Testigos del amor de Dios en el mundo

Queridos diocesanos

Cada año, el día 2 de febrero, Fiesta de la Presentación del Señor, celebramos la Jornada Mundial de la vida consagrada. Al coincidir con la Fiesta de la Candelas puede que esta importante intención de la nuestra Iglesia quede un poco en el olvido. En este día recordamos a todas las personas consagradas: a monjes y monjas de vida contemplativa, a religiosos y religiosas de vida activa y a todas aquellas otras personas consagradas, que viven en el mundo. Todos ellos se han consagrado a Dios y se han entregado de por vida a Él, tras las huellas de Cristo obediente, pobre y casto. Configurados con Cristo son testigos de la primacía del amor de Dios para todos.

En esta Jornada damos gracias a Dios por este gran don suyo a nuestra Iglesia; y, a la vez, le pedimos que los consagrados sean fieles a su llamada y que nos siga dando vocaciones a este estado de vida. Ellos son necesarios para la vida y la misión de nuestra Diócesis y de nuestras comunidades; son una riqueza que no valoramos como es debido.

En la intimidad del monasterio de clausura o al lado de los pobres y marginados, entre los ancianos o los jóvenes, entre los sanos o enfermos, en la pastoral parroquial o educativa, Dios les llama a vivir fieles a su amor para dedicarse al bien de los hermanos. No importa tanto lo que hacen, cuanto lo que son: consagrados a Dios para ser testigos de su amor en el mundo. Y hoy los necesitamos más que nunca.

Esto es lo que quiere subrayar el lema de la Jornada de este año, en que estamos celebrando el año jubilar paulino, en recuerdo del bimilenario del nacimiento de San Pablo. Con palabras tomadas de la carta de San Pablo a los fieles de Filipo (1,21), el lema reza así: “Si tu vida es Cristo, manifiéstalo. Los consagrados, testigos del amor de Dios en el mundo”.

Cierto que el encuentro de Pablo con Jesús Resucitado en el camino de Damasco es único, y que su existencia como apóstol de los gentiles es irrepetible. Pero en Pablo, los consagrados pueden encontrar los rasgos vitales de alguien que ha entregado su persona, su vida entera, su tiempo y sus espacios, en una palabra, todo su amor a Jesucristo.

El testimonio de San Pablo es un ejemplo para todos los consagrados: su amor apasionado por Jesucristo, su celo misionero para que Cristo, muerto y resucitado para la vida del mundo, llegue a todos, su afán para que el Evangelio sea conocido por todas las gentes, y su inquebrantable amor a la Iglesia, hacen de él un ejemplo en el seguimiento del Señor en todos los carismas.

San Pablo sabe muy bien que su amor apasionado a Cristo, que su entrega a Él y su apostolado incansable ha de hacerse en todo momento en el seno de comunidad de los creyentes y en comunión con la Iglesia, fundada sobre los Apóstoles. Pablo se deja bautizar, queda incorporado al misterio pascual y a la Iglesia, y contrasta su predicación con el resto de los Apóstoles.

El Papa Benedicto XVI recordaba cómo el Apóstol Pablo era un hijo de la Iglesia: “San Pablo no actúa como un ‘solista’, como un individuo aislado, sino en el ‘nosotros’ de la Iglesia,… en el ‘nosotros’ de la fe apostólica”. Es esta una gracia que pido al Señor en este año paulino para todos los consagrados de nuestra Iglesia diocesana.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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