El CEU: servicio a la sociedad y a la Iglesia

Queridos diocesanos:

La Universidad CEU Cardenal Herrera ha ampliado a partir del presente curso sus estudios universitarios en Castellón; a los estudios de Enfermería, presentes ya desde 2007, se unen ahora los de Medicina y de Educación. Si se contempla sin prejuicios y desde la libertad de creación centros universitarios, reconocida y garantizada por nuestra Constitución, la sociedad castellonense está de enhorabuena por la mayor oferta de estudios universitarios. La sólida e integral formación de enfermeros está ya beneficiando a muchos en el ámbito de la enfermería; a partir de ahora, lo hará la formación de profesionales de la medicina y de educadores de nuestros niños, adolescentes y jóvenes.

También nuestra Iglesia diocesana se ve enriquecida por esta ampliación de estudios superiores. Hay que agradecer a la Asociación Católica de Propagandistas, a la Fundación CEU y a la Universidad CEU Cardenal Herrera sus esfuerzos por ampliar su presencia en el ámbito universitario entre nosotros, y, desde ahí, su compromiso con la acción evangelizadora de la Iglesia. Porque es propio del CEU ofrecer una formación universitaria a las futuras generaciones desde un planteamiento católico.

El CEU, en efecto,  promueve la formación humana, cristiana y profesional de enfermeros, médicos y profesores con una visión trascendente del hombre, sin menoscabo alguno de la exigencia intelectual y de la excelencia académica. Así lo proclama su proyecto educativo y esta será su mejor aportación a la misión evangelizadora de la Iglesia diocesana y a la sociedad. Los valores más significativos en que se basa la formación en sus centros son la educación católica de los jóvenes con criterios de apertura y de búsqueda de la verdad;  así mismo lo es una concepción integral del hombre, criatura de Dios y abierto a la Trascendencia, de la que se parte y la que se propone, siendo esencial la libertad en la verdad; finalmente están el rigor, la exigencia y la excelencia académica, así como la profesionalidad y la eficacia.

La fidelidad de toda la comunidad educativa a estos valores será el mejor servicio que estos estudios prestarán a nuestra Iglesia y a la sociedad actual. No se trata tan sólo de formar buenos y eficaces profesionales en enfermería, en medicina o en educación; se trata antes de nada de formar en el ‘ser’ enfermeros, médicos o educadores con una visión trascendente y cristiana de la vida y de la persona, de la propia y de los futuros pacientes o educandos, con una visión de la dignidad sagrada e inviolable de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural o del derecho a una educación integral, basada en la verdad  para la verdadera libertad y la responsabilidad ante sí mismo, ante Dios y ante la sociedad.

Frente al olvido de Dios y la creciente exclusión de lo cristiano, también en la actividad universitaria, el CEU trabaja desde la búsqueda humilde de la verdad por excelencia, que sólo se encuentra en Dios. Y sin Dios, como “fundamento de la verdad”, el ser y sentido del ser humano, la dignidad de la persona, la salud integral y los valores humanos, la educación de nuestros jóvenes y los mismos derechos fundamentales tienden a convertirse en grandes palabras. Cuando Dios es excluido comienza la muerte del hombre;  tener a Dios presente, por el contrario, lleva a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser, origen y meta en cualquier ámbito y profesión.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

Vigilia por la Vida Naciente

Castellón, S.I. Concatedral,  27 de noviembre de 2010

Vísperas del I Domingo de Adviento

(Is 2, 1-5; Sal 123; Rom 13, 11-14ª; Mt 24, 37-44)

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¡Hermanas y hermanos amados todos en el Señor Jesús!

Unidos espiritualmente al Santo Padre y a la Iglesia entera, dispersa por el mundo entero, hemos acudido “alegres a la casa del Señor” (Sal 123) esta tarde-noche para orar por la vida humana naciente. Lo hacemos en las vísperas del I Domingo de Adviento, con las que iniciamos un nuevo adviento. No se trata de repetir mecánicamente los advientos pasados, sino llevados por la liturgia miramos el Acontecimiento siempre actual: Jesucristo, el Señor y el Salvador, el Verbo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado para la Vida del hombre, de todo ser humano. Y este Acontecimiento nos quiere arrancar de la rutina cotidiana, del silencio cobarde y del abatimiento conformista ante un mundo silenciador de Dios, que no acoge ni respeta la vida naciente, para orar y gritar a Dios porque es posible otro mundo, porque es posible la esperanza.

La Palabra de Dios de este primer domingo nos describe el adviento como ese doble movimiento que se da en la historia de la salvación, de la historia de Dios con los hombres. En el primer movimiento, Dios tiene la iniciativa: es el Dios que vino, que viene y que vendrá, con un continuo entrar en nuestras situaciones para sanarlas y salvarlas. El segundo movimiento, salido del corazón del hombre, es la espera y la vigilancia con que hemos de acoger al Señor. El Señor que llega, el hombre que le espera con una actitud vigilante. Mirando al Señor que ya vino hace 2000 años, nos preparamos a recibirle en su última venida al final de los tiempos, acogiendo al que incesantemente llega a nosotros, a nuestras vidas y a nuestro corazón, en nuestro hoy de cada día.

