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Nuestros mayores, una riqueza para todos

Queridos diocesanos y, en particular, queridos abuelos:

En la festividad de san Joaquín y santa Ana, padres de la Virgen María, el día 26 de julio, celebramos desde hace unos años “el día de los abuelos”. Felicito de corazón a los abuelos y las abuelas. E invito a todos a tener en este día un recuerdo muy especial para ellos y para todos nuestros mayores. Se merecen nuestro afecto, reconocimiento y agradecimiento: de hijos y familias, de la sociedad y de nuestra Iglesia. Es un día propicio para rendirles nuestro homenaje y mostrarles nuestra sincera gratitud por su testimonio callado y su compromiso sacrificado.

Nuestros mayores deben sentirse y poder ser protagonistas en las familias, en la sociedad y en la Iglesia. No representan solo el pasado; forman parte de nuestro presente y con ellos contamos para construir el futuro. El Papa Francisco nos recuerda que “un pueblo que no respeta a los abuelos, no tiene futuro, porque no tiene memoria”. Ellos son custodios de sabiduría, de valores y de bondad, y atesoran la “riqueza de los años”, que es la riqueza de las personas, de cada persona que tiene a sus espaldas muchos años de vida, experiencia e historia. Porque la vida es un regalo de Dios, y cuando es larga es un privilegio, para uno mismo y para los demás.

Los mayores, sin embargo, son a menudo marginados. Hoy día, los mayores muchas veces no cuentan, son aparcados y vistos como una carga. En una sociedad que valora sólo la utilidad y lo joven, se olvida la “sabiduría del corazón” que representan los años. Y esta sociedad se vuelve desagradecida precisamente con aquellos que más se lo merecen porque han contribuido con su trabajo a la construcción de la misma; así lo hemos visto y sufrido durante esta pandemia. El agradecimiento a nuestros mayores es un acto de justicia: debemos reconocerles su dedicación, sus sacrificios y sus cuidados para con los hijos, la sociedad y la Iglesia. El respeto y el cariño hacia nuestros mayores debería ser algo connatural a nuestra sociedad. Nuestros mayores no pueden ser arrinconados ni olvidados.

Los padres, a causa de su trabajo, encomiendan con frecuencia a los abuelos el cuidado de los niños. Los abuelos hacen las funciones de padres con todo su amor y dedicación: atienden y educan a sus nietos con ternura para que descubran la vida sin traumas; les ayudan en todo lo que pueden, mejorando aquellas cosas, que saben que han de hacer de otra manera, para evitar los errores que tuvieron con sus propios hijos. Por todo esto y por mucho más creemos que los abuelos se merecen un sitio especial en los corazones de los hijos, en la familia y en la sociedad.

Y también en nuestra Iglesia. Hemos de cambiar nuestros hábitos pastorales para responder al creciente número de personas mayores en nuestras comunidades. En la Biblia, la longevidad es una bendición. Nos recuerda nuestra fragilidad, nuestra dependencia mutua, nuestros lazos familiares y comunitarios, y, sobre todo, nuestra filiación divina. Dios Padre nos da tiempo para profundizar en nuestra intimidad con Él, para entrar más y más en su corazón y entregarnos a Él. Así nos prepararemos para entregar un día nuestro espíritu en sus manos, con la confianza de los niños.

Pero la ancianidad es también un tiempo de renovada fecundidad. También en la debilidad de los años, el Señor puede y quiere escribir nuevas páginas de santidad, de servicio, de oración. No nos cansemos de proclamar el Evangelio a los mayores. Hemos de salir a las calles de nuestras parroquias y buscar a los ancianos que viven solos. La vejez no es una enfermedad, es un privilegio. La soledad puede ser una enfermedad, pero con caridad, cercanía y consuelo espiritual podemos curarla.

