Testigos del amor de Dios

Queridos diocesanos:

El día primero de noviembre celebramos la fiesta de Todos los Santos y el día dos recordamos a Todos los Difuntos. La visita a los cementerios para recordar con cariño y en la oración a nuestros familiares difuntos ya el día uno puede que deje en un segundo plano, si no en el olvido, a todos los Santos.

En la Fiesta de Todos los Santos, la Iglesia celebra a todos los santos del santoral y a los santos anónimos. Son los innumerables testigos fieles del amor de Dios y a Dios, los seguidores de las Bienaventuranzas, los que han sabido hacerse pobres en el espíritu, los sufridos, los pacíficos, los defensores de la justicia, los perseguidos, los misericordiosos, los limpios de corazón. Los santos son esa multitud innumerable de hombres y mujeres, de toda raza, edad y condición, que, acogiendo el amor que Dios nos tiene a cada uno, le amaron con todo su corazón y se desvivieron por los demás, vencieron el egoísmo y perdonaron siempre. Santos son así los que han hecho de su vida una epifanía del amor de Dios y de los valores trascendentes.

Más de uno pensará que aspirar a la santidad es algo del pasado, algo para unos pocos o algo imposible. Pero no: se trata de algo tan elemental y propio de todo cristiano como acoger la nueva Vida recibida en el Bautismo, tener conciencia de ser hijo de Dios y vivirlo día a día; es algo que se va acrecentando con la ayuda de la gracia a través de la purificación interior hasta alcanzar la meta plena de nuestra conformación con Dios. La santidad, a la que todo bautizado esta llamado e invitado, es vivir en comunión con Dios y con los demás, es vivir las Bienaventuranzas: la pobreza, la mansedumbre, la justicia, la pureza, la paz y la misericordia.

Cada bautizado esta llamado a seguir a Cristo por el camino que Dios le indica si quiere alcanzar la felicidad plena y eterna; cada cual desde su propia condición y sus circunstancias de vida, en los días felices y en la tribulación, en la soledad, en la familia, en el trabajo, en el ocio, en la buena y en la mala salud. Se trata de buscar lo bueno siempre y de defender la bendición en medio de tantas maldiciones. Se trata de una aventura que vale la pena correr. La transformación del mundo la han hecho fundamentalmente los santos con su testimonio de vida que vence el egoísmo y crea la nueva fraternidad.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

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