Tiempo de confirmaciones

Queridos diocesanos:

Desde Pascua hasta el mes de julio es en nuestra Diócesis el tiempo por excelencia de las confirmaciones. Este año ya he confirmado a varios centenares muchachos, jóvenes y adultos. Para mí, como Obispo y sucesor de los Apóstoles, ha sido una verdadera gracia y un motivo de profunda alegría imponerles las manos, ungirles en la frente con el santo Crisma y decirles por su nombre: “recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”.  Han quedado así llenos del Espíritu Santo como los Apóstoles en Pentecostés y, como ellos, han recibido la fuerza del Espíritu para ser testigos de Jesucristo hasta los confines de la tierra.

La Confirmación hay que verla en continuidad con el Bautismo y la primera Comunión: los tres forman un único evento salvífico, que se llama “iniciación cristiana”. La Confirmación acrecienta la gracia recibida en el Bautismo: el bautizado es unido más profundamente a Dios, más firmemente a Cristo y más perfectamente a su Iglesia; y recibe una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe, para confesar el nombre de Cristo y para no avergonzarse nunca de su cruz (cf. CIca 1303). En la Confirmación, Dios confirma su amor fiel por cada uno de sus hijos bautizados y les concede la fuerza necesaria para vivir como hijos suyos, para ser discípulos y testigos de Cristo en el seno de la Iglesia, participando de su vida y misión.           La Confirmación es, antes de nada, obra de la gracia Dios, quien se ocupa de nuestra vida para modelarnos a imagen de su Hijo, para hacernos capaces de amar como Él y para llevarnos a la Vida en plenitud. Lo hace infundiendo en la Confirmación su Espíritu Santo, cuya acción ha de impregnar toda la persona y toda la vida  a través de sus siete dones. Por esto es muy importante que nuestros muchachos y jóvenes reciban este sacramento, que les da la fuerza necesaria para seguir adelante en su vida cristiana. No les podemos privar de este gran don.

Pero precisamente por eso es muy importante ofrecer a los confirmandos una buena preparación para que la acción de Dios sea fructífera y duradera en ellos, para que la gracia no caiga en saco roto o en tierra no preparada.  El criterio fundamental para juzgar el acierto de la preparación son los frutos. No quiero ser pesimista ni excesivamente exigente. Sé que no podemos pretender controlar los frutos espirituales que se puedan producir en la vida de nuestros confirmados. No sabemos ni cómo ni cuándo la gracia de Dios consigue sus frutos en la vida de nadie. Lo nuestro es sembrar y sembrar; pero también ayudar a preparar los corazones para que la gracia caiga en tierra buena. Seguros de que la gracia de Dios no trabaja en vano.

Todos sabemos que es una preocupación general el resultado de nuestro trabajo pastoral en torno al sacramento de la Confirmación. Es casi un recurso común el decir que después de la Confirmación la gran mayoría de los confirmados dejan de frecuentar la Iglesia y los perdemos de vista. Por eso es necesario insistir en la preparación de los que van a recibir la Confirmación. Ésta no puede quedar reducida a aprender algunas cosas y a participar en algunos actos, ni se consigue en pocas semanas.

Contando siempre con la gracia de Dios, que siempre nos precede y acompaña, la preparación a la Confirmación debe ser un proceso catecumenal personalizado con unos criterios básicos. En primer lugar cada candidato ha de llegar a la convicción personal de que quiere ser cristiano; es decir, que quiere creer de verdad en Cristo, adherirse de mente y corazón a Él, seguirle en el seno de la Iglesia y ser su testigo en la Iglesia y en el mundo; para ello hay que partir del anuncio del kerigma que suscite o avive el encuentro personal transformador con Jesús, el deseo de conocerle, amarle y seguirle; antes de nada hay que aclarar y depurar, en su caso, con cada uno el motivo por el que desea recibir la Confirmación; si el motivo no fuera recto habrá que decirle que lo deje para más adelante. En segundo lugar es necesario que el proceso sea personalizado, lo que no excluye las reuniones y actos catequéticos en grupo; pero cada uno ha de ser acompañado personalmente en su proceso de crecimiento en la fe y de vida cristiana: escucha de la Palabra de Dios, oración personal y comunitaria, conocimiento y aceptación de las verdades de la fe y de la moral de la Iglesia, conversión de corazón y de vida a Jesucristo, participación en la Eucaristía dominical y en la Penitencia. Y, finalmente, este proceso ha de llevarse a cabo dentro de la comunidad cristiana parroquial con el apoyo de sus padres;  la misma comunidad está aludida ante este acontecimiento de Pentecostés de la Confirmación, sin el cual se apagaría la Iglesia. La preparación para la Confirmación implica, pues, que el candidato desee de forma consciente y responsable orientar su vida, centrándola en Jesucristo Resucitado que nos reúne en Iglesia y nos envía a la misión.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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