Una inolvidable experiencia de fe

Queridos diocesanos:

Todavía está fresca en nuestra mente y en nuestro corazón la estancia entre nosotros de la Cruz de los Jóvenes y del Icono de la Virgen, símbolos de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Su presencia y su acogida entre nosotros han sido una inolvidable expresión y experiencia de fe y de Iglesia por los lugares por donde han pasado. A buen seguro que esta buena siembra dará sus frutos. No tengamos ese miedo infundado a que se vaya a quedar todo en unos encuentros superficiales. No. Yo mismo he sido testigo de la oración intensa y del testimonio alegre de fe de nuestros jóvenes, acompañados por sus parroquias y sacerdotes, por las asociaciones y los movimientos.

La presencia de la Cruz y del Icono entre nosotros se sitúa en el camino de preparación de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, en Agosto próximo, junto con el papa Benedicto XVI.  No olvidemos que la Jornada Mundial de la Juventud es, ante todo, una llamada a los jóvenes a reconocer a Jesucristo, a encontrarse con Él personalmente, a dejarse interpelar, iluminar y transformar por Él para crecer en la fe en el seno de la comunión de la Iglesia. Y esto necesita de re­flexión y de maduración. Desde la experiencia de estos días de estancia de la Cruz y del Icono entre nosotros, hemos de ayudar a nuestros jóvenes a reconocer en la Cruz de manos de manos de la Virgen a Cristo Jesús, el único ante quien se esclarece el corazón y el destino de cada hombre; es el único que puede unir a todos en un único gran pueblo, el único de quien quiere ser testigo el Papa y el único a quien hemos de ofrecer nosotros, los adultos y toda la Iglesia.

La presencia de la Cruz de los Jóvenes entre nosotros ha sido un anuncio explícito al corazón de los jóvenes del Señor Jesús como el único salvador del mundo. El es la respuesta única y verdadera a las exigencias del ser humano, en un tiempo en que no es posible creer ya en ningún gran sistema o utopía, y en el que con frecuencia se tiende a un simple materialismo utilitarista o a un triste he­donismo. Este anuncio explícito de Je­sucristo en el corazón del mundo joven, lo es también y al mismo tiempo a nuestra sociedad y a nuestra Iglesia.

Juan Pablo II puso la Cruz de los Jóvenes, puso a Cristo, en el centro de los encuentros acompañado por el Icono de su Madre, tipo y modelo de la Iglesia. Benedicto XVI insiste igualmente en los contenidos fundamentales de la JMJ. Es necesario continuar una buena preparación para evitar el riesgo de asimilarlas a simples ocasiones de fiesta y diversión.

Sin duda, la JMJ interrumpe el discurrir pas­toral de nuestras parroquias y comunidades, pero interpelan y ofrecen nuevos impulsos a la pastoral juvenil. No nos ofrecen recetas, ni sustituyen el trabajo de cada día. Pero interpelan a los responsables de la pastoral juvenil y a todos los educadores: nos interpelan a querer a nuestros jóvenes y a  creer en ellos y también en la posi­bilidad de su encuentro con Cristo: Él es la plenitud de vida a la que ellos también están invitados y llamados;  y, a la vez, a que los mismos jóvenes sean conscientes de que ellos mismos son enviados a comunicar a Cristo y su Evan­gelio a otros jóvenes.

Por ello, hemos de seguir preparando la JMJ en Madrid poniendo en el centro a la persona misma de Jesucristo, recordando la Cruz de los Jóvenes. A ello nos invita Benedicto XVI con su hermoso, claro y profundo Mensaje: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (Col 2,7). Es un momento extraordinario de gracia también para nuestra Iglesia diocesana. Es la llamada del Señor hoy a nuestra Iglesia. Escuchemos su voz y ofrezcamos a los jóvenes el encuentro con Jesucristo. Sólo Él es la esperanza de la juventud y de la humanidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente,

Obispo de Segorbe-Castellón

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