El sacramento de la misericordia

Queridos diocesanos:

Durante el tiempo de la Cuaresma, la Palabra de Dios nos exhorta a la revisión y renovación de nuestra vida cristiana mediante la conversión de mente y corazón a Dios. En este tiempo resuenan las palabras de Jesús: “Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15). Este es el camino para prepararnos debidamente a la celebración del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo; éste es el camino hacia la Pascua del Señor.

El misterio de la redención de Cristo en la Cruz nos muestra que el amor de Dios es más fuerte que nuestro pecado. La contemplación del amor infinito de Dios, en la muerte y en la resurrección del Jesús, nos desvela nuestros propios pecados de acción y de omisión, pero, sobre todo, la misericordia infinita de Dios, siempre dispuesto al abrazo del perdón. En la Cruz, nos dice San Pablo “Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados” (2 Cor, 5, 19). Y él mismo San Pablo nos exhorta: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5, 20). Y es en el sacramento de la reconciliación donde experimentamos de un modo muy personal ese amor misericordioso y reconciliador de Dios.

Necesitamos recuperar el Sacramento de la Penitencia ante una mentalidad superficial y, a veces, deformada de este sacramento, ante su olvido o ante su abierto rechazo. Su recuperación comienza por reconocer con humildad nuestra condición de pecadores y admitir que pecamos; es decir, que fallamos al amor de Dios, cuando transgredimos por acción  o por omisión los preceptos divinos. Todo pecado es, en el fondo, un acto de desconfianza hacia la bondad de Dios y de desobediencia a su ley. En nuestros pecados descubrimos siempre la voluntad de preferirnos a nosotros mismos y posponer a Dios, de construir nuestra vida sin Dios o al margen de Él, de anteponer nuestros intereses personales a su voluntad. Así nos lo desvelará un buen examen de conciencia, que no es sino la confrontación sincera y serena con la ley moral interior, con las normas evangélicas propuestas por la Iglesia, con el mismo Cristo Jesús, nuestro maestro y modelo de vida, y con el Padre celestial, que nos llama al bien y a la perfección. Al examen sincero de conciencia ha de seguir la contrición o dolor de los pecados, que supone un rechazo claro y decidido del pecado cometido junto con el propósito de no volver a cometerlo por el amor que se tiene a Dios y que renace con el arrepentimiento. Todo ello nos llevará a la confesión de nuestros pecados para dejarnos abrazar por el amor misericordioso de Dios que nos perdona en la absolución y a cumplir la satisfacción por nuestros pecados.

Para recuperar este sacramento de la Penitencia es preciso también que sea ofrecido en todas las parroquias, en horarios concretos, y que los sacerdotes estén siempre dispuestos a administrarlo si se les pide oportunamente. A los sacerdotes, como a Pablo, el Señor nos ha encargado el ministerio de la reconciliación.

Contemplemos el rostro amoroso de Dios en Cristo y dejémonos cautivar por la belleza irresistible de su amor y de su misericordia. No nos engañemos: sólo quien vive reconciliado con Dios puede vivir reconciliado también consigo mismo y con los demás. Y para el cristiano el sacramento del perdón “es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo”.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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