Un nuevo Plan de Pastoral (II)

Queridos diocesanos:

En mi carta anterior os decía que la línea conductora del nuevo Plan Diocesano de Pastoral son tres palabras, que definen a nuestra Iglesia: misterio, comunión y misión. Ante el avance de la increencia, ante la indiferencia religiosa o la secularización en la sociedad y en el interior de la Iglesia, y ante el alejamiento de los mismos cristianos de la fe, de la vida cristiana y de la Iglesia consideramos urgente ayudar a redescubrir y vivir la propia identidad personal y comunitaria, es decir la comunión con Dios y con los hermanos y la corresponsabilidad en la misión de todos los cristianos en la Iglesia y en el mundo. Como consecuencia necesaria nos apremia también presentar y promover las vocaciones específicas al ministerio ordenado, a la vida consagrada y al laicado adulto en la fe.

Sólo una Iglesia evangelizada y vivificada por la gracia de Dios en sus miembros y en sus comunidades tendrá el vigor necesario para evangelizar nuestro mundo. Desde esta perspectiva de comunión y de misión prestaremos especial atención a la iniciación cristiana, a las familias y a los jóvenes, así como al lugar central que ocupa la Eucaristía, la espiritualidad y la caridad en la vida de todo cristiano y de toda comunidad cristiana.

Ahora nos toca a todos recibir el Plan de Pastoral. La notable participación en su elaboración nos ayudará a ello. Pero se necesita bastante más. Se nos pide que lo aceptemos cordial y efectivamente como directriz autorizada de la Iglesia, a través de la cual nos habla hoy el Espíritu. Además es necesario asimilarlo mediante su estudio sosegado, su reflexión compartida y su oración humilde y obediente, de modo que cale y convierta las mentes y los corazones, los hábitos y las sensibilidades pastorales. Su recepción solo será completa si es aplicado en las programaciones, proyectos y tareas pastorales de cada realidad diocesana según su ámbito de acción y atendiendo a las circunstancias, responsabilidades o carismas propios. Si no fuera así, el Plan quedaría en papel mojado o en letra muerta. Y la unidad, el aliento pastoral y la fecundidad evangelizadora de nuestra Iglesia se resentirían con ello.

La unidad de nuestra Iglesia también se vive, expresa y fortalece, cuando trabajamos en la misma dirección con los mismos acentos y criterios pastorales. Los organismos diocesanos, los arciprestazgos, las comunidades parroquiales y religiosas, los grupos o los movimientos, las asociaciones y cofradías no pueden ser compartimentos estancos, que vivan separados unos de otros. La comunión para la misión pide de todos la unidad en la acción pastoral.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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