Apertura del Curso Pastoral

Iglesia del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’

27 de septiembre de 2008

 

Siguiendo la llamada del Señor iniciamos este nuevo curso pastoral. Y lo hacemos desde la Eucaristía, centro y cima de la vida de todo cristiano, de toda comunidad cristiana y de la misma Iglesia: aquí en la Eucaristía esta la fuente de nuestra comunión y de nuestra misión.

Al poner en marcha este curso un nuevo Plan Diocesano de Pastoral, el Salmista nos invita a “aclamar al Señor” (Sal 95). Por este nuevo Plan damos gracias a Dios y bendecimos su nombre: es un nuevo don de Dios a nuestra Iglesia Diocesana; obra de muchos de nosotros para el bien de todos, surgido de la oración y de la reflexión, no podemos por menos de ver en este Plan la mano amorosa del Señor. Visto con ojos de fe, es el sendero que el Señor nos señala como Iglesia suya en este momento concreto de la historia; en nuestra reflexión y trabajo, el Señor mismo es quien nos llama, nos guía y nos alienta por la fuerza de su Espíritu. Acojámoslo, pues, con corazón agradecido, dispuestos a escuchar su palabra y a seguir sus caminos.

Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo” (Hch 8,5), así hemos escuchado en la primera lectura. Predicar a Cristo: Este el programa de siempre y siempre nuevo de nuestra Iglesia. No nos hemos dado en el PDP un nuevo programa. “El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el evangelio y la tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste” (NMI, n. 29). La tarea de nuestra Iglesia es la evangelización: llevar a Jesús y su Evangelio de amor y de vida a todas las gentes. Jesucristo es la Luz de las gentes, el Camino, la Verdad y la Vida del mundo.

Pero este anuncio se dirige siempre a unos hombres y mujeres concretos, en una situación histórica, social y cultural determinada. Como Iglesia diocesana nos hemos preguntado, cómo podemos hoy cumplir nuestra misión, siendo fieles a Jesucristo y a su Evangelio en la Tradición viva de la Iglesia y atendiendo, a la vez, al hombre actual en una situación social y cultural concreta.

Si miramos a nuestra sociedad y a nuestra Iglesia actuales detectaremos luces y sombras. Junto a muchas cosas buenas, que se dan entre nosotros, hay realidades especialmente preocupantes. Vivimos en una sociedad, en la que la mayoría están bautizados, pero con un índice de práctica religiosa bajo y descendente. Entre nosotros avanza la increencia, la indiferencia religiosa y la apostasía silenciosa y también explícita de la fe. El número de quienes plantean y viven su existencia al margen de Dios, de Cristo y de los valores evangélicos, se va extendiendo en nuestra sociedad; la secularización va calando también las entretelas del alma de muchos cristianos, niños, jóvenes y adultos, de nuestras familias e, incluso, en la mente y en el corazón de los pastores.

Junto a una participación muy alta de niños en la catequesis de primera comunión y aún alta en la de la confirmación, es muy débil el proceso de maduración personal en la fe y en la vida cristiana. La transmisión de la fe a los niños, adolescentes y jóvenes, como algo que dé sentido global a su vida presente y futura, es cada vez más escasa en las familias y se hace cada día más difícil en las comunidades. Podemos constatar un debilitamiento de la fe y vida cristiana de nuestros fieles, un alejamiento progresivo de la vida en la comunidad eclesial por parte muchos cristianos, especialmente de jóvenes, de matrimonios jóvenes y de familias. Nuestros cristianos y nuestras comunidades cristianas adolecen no pocas veces de vigor evangelizador en su vida y en su misión transformadora del mundo. No querría ser negativo, pero así se deduce de las aportaciones que habéis hecho en la preparación de este Plan.

Por todo ello creemos que, para acometer hoy con nuevo ardor la tarea permanente y siempre nueva de la evangelización, es prioritario ayudar a descubrir, valorar y fortalecer la vocación cristiana de todos los fieles y de las comunidades cristianas; ayudar a los jóvenes, a los matrimonios y a las familias cristianas a acoger y vivir la propia vocación; hemos de promover y fortalecer las vocaciones al laicado adulto, a la vida consagrada y al ministerio ordenado. En el momento que vive nuestra Iglesia y nuestra sociedad es, sobre todo, urgente que los cristianos redescubramos, fortalezcamos y vivamos nuestra propia identidad cristiana, nuestra vocación personal y eclesial. Sólo una Iglesia viva y evangelizada en sus miembros y en sus comunidades, sólo una Iglesia vivificada por el Espíritu del Señor en su fe, en su esperanza y en su caridad, desde la escucha obediente y orante de la Palabra de Dios, la celebración de los Sacramentos de la gracia y el compromiso caritativo y social de sus miembros y de sus comunidades, tendrá el vigor necesario para evangelizar nuestro mundo.

Os ruego que andéis como pide la vocación a que habéis sido convocados”, así exhorta san Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 4,1). La vocación, de que habla aquí san Pablo, no es cuestión de unos pocos. La exhortación va dirigida a todos los cristianos porque todos somos llamados: a los niños y los adolescentes, a los jóvenes y a los adultos.

En la base de todo existe una vocación común: todos hemos sido llamados a la Vida de Dios, a la santidad. Dios, al crearnos por puro amor y gratuidad, nos llama a la vida, y una vida en plenitud. “Antes de formarte en el vientre te escogí” (Jer 1, 4). Esa es nuestra identidad: somos hijos suyos, creados a su imagen y semejanza y llamados a participar de su propia vida. Por esta vocación, que es personal e irrepetible, cada uno podemos vivir en comunión con Dios, siendo capaces de dialogar con Él, de colaborar con Él. Nuestra vida es un proyecto, y un proyecto posible: es llamada de Dios, deseo de Dios.

El camino para ello es la fe en Cristo y el Bautismo, la vida de unión con Él, alimentada en la escucha orante de su Palabra y la participación frecuente en los Sacramentos de la gracia, la santidad de vida, la perfección en el amor. Como cristianos estamos llamados a la unión con Cristo en una vida según la novedad de la gracia recibida por la regeneración de las aguas bautismales. La llamada de cada uno de nosotros en Cristo es personal y está inscrita desde siempre en un proyecto que el Padre tiene para cada uno de nosotros. Esta llamada a realizar la propia vida en comunión con el Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo es la suprema realización individual y comunitaria del hombre. Y esta llamada, hermanos, se actúa en la Iglesia, que es el “sacramento” de salvación para todos los hombres (LG 1), lugar de la presencia del amor de Dios manifestado y realizado en Cristo. La unión con Cristo se realiza en la comunidad de los creyentes, en la Iglesia. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, una sola fe, un solo Señor, un solo bautismo, un Dios, Padre de todo, nos dice San Pablo (cfr. Ef 4-6). No es posible separar a Jesucristo de su cuerpo, la Iglesia, ni a la Iglesia de Cristo, su cabeza. Todo intento de vivir la vocación cristiana al margen de la Iglesia, de su vida y de su misión, nos alejará de Cristo, nos llevará al fracaso.

