“¿Quién decís que soy yo?”

Queridos diocesanos:

Al retomar la vida ordinaria después de la pausa del verano, el Evangelio de este domingo fija nuestra mirada en lo nuclear para nuestra vida personal y comunitaria. Jesús pregunta a sus discípulos: “Y  vosotros, ¿quien decís que soy yo?” (Mt 16,15). Jesús se había retirado con los ‘doce’ a la región de Cesárea de Filipo para iniciarles en el misterio de su persona y de su misión. A modo de introducción, Jesús les comienza preguntando sobre la opinión de la gente sobre él; pero lo que realmente le importa es conocer qué piensan sus discípulos de él, cuál es el grado de adhesión a su persona.

En nombre de todos, Pedro responde a la pregunta de Jesús: ‘Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’ (Mt 16, 16): Esta respuesta es una confesión sobre la persona de Jesús, sobre su divinidad y sobre su misión. Pedro, en nombre del resto, confiesa que Jesús es el Mesías, el Cristo, el Ungido por el Espíritu Santo como el Salvador del mundo, el Hijo de Dios o, lo que es lo mismo, el Hijo de Dios es el hombre Jesús. En Jesús, pues, aparece lo definitivo del ser humano y la manifestación plena de Dios. Esta confesión de fe de Pedro es básica y nuclear para la comunidad de los discípulos y para cada uno de ellos. Este reconocimiento de Jesús y esta adhesión personal a su persona y misión distinguen al discípulo del resto de la gente.

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?. Es la pregunta que hoy nos dirige Jesús a cada bautizado. La respuesta dará la medida del discípulo. En efecto: Se comienza a ser cristiano en el encuentro personal con Jesús, en el reconocimiento personal de Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios vivo encarnado, muerto y resucitado para la vida del hombre, como el Ungido por el Espíritu y como Salvador del mundo. Los discípulos, el Pueblo de Dios, deben nutrirse de este encuentro personal con Jesucristo. Pedro, los apóstoles y los discípulos se encuentran con Jesús, le reconocen como el Hijo de Dios y se adhieren a Él: y ese acontecimiento marca definitivamente su vida.

El verdadero discípulo de Jesucristo cree y confía antes de nada en una Persona, que vive y da Vida, porque ha resucitado. En Cristo encuentra el creyente la respuesta a la pregunta por el sentido, la construcción y la meta de la existencia e historia humana. Creer en Jesucristo no es sólo afirmar que Él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Es conocerle personalmente y acogerle como tal. Es reconocer vital y gozosamente al Dios vivo y amoroso, que nos revela Jesucristo, como origen, guía y meta de nuestra existencia. Significa, además, colaborar, humilde y responsablemente, en su acción salvadora y liberadora en la vida concreta de los hombres.

Nos urge reavivar, madurar y fortalecer nuestra fe y vida cristianas. La fe en Jesucristo es verdadera fe, cuando se hace experiencia personal, basada en el encuentro personal con El y la adhesión total a su persona; la fe se mantiene viva y fortalece, cuando se alimenta de la escucha de la Palabra en el seno de la tradición viva de la comunidad de la Iglesia, en la oración personal y comunitaria, en la participación frecuente, activa y fructuosa, en la Eucaristía y en la experiencia de la misericordia de Dios en la Penitencia; la fe sólo es verdadera cuando se encarna en la vida cotidiana del creyente. Sólo esa fe será capaz de mantenerse viva en un ambiente adverso y de despertar preguntas y dar respuestas al hombre y a la sociedad actuales.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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