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La pastoral, la enseñanza y los sacramentos, temas principales de la reunión de los obispos de la Provincia Eclesiástica Valentina celebrada en Ibiza

Los obispos pertenecientes a la Provincia Eclesiástica Valentina -integrada por las tres diócesis de la Comunidad Valenciana y las tres de las islas Baleares- han celebrado durante dos días una reunión, presididos por el cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, en la que han revisado el documento sobre la iniciación cristiana para su posterior aprobación.

Asimismo, los obispos han comenzado a estudiar y redactar un documento sobre la atención a enfermos y moribundos y han expuesto las distintas realidades que se encuentran en las diócesis con respecto a la situación de la enseñanza religiosa escolar en los colegios concertados.

La reunión, que terminará la tarde de este viernes, ha servido también para que los obispos de nuestra provincia eclesiástica comenten sobre otros temas relacionados con la actualidad de la vida de la Iglesia de manera más distendida.

Además del Obispo de Segorbe-Castellón, Don Casimiro López Llorente, están participando los obispos de Orihuela-Alicante, don Jesús Murgui ; los obispos auxiliares de Valencia, Esteban Escudero, Javier Salinas y Arturo Ros; los obispos de Mallorca, Menorca e Ibiza, monseñores Sebastià Taltavull, Francisco Conesa y Vicente Juan Segura, respectivamente, así como el vicario general de la archidiócesis de Valencia y secretario de la Provincia Eclesiástica, Vicente Fontestad.

Escuchar y contemplar a Cristo en el Rosario

 

Queridos diocesanos:

            Nuestra Iglesia diocesana está trabajando por hacer de nuestras parroquias comunidades vivas desde el Señor y misioneras; esto pasa por ayudar a los bautizados a ser verdaderos cristianos, discípulos misioneros del Señor. Este es y debe ser el objetivo primero y fundamental de todo proceso de iniciación cristiana: sea el caso de adultos no bautizados, que piden el bautismo, o sea el caso de los bautizados en su infancia que desean recibir la primera Eucaristía o la Confirmación, o bien de los bautizados adultos que desean personalizar su fe mediante un proceso catecumenal.

            La base indispensable para ser cristiano es el bautismo y el encuentro personal con Jesús, el Señor resucitado, que transforma el corazón, vivifica con la Vida de Dios y da la esperanza de la vida eterna; un encuentro que lleve a una adhesión de mente, de corazón y de vida a Cristo y su Evangelio. El papa Francisco, citando a Benedicto XVI, nos recuerda: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (EG 7). Este encuentro con Cristo es fuente de alegría y aviva nuestra condición de bautizados, llamados a ser discípulos misioneros del Señor, cada cual según su vocación y ministerio: como presbíteros, diáconos, religiosos o seglares o como familias cristianas. Este encuentro personal con Cristo vivo será también la garantía de un buen proceso catecumenal de adultos. Y desde este encuentro se irán generando, con la ayuda del Espíritu Santo, comunidades de discípulos misioneros y viviremos “en estado permanente de misión”.

            Son muchos los lugares y ámbitos donde el Señor sale a nuestro encuentro y nos podemos encontrar con Él: en la escucha atenta de su Palabra, en los sacramentos, de modo único en la Eucaristía, en la Liturgia de la Horas, en la lectio divina, en la oración personal y comunitaria, en cada hombre y en cada acontecimiento, en especial, en los hambrientos y sedientos, en los enfermos y encarcelados, y en las distintas expresiones de la piedad popular. Entre estas últimas destaca el Rosario, que es necesario recordar al comienzo del mes de octubre en que celebramos la fiesta de la Virgen del Rosario.

            Algunos piensan que el Rosario es algo trasnochado, llevados quizá por la forma rutinaria, distraída y superficial con que tantas veces se reza. Cierto que hay que mejorar mucho su rezo, pero nunca dejarlo de rezar. Porque el rezo sosegado y atento del Rosario es una oración que nos lleva a escuchar a Jesucristo y a contemplar su rostro. Rezar el Rosario es en realidad contemplar con María el rostro de su Hijo. El Rosario es una oración sencilla y profunda a la vez. Rezado con fe y atención nos lleva al encuentro con Cristo, con sus palabras y con sus obras salvadoras a través de los misterios de gozo y de luz, de dolor y de gloria. Desde los misterios del Rosario llegamos al Misterio del Hijo de Dios. Su rezo se encuadra perfectamente en el camino espiritual de nuestra Iglesia diocesana, llamada a ser evangelizada y evangelizadora con la mirada, la mente y el corazón puestos en el Señor.