Por otra parte, cada cristiano tiene su lugar propio en la vida de la Iglesia y en su misión de evangelizar, y realiza su propia misión por medio del don particular recibido del Espíritu Santo. “A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo” (Ef 4,11). Este don del Espíritu Santo es lo que especifica, lo que hace personal e irrepetible la vocación común a todos. De la variedad de carismas nacen las diversas vocaciones específicas: al ministerio ordenado, a la vida consagrada, a la vida laical en el mundo, al matrimonio y a la familia, a la virginidad consagrada. Todo cristiano que quiera ser fiel a la llamada del Señor y al don del Espíritu, ha de acoger y realizar su propia vocación específica.

Las diversas vocaciones específicas son complementarias, se completan mutuamente. Este hecho requiere que conozcamos las diversas vocaciones con las que el Espíritu Santo enriquece hoy a nuestra Iglesia; pero también requiere que las acojamos, respetemos, valoremos y promovamos. Como Iglesia debemos preocuparnos del desarrollo de todas las vocaciones que suscita el Espíritu Santo para el bien de toda nuestra Iglesia, de sus miembros y de sus comunidades. Todas las vocaciones están al servicio del crecimiento de la comunión eclesial y al servicio de su misión evangelizadora; son modalidades diversas que se unifican profundamente en el “misterio de comunión” de la Iglesia y están, como ella, al servicio de la misión. En la variedad de las vocaciones se manifiesta la riqueza infinita del misterio de Cristo.

Toda vocación es un don al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia. Dios llama a cada uno para que sea la manifestación de la Buena Nueva, de su amor a la humanidad, según la vocación recibida. Por eso Dios llama para enviar a cada uno al servicio de sus hermanos, en la Iglesia y en el mundo, uno servicio determinado por los dones particulares con que lo ha enriquecido.

En el evangelio de hoy, Jesús le pide a Pedro: “Rema mar adentro, y echad las redes para pescar” (Lc 5,4). La respuesta de Pedro está llena de escepticismo; la invitación del Señor le parece descabellada, incluso absurda. La pesca tiene sus horas propicias, fuera de las cuales es inútil intentarlo; ellos se han pasado toda la noche pescando, y no han tenido resultado alguno. Pero, “puesto que Tú lo dices, echaremos las redes” (Lc 5,5). Es decir, Pedro se fía de la palabra de Jesús, confía plenamente en Él, más que en la lógica de su experiencia de pescador. Y el resultado de la acogida de la palabra de Jesús, de su confianza plena en Él, es un resultado imprevisible e impensable.

Al comenzar un nuevo curso y un nuevo Plan Diocesano de Pastoral, el Señor nos invita de nuevo a recuperar el amor primero, a volver nuestra mirada a Él, a confiar en su palabra, a contar con su presencia en medio de nosotros. Él nos dice hoy de nuevo: “remad mar adentro” y “echad de nuevo las redes” en el amplio mar de vuestra vida, de las comunidades, de la sociedad. Él nos invita a acoger y a reavivar el don de la propia vocación personal y comunitaria. El Señor nos llama a echar de nuevo las redes de su Evangelio para que llegue a nuestras comunidades, a los jóvenes y a las familias, a la sociedad y al mundo.

Frente a nuestros cansancios y temores, ante una situación religiosamente adversa o indiferente a la propuesta del Evangelio, ante nuestro escepticismo, acojamos la invitación del Señor, fiémonos de su palabra y se hará posible lo que humanamente parece impensable. Fiados de su palabra avivemos nuestra confianza en Él y retomemos el aliento necesario para el camino. Y digamos con Pedro. “En tu nombre, Señor, echaremos las redes”.

Miremos a María, Madre de la Iglesia, que hoy también nos dice: “Haced lo que Él os diga”. Bajo su amparo maternal pongo a toda nuestra Iglesia al comienzo de este curso y al inicio de esta nueva etapa pastoral. ¡Que ella nos guíe, nos aliente y nos proteja a todos en nuestro peregrinaje en la fe, en el seguimiento de su Hijo según la propia vocación y en todo nuestro trabajo pastoral!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del Curso Pastoral

Queridos diocesanos:

Estamos comenzando un nuevo curso, también en la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana, en sus servicios diocesanos, en sus comunidades parroquiales y religiosas, en sus movimientos, asociaciones y grupos. Al reemprender las tareas pastorales he convocado a todos cuantos formamos la porción del Pueblo de Dios, que es nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, a una Jornada diocesana de Apertura del Curso pastoral. Tendrá lugar, Dios mediante, el sábado 27 de septiembre. Como digo en la carta-convocatoria todos los cristianos católicos estáis invitados y convocados.

Alguno podrá pensar y decir con cierta dosis de cansancio y escepticismo: ¡Una reunión más¡ ¿Porqué, pues, esta Jornada diocesana? Pensemos que un nuevo curso es, ante todo, un tiempo nuevo de gracia que Dios nos concede a todos para seguir caminando como Iglesia del Señor en la tarea de vivir y anunciar a Jesucristo y su Evangelio de Salvación. Antes de emprender las nuevas actividades es necesario, pues, orar juntos para escuchar la voz del Señor; y es igualmente oportuno reflexionar juntos sobre el camino que Él nos marca en las circunstancias actuales de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad. Ese camino es el nuevo Plan Diocesano de Pastoral.

Recordemos el pasaje evangélico de la pesca abundante. Los discípulos han estado faenando toda la noche y no han pescado nada. Jesús les invita a remar mar adentro y echar de nuevo las redes. Pedro, a pesar de su queja inicial por la ausencia de pesca, le dirá: “En tu nombre, Señor, echaremos las redes”. ¿Qué es lo que cambia en aquellos hombres que pasan de la queja a echar de nuevo las redes? En el fondo cambia su actitud. Hasta entonces habían pescado en su barca y con sus propias fuerzas. Ahora es el Señor el que lleva el timón de la barca. Y aquellos rudos pescadores pasan de ponerlo todo en sus fuerzas a confiar plenamente en El: ahí está el secreto de la pesca abundante.

Por eso, antes de echar de nuevo las redes, antes de comenzar nuestras actividades es necesario orar, mirar y escuchar juntos al Señor, y, desde El, mirarnos a nosotros mismos. Nos veremos distintos desde los ojos de Dios. Sólo así, aunque estemos cansados y decepcionados, aunque pareciera que no vamos a pescar nada, “por tu Palabra, echaremos las redes”. Ya no será por nuestras solas fuerzas, sino en su nombre. Ya no serán nuestros propios proyectos, sino por su Palabra y sus proyectos. Confiando en su Palabra no sólo percibimos las dificultades, sino también las necesidades y las posibilidades que se nos ofrecen para seguir evangelizando.

