la oración, para dar a conocer a Cristo y su Evangelio, y ha de velar constantemente para que las comunidades cristianas sean en verdad vivas y evangelizadoras, centradas en Cristo, fraternas y misioneras, comunidades unidas en la comunión de la Iglesia diocesana.

El buen pastor camina a la cabeza de la grey; indica con sus palabras y con sus acciones en qué consiste la fe o la vida cristiana, sin temor y sin adaptaciones. Habréis de ser, queridos diáconos, los primeros en recorrer sin descanso la senda de la vocación cristiana, que es llamada a la santidad, siendo aliento y ejemplo para los demás. El buen pastor se preocupa de cada una de las ovejas, y manifiesta especial cuidado con las que más lo necesitan, sin desanimarse por las dificultades o rendirse ante las fatigas.

Como sacerdotes seréis los hombres de la Palabra, a quienes corresponderá la tarea de anunciar en nombre de Cristo y de su Iglesia el Evangelio a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo, a los niños y adolescentes, a los jóvenes y a los adultos. Como Pablo deberéis proclamarles una y otra vez a Cristo y decirles: “A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación” (Hech 13, 26). Anunciar a Cristo Jesús, el Salvador, y la Buena Nueva de la Salvación a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella ésta será vuestra tarea. Hacedlo con gran sentido de responsabilidad, con verdadero celo apostólico y siempre en plena sintonía y comunión con la fe de la Iglesia.

Sed también hombres de la Eucaristía, mediante la cual entréis cada vez más en el corazón del misterio pascual. Mediante la celebración diaria de la santa Misa sentiréis la exigencia de una configuración cada vez más íntima con Jesús, el Buen Pastor, “haciendo vuestras las disposiciones del Señor para vivir, como El, como don para los hermanos”. Por eso, alimentaos de la Palabra de Dios; conversad todos los días con Cristo realmente presente en el Sacramento del altar. Dejaos conquistar por el amor infinito de su Corazón y prolongad la adoración eucarística en los momentos importantes de vuestra vida, en las decisiones personales y pastorales difíciles, al inicio y al final de vuestra jornada. En ella encontraréis “fuerza, consuelo y apoyo” (Ecclesia de Eucharistia, n. 25).

Configurados con Cristo, el Buen Pastor, queridos diáconos, sed ministros de la misericordia divina. Ofreced el sacramento de la Reconciliación, cumpliendo así el mandato que el Señor transmitió a los Apóstoles después de su resurrección: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). Pero, para poder cumplirlo dignamente experimentad vosotros mismos el amor misericordioso de Dios mediante una práctica frecuente de la confesión, dejándoos también guiar por expertos consejeros espirituales, sobre todo en los momentos más difíciles de la existencia.

Queridos diáconos: Vais a ser ordenados presbíteros para esta Iglesia de Segorbe-Castellón, abiertos siempre a la Iglesia universal. Seréis sacerdotes en una tierra y en una época en las que crecen la increencia y la indiferencia religiosa, el alejamiento de los cristianos de la fe y práctica religiosa y en las que fuertes tendencias quieren hacer que sobre todo los jóvenes y las familias prescindan de Dios y de su Hijo, Jesucristo. Es clara la urgencia de la evangelización de nuestras comunidades y de nuestra sociedad. No tengáis miedo: Dios estará siempre con vosotros como lo estuvo con Isaías, con Juan el Bautista y con el mismo Señor (cf. Hech 10, 38). Con su ayuda, podréis recorrer los caminos que conducen al corazón de cada hombre y mujer; con su ayuda podréis llevarlos a Cristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, al Cordero de Dios y Buen Pastor, que dio la vida por ellos y quiere que todos participen en su misterio de amor y salvación. Si estáis llenos de Dios, si Cristo es el centro de vuestra vida y crecéis en una íntima unión con él, si sois fieles a la comunión de la Iglesia, si vivís la fraternidad sacerdotal, si amáis a las personas podréis ser verdaderos apóstoles de la nueva evangelización.

Ojalá que vuestro ejemplo aliente también a otros jóvenes a seguir a Cristo con igual disponibilidad y entrega. Oremos al “Dueño de la mies” para siga llamando obreros al servicio de su Reino, porque “la mies es mucha” (Mt 9, 37). Por vuestra vocación y por vuestro ministerio oramos todos nosotros y vela María Santísima. En este momento, Cristo os encomienda nuevamente a ella, repitiéndoos las palabras que, desde la cruz, dirigió al apóstol san Juan: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 27). ¡Y tú, María, Madre y modelo de todo sacerdote, permanece junto a estos hijos tuyos hoy y a lo largo de los años de su ministerio pastoral! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.