            El rezo del Rosario, bien hecho, nos lleva al encuentro con Cristo. Con la Virgen María podemos aprender a contemplar la belleza de su rostro y a experimentar la hondura y la anchura de su amor desde todo el Evangelio. Pues el Rosario es una oración profundamente evangélica. No sólo los misterios, sino que también las mismas oraciones principales están tomadas del Evangelio: el Padrenuestro, la oración que Jesús enseño y mandó orar a sus discípulos; el Avemaría, con que saludamos a la Virgen con las palabras del ángel Gabriel y de su prima Isabel, y pedimos su intercesión en el presente y en el paso definitivo a la vida eterna. Al finalizar cada misterio, invocamos y alabamos a Dios Uno y Trino, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En verdad: el rosario es un verdadero ‘compendio del Evangelio’.

            El Rosario es fuente de gracia y de santidad para todos. Nos abre y dispone a la gracia de Dios. Es fuente de comunión con Dios mediante la comunión con Cristo en la contemplación de sus misterios; y es fuente de comunión con los hermanos en Cristo al ofrecer su rezo por alguna necesidad propia o ajena.

            Recuperemos el rezo del Rosario: en privado o en grupo, en parroquias y comunidades, y también en las familias. Una familia que reza unida, permanece unida.

            Con mi afecto y bendición,

 

            +Casimiro López Llorente

            Obispo de Segorbe-Castellón

Cambio de mentalidad y de pastoral

Queridos diocesanos:

En la Jornada diocesana de Apertura del Curso pastoral tuvimos la ocasión de reflexionar sobre los problemas de fondo de la iniciación cristiana hoy. La cuestión que latía en el corazón de los numerosos participantes en el encuentro era cómo hacer hoy un cristiano para ser fieles al mandato de Jesús: “Id y haced discípulos míos… bautizándolos”. Pues constatamos con dolor que nuestros esfuerzos no consiguen su objetivo: hacer discípulos misioneros del Señor de los bautizados.

Una de conclusiones de la Jornada es la necesidad de un cambio de mentalidad, que nos lleve a un cambio en la pastoral . Para ello es preciso, antes de nada, no olvidar que la iniciación cristiana es la inserción progresiva de una persona en el misterio de Cristo, muerto y resucitado, y en la Iglesia por medio de la fe y de los sacramentos: el Bautismo, que es el comienzo de la Vida nueva; la Confirmación, que es su afianzamiento; y la Eucaristía, que alimenta al discípulo con el Cuerpo de Cristo para ser transformado en Él. A todo este proceso o camino en el que la Iglesia hace nuevos cristianos lo llamamos iniciación cristiana.

La iniciativa de Dios, la respuesta de la persona y la mediación de la Madre Iglesia son  esenciales e inseparables en este proceso. En primer lugar, la iniciación cristiana es un don de Dios; sólo Dios puede hacer que el ser humano renazca en Cristo por el agua y el Espíritu; sólo Él puede comunicar vida eterna; suya es la iniciativa y suya es la capacidad de santificar al ser humano por su gracia, que se comunica eficazmente en dichos sacramentos. En segundo lugar, la iniciación es un don de Dios a la persona, quien ha de responder libremente al don de Dios, recorriendo un camino de liberación del pecado y de crecimiento en la fe; la gracia santificante comunicada en los sacramentos es un don que pide ser acogido e incide en todas las dimensiones que configuran su existencia humana; es una realidad que implica a toda la persona y que ha de ser continuada por una educación permanente de la fe en el seno de la comunidad eclesial. En tercer lugar, la iniciación cristiana es un don de Dios que recibe la persona humana por mediación de la Madre Iglesia, que recibe la vida de Cristo para engendrar, por mandato suyo y por la acción del Espíritu Santo, nuevos hijos para Dios.

El proceso de la iniciación cristiana se realiza principalmente mediante la catequesis y la liturgia, dos dimensiones de una misma realidad: introducir a los hombres en el misterio de Cristo y de la Iglesia. La catequesis no es un mero requisito previo para recibir los sacramentos, ni menos puede reducirse a una clase escolar. Toda la comunidad diocesana, y especialmente cuantos intervenimos en la iniciación cristiana (sacerdotes, padres, catequistas, etc.) necesitamos un cambio de mentalidad. Hemos de ser conscientes que la celebración de los sacramentos debe ser siempre precedida y acompañada por la evangelización, la fe y la conversión, porque sólo así pueden dar sus frutos en la vida de los fieles. Jesús nos mandó hacer discípulos y bautizarlos.