Cierto que el “mundo” ofrece actitudes y planteamientos sutiles y hostiles que hacen más impermeable la tierra para la siembra, arraigo y crecimiento de la Buena Noticia. Pero la fuerza está en la Palabra de que somos portadores, no en quienes la llevamos en vasijas de barro. El Señor dirige la barca de nuestra Iglesia, está atento a lo que hacemos en su nombre y lo impulsa con su gracia. El alienta nuestros proyectos y actividades pastorales. Confiemos en Él y en su Palabra.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Visita Pastoral al Arciprestazgo de Segorbe

AL PUEBLO DE DIOS EN EL ARCIPRESTAZGO DE ‘SEGORBE’

 

Amados todos en el Señor:

“La gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, nuestro Señor”. Con estas palabras de San Pablo en su carta a los cristianos de Galacia (1,3) os saludo a vosotros, los cristianos del Arciprestazgo de ‘Segorbe’. Deseo anunciaros que, si Dios quiere, desde el día 18 de octubre al 21 de diciembre de este año tengo previsto realizar la VISITA PASTORAL a todas las comunidades parroquiales y religiosas de vuestro Arciprestazgo así como al resto de instituciones eclesiales en el mismo.

La Visita Pastoral es un momento de gracia de Dios para todos. Se llama así por ser la visita del Obispo, Pastor de la Iglesia diocesana, en nombre y a imagen de Jesucristo, el Buen Pastor. La Iglesia nos pide a los Obispos que hagamos la Visita Pastoral a todas y cada una de las comunidades cristianas de la Diócesis al menos cada cinco años. Así lo tengo previsto. Comienzo mi Visita Pastoral por el Arciprestazgo de Segorbe por estar en esta ciudad la sede de nuestra Diócesis.

La Visita Pastoral es una de las tareas más importantes y más bellas del ministerio del Obispo. Entre otras cosas, celebraré la Eucaristía y rezaré con vosotros y por vosotros, visitaré a enfermos y mayores, intentaré animaros a todos a vivir vuestra fe cristiana en la esperanza y en la caridad para alentaros a participar en la vida y misión de vuestras comunidades parroquiales. Ante todo quiero anunciar a Jesucristo y su Evangelio como servicio a vuestra fe y vida cristiana, personal y comunitaria. En estos momentos recios, el Señor nos llama a vivir con mayor fidelidad, si cabe, nuestra condición de cristianos y a ser testigos suyos y de su Evangelio en medio de nuestro mundo.

Quiero encontrarme con todos: sacerdotes, religiosas y seglares. Deseo estar con los niños y los adolescentes, con los jóvenes y los adultos, con los mayores, con los enfermos, con los miembros de asociaciones y cofradías, con los consejos y los grupos parroquiales, con los catequistas, voluntarios de cáritas, cantores y otros colaboradores de las parroquias. Vuestros sacerdotes os darán a conocer el horario de los actos de la Visita Pastoral en cada parroquia. Por mi parte os invito a los dos actos más significativos en cada parroquia: a la celebración de la Eucaristía y a la reunión con la comunidad parroquial. Oremos ya desde ahora por la intercesión de la Virgen de la Cueva Santa por los frutos espirituales de la Visita Pastoral.

Finalmente os invito a participar en la Eucaristía de apertura de la Visita para  vuestro Arciprestazgo de Segorbe el día 18 de octubre próximo en la S.I. Catedral de Segorbe a las 7,00 de la tarde. Haced un pequeño esfuerzo. Os espero.

Con mi afecto y bendición, vuestro Obispo

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiestas en honor del Cristo

Queridos diocesanos:

En la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre, quiero referirme a las fiestas en honor de Cristo, que, bajo distintas y muy bellas  advocaciones, celebran muchos de nuestros pueblos en este mes de septiembre. He podido comprobar personalmente la gran devoción al ‘Santísimo Cristo’ en nuestra tierra, que cuenta con una larga tradición y que se aviva en las fiestas patronales. Sin embargo puede que con el paso del tiempo para muchos las fiestas en honor de Cristo queden reducidas a una bella tradición, heredada del pasado, pero sin incidencia en el presente. Si así fuera, terminaría por perderse. Sólo si nuestras fiestas están ancladas en una fe viva en Cristo Jesús, el Señor muerto y resucitado, para la vida del mundo, se mantendrá también viva la tradición, y ésta será verdadero motivo de alegría y, a la vez, fuente de vida cristiana para todos y motor de esperanza para nuestro mundo.

Por ello en el centro de las fiestas patronales en honor del Cristo hemos de situar siempre a Jesucristo, clavado en la Cruz. Y Cristo en la Cruz es la manifestación suprema del amor de Dios hacia la humanidad, hacia todos y cada uno de nosotros. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 15). En la Cruz, Cristo nos manifiesta el verdadero rostro de Dios. Un Dios que es Amor infinito, eterno y fiel, compasivo y misericordioso. Por puro amor, Dios nos ha llamado a la existencia, nos ha creado a su imagen y semejanza, y nos invita a participar de su misma vida. Dios no es un competidor del ser humano, de su deseo de libertad o de su anhelo de felicidad. Al contrario: Dios quiere que el hombre viva, que sea verdaderamente libre y feliz. Tal es su amor, que Dios ni tan siquiera nos abandona, cuando en uso de nuestra libertad rechazamos su amistad y su amor: Dios en su amor compasivo y misericordioso, sale a nuestro encuentro para darnos el abrazo del perdón y de la reconciliación. Dios envía a su mismo Hijo, para recuperarnos del mundo de las tinieblas, de la esclavitud y de la muerte.

Por esto mirando al Santo Cristo de nuestro pueblo hemos de preguntarnos cómo está nuestra fe en Dios y en su Hijo Jesucristo. Es posible que nos hayamos dejado arrastrar por la mentalidad dominante y hayamos rechazado de hecho nuestra condición de hijos amados por Dios. Puede que nos hayamos alejado de él, que nos avergoncemos de nuestra condición de cristianos, que reduzcamos nuestra fe cristiana a momentos puntuales de culto, sin ninguna incidencia en nuestra vida personal y ciudadana, matrimonial y familiar, cultural y social.

Si así fuere a los pies de ese Cristo podremos descubrir que Dios es Amor por nosotros. Un Dios que nos ama con un amor siempre nuevo y personal, con un amor que le lleva hasta el límite del infinito dolor de la cruz, un amor que nos sigue amando y buscando pese a nuestros rechazos y desvaríos. Cristo quiere saciar nuestra sed de vida, de felicidad, de libertad. No tengamos miedo. Abramos nuestro corazón a Cristo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Domund en el ‘Año Paulino’

Queridos diocesanos:

Nos disponemos a celebrar el Domund. Este día nos recuerda cada año que el mandato misionero de Jesús sigue siendo una prioridad para todos los bautizados. Todos estamos llamados a ser testigos, siervos y apóstoles de Cristo Jesús. Porque evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda.

En este ‘Año Paulino, tiempo de gracia y de recuerdo agradecido al gran Apóstol de los gentiles, la Iglesia nos propone a San Pablo como modelo de compromiso misionero. Pablo recibió la vocación de proclamar el Evangelio a los gentiles; el Señor le había anunciado: “Ve, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles” (Hch 22, 21). En sus viajes apostólicos, en sus gozos y en sus penurias, con sus desvelos y sufrimientos, Pablo nos muestra un amor extremo a Jesucristo hasta entregar su vida a favor del Evangelio.

Se dedicó a llevar con su palabra y con su vida la fragancia del Evangelio a todos. Como embajador de Jesucristo lo hizo presente en sus numerosos viajes. El pudo exclamar: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Cor 15,16).

Su experiencia es tan profunda y está tan impregnado de amor que no puede por menos que identificarse con Cristo y difundir en todas partes el olor de su conocimiento “pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo” (2 Cor 2,14-15). Pablo realizó un servicio de amor total por el bien de los demás para que descubrieran la grandeza de creer en el Salvador de la humanidad. “Por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré totalmente por vuestras almas” (2 Cor 13,15).

Pablo no se acomoda, ni se echa atrás ante la dificultad. Al contrario. En todo momento muestra un profundo ardor apostólico y una pasión misionera sin límites. El había comprendido que anunciar a Jesucristo es lo más importante. Su misión consiste en “anunciar el Evangelio allí donde el nombre de Cristo no era aún conocido” (Rom 15,20). Él mismo se siente “deudor de todos” (Rom 1,14), urgido por la caridad y sin otra razón de ser que la de anunciar el Evangelio, un misionero de por vida y con una entrega total. Es la pasión por Cristo y por el anuncio del Evangelio lo que le lleva a pasar por todas la penalidades.

Ha comprendido que la historia del género humano tendrá su plenitud en el momento que Dios “sea todo en todos” (1 Cor15, 28). Nadie está excluido del amor de Dios, de conocer a Jesucristo y a todos se le ha de anunciar puesto que los pueblos son merecedores de tal don, el de la fe en el Evangelio.

Este año dedicado a San Pablo, en el que en el Plan Diocesano de Pastoral nos hemos fijado trabajar por una Iglesia diocesana de comunión para la misión, debería ser un revulsivo para todos cuantos la formamos. Caigamos en la cuenta de que la misión es ley fundamental de todos. Pues todos estamos llamados a anunciar con gestos, palabras y hechos que Jesucristo es el único Salvador del género humano. La misión es nuestra razón de ser: una Iglesia viva es misionera y cuna de vocaciones misioneras.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Sobre ‘Educación para la Ciudadanía’

Queridos diocesanos:

A partir del este curso académico comenzará a impartirse también en nuestra Comunidad Valenciana la asignatura ‘Educación para la Ciudadanía’, implantada por la Ley Orgánica de Educación. He esperado a los últimos desarrollos jurídicos para nuestra Comunidad para expresar algunas consideraciones sobre EpC. La Orden de la Consellería de Educación de 10 de junio pasado, que paliaba alguna de las graves objeciones que plantea dicha asignatura, fue recurrida ante el Tribunal Superior de Justicia de Valencia, que ha suspendido su aplicación en puntos importantes, en concreto en la opción B de EpC. En consecuencia, EpC ha de ser cursada obligatoriamente por todos los alumnos de segundo curso de ESO en todos los colegios públicos y de iniciativa social sostenidos con fondos públicos.

En el ejercicio de mi responsabilidad pastoral me dirijo a todos los católicos de nuestra diócesis para ofreceros criterios ante la nueva asignatura. Asumo la Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal de 28 de febrero de 2007.

Antes de nada debo decir que no hay nada que objetar contra una educación cívica; como tampoco habría nada que objetar contra una EpC, que, libre de componentes ideológicos, preparara para la convivencia democrática y se centrara en el estudio de los derechos humanos, del ordenamiento constitucional, de las instituciones sociales intermedias, de los organismos comunitarios europeos, etc. Así configurada, la EpC sería aceptable por todos y una materia importante para la formación de los alumnos. Así se viene haciendo en otros países de la Comunidad Europea.

Pero sí hay que decir que la EpC tal como está concebida en la LOE y desarrollada en los Reales Decretos, vinculantes también en nuestra Comunidad, “es inaceptable en la forma y en el fondo: en la forma, porque impone legalmente a todos una antropología que sólo algunos comparten y, en el fondo, porque sus contenidos son perjudiciales para el desarrollo integral de la persona”. Con esta materia, el Estado  impone con carácter obligatorio para todos los alumnos y en todos los centros una determinada formación de la conciencia moral, al margen de la elección de los padres. De este modo se conculca el derecho originario y prioritario de los padres a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones; un derecho que el Estado ha de garantizar tal como está reconocido por la Constitución española (Art. 27, 3).

No cabe duda que la normativa estatal sobre la nueva asignatura “pretende formar, con carácter obligatorio ‘la conciencia moral cívica’ de todos los alumnos en todos los centros”. En concreto, esta asignatura intenta educar a todos los alumnos en una concepción del mundo y del hombre ajena a Dios, donde las nociones del bien y del mal moral son relativas y donde se transmite una ‘ideología del género’ opuesta a la antropología cristiana. Recordemos que en nuestra diócesis en torno al 90% de los padres con hijos en educación primaria y en torno al 70% en secundaria piden, año tras año, libremente y en virtud del derecho fundamental que les asiste, la formación religiosa y moral católica, con la que entra en clara contradicción la nueva materia.

Además, muchos padres han elegido centros de la Iglesia para la educación de sus hijos con su carácter o proyecto educativo cristiano, que también se ve contradicho por esta nueva materia. El Gobierno no ha ofrecido garantía jurídica de que los centros de la Iglesia puedan adecuar el programa de la asignatura al ideario católico de los centros. También los centros y las instituciones o titulares de los centros católicos se van a ver obligados a poner una materia que, en su conjunto o parcialmente, está en contradicción con su carácter propio, con lo que también se cercena la libertad de estas instituciones; no podrán desarrollar con entera libertad su proyecto educativo y verán limitados sus derechos a la libertad educativa. Al actuar así el Estado traspasa sus competencias y lesiona derechos fundamentales de los padres y de la escuela libremente elegida. Esta ingerencia del Estado no debería darse, si queremos una sociedad libre.

Por todo ello decimos los Obispos que “las enseñanzas antropológicas orientadas a la formación de la conciencia moral –tanto en lo ‘personal’ como en lo ‘social’– no son competencia del Estado. La autoridad pública no puede imponer ninguna moral a todos: ni una supuestamente mayoritaria, ni la católica, ni ninguna otra. Son los padres y es la escuela, como colaboradora de aquéllos, quienes tienen el derecho y el deber de la educación de las conciencias, sin más limitaciones que las derivadas de la dignidad de la persona y del justo orden público… Lo que denunciamos son unas enseñanzas concretas que, bajo el nombre de ‘Educación para la ciudadanía’, constituyen una lesión grave del derecho de los padres a determinar la educación moral para sus hijos”.