Los abuelos y los mayores tienen hoy una impor­tancia capital en la di­fícil tarea de la educación en la fe y su transmisión a las generaciones más jóvenes. En una sociedad secularizada, las actuales generaciones de padres no tienen, en su mayoría, la formación cristiana y la fe viva que los abuelos pueden transmitir a sus nietos. Son el eslabón indispensable para educar a los niños y a los jóvenes en la fe. Ellos son uno de los componentes vitales de nuestras parroquias. No sólo son personas a las que estamos llamados a ayudar y proteger para custodiar sus vidas, sino que pueden ser actores de una pastoral evangelizadora, testigos privilegiados del amor fiel de Dios.

Queridos abuelos: Gracias por vues­tra tarea. Tratad de seguir respondiendo con gene­rosidad a lo que el Señor os en­comienda. El Señor cuenta con voso­tros. La Iglesia os lo agradece sinceramente. Y vuestros nietos os lo agradecerán.

 

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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Ante la crisis global, intensificar la caridad

Queridos diocesanos:

A lo largo de la próxima semana nos prepararemos para la celebración del Corpus Christi ayudados por nuestras parroquias y Cáritas diocesana. Lo haremos afectados aún por la pandemia del Covid-19,  y, también, por sus graves consecuencias económicas, laborales, sociales, morales y espirituales. Vivimos una crisis global que abarca los distintos ámbitos de la vida: el personal, el  familiar y el social, en nuestra nación y en el mundo entero. Toda crisis, junto a sus efectos negativos, tiene también una dimensión positiva: ofrece la gran oportunidad para crecer corrigiendo lo que es incorrecto e injusto, purificando lo erróneo y pecaminoso, y dejándonos renovar para construir un mundo más humano. Más que nunca, como cristianos estamos llamados a trabajar por la civilización del amor, a lo que tantas veces nos exhortó san Juan Pablo II.

El Corpus Christi nos lleva a la raíz y la fuente de la civilización del amor. En el centro de esta fiesta está la Eucaristía, el Sacramento del amor; en él Cristo Jesús nos ha dejado el memorial de su sacrificio y entrega total en la Cruz por amor a toda la humanidad y a la creación. Cristo nos ha redimido del pecado y ha restaurado el orden original de amistad y comunión con Dios, con los demás y con la naturaleza entera. En la Eucaristía, el mismo Jesús se nos da como alimento de Vida y de Amor, que cambia y transforma;  Él se queda realmente presente entre nosotros para que, en adoración, contemplemos su amor supremo y nos dejemos empapar de él. La Eucaristía es central y vital para la Iglesia y para cada cristiano; es la fuente de la que nos nutrimos y el motor para vivir el día a día desde el amor de Dios; es el anticipo de la vida eterna y el inicio de la nueva tierra  y los nuevos cielos, cuando todo quede restaurado en Cristo.

En la Eucaristía, el Señor mismo nos invita a su mesa y nos sirve; Él se nos da a sí mismo en el pan partido y repartido; nos muestra así que amar es servir, y que el servicio es no solo dar sino darse. La comunión del Cuerpo de Cristo une a los cristianos con el Señor y crea la unión de unos con otros. La Eucaristía crea y recrea la nueva fraternidad que es expansiva y que no conoce fronteras.  Por ello, la Eucaristía tiene unas exigencias concretas para el vivir cotidiano, tanto de la comunidad eclesial como de los cristianos; de ella brota el mandamiento nuevo del Amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Y Cristo nos ha amado dándose a sí mismo por puro amor, de forma totalmente gratuita y desinteresada. La Iglesia y cada cristiano estamos llamados a dejarnos empapar por este amor entregado de Cristo y a vivirlo  de tal modo que este amor llegue a todos, pues a todos está destinado.