Es importante destacar algunos elementos importantes que hay que recuperar en nuestra pastoral. Primero, el anuncio de la Palabra, que suscita la fe y la conversión; hoy tiene como destinatarios a los que no creen como los que viven en la indiferencia religiosa; pero es necesario también un nuevo anuncio a nuestros niños bautizados e incluso a los bautizados que creen saberlo todo sobre el cristianismo pero realmente no lo conocen. Segundo, la conversión inicial de los adultos equivale, en el caso de la iniciación cristiana de los niños bautizados en la infancia, al despertar religioso; es responsabilidad de los padres acompañar a sus hijos en este despertar a la fe, porque su ausencia tendrá consecuencias negativas en todo el proceso; las parroquias han de suplir o apoyar este momento, por ejemplo con el oratorio de niños. Tercero, en el proceso de iniciación es necesario el discernimiento; la Iglesia siempre juzgó sobre quién podía o no comenzar un proceso de iniciación, si había vivido una auténtica primera conversión, y sobre quién lo podía culminar o no, según hubiese asimilado la vida cristiana y sus exigencias a lo largo del proceso; no basta con asistir a catequesis el tiempo establecido; tiene que poder verificarse una adhesión cordial a Cristo, un cambio de valores y de conducta: esto implica hoy discernir en cada caso; mediante el diálogo pastoral deben superarse los posibles conflictos e incomprensiones, tratando de hacer descubrir la dignidad y la belleza de la vida en Cristo. Y, cuarto, en la catequesis de iniciación es básica la persona del catequista, que ejerce una auténtica misión eclesial; esto requiere una profunda experiencia de fe y una sólida formación para poder ser guía espiritual de los catequizandos, acompañándoles en el aprendizaje y maduración de la fe.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Un nuevo curso pastoral

Queridos diocesanos:

Después de la pausa del verano, os saludo a todos en el Señor. Poco a poco se va poniendo en marcha un nuevo curso. También en nuestra Iglesia diocesana, en nuestras comunidades parroquiales y religiosas, movimientos, asociaciones y grupos nos disponemos a comenzar un nuevo curso pastoral al servicio de la misión evangelizadora que Jesús nos ha confiado. Esta misión es la que nos identifica como cristianos, como parroquias y comunidades cristianas, como Iglesia. Jesús nos sigue diciendo hoy: “Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,19-20).

Este mandato del Señor de hacer cristianos, discípulos misioneros del Señor, es tremendamente actual y muy urgente en nuestra Iglesia diocesana. El gran reto de nuestra Iglesia diocesana es hoy, como en los primeros tiempos, llevar a las personas y bautizados al encuentro o al reencuentro transformador y salvador con Cristo; un encuentro, que haga verdaderos cristianos. Con otras palabras: nuestro gran reto y urgencia es la Iniciación cristiana. Como nos dice el Catecismo de Iglesia Católica, “desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas (…) con unos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística” (n. 1229). Se trata del catecumenado: un camino y un proceso sólido, bien trabado y completo, que acoge a los candidatos a las puertas de la fe, los acompaña a lo largo de varias etapas y los conduce a una fe adulta.

Desde hace años estamos encontrando dificultades crecientes para engendrar y tallar en la fe y la vida cristiana a las nuevas generaciones. Con frecuencia lamentamos con tristeza y desazón que quienes reciben los sacramentos de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación, Eucaristía) no llegan a ser discípulos de Jesús y testigos suyos en la Iglesia y en el mundo, y que pronto se alejan de la Iglesia. Esta realidad nos tiene que interpelar y mover a una conversión pastoral, como nos pide el papa Francisco No podemos mantener una situación, en la que la mayoría de los procesos de iniciación cristiana son débiles y no conducen a una confesión personalizada de la fe, a una inserción viva en la comunidad eclesial, y a una implicación gozosa en la vida y misión de la Iglesia. Por ello nos hemos de hacer la pregunta: ¿Cómo hacer un cristiano hoy?.

Antes de nada hemos de asumir que el contexto social ha cambiado radicalmente. Ya no vivimos, como hace unos años, en una sociedad homogénea, con una cultura y un ambiente social cristianos, donde la iniciación cristiana era acompañada y realizada de forma espontánea por la sociedad y la tradición familiar, apoyadas por la catequesis parroquial y la escuela donde se impartía una formación cristiana. Esa situación ya no se da; pero en la práctica seguimos actuando como si nada hubiera cambiado. El pluralismo religioso, la secularización de la sociedad y de las instituciones, la descristianización ambiental, el laicismo excluyente y beligerante, el proceso de alejamiento y el abandono de numerosos bautizados, el fuerte impacto de los medios de comunicación sobre todo en niños y jóvenes, el debilitamiento de la familia en su tarea educadora y transmisora de la fe, entre otros fenómenos, cuestionan la iniciación cristiana, tal como la seguimos ofreciendo en general. El proceso de iniciación que reciben hoy muchos bautizados es un proceso superficial, discontinuo e incompleto, que difícilmente puede asegurar consistencia y coherencia cristiana.

Por todo ello, al comenzar un nuevo curso tendremos una Jornada diocesana de Apertura del Curso pastoral sobre la Iniciación cristiana, uno de los objetivos concretos para este curso. Juntos rezaremos y reflexionares sobre los problemas de fondo de la Iniciación cristiana: qué es la Iniciación cristiana, qué es lo que constituye a un cristiano, cómo se hace un cristiano, cómo hay que plantear hoy la iniciación cristiana en un mundo que ha cambiado tanto. La Jornada tendrá lugar, Dios mediante, el sábado 16 de septiembre, por la mañana, en el Seminario Diocesano Mater Dei en Castellón. A ella os invito a todos los cristianos católicos. Hasta ese día os saludo a todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Mirada agradecida al pasado curso pastoral

Queridos diocesanos:

Otro curso pastoral ha tocado a su fin. Es hora de descansar, pero también de mirarlo y valorarlo desde el Señor. Recordemos aquella escena, cuando los Doce regresan de la primera misión (cf. Mc 6,30-34). A su vuelta, los apóstoles se reúnen con Jesús para contarle “todo lo que habían hecho y enseñado” y comentarle la experien­cia vivida. Esta escena nos recuerda que toda actividad apostólica ha de partir de Jesús y ha de volver continuamente a Él. Al mismo tiempo es como si los apóstoles tuvieran que reponer energía espiritual y apostólica. Han cumplido la misión encomendada: han enseñado, han llamado a la conversión y han curado enfermos o expulsado demonios. Saben bien que aquello no ha sido por sus propias fuerzas, sino por el poder que Jesús les ha dado. Seguro que le contarían también sus aparentes fracasos. Vuelven a Jesús para reconocer así que sin Él no pueden nada. A la vez, al volver a Jesús ratifican su deseo de estar más unidos a él. La auténtica acción apostólica parte siempre de Cristo y acerca más a Él.

La respuesta de Jesús es singular. Se los lleva a un lugar ‘tranquilo y apartado’ donde nadie les estorbe y puedan descansar con Él y en Él. Se pueden aplicar aquí las palabras de Jesús: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré” (Mt 11,28). El trabajo pastoral de sacerdotes y de todo discípulo no es fácil ni descansado. Ser fiel a la misión encomendada, lograr que el Señor, su palabra y su obra de salvación llegue a todos piden dedicación, entrega, desvelos, sufrimiento, perseverancia; y esto produce cansancio: es el cansancio apostólico. Por eso, todo discípulo misionero necesita descanso: y éste se halla en el Señor. Este descanso consiste en saber estar con Jesús, mirar y revisar la vida y la tarea con Él, escucharlo, y así profundizar en la comunión de vida y misión con Él. Esto ayuda a reponer fuerzas y a crecer en la misma solicitud, compasión y misericordia de Jesús para con todos.

Este curso pastoral ha sido el segundo año en la aplicación de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, que está centrado en la parroquia. Con la ayuda de la gracia hemos intentado trabajar con todas nuestras fuerzas para que nuestras parroquias sean comunidades evangelizadas y evangelizadoras, comunidades vivas desde el Señor y misioneras, especial hacia los más pobres y desfavorecidos; en una palabra, que sean comunidades de discípulos misioneros del Señor.

Para ello, en este año hemos centrado nuestra tarea en el anuncio de la Palabra de Dios, sobre la que se ha de edificar siempre todo bautizado y toda comunidad cristiana.  Cada cual deberá revisar cómo ha cuidado el anuncio de la Palabra: en el primer anuncio del kerigma, en la catequesis de iniciación cristiana, en las catequesis ocasionales, en la homilía, en la enseñanza en la clase de religión o de teología, entre otras; sin olvidar que el anuncio de la Palabra de Dios ha de tener siempre como meta llevar al encuentro personal con Cristo  -la Palabra de Dios-, a la adhesión personal y conversión a Él, a su seguimiento gozoso en el seno y en la comunión de la comunidad eclesial y a la implicación en la misión que el Señor nos ha confiado a todos. Seguro que veremos muchas luces y algunas sombras. Pero no desfallezcamos.

La Providencia ha querido que este curso coincidiera con la celebración del Jubileo de la Misericordia y con la celebración del 50º Aniversario del Seminario Diocesano Mater Dei. El Jubileo de la Misericordia está siendo un verdadero año de gracia, que está renovando y revitalizando nuestra Iglesia diocesana. Las celebraciones del Jubileo por zonas o por grupos en la Catedral o en otros lugares jubilares y, en especial, en las cárceles, han sido verdaderos momentos de gozo, muy participadas, vivas y gozosas. Por momentos parecía que estábamos palpando el amor entrañable, compasivo, misericordioso, perdonador y sanador de Dios Padre.

Con la Virgen María proclamemos la grandeza del Señor por tantas gracias como en este curso pastoral hemos recibido. La misericordia y la gracia de Dios llega de verdad a sus fieles de generación en generación. Cristo Jesús está y camina con nosotros. Él actúa en nosotros cuando le abrimos nuestro corazón.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornada de Apertura del Curso Pastoral

Queridos diocesanos:

Poco a poco se pone en marcha un nuevo curso, también en la vida de nuestra Iglesia diocesana, en sus servicios diocesanos, en sus comunidades parroquiales y religiosas, en sus movimientos, asociaciones y grupos. Al reemprender las tareas pastorales he convocado a todos cuantos formamos esta porción del Pueblo de Dios, que es nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, a una Jornada diocesana de Apertura del Curso pastoral. Tendrá lugar, Dios mediante, el sábado 21 de septiembre en el Seminario Diocesano Mater Dei en Castellón. A ella os invito a todos los cristianos católicos.

Nuestra oración y nuestra reflexión en ese día se centrarán en la formación. Uno de los objetivos diocesanos para este curso es precisamente el cuidado de la formación de cuantos formamos la Iglesia diocesana y las comunidades parroquiales. Al hablar de formación nos referimos a la formación de que habla San Pablo en su carta a los Gálatas: “… hasta que Cristo se forme en vosotros” (Ga 4,19). Se trata de dejarnos conformar por y con Cristo, hasta llegar a la madurez de vida según la vocación bautismal de todos y la vocación específica -presbiteral, consagrada o laical- de cada uno, y según el ministerio y la tarea encomendada a cada uno en la Iglesia.

No podemos reducir la formación a su dimensión doctrinal, aunque ciertamente ésta es muy importante y la incluye, pues hemos de conocer a Jesucristo y su Evangelio en la tradición viva de la Iglesia; y hemos de saber darnos y dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Se trata, más bien, de una formación integral e integradora de las dimensiones espiritual, humana, comunitaria, pastoral, misionera y evangelizadora, que ha de cuidar todo cristiano. En una palabra: se trata de crecer como verdaderos creyentes discípulos y testigos del Señor al servicio de la misión de la Iglesia, que hoy toma la forma de la nueva evangelización. Sin cristianos de verdad no habrá comunidades vivas y evangelizadoras.

No olvidemos, sin embargo, que es el Señor quien construye su casa -la Iglesia- y hace de los bautizados ‘piedras vivas’ de ella mediante la acción eficaz de la gracia. De aquí que lo nuclear de la formación es la espiritualidad en la que ha de vivir el discípulo: en una palabra, lo nuclear es el encuentro con Cristo que implica una experiencia trinitaria y eclesial. Fundamental para el cultivo de esta espiritualidad es, pues, dejar que el Espíritu Santo actúe en cada uno, participar en la vida de fe de la Iglesia, en el Pan de la Palabra y de la Eucaristía, en la liturgia sacramental y no sacramental, cuidar la oración personal, comunitaria y familiar, la vida comunitaria misma, el testimonio de los pastores y de los religiosos y el encuentro con Jesucristo en los pobres.

Alguno podrá quizá pensar, con cierta dosis de cansancio y escepticismo, que se trata de una reunión más, ¿Porqué, pues, esta Jornada diocesana? Pensemos que un nuevo curso es, ante todo, un nuevo tiempo de gracia que Dios nos concede a todos para seguir caminando como Iglesia del Señor en la tarea de vivir y anunciar a Jesucristo y su Evangelio de Salvación. Antes de emprender las nuevas actividades es necesario, pues, orar juntos para escuchar la voz del Señor; y es igualmente oportuno reflexionar juntos sobre el camino que Él nos marca en las circunstancias actuales de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad. Hasta ese día os saludo a todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón