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Monseñor López Llorente invita a los fieles a participar en la Santa Misa Crismal del próximo Lunes Santo

El Obispo de Segorbe-Castellón ha invitado mediante la publicación de una carta a todos los fieles cristianos de la Diócesis –sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos- a la Santa Misa Crismal que se celebrará el próximo 15 de abril, Lunes Santo, en la Santa Iglesia Concatedral de Santa María de Castellón a partir de las 11 horas. Una celebración, ha afirmado, “en la que se hace especialmente visible toda nuestra iglesia diocesana (…) reunida en torno a la mesa de la Palabra y la Eucaristía de la que se alimenta sin cesar” y en la que los sacerdotes renuevan las promesas efectuadas en su ordenación sacerdotal. Leer más

La adoración eucarística, fuente de vida para la Iglesia

Castellón de la Plana, 16 de septiembre de 2018

La adoración eucarística, fuente de vida para la Iglesia

Queridos diocesanos:

Acabamos de comenzar un nuevo curso pastoral centrado en la Eucaristía, fuente, centro y cima de la vida y misión de la Iglesia, de nuestras parroquias y de cada cristiano. La celebración del 125º Aniversario  de la sección de la Adoración Nocturna Española de Artana nos ofrece la oportunidad y nos pide hablar de la adoración eucarística.

Después de un tiempo de malentendidos, en nuestra Iglesia diocesana se va recuperando la adoración eucarística personal y comunitaria. Durante la reforma litúrgica, a menudo la Misa y la adoración eucarística se vieron como opuestas entre sí; según algunos, el Pan eucarístico nos lo habrían dado no para ser contemplado, sino para ser comido; su reserva en el Sagrario era sólo para ser llevado a los enfermos, no para ser adorado. El Papa Benedicto XVI nos dijo que esta contraposición entre comunión eucarística y adoración no tiene sentido en la tradición de la Iglesia; porque, en palabras de san Agustín, “nadie come esta carne sin antes adorarla; pecaríamos si no la adoráramos”. Existe un lazo intrínseco entre la celebración de la Eucaristía, la comunión y la adoración en y fuera de la Misa (cf. SC 66). Y, el papa Francisco nos acaba de recordar “que la presencia real de Cristo en el Pan consagrado no termina con la misa… la eucaristía es custodiada en el tabernáculo para la comunión para los enfermos y para la adoración silenciosa del Señor en el Santísimo Sacramento; el culto eucarístico fuera de la misa, tanto de forma privada como comunitaria, nos ayuda de hecho a permanecer en Cristo” (Audiencia general, 4.04.2018).

En la celebración de la Eucaristía, el pan y el vino se convierten por las palabras de la consagración en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Él se nos da en comida en la comunión y Él se queda permanentemente presente en la sagrada Forma. En la comunión, Él mismo se nos da en comida para unirse a nosotros, para atraernos hacía sí, para transformarnos en Él. Este encuentro nuestro con el Señor, esta unión y unificación con Cristo sólo puede realizarse en adoración. Recibir la Eucaristía significa adorar a Aquel a quien recibimos; es decir, reconocer que Dios es nuestro Señor, que Él nos señala el camino que debemos tomar, que sólo vivimos bien si acogemos y seguimos el camino indicado por él. Este aspecto de sumisión a Dios, de acogida y reconocimiento de Él, prevé una relación de unión, porque Aquel a quien reconocemos y acogemos como nuestro Señor, Camino, Verdad y Vida es Amor. En efecto, en la Eucaristía la adoración debe convertirse en unión: unión con el Señor vivo y después con su Cuerpo místico. Sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera de Dios.