Por todo ello, en la Fiesta del Corpus Christi celebramos el Día de la Caridad. “La caridad de Cristo nos apremia” (2Cor 5,14). Ante la profunda crisis, que padecemos, el Señor nos apremia a ser testigos comprometidos de la caridad. Nos urge a orar por el eterno descanso de los fallecidos y por el consuelo de sus familiares; nos insta a atender a aquellos que en número creciente pasan hambre, se quedan sin trabajo, pierden sus empresas o negocios; nos urge a atender a familias enteras sin medios para subsistir o pagar los gastos corrientes y el alquiler. El mandamiento nuevo del amor nos llama a redoblar nuestro compromiso personal y nuestra generosidad para con los necesitados entre nosotros, a través de nuestras cáritas y de nuestra aportación al fondo diocesano ante el Covid-19; y también a ayudar a los más pobres de la tierra a través de  Manos Unidas y de la Delegación diocesana de Misiones.

El Señor Jesús nos apremia a vivir la caridad para reconstruir entre todos el tejido económico, laboral y social, tan castigado y debilitado por la pandemia, en el que todos puedan encontrar un trabajo digno. Y nos urge a vivir la caridad en la verdad para construir un orden social y político, basado en la verdad, en el encuentro y el diálogo constructivo entre todos, superando la mentira, el rencor, el insulto, la exclusión del diferente, el sectarismo y la imposición de ideologías. Necesitamos recuperar la categoría del bien común para crear entre todos las condiciones necesarias para que personas, familias y grupos puedan desarrollarse y alcanzar su perfección. Este debería ser objetivo de todos y, en especial, de los servidores  públicos.

Así esta crisis global se convertirá en oportunidad para crear un mundo más humano, más fraterno y más solidario. A ello nos apremia la caridad de Cristo.

Con mi afecto y bendición

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Carta del Obispo a los jóvenes confirmandos de Segorbe-Castellón – 2020

Castellón de la Plana, 27 de abril de 2020

A LOS JÓVENES CONFIRMANDOS DE SEGORBE-CASTELLÓN – 2020

Mis queridos amigos:
Os saludo de corazón a todos en nombre de Jesús, el Señor Resucitado. Durante bastante tiempo os habéis estado preparando para recibir la Confirmación. Ya habíamos fijado las fechas con vuestros sacerdotes y seguro que esperabais con mucha ilusión ese día. Pero la pandemia del coronavirus ha roto nuestros planes. Así que tendremos que esperar a que las autoridades civiles nos permitan salir de casa y reunirnos sin problema alguno en vuestras iglesias parroquiales para celebrar vuestra Confirmación. Vuestros sacerdotes saben que en el momento en que esto sea posible fijaremos, si es necesario, una nueva fecha que nos venga bien a todos. Personalmente confío y espero en que sea lo antes posible.

¿Qué hacer hasta entonces? Creo que os deberíais seguir preparando para recibir un sacramento tan importante para cada uno de vosotros, vuestras familias y vuestra comunidad parroquial. En la Confirmación recibiréis la plenitud del Espíritu Santo; es decir, Dios os llenará de su amor para que podáis vivir con alegría como sus hijos e hijas y como amigos de Jesús junto con vuestra comunidad parroquial. Por eso es muy importante que mantengáis vivo el deseo recibir la Confirmación y de que os preparéis para recibir el don del Espíritu Santo con corazón bien
dispuesto. Dios os ama y quiere llenaros de la fuerza del Espíritu Santo para que podáis vivir como verdaderos amigos de Cristo. Sé que vuestros sacerdotes y catequistas os siguen acompañando a través de las redes o internet. Yo os pediría que no dejéis de orar, es decir, de estar y hablar con Jesús y dejar que Él os hable a través de la lectura personal del Evangelio; en estos días de confinamiento tenéis mucho tiempo para hacer oración. Repasad los materiales de catequesis. Participad en la santa Misa que se ofrece a través de televisión u otros medios. Rezad en casa con vuestra familia; el papa Francisco nos acaba de recomendar el rezo del Rosario.