¿Qué hacer, en consecuencia, en esta situación? “Los padres harán muy bien en defender con todos los medios legítimos a su alcance el derecho que les asiste de ser ellos quienes determinen la educación moral que desean para sus hijos”. Entre éstos medios legítimos está la objeción de conciencia frente a EpC sea en centros públicos sea en los de iniciativa social, también en los colegios católicos.

La objeción de conciencia es reconocida explícitamente en la Constitución española en relación con la prestación del servicio militar obligatorio. Pero el Tribunal Constitucional ha interpretado que el derecho a la objeción de conciencia existe y puede ser ejercido sin necesidad de que haya una ley que lo regule, pues forma parte del contenido del derecho fundamental a la libertad ideológica y religiosa, reconocido en el art. 16.1 de la Constitución. Y la Constitución es directamente aplicable, especialmente en materia de derechos fundamentales. De esto se deriva que la objeción de conciencia es una exención legítima de la observancia de una ley y no puede ser confundida con la insumisión a la ley. Por ello, los objetores no son insumisos ni pueden ser intimidados con amenazas del tipo que sean.

La objeción de conciencia es algo que responsable y libremente han de decidir los propios padres. Está en juego la educación de sus hijos y la libertad de educación. Los padres que presentan objeción de conciencia no actúan contra los centros escolares, sino que defienden su derecho a elegir la formación moral de sus hijos; y defienden también la neutralidad de la escuela pública y el carácter e ideario propio de los centros privados. Nadie puede legítimamente impedir ni tampoco forzar la opción de presentar objeción de conciencia. Tanto los colegios públicos como los de iniciativa social habrán de respetar la opción que los padres hagan. Y la Administración educativa debería respetar el derecho subjetivo de los padres a la objeción de conciencia y ofrecer a estos alumnos el tratamiento adecuado hasta que el Tribunal Supremo resuelva las cuestiones pendientes sobre este asunto.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Virgen de la Cueva Santa

S.I. Catedral de Segorbe – 7 de septiembre de 2008

(Judit 13, 17-20; Romanos 5, 12.17-19; Lucas 1, 39-47)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Como cada año, en este primer domingo de septiembre, el Señor nos ha convocado en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para honrar a María, la Virgen de la Cueva Santa, la Patrona de Segorbe. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración para mostrar  así vuestro sincero amor de hijos a la Virgen Madre. Saludo cordialmente al Ilmo. Cabildo Catedral y a los sacerdotes concelebrantes, a toda la Ciudad de Segorbe, al Sr. Alcalde y a la Corporación Municipal, a las autoridades que nos acompañan, a las Reinas Mayor e Infantil de las Fiestas y a sus damas.

Durante los nueve días de la novena, cada día protagonizado por una las distintas asociaciones, os habéis ido preparando para este día central de nuestras fiestas patronales. Con la emotiva ofrenda de flores, ayer tarde, mostrabais y demostrabais una vez más el cariño y el amor, la fe y la devoción de los segorbinos a la Virgen de la Cueva Santa. Ahora en esta Eucaristía damos gracias a Dios por la Virgen de la Cueva Santa, por su patrocinio y por su protección; agradecemos a Dios todos los dones que, generación tras generación, nos ha dispensado a través de su intercesión maternal. Esta tarde, miramos, honramos y rezamos a María; ella nos acoge con amor de Madre; ella cuida de muestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros. ¿Qué sería de nosotros, de nuestras familias y de Segorbe sin la protección maternal de la Virgen de la Cueva Santa en el pasado y en el presente?

Hoy sentimos de un modo especial la cercanía maternal y la presencia amorosa de la Virgen. Con gozo espiritual contemplamos a la Virgen María, “la más humilde y a la vez la más alta de todas las criaturas, término fijo de la voluntad eterna”, como canta el poeta Dante (Paraíso, XXXIII, 3). En ella resplandece la eterna bondad del Creador que, en su plan de salvación, la escogió de antemano para ser madre de su Hijo unigénito y, en él, nuestra Madre nuestra.

En el evangelio de hoy hemos escuchado, una vez más, el canto del “Magníficat”. Es la respuesta de María a las palabras de saludo de su prima Isabel: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!”. Y María, la mujer sencilla y humilde, le responde con el Magníficat, ese hermoso canto que brota de su corazón bajo la inspiración del Espíritu Santo. En esas palabras queda reflejada el alma de la Virgen. En este canto podemos ver a María tal cual ella misma es. (Benedicto XVI)

Mi alma “engrandece” al Señor, canta María. La Virgen proclama que el Señor es grande. Ella sabe muy bien que cuanto es y cuanto tiene, cuanto de ella se dice, se lo debe todo enteramente a Dios, a su amor gratuito y precedente. Por ello, la Virgen canta la grandeza de Dios y así dirige la mirada de su prima Isabel y la nuestra a la grandeza de Dios en ella. “María sabe que Dios ha sido grande en su vida y desea que Dios sea grande en su vida, que Dios sea grande en el mundo, que Dios esté presente en todos nosotros. María no tiene miedo de que Dios sea un ‘competidor’ en su vida o en la nuestra; María no tiene miedo de que Dios con su grandeza pueda quitarle o quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande y porque Dios es grande, también ella y nosotros somos grandes. Dios no oprime la vida del ser humano; todo lo contrario: Dios la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios.

El hecho de que nuestros primeros padres pensaran lo contrario fue el núcleo del pecado original. Temían que, si Dios era demasiado grande, quitaría algo a su vida. Y apartaron a Dios a fin de tener espacio para ellos mismos. Y como nos recuerda San Pablo, así “entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron” (Rom 5,12).

Lo mismo sucede en la época moderna y en la actualidad. Se piensa y se cree que, apartando a Dios y siendo el hombre autónomo, siguiendo sus propias ideas y su voluntad, llegará a ser realmente libre, y podrá hacer lo que le apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar. Eso es precisamente lo que está confirmando la experiencia de nuestra época.

Ahí está el verdadero problema de nuestro tiempo: la quiebra de humanidad, o sea, la falta de una visión verdadera del hombre, que es inseparable de Dios. El error fundamental del hombre actual es querer prescindir de Dios en su vida, erigirse a sí mismo en el centro de su existencia, suplantar a Dios, querer ser dios sin Dios. (Benedicto XVI).

La Virgen nos muestra que el hombre es grande, sólo si Dios es grande. Con María debemos comenzar a comprender que es así. No debemos alejarnos de Dios, sino hacer que Dios esté presente, hacer que Dios sea grande en nuestra vida; así también nosotros tendremos todo el esplendor de la dignidad divina.