En la sagrada Hostia, el Señor se queda permanentemente entre nosotros con su humanidad y divinidad. Jesús está en el sagrario no por sí mismo, sino por nosotros, porque su alegría es estar con los hombres. Él nos espera, y pide y merece nuestra adoración. Jesús se queda en la Eucaristía no sólo para ser llevado a los enfermos, sino para estar con nosotros, para seguir derramando su Amor y su Vida. La Eucaristía contiene de un modo admirable al mismo Dios. La presencia permanente del Señor en el santísimo Sacramento es el verdadero tesoro de la Iglesia, su tesoro más valioso. En el sagrario, Dios está siempre accesible para nosotros. Sólo adorando su presencia aprendemos a recibirlo adecuadamente, aprendemos a comulgar, aprendemos desde dentro la celebración de la Eucaristía. La adoración del Santísimo Sacramento es como el “ambiente” espiritual dentro del cual la comunidad puede celebrar bien y en verdad la Eucaristía. Para expresar su pleno significado y valor, la celebración de la Eucaristía ha de ir precedida, acompañada y seguida de esta actitud interior de fe y de adoración.

Busquemos estar con el Señor, presente realmente en la Eucaristía, en el sagrario. Ahí podemos hablar de todo con él. Podemos presentarle nuestras peticiones, nuestras preocupaciones, nuestros problemas, nuestras alegrías, nuestra gratitud, nuestras decepciones, nuestras necesidades y nuestras esperanzas. Permaneciendo ante el Señor-Eucaristía en adoración y contemplación, disfrutamos de su trato personal, nos dejamos empapar y modelar por su amor, le abrimos nuestro corazón, le rogamos por nuestra Iglesia, por su unidad, vida y misión, por los sacerdotes y las vocaciones al sacerdocio, o le pedimos por la paz, la justicia y la salvación del mundo. Ahí podemos repetirle constantemente: “Señor, envía obreros a tu mies. Ayúdame a ser un buen obrero en tu viña”.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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La Eucaristía, sacramento y fuente de la caridad

Queridos diocesanos:

Nos disponemos a celebrar la Fiesta del Corpus Christi, es decir del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el próximo Domingo. En su centro está el Sacramento de la Eucaristía, el Sacramento del amor, en que Cristo Jesús nos ha dejado el memorial permanente de su entrega total por amor en la Cruz. En la secuencia de la Misa de este día cantaremos: “Es certeza para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre”. En el Corpus reafirmamos con gran gozo nuestra fe en la presencia real y permanente de Cristo en la Eucaristía, el misterio que constituye el corazón de la Iglesia. Leer más

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Apuntad a vuestros hijos a clase de religión

Queridos diocesanos y, sobre todo, queridos padres y madres:

Está abierto ya el periodo para inscribir a vuestros hijos a clase de religión y moral católica en el colegio o en el instituto. Es una cuestión muy importante para la formación integral de vuestros hijos. Los padres católicos valoráis en gran número la clase de religión católica. Una mayoría de los padres -más del 55% en nuestra diócesis- venís pidiendo esta enseñanza curso tras curso con plena libertad y con una constancia admirable. Leer más

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Ante el Año Jubilar Vicentino

Queridos diocesanos:

Como ya se ha anunciado, el 5 de abril del próximo año de 2019 se cumple el VI Centenario de la muerte de san Vicente Ferrer. Para preparar la celebración de esta efeméride, los Obispos de la Comunidad Valenciana por concesión de la Santa Sede hemos convocado un Ano Jubilar, desde el 9 de abril de este año hasta el 29 de abril de 2019.

San Vicente Ferrer, patrono de la Comunidad Valenciana, es un gran santo, un gran evangelizador y un apóstol incansable de la unidad y la paz. Su devoción se halla extendida por los numerosos lugares que recorrió en Europa a lo largo de su vida. También en nuestra Diócesis, numerosos templos, ermitas, capillas, altares, imágenes y cuadros nos recuerdan la huella que dejó en su periplo de apostolado y predicación por muchos de nuestros pueblos y que aún mantienen viva la memoria de su paso, de su predicación y de sus milagros. Leer más

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¡Cristo ha resucitado!