Pronto comenzamos el mes de mayo, el mes de María. Ella es la Madre de Jesús y nuestra Madre. Mirad a la Virgen Maria; rezadle con fe y devoción para que nos proteja ante la pandemia y para que por su intercesión nos veamos pronto libres de esta tragedia que tantas muertes y tanto
sufrimiento nos están causando; rezadle para que Dios conceda la paz y el descanso eterno a los fallecidos y el consuelo a sus familiares que tanto están sufriendo porque no han podido despedir a sus seres queridos como hubieran deseado. Pedidle a la Virgen por la pronta recuperación de los contagiados y para que acompañe y dé fuerza a los sanitarios. No olvidéis en vuestra oración a la Virgen a nuestros ancianos y a tantas personas y familias que lo están pasando ya muy mal. Pedidle que nos ayude ante un futuro sombrío en la economía, en el trabajo y en la vida social. Rogadle también por los que nos gobiernan para que en sus decisiones busquen el bien común, el bien de todos y para todos. Pedidle a la Virgen que nos enseñe a estar, como ella, siempre disponibles para servir y ayudar a los demás, en especial a los que pasan por alguna necesidad.

¡Ánimo a todos! Con la ayuda de Dios espero que pronto nos podamos encontrar para
vuestra Confirmación. Hasta ese día os saluda con afecto, vuestro Obispo,

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón.

Segorbe-Castellón se suma al rezo del Rosario en Fátima y a la consagración de la península a la Virgen

Tras la cadena diocesana de oración ante el coronavirus, que concluyó ayer con la celebración de la Santa Misa, el Obispo de Segorbe-Castellón ha querido agradecer a través de una carta, «de corazón a todos cuantos habéis secundado mi invitación y de un modo u otro os habéis unido a esta iniciativa. Muchísimas gracias. ¡Que Dios os lo pague!».

D. Casimiro López Llorente invita, mediante varias iniciativas, a que sigamos unidos en la oración «al Señor y a la santísima Virgen María por el cese de esta pandemia, por las víctimas, sus familias y los contagiados. La oración, no lo olvidemos, mueve montañas.»

La primera de estas iniciativas es el rezo del Rosario desde la Basílica de Fátima, el próximo miércoles 25 a las 19:30 horas, para orar por las víctimas del coronavirus, sus familias, el personal sanitario y tantas personas que de un modo u otro están trabajando contra el coronavirus o prestan el servicio necesario a la sociedad en estos momentos.

Este acto será presidido por el Obispo de Fátima, el Cardenal António dos Santos Marto, y al finalizar hará la consagración de la Península Ibérica y de sus islas a la Santísima Virgen de Fátima. «El Presidente de la Conferencia Episcopal Española – Juan José Omella Omella – nos invita a todas las diócesis de España a unirnos a este hermoso acto, que podemos seguir a través de COPE y 13TV», indica el Obispo en la carta.

La segunda iniciativa nace del Papa Francisco, que nos invita a rezar juntos el Padrenuestro a las 12 horas del mismo miércoles 25 de marzo. Así lo hizo en el Ángelus de ayer:  “en estos días de prueba, mientras la humanidad tiembla con la amenaza de la pandemia, me gustaría proponer a todos los cristianos que unan sus voces al Cielo. En el día en que muchos cristianos recuerdan el anuncio a la Virgen María de la Encarnación de la Palabra, que el Señor escuche la oración unánime de todos sus discípulos que se preparan para celebrar la victoria de Cristo resucitado”.

Y finalmente, indica D. Casimiro, «el Papa Francisco también nos invita a todos los cristianos a unirnos el viernes 27 de marzo a las 18 horas, a un tiempo de oración, presidido por él, y que concluirá con la bendición Urbi et Orbi (a la ciudad y al mundo). Un gesto excepcional en tiempos de pandemia, ya que esta bendición particular, que confiere indulgencia plenaria, se da tradicionalmente en Navidad y Pascua». Este último acto podrá seguirse también por 13TV.

En el Ángelus de ayer, el Papa realizó una invitación a “participar espiritualmente a través de los medios de comunicación. Escucharemos la Palabra de Dios, elevaremos nuestra súplica, adoraremos al Santísimo Sacramento, con el que daré al final la bendición Urbi et Orbi”. “Queremos responder –dijo el Papa- a la pandemia del virus con la universalidad de la oración, de la compasión, de la ternura.  Mantengámonos unidos. Hagamos sentir nuestra cercanía a las personas solas y a los más probados”.

Sembradores de esperanza

Queridos diocesanos:

Nueve meses antes de la Natividad de Jesús, la Iglesia celebra la solemnidad de la Encarnación del Señor. En este día recordamos con gratitud la plena disponibilidad de María, que acogió de una forma generosa la vida de Dios como un don, a pesar de las dificultades. Celebrar esta apertura del corazón de la Virgen al designio divino nos mueve a imitarla para acoger, celebrar y comunicar al mundo la alegría del Evangelio y promover una cultura de la vida. Por ello, en toda la Iglesia en España celebramos en este día la Jornada por la vida.

La jornada de este año tiene por lema Sembradores de esperanza, inspirado en el documento de la Conferencia Episcopal de diciembre pasado con el título “Sembradores de esperanza: acoger, proteger y acompañar las etapas finales de esta vida”; somos invitados este año a reconocer con profundo asombro el don de la vida y a testimoniar la esperanza de la vida eterna cuidando a los enfermos que se acercan al final de su vida terrena. Os invito a todos leer y estudiar este documento. Escrito con un lenguaje fácil de entender, su lectura y estudio harán mucho bien al lector, a todas las personas, a la sociedad, al bien común y a la cultura de la vida, y abrirá caminos para la esperanza a muchas personas, a los enfermos terminales, a los médicos y sanitarios, a todos aquellos que trabajan en el mundo de la salud.

El tema es de enorme actualidad. Ya ha comenzado la tramitación parlamentaria de las iniciativas legislativas sobre la eutanasia y el suicidio asistido, presentadas por algunos partidos políticos. De diferentes modos y con diversos argumentos se intenta que la eutanasia y el suicidio asistido sean social y legalmente aceptables. Con este fin se manipula el lenguaje, llamando muerte digna o buena muerte a lo que no es sino la eliminación de un ser humano. Se juega con el miedo ante el sufrimiento ante la enfermedad y el dolor o se suscita una falsa piedad con el que sufre, que no lleva al compromiso con él, sino a su aniquilación. A veces se aplica un criterio tan relativo como ‘calidad de vida’ para decidir quién tiene derecho a seguir viviendo o ha de ser eliminado. Algunos presentan incluso la eutanasia y el suicidio asistido como respuestas viables y aceptables al problema del dolor y del sufrimiento. Como en tantos otros temas, también es necesario recabar una información veraz y adquirir una seria formación para saber darnos y dar razón de nuestra fe, y para ser sembradores de esperanza, en este caso en la etapa final de la vida.

En sentido propio y verdadero, por eutanasia (y suicidio asistido) se entiende toda acción u omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte de un ser humano con el fin de evitarle sufrimientos o de acabar con su vida porque no quiere seguir viviendo, bien a petición de éste, bien porque otros o él consideran que su vida ya no merece ser mantenida o vivida. La eutanasia y el suicidio asistido es siempre una forma de homicidio, pues implica que un hombre da muerte a otro. La eutanasia y el suicidio asistido son un mal moral, un grave atentado a la dignidad de la persona y una grave violación de la ley de Dios. La legalización de prácticas como la eutanasia y el suicidio asistido pretende mostrar como un bien un proceder del todo inaceptable, tanto médicamente como desde una perspectiva bioética, basada en el respeto a la dignidad humana y su defensa en toda circunstancia.

Cosa distinta a la eutanasia o al suicidio asistido es aquella acción u omisión que no causa la muerte por si misma o por la intención, como son la administración adecuada de calmantes o los cuidados paliativos, aunque puedan acortar la vida, o la renuncia a terapias desproporcionadas, que retrasan indebidamente la muerte. Una cosa es lo que subyace a la llamada ‘muerte digna’, que no es sino la eliminación de un ser humano; y otra cosa muy distinta es acompañar a una persona a morir con dignidad mediante el empleo de medios éticamente lícitos. En el estado actual de la medicina, existen recursos para aliviar el sufrimiento de los enfermos crónicos o terminales y constituyen, a través de los cuidados paliativos de calidad, la herramienta que procura el trato digno que toda persona merece en atención a su inviolable dignidad, máxime cuando padece un estado de dependencia absoluta. Es lo que piden reiteradamente los enfermos y sus familias: ayuda mediante los cuidados paliativos, incluidos los cuidados espirituales, para asumir los problemas y las dificultades personales y familiares que se suelen presentar en los últimos momentos de la vida.

Defender la dignidad de toda vida humana desde su concepción hasta su muerte natural es trabajar por una cultura de la vida y ser promotores de esperanza. Porque la vida humana es digna y ha de cuidarse siempre, también y especialmente la de los débiles, enfermos, discapacitados o ancianos. Esta es también la enseñanza que nos brinda, en toda su crudeza, la expansión de la actual pandemia del coronavirus. Seamos cuidadores de la vida, propia y ajena, y promotores de esperanza. No caigamos en el pánico. Dios vela por nosotros.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbee-Castellón

“Para que en Él tengan vida”

Queridos diocesanos:

Acabamos de iniciar el tiempo de la Cuaresma, un tiempo de gracia para prepararnos a la celebración gozosa de la Pascua del Señor. El papa Francisco, en su Mensaje para la Cuaresma de este año, nos exhorta a volver continuamente nuestra mirada y nuestro corazón al misterio pascual, a la muerte y resurrección del Señor. Porque la Pascua es un acontecimiento siempre actual por la fuerza del Espíritu Santo. “Este Misterio -dice el Papa- no deja de crecer en nosotros en la medida en que nos dejamos involucrar por su dinamismo espiritual y lo abrazamos, respondiendo de modo libre y generoso”. Así podremos renacer a la vida misma de Dios y crecer en ella.

La muerte y la resurrección del Jesús es fuente de vida. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas”, dice Jesús de sí mismo (Jn 10. 10-11). “Para que tengan vida” es el objetivo de su venida. Es más; Jesús afirma: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). Para mostrarlo devolvió a la vida terrena a Lázaro que yacía en el sepulcro. Sus curaciones muestran que Él ejerce su poder en favor de la vida. Donde está Jesús prospera la vida; donde Él no está se extienden las fuerzas del mal y de la muerte. Pero con la expresión “y la tengan en abundancia”, Jesús va más allá: se refiere a la vida que Él, como Hijo de Dios, posee: la vida misma de Dios, la “vida eterna”, la vida plena y feliz, inmortal y gloriosa. Comunicarnos esta vida es el objetivo último de su venida: no viene para que poseamos simplemente la vida de este mundo, que acaba con la muerte corporal, sino para que poseamos ya desde ahora la vida eterna, que no tiene fin. “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite el último día” (Jn 6,40).

Jesús, que muere en la cruz y resucita del sepulcro al tercer día, resucita con toda su humanidad, y así nos involucra, a cada hombre, en su paso de la muerte a la vida. La vida eterna comienza ya aquí; y, como Jesús, hemos de acoger, cuidar y promover la vida y la dignidad de todo ser humano, de los pueblos y de sus culturas, y de toda la creación. Pero sin olvidar que estamos de camino hacia la casa del Padre. En la oración después de la comunión del 2º Domingo de Adviento pedimos a Dios que nos enseñe “a sopesar con sabiduría los bienes de la tierra y amar intensamente los del cielo”.

Las citadas palabras de Jesús fueron comprendidas en todo su alcance por los apóstoles después de la resurrección de Cristo. Constituyen el mensaje central de su predicación como muestra el discurso misionero de Pedro el día de Pentecostés. Pedro proclama a Jesús constituido Señor y Mesías por el Padre. Reconocer a Jesús muerto y resucitado, como Señor y Mesías, lleva a la conversión por la fe en Él y al bautismo en su nombre para la salvación eterna. Este es el contenido del kerigma de los Apóstoles.

“Para que en Él tengan vida”, son las palabras elegidas también para la Jornada de Hispanoamérica que celebramos en España este I Domingo de Cuaresma. En este día oramos para que la fe y vida cristiana de nuestros hermanos de Hispanoamérica se mantenga, se cuide y se fortalezca. Allí se encuentra el mayor número de católicos del mundo. De ellos puede depender en gran parte la evangelización de los lugares en los que todavía Cristo no es conocido. Allí es donde mas misioneros españoles hay: hombres y mujeres, sacerdotes y religiosas, seglares y familias enteras que han partido a esos países para mantener viva la llama de la fe en las personas que allí viven. Son un gran regalo para la Iglesia misionera y para nuestra Iglesia diocesana.

El lema de este año se hace eco de lo que el papa Francisco intenta alentar una y otra vez: el cuidado de la ecología integral, el deseo de promover el respeto a la dignidad de las personas, de los pueblos y de toda la creación. Pero poniendo la mirada en Aquel que puede dar la vida, la vida de verdad, la única que sacia la sed de eternidad que tiene el hombre: Cristo Jesús, nuestro Señor. Es Jesus, que es el Camino, la Verdad y la Vida, el único que puede hacer que la dignidad de cada persona y de la creación entera sean respetadas y estén por encima de intereses económicos, partidistas o ideológicos, que tanto hacen sufrir a los pueblos de Hispanoamérica. Ante ello, Cristo y su Evangelio son la respuesta y la solución. Oremos y trabajemos para que en Cristo, los pueblos de Hispanoamérica, tengan vida y la tengan en abundancia.

Con mi afecto y bendición,

    +Casimiro López Llorente

            Obispo de Segorbe-Castellón

Monseñor López Llorente invita a los fieles a participar en la Santa Misa Crismal del próximo Lunes Santo

El Obispo de Segorbe-Castellón ha invitado mediante la publicación de una carta a todos los fieles cristianos de la Diócesis –sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos- a la Santa Misa Crismal que se celebrará el próximo 15 de abril, Lunes Santo, en la Santa Iglesia Concatedral de Santa María de Castellón a partir de las 11 horas. Una celebración, ha afirmado, “en la que se hace especialmente visible toda nuestra iglesia diocesana (…) reunida en torno a la mesa de la Palabra y la Eucaristía de la que se alimenta sin cesar” y en la que los sacerdotes renuevan las promesas efectuadas en su ordenación sacerdotal. Leer más

La adoración eucarística, fuente de vida para la Iglesia

Castellón de la Plana, 16 de septiembre de 2018

La adoración eucarística, fuente de vida para la Iglesia

Queridos diocesanos:

Acabamos de comenzar un nuevo curso pastoral centrado en la Eucaristía, fuente, centro y cima de la vida y misión de la Iglesia, de nuestras parroquias y de cada cristiano. La celebración del 125º Aniversario  de la sección de la Adoración Nocturna Española de Artana nos ofrece la oportunidad y nos pide hablar de la adoración eucarística.

Después de un tiempo de malentendidos, en nuestra Iglesia diocesana se va recuperando la adoración eucarística personal y comunitaria. Durante la reforma litúrgica, a menudo la Misa y la adoración eucarística se vieron como opuestas entre sí; según algunos, el Pan eucarístico nos lo habrían dado no para ser contemplado, sino para ser comido; su reserva en el Sagrario era sólo para ser llevado a los enfermos, no para ser adorado. El Papa Benedicto XVI nos dijo que esta contraposición entre comunión eucarística y adoración no tiene sentido en la tradición de la Iglesia; porque, en palabras de san Agustín, “nadie come esta carne sin antes adorarla; pecaríamos si no la adoráramos”. Existe un lazo intrínseco entre la celebración de la Eucaristía, la comunión y la adoración en y fuera de la Misa (cf. SC 66). Y, el papa Francisco nos acaba de recordar “que la presencia real de Cristo en el Pan consagrado no termina con la misa… la eucaristía es custodiada en el tabernáculo para la comunión para los enfermos y para la adoración silenciosa del Señor en el Santísimo Sacramento; el culto eucarístico fuera de la misa, tanto de forma privada como comunitaria, nos ayuda de hecho a permanecer en Cristo” (Audiencia general, 4.04.2018).

En la celebración de la Eucaristía, el pan y el vino se convierten por las palabras de la consagración en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Él se nos da en comida en la comunión y Él se queda permanentemente presente en la sagrada Forma. En la comunión, Él mismo se nos da en comida para unirse a nosotros, para atraernos hacía sí, para transformarnos en Él. Este encuentro nuestro con el Señor, esta unión y unificación con Cristo sólo puede realizarse en adoración. Recibir la Eucaristía significa adorar a Aquel a quien recibimos; es decir, reconocer que Dios es nuestro Señor, que Él nos señala el camino que debemos tomar, que sólo vivimos bien si acogemos y seguimos el camino indicado por él. Este aspecto de sumisión a Dios, de acogida y reconocimiento de Él, prevé una relación de unión, porque Aquel a quien reconocemos y acogemos como nuestro Señor, Camino, Verdad y Vida es Amor. En efecto, en la Eucaristía la adoración debe convertirse en unión: unión con el Señor vivo y después con su Cuerpo místico. Sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera de Dios.

En la sagrada Hostia, el Señor se queda permanentemente entre nosotros con su humanidad y divinidad. Jesús está en el sagrario no por sí mismo, sino por nosotros, porque su alegría es estar con los hombres. Él nos espera, y pide y merece nuestra adoración. Jesús se queda en la Eucaristía no sólo para ser llevado a los enfermos, sino para estar con nosotros, para seguir derramando su Amor y su Vida. La Eucaristía contiene de un modo admirable al mismo Dios. La presencia permanente del Señor en el santísimo Sacramento es el verdadero tesoro de la Iglesia, su tesoro más valioso. En el sagrario, Dios está siempre accesible para nosotros. Sólo adorando su presencia aprendemos a recibirlo adecuadamente, aprendemos a comulgar, aprendemos desde dentro la celebración de la Eucaristía. La adoración del Santísimo Sacramento es como el “ambiente” espiritual dentro del cual la comunidad puede celebrar bien y en verdad la Eucaristía. Para expresar su pleno significado y valor, la celebración de la Eucaristía ha de ir precedida, acompañada y seguida de esta actitud interior de fe y de adoración.

Busquemos estar con el Señor, presente realmente en la Eucaristía, en el sagrario. Ahí podemos hablar de todo con él. Podemos presentarle nuestras peticiones, nuestras preocupaciones, nuestros problemas, nuestras alegrías, nuestra gratitud, nuestras decepciones, nuestras necesidades y nuestras esperanzas. Permaneciendo ante el Señor-Eucaristía en adoración y contemplación, disfrutamos de su trato personal, nos dejamos empapar y modelar por su amor, le abrimos nuestro corazón, le rogamos por nuestra Iglesia, por su unidad, vida y misión, por los sacerdotes y las vocaciones al sacerdocio, o le pedimos por la paz, la justicia y la salvación del mundo. Ahí podemos repetirle constantemente: “Señor, envía obreros a tu mies. Ayúdame a ser un buen obrero en tu viña”.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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La Eucaristía, sacramento y fuente de la caridad

Queridos diocesanos:

Nos disponemos a celebrar la Fiesta del Corpus Christi, es decir del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el próximo Domingo. En su centro está el Sacramento de la Eucaristía, el Sacramento del amor, en que Cristo Jesús nos ha dejado el memorial permanente de su entrega total por amor en la Cruz. En la secuencia de la Misa de este día cantaremos: “Es certeza para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre”. En el Corpus reafirmamos con gran gozo nuestra fe en la presencia real y permanente de Cristo en la Eucaristía, el misterio que constituye el corazón de la Iglesia. Leer más