María nos muestra y canta el señorío y la grandeza del Dios único, en el que todo hombre encuentra su luz y su sentido, la libertad y la felicidad. Toda la humanidad está necesitada de la luz y de la verdad de Dios; esta necesidad es un verdadero clamor en nuestros días. María, la Virgen de la Cueva Santa, es faro en la oscuridad de nuestra noche, faro que nos conduce hacia la Luz, que es Dios: porque ella es bendita y dichosa porque acoge y cumple la Palabra de Dios, fuente de gracia y de salvación; ella es bienaventurada porque ha creído, ella es grande porque ha dejado a Dios ser grande en su vida. La Virgen María nos enseña a vivir con la confianza puesta enteramente en Dios. María nos muestra que el reconocimiento de Dios reclama la acogida y la obediencia fiel a Dios, la disponibilidad plena a su amor, la apertura ilimitada a la voluntad de Dios. Y esto es fuente de dicha, gozo del don y de la gracia, de vida y libertad, raíz y cumplimiento de la esperanza.

En el Magníficat, María nos canta la verdad de Dios, que no es otra sino su misericordia infinita, su obra que engrandece, levanta, libera y salva al hombre, las maravillas que Él ha hecho, hace y hará en favor de los hombres. Esta es la verdad de Dios, que ha hecho en ella maravillas en María.

Y ésta es también la verdad del hombre. Esta es la grandeza de todo ser humano: ser de Dios, ser criatura suya, amada por Él, imagen y semejanza suya. Ser de Dios y vivir para Dios, mostrar a Dios y dejar que aparezca su grandeza en el hombre, vivir la obediencia a Dios y cumplir su voluntad, ésta es la más genuina verdad del ser humano.

Todo cambia si hay Dios o si, por el contrario, no hay Dios en la vida. El hombre es grande sólo si Dios es Dios, si Dios es grande, todopoderoso, creador y señor de todo. El olvido de Dios o su rechazo trae el tiempo de indigencia y pequeñez humana que nos toca vivir, a pesar de las apariencias. No tener a Dios es la mayor de las pobrezas humanas: al hombre le falta todo cuando le falta Dios, porque le falta cuanto de verdad puede llenar su corazón grande, su alma sedienta de bien, de amor, de verdad, de hermosura, de felicidad, de grandeza; cuando al hombre le falta Dios pierde el esplendor y la grandeza de Dios en su rostro. Eso es lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época. Sólo desde Dios, sólo a partir de Él, la tierra llegará a ser humana, la tierra será habitable a la luz de Dios.

No nos dejemos llevas por las voces empeñadas en hacer desaparecer a Dios de nuestra vida, de nuestras familias, de la educación de niños, adolescentes y jóvenes, de la cultura y de la vida pública. La historia, incluso la historia muy reciente, demuestra que no puede haber una sociedad libre, ni verdadero progreso humano al margen de Dios. El olvido o rechazo de Dios quiebra interiormente el verdadero sentido de las profundas aspiraciones del hombre, debilita y deforma los valores éticos de convivencia, socava las bases para el respeto de la dignidad inviolable de toda persona humana y priva del fundamento más sólido para el amor, la justicia, el bien, la libertad y la paz. Quien no conoce a Dios, no conoce al hombre, y quien olvida a Dios acaba ignorando la verdadera grandeza y dignidad de todo hombre.

En este día de fiesta damos gracias al Señor por el don de esta Madre y pidamos a María que nos ayude a encontrar el buen camino cada día. Ella acoge el amor de Dios con gratitud y gozo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. María acoge a Dios con fe y confianza plenas. Que de manos de María sepamos acoger en nuestras vidas al Dios que nos ama hasta el extremo en Cristo Jesús, hoy y todos los días de nuestra vida. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta del Ssmo. Cristo del Calvario

 

Iglesia Parroquial de L’Alcora, 31 de agosto de 2008

(Nm 21, 4b-9; Sal 77; Flp 2,6-11; Jn 3, 13-17)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor

Un año más celebráis con gran alegría la fiesta del Ssmo. Cristo del Calvario. Agradezco de todo corazón la invitación de vuestros sacerdotes a presidir esta Eucaristía en el día de vuestras fiestas patronales. Me alegro poder celebrarla con vosotros y comprobar personalmente vuestra gran devoción al Santísimo Cristo del Calvario. Es ésta una devoción con una larga tradición entre vosotros, que año tras año expresáis durante estos días.

Vuestra devoción al Ssmo. Cristo del Calvario no puede quedar reducida a una bella tradición del pasado, heredada de nuestros mayores, o unos actos populares; pero una tradición y unos actos, que, al fin y a la postre, no tendrían incidencia alguna en vuestro presente. La Santa Misa Solemne y la procesión de esta noche nos llevan como de la mano a la fuente y al centro de nuestra celebración, de nuestras fiestas: y éstos no son otros sino Jesucristo.  Sólo si nuestra celebración está anclada en una fe viva en Cristo Jesús, el Señor muerto y resucitado para la vida del mundo, se mantendrá también viva vuestra devoción, y ésta será fuente permanente de vida cristiana para todos nosotros y de esperanza para vuestro pueblo de L’Alcora. Nada hay que signifique más para un cristiano y para una comunidad cristiana que la experiencia del encuentro con Cristo resucitado y la vivencia de la fe en Cristo. Toda la vida de un cristiano y de una comunidad cristiana pende y depende de su fe, del grado y de la energía de su fe. Por eso hoy nos exhorta el salmista: “No olvidéis las acciones del Señor”  (Sal 77). Y, si somos sinceros y agradecidos, ¡cómo no recordar y reconocer, ante todo, la acción y el apoyo de Dios en vuestra historia a través del Santísimo Cristo del Calvario!

Sí, hermanos y hermanas: En el centro de nuestra celebración está Cristo, clavado en la Cruz. Y la Cruz es la manifestación suprema del amor de Dios hacia la humanidad, hacia todos y cada uno de nosotros. ‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”, leíamos en el Evangelio de San Juan (3, 15).

En la Cruz, Cristo nos manifiesta el verdadero rostro de Dios. Un Dios que es Amor infinito, eterno y fiel, compasivo y misericordioso. Por puro amor, Dios nos ha llamado a la existencia, nos ha creado a su imagen y semejanza, y nos invita a participar de su misma vida. Dios no es un competidor del ser humano, de su deseo de libertad o de su anhelo de felicidad. Al contrario: Dios quiere que el hombre viva, que sea verdaderamente libre y feliz. Tal es su amor, que Dios ni tan siquiera nos abandona, cuando en uso de nuestra libertad rechazamos su amistad y su amor: Dios en su amor compasivo y misericordioso, sale a nuestro encuentro para darnos el abrazo del perdón y de la reconciliación. Dios envía a su mismo Hijo, para recuperarnos del mundo de las tinieblas, de la esclavitud y de la muerte.

En la Cruz está clavado el Hijo de Dios. El ha asumido nuestra naturaleza humana, se ha despojado de su rango, ha tomado la condición de esclavo y se he hecho uno de tantos; el Hijo de Dios se ha unido a todos nosotros, ha compartido nuestro destino, hasta la muerte. En la Cruz de Cristo está nuestra redención, nuestra Salvación, porque la muerte no es final. Cristo vive, porque ha resucitado. Dios lo ‘levantó sobre todo y le concedió el ‘Nombre-sobre-todo-nombre’. Venid y adorémosle;  proclamemos juntos ‘Jesucristo es el Señor”, él es nuestra Salvación.