Queridos diocesanos:

Un año más, en la mañana del Domingo de Pascua de resurrección resuena el anuncio antiguo y siempre nuevo: “¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!”. Es la Pascua de la Resurrección del Señor, es el paso de Jesús a través de la muerte a la Vida gloriosa. Cristo Jesús ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo ya “no está aquí”, en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. Cristo ha resucitado. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

¡Cristo ha resucitado! Esta es la gran verdad de nuestra fe cristiana. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado verdaderamente, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte. Ante quienes niegan la resurrección de Cristo o la ponen en duda hay que afirmar con fuerza que la resurrección de Cristo es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre. La resurrección de Jesús no es fruto de una especulación o de una experiencia mística, ni una historia piadosa o un mito; es un acontecimiento que sobrepasa la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Vida, de la Verdad y del Bien.

La Pascua de Cristo es la verdadera fuente de Vida y de Salvación de la humanidad. Si Cristo, el Cordero de Dios, no hubiera derramado su Sangre por nosotros y no hubiera resucitado, no tendríamos ninguna esperanza: la muerte y la nada sería inevitablemente nuestro destino final. Y el pecado, la división, el odio, el egoísmo, la avaricia y el poder del más fuerte tendrían sin remedio la última palabra en la vida de los hombres. Pero no: la Pascua ha invertido la tendencia en la historia de la humanidad: aunque tantas veces parezca que triunfa la mentira y el mal, la resurrección de Cristo es una nueva creación: es la nueva savia, capaz de regenerar toda la humanidad. Y por esto mismo, la resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza humana, a toda expectativa, a todo deseo y proyecto de cambio y de progreso verdaderamente humanos. La última palabra en la historia de la humanidad, en la historia de cada uno ya no la tienen ni la muerte, ni el pecado, ni el mal ni la mentira, sino la Vida, la Verdad y la Belleza de Dios.

Todo bautizado participa ya por el Bautismo de la muerte y resurrección del Señor: por el Bautismo ha muerto al pecado y ha entrado en la Vida nueva del Resucitado; todo bautizado está llamado a vivir en la vida nueva de los Hijos de Dios. Todo bautizado si quiere ser de verdad cristiano está llamado a dejarse encontrar y trasformar personalmente por el Resucitado, para seguir a Jesucristo y a dar testimonio de la salvación en Cristo, a llevar a todos el fruto de la Pascua, que consiste en una vida nueva, liberada del pecado y restaurada en su belleza originaria, en su bondad y verdad. Así lo hicieron los primeros discípulos del Señor. Y desde entonces, a lo largo de dos mil años, los santos han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua.

Vivamos también hoy los cristianos con alegría, fidelidad y radicalidad el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora en todas partes. Será el mejor testimonio de nuestra fe en la resurrección de Cristo; será también nuestra mejor contribución a la regeneración profunda que necesita nuestra sociedad, que ha de basarse en una conversión espiritual y moral, si se quiere superar la profunda crisis actual en que está inmersa.

Cristo ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Caminemos con la mirada puesta en el Cielo, fieles a nuestro compromiso en este mundo para que la Vida de Resucitado llegue a todos.

Feliz Pascua de Resurrección para todos.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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Agradecer y vivir nuestro bautismo

Queridos diocesanos:

En la Fiesta del Bautismo de Jesús, este domingo,7 de enero, con la que concluye el tiempo de Navidad, revivimos el bautismo de Jesús a orillas del río Jordán de manos de Juan Bautista. Jesússe deja bautizar como uno más por Juan y transforma el gesto deeste bautismo de penitencia en una solemne manifestación de su divinidad. “Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo:Tú eres mi Hijo amado, mi preferido” (Mc 1, 11). Son las palabras de Dios-Padre que nos muestra a Jesús como su Hijo unigénito, su Hijo amado y predilecto, al inicio de su vida pública: Jesús es el Cordero que toma sobre sí el pecado del mundo y que ahora comienza públicamente su misión salvadora; Él es el enviado por Dios para ser portador de justicia, de luz, de vida y de libertad. En el Jordán se abre una nueva era para toda la humanidad. Este hombre,aparentemente igual a todos los demás, es Dios mismo, que viene para liberar del pecado y dar el poder de convertirse “en hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios” (Jn 1, 12-13).

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