¿Qué pasó con la Misericordia?

El acontecimiento eclesial a nivel mundial más importante del curso que hemos concluido ha sido el final del Jubileo de la Misericordia. En la Diócesis se cerró la Puerta Santa de la Catedral de Segorbe el 12 de noviembre, una semana antes de que lo hiciera el Papa Francisco en Roma. Durante un año más de 6.000 personas participaron en las diversas celebraciones. El Obispo recordaba con emoción lo vivido, y en la carta para concluir el Año Santo afirmaba que “aún están vivas en nuestra memoria y en nuestro corazón las hermosas celebraciones del Jubileo”.

D. Javier Aparici, Vicario de Pastoral y delegado diocesano para el Jubileo, tiene clara la clave del éxito: “Éramos conscientes  de que quien convoca es Jesucristo. Nosotros solo fuimos instrumento que intentamos adaptar a nuestra realidad de la Diócesis la llamada que nos hizo el Papa”. Su objetivo era la calidad por encima de la cantidad. Por eso los preparativos se centraron en “facilitar el encuentro con Cristo y experimentar la Misericordia”.

En la evaluación del curso que se hizo en el Consejo Diocesano de Pastoral de junio, se constataron los tres grandes frutos del Jubileo: la preparación de las celebraciones, la alta participación y que mucha gente se animó a acercarse de nuevo al sacramento de la reconciliación.

 

Herencia viva

Ahora, siguiendo su Plan Diocesano de Pastoral, la Diócesis se prepara a vivir dos cursos cuya prioridad será la iniciación cristiana y la celebración. ¿Qué herencia ha dejado el Jubileo para profundizar en estos aspectos esenciales de la vida de la Iglesia? D. Javier Aparici responde que “si durante el Año Santo hemos profundizado en Dios que es Misericordia y hemos experimentado la Misericordia, especialmente en el sacramento de la reconciliación, necesariamente daremos testimonio del Amor de Dios en actitudes y acogida, de modo que los otros puedan a través nuestro experimentar también la Misericordia”.

Esto implica continuar con la renovación pastoral de las parroquias de modo que sean comunidades vivas formadas por discípulos-misioneros. La Misericordia hará que sean lugares donde se “vive y se palma el amor de Dios, siendo acogedoras, fraternas, viviendo el encuentro con Cristo, siendo testigos de Dios y preocupadas también por los más pobres, no centradas en ellas mismas porque el amor es difusivo”, según la descripción del Vicario de Pastoral.

El Año de la Misericordia sigue muy vivo en la vida de la Iglesia universal y diocesana. Su herencia actual la recoge muy bien Mons. López Llorente en su conclusión del Jubileo: “Este Año Santo ha sido un tiempo de gracia; nos ha ofrecido una gran oportunidad para una sincera y autentica conversión a Dios, a Jesucristo y a los hermanos, para la renovación de nuestra fe y vida cristianas, y, finalmente, para la renovación pastoral y misionera de nuestra Iglesia y de nuestras comunidades. Este era el deseo del Papa para este Jubileo: que fuera un “tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes” (MV 3) en un momento en que cristianos y comunidades estamos llamados a ser discípulos misioneros. Y la misericordia de Dios, acogida y vivida en el día a día, es el camino para salir con nuevo ardor a la misión siempre nueva de anunciar a Jesucristo”.

 

¿Estuviste ahí?

 

Mons. Casimiro López Llorente recordaba con emoción al final del Jubileo: “Aún están vivas en nuestra memoria y en nuestro corazón las hermosas celebraciones del Jubileo en la Catedral de Segorbe por zonas, la de los sacerdotes en la Misa Crismal, o la de los catequistas y profesores de religión; también recordamos con alegría la multitudinaria celebración del Jubileo de los niños en el Seminario Mater Dei, o la más íntima de los enfermos y mayores en la Basílica de Lledó, y, de modo especial, las celebraciones en las cárceles de Castellón y Albocásser, por citar sólo algunas de las muchas celebraciones en nuestra Diócesis. No menos intensas han sido las celebraciones más locales del Jubileo en la Basílica de El Salvador de Burriana, en Sta. Isabel y en San Jaime en Villarreal, en San Juan de Peñagolosa con motivo de la peregrinación de Culla”.

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