En la Cruz, el Dios-Hijo sufre por amor hacia todos para devolvernos a la vida y al amor de Dios. Este Cristo nos muestra que Dios hace suyos nuestros abandonos y desvaríos, nuestro dolor, nuestro pecado y nuestra muerte. Dios no nos deja solos en la noche oscura de este mundo, en nuestras dudas y desesperanzas, en las tinieblas del sufrimiento, del dolor y de la muerte. En Cristo Jesús, Dios mismo, nos busca y sale nuestro encuentro en su mismo Hijo porque nos ama y nos sigue amando cuando nos alejamos de El por el pecado. Dios quiere para todo hombre la vida sin límites, feliz, inmortal y eterna.

En Cristo, Dios mismo nos manifiesta cuál es su plan sobre toda la creación y, en particular, sobre el hombre. Preguntas como qué somos y quiénes somos los hombres, de dónde procedemos y hacia dónde caminamos, cuál es el sentido de nuestra existencia y de nuestra historia, encuentran en Jesús su respuesta definitiva. En El, el ser humano es elevado a la dignidad de ser hijos en el Hijo (TMA 4).

Hoy, mirando al Santo Cristo podemos preguntarnos ¿Cómo está nuestra fe en Dios y en su Hijo Jesucristo? ¿No es verdad que también nosotros, hijos amados de Dios, puede que vivamos con frecuencia como si Dios no existiera? Es posible que nos dejemos arrastrar por la mentalidad dominante, y rechacemos de hecho nuestra condición de hijos amados por Dios. Puede que nos hayamos alejado de él; que nos avergoncemos de nuestra condición de cristianos; que reduzcamos nuestra fe cristiana a momentos puntuales de culto, sin ninguna incidencia en nuestra vida: en la vida personal y ciudadana, en la vida matrimonial y familiar, en la vida cultural y social o en la educación de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes.

Como ocurriera al Pueblo de Israel en el desierto, también nosotros, extenuados del camino, murmuramos de Dios, nos alejamos de Él y de su Hijo, Jesucristo, de su Palabra, de sus mandamientos, de sus Sacramentos, nos alejamos de la comunidad de los creyentes, de su Iglesia. Si somos sinceros confesaremos que también nosotros, damos la espalda a Dios, dejamos de lado a Jesucristo, somos cobardes cuando un laicismo radical quiere marginar a Dios de nuestras vidas e imponernos una cultura sin Dios. Si somos sinceros reconocemos que también nosotros intentamos saciar nuestra sed de verdad y de vida en fuentes contaminadas, incapaces de saciar nuestra sed felicidad y de salvación.

Hoy en el Cristo del Calvario, Dios sale una vez más a nuestro encuentro, porque nos ama. ‘Con amor eterno te he amado’ (Jer 31,3), ‘te he recogido en mis mas brazos’ (Sal 131,2), y aunque una madre se olvidara de su hijo, yo no me olvidaré de ti”. A los pies de este Cristo podemos descubrir que Dios es Amor por nosotros, porque él es Amor. Un Dios que nos ama con un amor siempre nuevo y personal, con un amor que le lleva hasta el límite del infinito dolor de la cruz, un amor que nos sigue amando y buscando pese a nuestros rechazos y desvaríos.

“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3, 14). Cristo Jesús es la respuesta de Dios a nuestra sed de verdad, de vida, de amor, de libertad y de felicidad. Y no hay otra respuesta a esta sed. Cristo no nos quita nada, Cristo nos da hasta su propia vida, para que tengamos vida. Cristo quiere saciar nuestra sed de vida, de felicidad, de libertad. Él es el Agua verdadera, no la superficial e inmediata de los valores fáciles de este mundo. Él es la verdad de Dios sobre el hombre, sobre el amor verdadero y la felicidad plena. Jesucristo nos ofrece el don de Dios que llega al corazón del hombre, el agua para nuestro peregrinar por el desierto de la vida hacia la Pascua definitiva. No tengamos miedo. Abramos nuestro corazón a Cristo.

No es verdad que el ser humano sea más grande, más libre y más feliz, cuando aparta a Dios de su vida. No es verdad que para ser buenos ciudadanos tengamos que prescindir de Dios y educar a nuestros hijos sin referencia alguna a Dios, a la verdad, al bien. Como pretende la nueva asignatura ‘Educación para la Ciudadanía’, obligatoria para todos los alumnos y todos los centros. La verdadera libertad es la libertad para hacer el bien. La verdadera felicidad sólo se encuentra en Dios, en su amor eterno e infinito, en el amor a Dios y en el amor al prójimo. Ni el poseer, ni el placer a toda costa saciarán nuestra innata sed de vida y de felicidad. No nos dejemos llevar por la moda imperante del laicismo que excluye a Dios de la vida humana, ni del hedonismo rampante que reduce la vida a ‘pan y circo’, ni del nihilismo que nos lleva a la destrucción y la nada. Nuestro origen y nuestro destino es la vida misma de Dios, que nos ofrece este Ssmo. Cristo del Calvario.

La historia de Israel y las palabras del Señor en el Evangelio nos deben interpelar en nuestra historia concreta y personal, en nuestras familias, en nuestra historia comunitaria. Dejemos que se avive nuestra fe en Cristo Jesús, muerto y resucitado para la vida del mundo. Porque Cristo ha dado su vida para que tengamos Vida. Quien de verdad se encuentra con Cristo, el Mesías, el Salvador, el Camino, la Verdad y la Vida, no sólo le sigue, sino que lo acoge en su vida y se entrega a Él. Quien descubre a Cristo, se siente llamado a proclamar y a llevar a Cristo a quienes tienen sed del agua viva, de la Verdad, del Amor y de la Felicidad, para que en Él sacien su sed. Por ello un creyente no puede guardar silencio cuando se niega la verdad del hombre, criatura de Dios, o no se respeta la dignidad y la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural.

“El que cree en Cristo tendrá vida eterna” (Jn 3,14-17). El mundo tiene sed. Los niños, los adolescentes, los jóvenes y los adultos, nuestra sociedad siguen teniendo sed: sed de verdad pese al relativismo reinante, sed de amor pese al egoísmo imperante y sed de verdadera felicidad pese a los reclamos fáciles: en una palabra: nuestro mundo tiene sed de Dios. A los discípulos de Jesús, a los que hallan la vida sin contaminar en Cristo, en el amor de Dios derramado en su corazón por el don del Espíritu, les corresponde hoy devolver al mundo la verdadera esperanza. Pero esto no se consigue haciendo promesas sino creyendo en Cristo y en su Promesa, y dejándose conducir por el Espíritu de Cristo, en el seno de la Iglesia.

Acudamos al Santísimo Cristo, al estilo del pueblo de Israel, que después de haberse visto acosado por las mordeduras venenosas de las serpientes clavan su mirada ante la serpiente de bronce para verse liberados de la enfermedad.

Sin este Cristo, al que amáis, vuestra vida estaría falta de sentido. Al amor misericordioso de Dios, manifestado en la Cruz, encomendamos hoy a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes, a nuestros matrimonios y a las familias, a los mayores, a los enfermos y a los necesitados, a todo el pueblo de L’Alcora.

Que María, la Virgen, que se mantuvo fiel a su Hijo Jesucristo hasta la Cruz, nos ayude a ser valientes en los momentos de dificultad en nuestra fe, en los momentos de sufrimiento y de dolor. Que ella nos lleve a Cristo, el camino la verdad y la vida. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón.

En defensa de la vida humana

Queridos diocesanos:

Por si no fuera poco con los más de cien mil abortos legales al año, por si no fuera suficiente con los terribles abusos en la aplicación de la ley del aborto, todavía se quiere ampliar la posibilidad legal del aborto en aras de no se sabe qué tipo de progreso.

Ante este anuncio hay que recordar de nuevo que la vida de todo ser humano, en cualquier fase de su desarrollo, desde su fecundación hasta su muerte natural es inviolable. El respeto y la defensa de toda vida humana es la primera expresión de la inviolabilidad de la dignidad de toda persona humana. Cualquier ataque contra la vida humana en cualquiera de sus etapas de desarrollo merece la más enérgica repulsa.

Entre nosotros se extiende la así llamada ‘cultura de la muerte’, basada en el egoísmo individualista. A nuestra sociedad le aqueja una grave incoherencia y un doble lenguaje a la hora de reconocer, respetar y promover el derecho a la vida. En la cultura del culto al cuerpo, que nos invade, se subraya la importancia y el valor de la vida de los sanos, pero no se valora del mismo modo la vida de los enfermos incurables, ni la de los ancianos, ni la de los niños no nacidos.

Nos duelen, y con toda razón, los muertos y heridos de las masacres terroristas. Nos duelen y protestamos con razón por las víctimas inocentes de las guerras y de las violencias domésticas. Pero todas estas manifestaciones son contradictorias e incoherentes, y, en el fondo, farisaicas, si no rechazamos con la misma rotundidad la muerte provocada de los seres humanos más débiles e indefensos: los embriones concebidos y no nacidos, y los enfermos incurables.

Nos estamos volviendo insensibles y callamos ante la experimentación con embriones humanos y su muerte. Callamos ante la llamada reducción embrionaria, que consiste en terminar con la vida de varios fetos para que uno o dos prosigan su andadura vital. Miramos hacia otro lado ante el uso de métodos abortivos que impiden la implantación del embrión o ante el uso de la llamada ‘píldora del día después’. Apenas han tenido eco entre nosotros los más cien mil abortos realizados en España en el año dos mil siete, según la estadística oficial. Y, por si no fueran ya pocos los abortos, el gobierno anuncia una ampliación de los plazos de la ley del aborto y la legalización de la eutanasia. ¿Seguiremos callando y mirando hacia otro lado ante la muerte provocada de tantos seres humanos? El silencio también nos hará culpables.

La Iglesia es criticada con el fin de ser silenciada, cuando se opone al aborto voluntario, a la eutanasia, o a los experimentos con embriones humanos, que se pretenden legitimar como una presunta consecuencia del pleno reconocimiento de la libertad individual. Pero nadie puede disponer de la vida de otro. No hay un derecho a matar. El hombre no es creador ni dueño de la vida de nadie. La libertad individual, para ser verdadera y justa, tiene que respetar el derecho a la vida de los demás, anterior a nuestra libertad y garantizado por el único creador que es Dios. La vida proviene siempre de Dios. No podemos disponer nunca de la vida de los demás en provecho propio, ni siquiera decidir sobre la nuestra.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Al servicio de la comunión y la misión

Queridos diocesanos

La evangelización de todos los hombres es la misión permanente y siempre nueva de nuestra Iglesia diocesana. Nuestra Iglesia no existe para sí misma, sino que ha sido convocada para ser enviada a anunciar, celebrar y servir a Cristo y su Evangelio, esperanza y vida para el mundo. Está tarea corresponde a todos: sacerdotes, religiosos y laicos, según la vocación, el ministerio, el carisma y los dones que cada uno ha recibido; a las familias cristianas, a las comunidades parroquiales y eclesiales, a los grupos y movimientos eclesiales.

No olvidemos que el programa de la Iglesia, hoy y siempre, es una persona: Jesucristo y su Evangelio de Salvación. Pero, para poder ser fiel a la tarea recibida, nuestra Iglesia diocesana ha de tener en cuenta los destinatarios, los hombres y mujeres de cada época, así como las circunstancias y las necesidades del momento, en que vive y lleva a cabo su misión. Por ello, desde la lectura de los signos de los tiempos, hemos de fijar los medios más adecuados para la acción pastoral y la eficacia salvadora del Evangelio. A este fin se encamina el Plan Diocesano de Pastoral, que en breve recibiréis impreso y que ya podéis ver en la página web de la Diócesis. En él se contienen las directrices y acentos pastorales en la tarea de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón durante el próximo quinquenio.

El Plan lleva por título ‘Por una Iglesia Diocesana de comunión para la misión”. A este propósito San Juan nos recuerda: “lo que hemos visto y oído, la Palabra de Vida, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea perfecto” (1 Jn 1, 3).  Estas palabras resumen a la perfección la razón de ser y de existir, la finalidad y la tarea permanente de nuestra Iglesia: como en su origen, la misión de la Iglesia es hoy y siempre anunciar y testimoniar a Jesucristo, la Palabra de Vida, para generar comunión con los creyentes, y, por ésta, con Dios, Padre e Hijo en el Espíritu. Ambas son inseparables. El anuncio y testimonio de la Palabra de Vida lleva a la fe, a la conversión y al bautismo, a la comunión en la nueva Vida en la comunión con los creyentes, la Iglesia. Ésta es y sigue siendo la llamada del Señor en este momento a nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón. El fin de la misión evangelizadora nuestra Iglesia es invitar a la comunión con Dios y con los creyentes.

Como a Pedro, el Señor nos invita a remar mar adentro y a echar de nuevo las redes. Conducidos por el Señor, los católicos de Segorbe-Castellón nos disponemos a remar en la misma barca de la Iglesia diocesana hacia el ancho mar de nuestra sociedad. Antes de echar las redes, es necesario mirar al Señor, y, desde Él, mirarnos a nosotros mismos para recobrar la confianza. Es el Señor el que lleva el timón de la barca de nuestra Iglesia. Hemos de pasar de ponerlo todo en nuestras fuerzas a confiar plenamente en Él. Ahora nos toca a todos recibir y aplicar el Plan Diocesano de Pastoral, para trabajar unidos en la misma dirección.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón