Traslado de los restos de los mártires de Albocàsser

31 Domingo del Tiempo Ordinario

(Deut 6,2-6; Sal 17; Hb 7,23-28; Mc 12,28b-34)

Iglesia Parroquial de Albocasser, 5 de noviembre de 2006

 

Estamos convocados por el Señor en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para renovar el misterio pascual: la pasión, muerte y resurrección del Señor. Alabamos y damos gracias a Dios por el misterio redentor de su Hijo, la expresión suprema de su amor misericordioso, fuente de vida y de salvación para el mundo. Al trasladar hoy los restos de los mártires de Albocasser a esta Iglesia parroquial queremos ponerlos cerca del ara del altar de Cristo, a cuyo sacrificio ellos se unieron por su sangre derramada. Hoy recordamos el paso hace setenta años a la Casa del Padre de Mosén Vicent Melià Martí (Mosén Vicent de Xamussa), del Beato P. capuchino Modesto de Albocasser, y su hermano Mosén Miquel García Martí, el 13 de Agosto de 1936; de Mosén Miquel Ortí Ferrando, el 19 de Agosto; de Mosén Víctor Julián Ferrer, el 20 de Agosto; Mosén Angel Sales Fabregat y su hermana Pura Sales Fabregat, el 27 de Agosto; del fraile capuchino ya beato, P. Joaquín de Albocàsser, el 30 de Agosto; y de Mosén Antonio Pitarch Sanjuán en la noche del 2 al 3 de Octubre de 1936.

Unidos en la oración damos gracias de nuevo a Dios por el don de sus personas y, con emoción dolorida, le damos gracias por su muerte martirial: ellos son testigos de una fe llena de confianza en el amor de Dios que nunca abandona a los que le aman; ellos son testigos de la esperanza en la vida eterna y sin fin, la esperanza que no defrauda; ellos son testigos de un amor entregado a Dios hasta el derramamiento de su sangre y de amor sin reservas al prójimo, incluido el perdón de sus asesinos: donde sólo había odio ellos supieron poner amor. Por sus personas, por su testimonio de santidad, por su testimonio de fe, de esperanza y de caridad damos gracias a Dios.

Los Siervos de Dios nos recuerdan que en la base de toda existencia verdaderamente humana y cristiana, y en la base de una sociedad humanizadora está el amor misericordioso de Dios, el amor más grande. Dios que es amor misericordioso, crea por amor y llama a la vida plena y eterna junto a Él; Dios espera del ser humano una respuesta de amor a Él y, en Él, a los hermanos. Nos lo recordaba la Palabra de Dios de este Domingo. “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente… Y amarás al prójimo como a ti mismo. No hay mandamientos mayor que éstos”, nos dice Jesús (Mc 12, 29-30). El hombre solo, con sus solos recursos, se evapora, se desvanece y se empobrece. Sin Dios y sin su amor, hecho vida, el punto final es la opresión, la aflicción propia y ajena, el odio y la muerte. Así es el hombre, cuando Dios está ausente de su vida y de sus acciones. En cambio, la búsqueda de Dios y la acogida de su amor para con el hombre, es decir el conocimiento de Dios y la acogida de su amor, se traslucen en amor y en vida hacia el prójimo.

“Misericordia quiero y no sacrificios”, dirá también Jesús a los fariseos. Y añade: “no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,13). La misericordia, el amor más grande, del que habla Jesús no es el que Dios pide y espera del hombre, sino el que Él mismo da al hombre. El mismo Cristo Jesús, es el único y definitivo Sacerdote que no necesita ofrecer otros sacrificios: él mismo se ofrece en holocausto al Padre, por amor a todos, por los pecados de todos (cf Hb 7, 23-28). Dios no quiere ‘sacrificar’, oprimir o alienar a su criatura, sino salvarla, darle vida, y vida en plenitud. Dios no quiere el sacrificio a toda costa. Quiere en cambio el sacrificio que es requerido por su amor, por la acogida de su voluntad y por la observancia del mandamiento mayor del amor hacia Él y el prójimo. Pero no hay amor sin sacrificio. Por ello, Pablo nos exhorta a hacer de toda nuestra vida “un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios” (Rm 12,1).

 

Sin duda, si algo configuró el espíritu de nuestros Siervos de Dios en su martirio, esto fue el amor: un amor radical a Dios, hecho oblación de su vida a Él y un amor hecho perdón de sus asesinos. No lo olvidemos: En la raíz de su martirio está su experiencia personal de Dios. Fue la experiencia de un Dios que es Padre amoroso y misericordioso, cercano y providente. Por la fe, descubrieron, acogieron y vivieron el amor que Dios había derramado en su corazón. Como Abrahán, nuestros mártires “creyeron, contra toda esperanza” (Rom 4,18). A lo largo de su existencia y, es especial, en su martirio, confiaron plenamente en Dios y en su providencia amorosa: estaban seguros de que el amor de Dios no les abandonaría nunca, tampoco en la tragedia de su muerte. Su respuesta al amor recibido de Dios será un vivo deseo de entregarle su vida por amor, si así era su voluntad, y de amarle amando al prójimo, incluso perdonando a sus verdugos, porque también a ellos estaba destinado el amor de Dios.

Como fruto de su amor a Dios, nuestros Siervos buscarán en sus últimos días y horas estar siempre unidos a Él. Esta unión con Dios se manifestará en su oración personal, en su silencio contemplativo, su confesión frecuente, si ésta era posible. Ellos sólo querían vivir en la presencia de Dios sus últimas horas de esta vida terrenal. En su deseo de amar a Dios y agradarle en todo no se preocuparán más que de buscar en todo la gloria de Dios y acoger su voluntad. Los mártires de Albocasser se dejaron así conformar enteramente con la voluntad divina y vivirán sus últimos días dispuestos a dar su propia a Dios. Su fidelidad a su fe cristiana hasta el martirio, su serenidad, silencio, perdón y esperanza ante la muerte, también las injurias y mofas que recibieron no proceden sino de su gran y fiel amor a Dios. Ellos encarnaron la acogida amorosa y dócil de la voluntad del Padre: amaron a Dios y, en Él, al prójimo: con su martirio nos mostraron que el amor vence el odio, el mal y el pecado.

 

También hoy nos preguntamos qué es lo esencial en la vida cris­tiana. La experiencia nos enseña que la causa más universal de su­frimiento en el mundo no es ni la enfermedad, ni la guerra, ni el hambre, sino la falta de amor. Lo importante es cuidar las dos claves de la vida: Dios y el prójimo. Cuando damos prioridad a las cosas secundarias nuestro corazón se llena de preocupaciones y se vacía de lo esencial. Parece que no encontramos nunca tiem­po para dedicamos a las cosas verdaderamente importantes. Y lo importante en la vida cristiana es amar a Dios con todo el co­razón, fiándose en todo momento de El y confiando en Él, sin renegar de Él, sin buscar excusas. Hoy se lleva el ser religiosamente indiferente, agnósticos, vivir como si Dios no existiera. Incluso hay quien dice que se vive mejor sin Dios y sin conciencia objetiva.

La Palabra de Dios de este Domingo nos que recuerda que lo fundamental para el cristiano es amar a Dios y al prójimo. Más que de un mandamiento se trata de un privilegio para el cristiano, pues no a todos se les da el don de conocer y a amar a Dios. Si un día los descubrimos, como nuestros Siervos, no cesaremos de dar gracias a Dios porque nos pida amarle y no haremos otra cosa que cultivar en nuestro corazón el amor a Dios y como su consecuencia al prójimo. El amor a Dios nunca decepciona; el amor a Dios satisface plenamente el ser humano.

“Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1Jn 4,16), nos recuerda San Juan en su primera carta. Toda la historia de salvación, la historia de Dios con y para el hombre, tiene su origen en el amor de Dios, revelado a lo largo del tiempo. Dios llama a la existencia por amor; por amor gobierna y dirige la vida de cada criatura, deseando hacerla participe de su propia vida, de la bienaventuranza eterna. En verdad que “él nos amo primero” (1 Jn 4, 19) porque “Dios es amor” (ib 8.16). Siendo Él amor, todas sus obras son amor; y la obra que lo demuestra principalmente es “que Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que tengamos la vida por medio de él” (ib 9). Fijando la mirada en el Hijo de Dios que murió en cruz por todos los hombres, podemos repetir: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4, 16).

Acogiendo el misterio del amor de Dios seremos capaces de amar en plenitud; de amar ante todo a Dios, que nos amó primero, y de amar en Él a los hermanos, objeto como nosotros del mismo amor de Dios: “Queridos hermanos: si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4, 11).

Es preciso, hermanos, que, como nuestros mártires, reavivemos la virtud teologal de la caridad, recordando que ‘Dios es amor’ ; en la virtud de la caridad -en su doble faceta de amor a Dios y a los hermanos- está la síntesis de la vida moral del creyente. La caridad, el amor, hermanos, es el misterio central del cristianismo. La vida cristiana se basa en la fe, la esperanza y el amor, pero es el amor lo que le da sentido y lo que constituye su finalidad. Por la esperanza el cristiano confía en la victoria final del amor, pero es vana si el creyente no tiene experiencia de la caridad en la Iglesia de Cristo. Y sólo si la caridad es experimentada en el presente, la fe encuentra ojos para ver e interpretar el pasado y coraje pare sostener la lucha contra las apariencias de este mundo.

El amor es el misterio más grande del mundo. En su sentido pleno, implica participación en la misma vida de Dios. Nuestra tarea es abrirnos al amor y dejar que éste penetre profundamente en nuestro corazón. El amor es principio y meta de los caminos de Dios; el amor es y deber ser también el principio y meta de los caminos del hombre. Dios habitará en la Iglesia y en nuestra sociedad en la medida en que nos amemos mutuamente. El amor que procede de Dios y el amor del cristiano no son sensaciones vagas, sino que incluyen un compromiso definitivo para que el amor de Dios se manifieste y transforme nuestras personas y nuestras vidas, nuestras familias, nuestra sociedad y nuestro mundo.

La Eucaristía no es sólo ‘banquete fraternal’, sino también es ‘memorial’ vivo de la entrega sacrificial de Jesús al Padre: “Una e idéntica es la víctima, y el que ahora se ofrece por ministerio del sacerdote es el mismo que entonces se ofreció a sí mismo en la Cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse”, nos recuerda el Concilio de Trento (s. XXII, c. 3). Unidos a Cristo, nuestros mártires ofrecieron su propia vida en sacrificio a Dios. Que ellos nos enseñen, a ofrendar vuestras vidas con Cristo al Padre, amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Participemos en esta Eucaristía, el sacramento de la entrega y del amor de Dios en Cristo. Que la participación en el amor de Dios, nos lleve a ser testigos de su amor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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