Prepararse para la Navidad

Queridos diocesanos:

El Adviento es un tiempo hermoso de preparación para celebrar cristianamente la Navidad. En la Navidad conmemoramos la ‘primera’ venida en la historia de Jesús, el Hijo de Dios en Belén; Él es el Mesías y Salvador. Por otra parte, en Adviento dirigimos nuestra atención hacía la ‘segunda’ venida de Jesucristo al final de los tiempos. Nuestra vida cristiana adquiere sentido a partir de estos dos momentos históricos: la Encarnación de Cristo, que nos salva, y la Parusía, su venida al final de los tiempos, que llevará su obra a total cumplimiento. El cristiano vigila y espera siempre la venida del Señor para dejarse encontrar por Él.

Nos preparamos a la Navidad sabiendo que el Señor y su Salvación están ya presentes en su Iglesia y con la esperanza confiada de su venida definitiva. Ello ha de despertar en nosotros los cristianos actitudes de fe y vigilancia, de hambre o de pobreza espiritual y de misión o presencia en el mundo. Si nos dejamos encontrar personalmente con Cristo, su Salvación llegará a tantas situaciones todavía necesitadas de ella.

El Señor está presente y sale a nuestro encuentro en su Iglesia, el Cuerpo de Cristo, en su Palabra, en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía y en la Penitencia, en el testimonio de muchos bautizados, en el prójimo, sobre todo, en el pobre, en el enfermo, en el hambriento y en el sediento, en el que está en la cárcel o vive en soledad; el Señor está presente y sale a nuestro encuentro en los acontecimientos de la vida. Reavivar nuestra fe equivale estar vigilantes para acoger al Señor presente entre nosotros. La vigilancia es defensa y lucha ante el mal que nos acecha; y es también espera confiada y gozosa de Dios, que nos ama a cada uno, que nos da vida, nos salva y nos libera del pecado y del mal. En Adviento, El Señor pasa por nuestras vidas y quiere que nos dejemos encontrar por Él.

Como nos dice el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica La alegría del Evangelio:  “En Jesucristo siempre nace y renace la alegría”; es la alegría de sentirse amados siempre y para siempre por Dios. Quienes se dejan encontrar y “salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento”, que brotan del corazón cómodo y avaro, del corazón cerrado en sus propios intereses, del corazón que no deja espacio para los demás ni para Dios (nn. 1-2).

Adviento es por ello tiempo de conversión, tiempo de salir de sí mismos para volver nuestra mirada y nuestro corazón a Dios y a los pobres, tiempo para recuperar la alegría de creer y de sentirse amados por Dios. Pero ¿cómo podremos buscar al Señor si no reconocemos que tenemos necesidad de Él? Nadie deseará ser liberado si no se siente oprimido. Seamos humildes y pobres en el espíritu; esta pobreza es la actitud de sentirse necesitado de Aquél que es más fuerte que nosotros; es nuestra disposición para acoger todas y cada una de sus iniciativas.

El hombre de hoy busca ansiosamente la felicidad, la paz, la justicia y el amor. La secularización y el progreso técnico le tientan a vivir cerrado a Dios y buscar la felicidad fuera de Jesucristo. Pero cada vez se siente más lejos de la felicidad anhelada. Es en Jesucristo donde el hombre descubre su verdadera imagen, su verdadero destino y su pertenencia a un mundo nuevo que ha comenzado a edificarse en el presente. Cristo ha venido y viene para todos. Dejémonos encontrar por el Señor que viene.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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