“Por tanto, estad en vela, porque no sabéis el día ni la hora” Mt 24, 41), nos dice el Señor en el Evangelio de hoy. No son unas palabras que pretendan causarnos miedo, sino una llamada seria de atención para que cuando Él manifieste su gracia en nuestros corazones, cuando se haga presente en nuestra vida, cuando él salga a nuestro encuentro en una nueva vida humana podamos sencillamente reconocerlo. Así dice una antigua oración: “Oh Dios que vendrás a manifestarte en el día del juicio, manifiéstate primero en nuestros corazones mediante tu gracia”.

El Evangelio de hoy centra nuestra mirada en Jesucristo: todo termina en Él. La historia del mundo, nuestra propia existencia y la de todo ser humano se verán expandidas por este encuentro definitivo hacia el que caminamos. Todo camina hacia el encuentro con el Señor Jesús, el Hijo del hombre. Esta certeza de nuestra fe es lo más importante. En contra de las apariencias contrarias, la historia de los hombres no está tejida por el azar, por las intervenciones de algunos grandes genios o por las decisiones de los poderosos.

No. En lo profundo de la historia del hombre, opera el poder de Dios manifestado en Cristo, muerto y resucitado para la Vida del hombre. Dios ha enviado a su Hijo Jesucristo al mundo en nuestra condición humana. Con la Encarnación del Verbo, el Hijo de Dios, Dios mismo ha entrado en nuestra historia, se ha hecho Enmanuel, el Dios-con-nosotros, Dios mismo ha asumido nuestra naturaleza, se ha hecho uno de los nuestros, en todo semejante a nosotros menos en el pecado; por su muerte y resurrección ha vencido el pecado y la muerte, nos ha remido y salvado.  Jesucristo no ha cesado de estar presente en nuestro mundo y en nuestra historia, de un modo muchas veces impalpable y discreto, pero seguro, como nos dice el Evangelio. Creemos que Jesucristo se halla presente en el mundo con una presencia real, aunque discreta y misteriosa. Al fin de los tiempos esta presencia aparecerá en el gran día. Ya no tendremos que creer en ella, porque la veremos. Seremos inundados de certeza y colmados de felicidad.

En el Adviento nos preparamos a la celebración del Nacimiento del Hijo de Dios. El Señor Jesús, el Hijo de Dios encarnado, es el “sí” definitivo de Dios al ser humano, a todo ser humano: todo ser humano es fruto del amor creador de Dios y está llamado participar sin fin de la Vida y Amor de Dios. El Señor Jesús es el ‘sí’ definitivo de Dios al sufrimiento humano, también de las mujeres traumatizadas a causa del aborto. El Señor Jesús es el ‘si’ a la esperanza de los hombres, que nos asegura que es otro posible otro mundo, en que se acoja, proteja y defienda la vida naciente o en cualquier estadio de de su desarrollo. El Año litúrgico, que hoy comenzamos, es el recuerdo y la celebración en nuestro hoy del misterio de Cristo que, con su encarnación, muerte y resurrección, ha llevado a la humanidad a su única y verdadera plenitud.

Por todo ello, el Adviento, preparación a la Navidad, es una llamada a avivar la esperanza cristiana. Jesucristo, con su vida, muerte y resurrección, ya ha traído la salvación, la vida en Dios a los hombres, y nos emplaza a nuestra fidelidad. Nuestra esperanza es una esperanza gozosa, segura y, a la vez, exigente; arraiga en el amor incondicional de Dios hacia todo ser humano, huye de los optimismos frívolos, lleva al compromiso y tiende hacia la plenitud escatológica del momento definitivo de Dios.

“A ti, Señor, elevo mi alma; Dios mío en ti confío no quede yo defraudado; que no triunfen de mi mis enemigos, pues los que esperan en ti no quedan defraudados”, así ora el salmista (Sal 24, 1-3) como nos recuerda la antífona de entrada de la Misa de hoy. Movidos por esta esperanza en Dios, Dios del amor y de la vida, manifestado en Cristo, nuestro compromiso se hace, esta tarde –noche, oración por toda vida humana, especialmente por la vida humana naciente. Recordemos: El Nacimiento del Hijo de Dios es el gran Sí de Dios a la vida humana, a toda vida humana. Con su encarnación, el Hijo de Dios se ha unido, en cierto modo, con todo hombre; a la vez que nos revela el misterio del Padre Dios y de su amor, manifiesta así plenamente quién es el hombre al propio hombre: Cristo nos descubre la sublimidad de la vocación a que está llamado todo ser humano: es creado por Dios por amor y para la Vida. Agradezcamos al Señor, que con su Nacimiento y con el don total de sí mismo, ha dado sentido y valor a toda vida humana e invoquemos su protección sobre cada ser humano llamado a la existencia.

La vida humana se ve amenazada hoy a causa de una ‘cultura’ relativista , hedonista y utilitarista, que ofusca la razón para descubrir la dignidad propia e inviolable de cada ser humano, cualquiera que sea el estado de su desarrollo. Hemos de ser conscientes de las amenazas que se ciernen sobre la vida naciente como consecuencia de la llamada ‘cultura de la muerte’, de las leyes que permiten la píldora abortiva y el aborto e, incluso, que se atreven a declararlo, contra toda justicia, como un ‘derecho’. La banalización de la sexualidad y del aborto está minando la conciencia moral de muchos bautizados, especialmente de los más jóvenes. Así lo detectamos de modo creciente en las conversaciones, en las catequesis de Confirmación o en las clases de Religión.

Nos toca vivir en un contexto dominado por un eclipse de la conciencia moral sobre el valor y la dignidad de la vida humana. El aborto, cada día más extendido también entre nosotros, tiene una malicia real. Porque no estamos ya ante el aborto como un hecho inicuo que se comete de forma particular; estamos ante una realidad de enormes proporciones que busca su propia justificación al margen de la Ley de Dios y de los más elementales principios morales de la razón humana. Hemos de tomar conciencia de que el aborto es una auténtica estructura de pecado, que busca la deformación generalizada de las conciencias para la extensión de su maldad de modo estable.

Por ello hemos de orar a Dios, único Dueño de la vida, para que convierta las mentes y los corazones. Oremos por la conversión de la mente y del corazón: en nosotros mismos, para que sepamos acoger, proteger y defender la vida humana naciente en todo momento siendo testigos del Evangelio de la vida; oremos por nuestras familias y por nuestros, que se ven fácilmente arrastrados por la mentalidad pro-abortista circundante. Oremos a Dios por la conversión de la mente y del corazón de los legisladores y de todos aquellos que hacen del aborto un negocio sumamente lucrativo.  Oremos a Dios para que la cultura de la muerte sea sustituida en nuestra sociedad por la cultura de la vida: una cultura que acoja con alegría y promueva la vida humana y tutele su dignidad sagrada.

Como Iglesia tenemos el deber de dar voz con valentía a quien no tiene voz y de afirmar una vez más con firmeza el valor de la vida humana y de su carácter inviolable. Todos, pero especialmente, los sacerdotes, catequistas, profesores de religión y padres de familia estamos llamados a acoger cordialmente y a anunciar sin miedos ni complejos el Evangelio de la vida en comunión efectiva con la tradición viva y el Magisterio de la Iglesia.

Por intercesión de Santa María elevo mi voz a Dios y le pido  que nos conceda la gracia de saber acoger con gratitud, de  respetar, de defender, de amar y de servir a toda vida humana. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

¡Oremos por la vida naciente!

Queridos diocesanos:

El Santo Padre Benedicto XVI ha puesto en marcha una iniciativa muy importante y sin precedentes en la Iglesia: El Papa nos ha convocado a todos los católicos del mundo a celebrar una Vigilia de oración por la vida naciente el próximo sábado 27 de noviembre en las Vísperas del Adviento. Él mismo la celebrará en la Basílica de San Pedro en Roma y nos ha pedido a los Obispos que lo hagamos también en nuestras Diócesis con la implicación de las Parroquias, asociaciones y movimientos.

Nuestra Diócesis se une cordialmente y con total convicción a esta iniciativa de la Iglesia Universal: como vuestro Obispo os convoco a todos a participar en la Vigilia que presidiré en la S.I. Concatedral de Castellón a las 20:00 horas en la fecha indicada. ¡Es lo más importante y urgente que podemos hacer ahora por la vida! Hemos de orar por toda vida humana y en especial por toda vida naciente, respondiendo a la llamada del Papa.

Esta iniciativa del Santo Padre nos dice bien a las claras la suma importancia que tiene el anuncio del Evangelio de la vida en este momento concreto de la historia. La vida humana se ve amenazada hoy a causa de una ‘cultura’ relativista y utilitarista cada vez más extendida, que ofusca la razón para descubrir la dignidad propia e inviolable de cada ser humano, cualquiera que sea el estado de su desarrollo. Hemos de ser conscientes de las amenazas que se ciernen sobre la vida naciente como consecuencia de las leyes que permiten el aborto legal e, incluso, se atreven a declararlo, contra toda justicia, como un ‘derecho’. La banalización del aborto desde el poder y desde distintos medios está minando la conciencia moral de muchas personas y, especialmente, de los más jóvenes. Hay que recordar una vez más que el aborto es moralmente un crimen gravísimo, como nos recordó el Concilio Vaticano II.

Por ello hemos de orar a Dios, único Dueño de la vida, para que convierta los corazones y poco a poco la cultura de la muerte se vaya sustituyendo en nuestra sociedad por la cultura de la vida, que acoja y promueva la vida humana y tutele su dignidad sagrada. En el Adviento nos preparamos para la celebración del Nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios, hecho hombre: su Nacimiento es el gran Sí de Dios a la vida humana, a toda vida humana. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Cristo, el Nuevo Adán, a la vez que nos revela el misterio del Padre Dios y de su amor, manifiesta plenamente quién es el hombre al propio hombre: Cristo nos descubre la sublimidad de la vocación a que está llamado todo ser humano: es creado por Dios por amor y para la Vida.

En la adoración eucarística en la Vigilia agradeceremos al Señor, que con su Nacimiento y con el don total de sí mismo, ha dado sentido y valor a toda vida humana e invocaremos su protección sobre cada ser humano llamado a la existencia. Como Iglesia sentimos el deber de dar voz con valentía a quien no tiene voz, de afirmar una vez más con firmeza el valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo tiempo, hacemos una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! (cf. EV 5).

La Vigilia de oración por la vida humana naciente será un grito, que se eleva a Dios Padre, dador de todo bien, con el fin de que mueva los corazones para que toda vida humana sea respetada, protegida y amada. Os espero a todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Vigilia de oración por la vida naciente

A TODO EL PUEBLO DE DIOS EN SEGORBE-CASTELLÓN: SACERDOTES, DIÁCONOS, CONSAGRADOS Y SEGLARES

 

Amados todos en el Señor:

El próximo sábado 27 de noviembre el Santo Padre, Benedicto XVI, celebrará en la Basílica de San Pedro una Solemne “Vigilia por la vida naciente”, coincidiendo con las vísperas del primer domingo de Adviento en el marco de la cercana Solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. Es deseo del Santo Padre que en cada una de las diócesis los Obispos presidan celebraciones análogas e involucren a las parroquias, a las comunidades religiosas, asociaciones y movimientos para pedir por la conversión de los corazones y dar así un testimonio eclesial común a favor de una cultura de la vida y del amor.

Ante la dramática expansión de la llamada “cultura de la muerte”, que cuestiona la buena nueva de toda vida humana, los cristianos debemos seguir proclamando con fuerza la cultura de la vida: cada ser humano desde su concepción hasta su ocaso natural posee una dignidad inalienable por ser criatura de Dios. Nadie, ni nuestros legisladores ni la mujer embarazada ni ningún otro, son dueños de la vida humana concebida. No se trata de imponer una perspectiva de fe, sino de defender los valores propios e inalienables de todo ser humano. Es urgente, por tanto, nuestro compromiso efectivo en la promoción y la defensa de toda vida humana, en la acogida y en el respeto de la vida de cada ser humano: ésta es la base de una sociedad verdaderamente humana y de un progreso verdaderamente humano.

Por ello, ante la amenaza y extensión progresiva del aborto, debemos intensificar nuestra oración por la vida: una oración hecha con fe y confianza, con insistencia y perseverancia siempre da fruto, porque nuestra fe en el Dios de la vida nos asegura que al final triunfará el bien sobre el mal, la vida sobre la muerte. Os exhorto a todos a unirnos cordialmente a la invitación del Santo Padre y a participar así en la Solemne Vigilia por la vida naciente que yo mismo presidiré en la S.I. Concatedral de Santa María el día 27 de noviembre a las 20:00 horas.

Con la celebración de la Eucaristía y el rezo de Vísperas, en adoración ante el Santísimo Sacramentado, daremos gracias al Señor que con el don total, ha dado sentido y valor a toda vida humana, oraremos por la vida humana naciente e imploraremos la gracia y la luz del Señor para acoger y promover siempre y en toda circunstancia la vida humana. Cuento con vuestra asistencia, de sacerdotes, religiosos y seglares. Urge orar por la vida humana naciente, y debemos hacerlo juntos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Comunidad de fe, esperanza y caridad

Queridos diocesanos:

Nuestra Iglesia no es una empresa de servicios religiosos. Sencillamente es la comunidad de los fieles creyentes que fundara el Señor sobre la base de los Apóstoles y con todos aquellos que, como ellos, creyeron en Él y en su Palabra, le siguieron y fueron sus testigos por todo el mundo. Una comunidad que, desde entonces, acoge con fe y anuncia, celebra y vive a Cristo Jesús, el Señor Resucitado, y su Evangelio, fuente de esperanza para todos y motor de caridad hacia todos. Al celebrar este domingo el día de la Iglesia diocesana es bueno que recordemos qué significa que seamos la Iglesia del Señor en Segorbe-Castellón.

En primer lugar somos la concreción de la Iglesia Católica que preside en la caridad el sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI. Nuestra comunión en la fe con las demás Iglesias diocesanas esparcidas por todo el mundo la expresamos en el Credo de la Misa de cada Domingo, la celebramos y la alimentamos en la Eucaristía, fuente y vínculo de unidad. Somos una comunidad que peregrina en la historia hacia la venida definitiva de su Señor, nuestra única esperanza.

Nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, presidida por el Obispo como sucesor de los Apóstoles, está integrada por las distintas comunidades parroquiales, y éstas forman los diferentes arciprestazgos. Pero somos las personas, los hijos de Dios, quienes con nuestra vocación bautismal y su concreción –sacerdotes, consagrados y laicos – damos forma y alma a esta comunidad de creyentes, a esta familia de los hijos de Dios. Viviendo nuestra fe y la propia vocación construimos la Iglesia diocesana y tendemos hacia la santidad. La comunión eclesial responde a la justa relación de estas tres vocaciones sin indiferencia ni confusión entre unas y otras, sino en una comunión cristiana, eclesial, con el cometido y la responsabilidad que a cada una de ellas le corresponde.

La vida diocesana debe estar atenta a tres aspectos básicos para vivir como comunidad de fe, esperanza y caridad, y así cumplir fielmente nuestra misión. En primer lugar está la oración litúrgica y personal: orar al Señor, ofrecerle los días y darle gracias, celebrar los sacramentos (muy particularmente la Eucaristía y la Confesión), sabernos acompañados por su mirada providente y la intercesión de María y de todos los Santos. En segundo lugar hemos de cuidar el anuncio del Evangelio y la formación en la catequesis y la clase de religión de niños y jóvenes, y la formación de adultos. Sin formación cristiana nos encontramos faltos de razones ante nosotros mismos y ante los demás en un mundo que tantas veces se muestra hostil a la fe cristiana y fácilmente nos puede confundir. Y en tercer lugar no puede faltar el testimonio personal y comunitario de la caridad, porque debemos anunciar con obras la Buena Noticia salvadora. La caridad en todas sus formas es el supremo testimonio de los creyentes en un Dios-Amor.

El Día de la Iglesia diocesana nos quiere ayudar a tomar conciencia de nuestra identidad, para saber quiénes somos, desde Quién vivimos y para qué existimos. Nuestra Iglesia diocesana presta a Dios sus manos, sus labios y su corazón, para que aquí y ahora se siga escuchando y acogiendo la presencia salvadora del Señor Jesús, nuestra única esperanza.

Con mi afecto y bendición.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Peregrino de la fe y apóstol de Cristo Resucitado

Queridos diocesanos:

Este fin de semana, Benedicto XVI estará entre nosotros: el sábado, en Santiago de Compostela, y el domingo, en Barcelona. Todos los católicos españoles, aunque sólo visite dos ciudades, nos sentimos honrados por su visita, le damos nuestra más sincera bienvenida y le expresamos nuestras más cordiales gracias por esta nueva muestra del cariño que nos tiene.

El mismo Benedicto XVI ha dicho que viene a nosotros como peregrino en la fe y como apóstol de Cristo Resucitado. El Papa quiere en primer lugar peregrinar en este Año Santo Compostelano como un peregrino más hasta la tumba del Apóstol Santiago, el primer apóstol y testigo del Señor Resucitado en nuestra tierra. Así enlaza él mismo con el primer anuncio y la fe apostólica en el Señor Resucitado, se fortalece y se abre a la misericordia de Dios, a la gran perdonanza del Año Santo. El Papa pone así en práctica su reiterada invitación a todos de acogernos a la misericordia divina, de avivar nuestra fe en Cristo Jesús mediante un encuentro personal con Él y de no olvidar las raíces cristianas de España y de Europa entera.

No cabe duda que el vigor, la vida y los mejores logros de la historia del pueblo español están enraizados en la fe que trasmitió el Apóstol Santiago. Una fe que, el Arquitecto y Siervo de Dios, Antonio Gaudí, ha expresado también en el templo expiatorio de la Sagrada Familia de Barcelona, que será consagrado por el Papa, con una explosión de belleza arquitectónica, canto y plegaria perenne de alabanza y adoración a Dios, que nos muestra Cristo Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

El Papa viene también como apóstol de Cristo Resucitado, en cuyo rostro vemos al Dios del Amor y de la Vida, para confirmarnos a los católicos en la fe y en la vida cristiana. El Papa como Obispo de Roma es el sucesor de Pedro, el Apóstol a quien Jesús eligió y puso al frente de los Apóstoles y de la Iglesia para ser el apoyo firme de la fe y de la vida religiosa de sus discípulos. “He rezado por ti para que tu fe no desfallezca. Cuando estés fuerte confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31), le dice Jesús a Pedro y, en él, a sus sucesores.

En estos tiempos de alejamiento y debilitamiento de la fe cristiana, en los que se quiere excluir a Dios, a Jesucristo y su Evangelio del corazón de los hombres y en que se propaga el relativismo, los católicos necesitamos ser confirmados y fortalecidos en la fe y vida cristiana por aquel que tiene esta misión recibida del mismo Jesús.

Para creer en Jesucristo de verdad y ajustar nuestra vida a las enseñanzas de su evangelio, no puede creer cada uno a su manera. Hay que creer con la fe de los Apóstoles, la única que descansa directamente en la palabra y en la vida de Jesús. La comunión con el sucesor de Pedro y la unión espiritual y real con la fe de la Iglesia universal, expresada por el magisterio del Papa, garantiza que nuestra fe personal es auténtica. El Papa con su ministerio y su magisterio nos presta este servicio necesario para la unidad de la Iglesia y para la autenticidad de la fe personal de todos los cristianos católicos. Sólo unidos a él podemos estar de verdad unidos con Cristo Resucitado, que es el Señor de todos. Gracias al ministerio del Papa, hoy, por medio de la Iglesia, Cristo es el verdadero pastor y guardián de nuestras almas, al que queremos seguir de cerca, con fidelidad, amor y alegría. El Santo Padre nos confirma una vez más en la fe en Cristo Resucitado, la Vida para el mundo.

¡Bienvenido y muchas gracias, Santo Padre!

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Todos los Santos vs. Halloween

Queridos diocesanos:

En el libro del Apocalipsis podemos leer: “Después miré y había una gran muchedumbre, que nadie podía contar: de toda nación, raza, pueblo y lengua. Estaban de pie, delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (Ap 7,9). Así describe San Juan a la Iglesia celeste. Son nuestros hermanos los santos, que nos han precedido en el amor a Dios y al prójimo en el cielo, donde nos esperan e interceden por nosotros. A todos ellos recordamos y veneramos el día 1 de noviembre.

Este es el verdadero sentido de esta fiesta, en la que contemplamos el misterio de la comunión de los santos del cielo y de la tierra. No estamos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos de Dios y de Jesucristo; con todos ellos formamos el Cuerpo de Cristo, con ellos somos hijos de Dios, con ellos hemos sido santificados por el Espíritu Santo. Este glorioso ejército de los santos intercede por nosotros ante el Señor; nos acompaña en nuestro camino hacia el Reino y nos estimula a mantener nuestra mirada fija en Jesús, nuestro Señor, que vendrá en la gloria en medio de sus santos.

Pero hay algo que nos debe preocupar. En los últimos años se está introduciendo entre nosotros -y cada vez con más fuerza- una celebración anglosajona de origen pagano que va desplazando, al menos en el ánimo de muchos niños y jóvenes, la fiesta de todos los santos. Me refiero a Halloween. Un autor ha escrito a este respecto: “… muchos cristianos han olvidado el testimonio de los santos y se sienten más atraídos a festejar con brujas y fantasmas. Este fenómeno es parte de un retorno al paganismo que va ocurriendo gradualmente. Al principio no se percatan de los valores que abandonan ni tampoco entienden el sentido real de los nuevos símbolos. Les parece todo una broma, una diversión inofensiva de la que se intentan lucrar otros. Lo hacen por llenar un vacío, porque los santos ya no interesan y las prácticas paganas y ocultistas ejercen una extraña fascinación”.

Debemos estar alerta ante este fenómeno y no perder el sentido de la fiesta de todos los santos. Esta fiesta nos invita a compartir el gozo celestial de los santos. No necesitamos ponernos máscaras para la celebrar nuestra alegría; en todo caso, mejor sería vestir a nuestros niños o vestirse de santos.

Los santos no son un pequeño número de elegidos, sino una muchedumbre innumerable. En esa muchedumbre no sólo están los santos reconocidos de forma oficial, sino también los bautizados de todas las épocas y naciones, que se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad de Dios. De la mayor parte de ellos no conocemos su nombre, pero con los ojos de la fe los vemos resplandecer llenos de gloria en el firmamento de Dios.

Los santos no son fantasmas. Son hombres y mujeres que viven ya junto a Dios gozando de su presencia en una alabanza sin fin; ellos son testigos de que la vida junto a Dios para siempre es posible para todos y cada uno nosotros. Al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, la Iglesia quiere suscitar en nosotros el gran deseo de ser como ellos: felices por vivir cerca de Dios, en la gran familia de los amigos de Dios. Porque ser santo significa vivir unido a Dios, vivir en su familia, vivir la vida de Dios. Conservemos celosamente el sentido de esta fiesta cristiana.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura del curso académico de la Universidad CEU en Castellón

S.I. Concatedral de Sta. María en Castellón – 26 de octubre de 2010

(Ef 5, 21-33; Sal 127; Lc 13, 18-21)

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Hermanos y hermanas en el Señor:

Con esta Eucaristía y el Acto Académico posterior inauguramos el Año Académico de la Universidad CEU Cardenal Herrera en Castellón. A los estudios de Enfermería, presentes ya en nuestra Ciudad desde el año 2007, se unen ahora los estudios de Medicina y de Educación. La sociedad castellonense está de enhorabuena por la ampliación de la oferta de estudios universitarios en la Ciudad. La sólida e integral formación de enfermeros, en fidelidad al proyecto educativo del CEU, está ya beneficiando a muchos en el ámbito de la enfermería; a partir de ahora, la formación sólida e integral de profesionales de la medicina y de educadores de nuestros niños, adolescentes y jóvenes será igualmente beneficiosa en el ámbito de la medicina y de la educación, como ya ocurre en otros lugares de la geografía española.

También nuestra Iglesia diocesana se considera enriquecida por esta ampliación de estudios superiores en Castellón. Como Obispo, de esta Iglesia que peregrina en Segorbe-Castellón, doy gracias a Dios por este su nuevo don a nuestra Iglesia; agradezco de todo corazón a la Asociación Católica de Propagandistas, a la Fundación CEU y a la Universidad CEU Cardenal Herrera sus esfuerzos por ampliar su presencia en nuestra Ciudad: no es sino expresión del ejercicio del derecho a la libertad de enseñanza y a la creación de centros de estudio superiores, reconocido en nuestra Constitución, y, también, de su compromiso con la acción evangelizadora de la Iglesia. Mi ruego a Dios en 2007, al inaugurar los estudios de Enfermería ha sido escuchado: pedía entonces a Dios que dicha Titulación fuera la puerta de una presencia aún mayor en la formación universitaria de las futuras generaciones desde un planteamiento confesional católico, como es propio del CEU y de la Asociación Católica de Propagandistas que la sustenta. Agradezco también a las Instituciones públicas y privadas, la colaboración prestada para que la Universidad CEU Cardenal Herrera haya podido ampliar su oferta de Grados Universitarios en Castellón.

Como Obispo de esta Iglesia de Segorbe-Castellón ruego a Dios para que en estas Titulaciones se promueva la formación humana, cristiana y profesional de enfermeros, médicos y profesores con exigencia intelectual, excelencia académica y con una visión trascendente del hombre. Así lo proclama el proyecto educativo del CEU; esta será vuestra aportación a la misión evangelizadora de esta Iglesia diocesana. Los valores más significativos del CEU en sus centros educativos son, en primer lugar, la educación católica de los jóvenes con criterios de apertura y búsqueda de la verdad, en un ámbito en el que primen el respeto, la solidaridad y la cercanía; asimismo lo es la concepción integral del hombre, criatura de Dios y abierto a la Trascendencia, de la que se parte y que se propone, en la que la libertad en la verdad se convierte en su dimensión esencial; en tercer lugar, está la búsqueda del rigor, la exigencia y la excelencia académica en la actividad de toda la comunidad educativa; y, finalmente, la profesionalidad y eficacia,

El quehacer diario de toda la comunidad educativa –alumnos, profesores y administrativos- en estos valores será el mejor servicio que vuestros Centros pueden prestar a la Iglesia y a la sociedad actual. No se trata tan sólo de formar buenos y eficaces profesionales en enfermería, en medicina o en educación; se trata antes de nada de formar en el ser enfermeros, médicos o educadores con una visión trascendente y cristiana de la vida y de la persona, de la propia y de los futuros pacientes o educandos, con una visión de la dignidad sagrada e inviolable de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural o del derecho a una educación integral, basada en la verdad  para la verdadera libertad y la responsabilidad ante sí mismo, ante Dios y ante la sociedad.

San Pablo, en la lectura de este día, nos exhorta con estas palabras: “Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano” (Ef 5,21). De la reunión cultual pasa Pablo a hablar de la familia cristiana. “Familia” en la antigüedad comprendía la comunidad doméstica de marido y mujer, hijos y también los esclavos y sirvientes: una comprensión que bien podemos aplicar a una comunidad educativa católica. Para todos ellos vale esta ley fundamental de San Pablo: “Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano o en el temor de Cristo”.

Aquí Pablo pasa, casi sin darse cuenta, del culto a la vida diaria de la familia. Para Pablo la vida cristiana es solamente una; que no hay dos esferas diferentes: Iglesia y casa, Domingo y días laborables, liturgia y vida. De la Eucaristía a la vida, y de la vida a la Eucaristía. Del culto parte siempre una nueva la comprensión de la voluntad de Dios y la fuerza para llevarla a cabo. Y viceversa, la vida vivida -alegría y dolor, éxitos y fracasos, esperanza y preocupaciones- es lo que el cristiano lleva consigo, cuando juntamente con sus hermanos celebra la liturgia en la presencia de Dios.

Para Pablo, la familia cristiana y, por extensión toda comunidad cristiana, se construye sobre la recta sumisión de sus miembros en el respeto y en el amor cristiano, un amor de total entrega como Cristo a su Iglesia. Lo específicamente cristiano es esta sumisión “en el temor de Cristo”, o sea en el santo y respetuoso temor ante la presencia de Cristo, el Señor, para hacerle presente en todo momento. Este hecho da a toda la vida una nueva consagración. Además reconcilia la sumisión con la dignidad de la persona, y da a la recta ordenación un fundamento básico, sobre todo allí donde la cortedad de la parte poseedora de la autoridad  pondría en peligro esta ordenación.

Bien sabemos que el problema central de nuestro tiempo es la apostasía silenciosa de la fe cristiana, el olvido de Dios y la creciente exclusión de Cristo y de lo cristiano de todos los ámbitos de la vida, también de la actividad universitaria. El secularismo y el laicismo ideológico imperantes conducen a la sociedad actual a marginar a Dios de la vida humana. Una de sus graves consecuencias es que arrastran a muchos a la ruptura de la armonía entre fe y razón, y a pensar que sólo es racionalmente válido lo experimentable y mensurable, o lo susceptible de ser construido por el ser humano.

La concepción antropológica que de aquí se deriva es la de un hombre totalmente autónomo, que se convierte en criterio y norma del bien y del mal, un hombre cerrado a la trascendencia, un hombre cerrado en su yo y en su inmanencia. Pero la exclusión de Dios, de su verdad y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido y a idolatrías de distinto tipo. La ausencia de Dios en la vida social trae consigo consecuencias inhumanas, como son la pérdida progresiva del respeto a la dignidad de toda persona humana o la manipulación esclavizante de las personas.

La exclusión de Dios en nuestra cultura está llevando a la muerte del hombre, al ocaso de su dignidad. Recuperar por el contrario a Dios en nuestra vida llevará a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser y de sus derechos, y del primer derecho fundamental, el derecho a la vida. Los derechos humanos tienen su fundamento último en Dios. Las leyes no los crean, las leyes los reconocen y protegen ante la permanente tentación de ser conculcados. La dignidad de toda persona humana y sus derechos inalienables proceden de la gratuidad absoluta del amor de Dios creador y redentor.

Vuestra Universidad está llamada a la búsqueda humilde de la verdad por excelencia, propia de los sencillos de corazón: una verdad que sólo se encuentra en Dios. Sin Dios, como “fundamento de la verdad”, sin Cristo, la Verdad, la dignidad de la persona, los valores humanos, la educación de nuestros jóvenes y los mismos derechos fundamentales tienden a convertirse en grandes palabras. Vuestra Universidad, por su carácter confesional católico, ha de formar cristianamente: este será vuestro servició a la Evangelización, a la siembra del reino de Dios, cuya acción es siempre muy discreta, pero efectiva. Todo comienza desde lo pequeño y sencillo hasta llega a lo grande y majestuoso, como el grano de mostaza o la levadura que fermenta la masa: así nos lo recuerda el Evangelio que hemos proclamado (Lc 13, 18-21).

Por eso, pedimos al Señor y oramos al Espíritu de la Verdad que os ilumine y fortalezca a toda la comunidad educativa y a quienes os dedicáis a la ciencia para ser testigos de una conciencia verdadera y recta, para defender y promover el ‘esplendor de la verdad’, en apoyo del don y del misterio de la vida y a la formación de nuestros jóvenes. En una sociedad ruidosa y tantas veces violenta, con vuestra cualificación cultural, con la enseñanza y con el ejemplo, podéis contribuir a despertar en muchos corazones la voz elocuente y clara de la conciencia, de la libertad en la verdad.

Como cristianos somos conscientes de que la luz de Cristo debe brillar en el mundo. Vivimos de la certeza de que el cristiano es, al mismo tiempo, ciudadano del cielo y miembro activo de ciudad terrena: el cristiano debe vivir la unidad de vida para que ser testigo convincente del Evangelio en aquellos campos en los que el hombre necesita la luz del discernimiento y la fuerza para trasformarlos según el espíritu del Evangelio.

Fieles al espíritu apostólico de vuestro Patrono, San Pablo, sentíos llamados a propagar el Evangelio a cada persona en particular y a todos los ambientes de nuestra sociedad en los que se juega el destino de los hombres. Que sólo os mueva la certeza de que el Evangelio es la Verdad que salva al hombre y le lleva a la plenitud de la felicidad. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

 

“Queremos ver a Jesús”

Queridos diocesanos:

El Domingo, 24 de octubre, celebramos el Domund, la Jornada Mundial de las Misiones. Año tras año, este día nos recuerda la vocación misionera de la Iglesia y el compromiso de todos los cristianos con la misión. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad en Cristo (cf. 1 Tim 2 ,4). Jesucristo, el Hijo de Dios, ha venido al mundo para que en Él todos tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10).

Los cristianos estamos llamados a vivir esta vida en Cristo y a ofrecerla a todos, pues a todos está destinada. La Iglesia, misionera por naturaleza, ha sido convocada para ser enviada; es comunión en Cristo para la misión, que revierte y genera comunión; todos los cristianos estamos llamados a ser promotores de la novedad de vida y comunión en Cristo, hecha de relaciones auténticas.

El Evangelista San Juan nos recuerda la petición que algunos griegos llegados a Jerusalén para la peregrinación pascual hacen al apóstol Felipe: “Queremos ver a Jesús”, le dicen (Jn 12, 21). “También los hombres de nuestro tiempo, dice Benedicto XVI,  quizás no siempre de modo consciente, piden a los creyentes no sólo que “hablen” de Jesús, sino que también “hagan ver” a Jesús, … en todos los rincones de la tierra ante las generaciones del nuevo milenio y, especialmente, ante los jóvenes de todos los continentes, destinatarios privilegiados y sujetos del anuncio evangélico. Estos deben percibir que los cristianos llevan la palabra de Cristo porque él es la Verdad, porque han encontrado en él el sentido, la verdad para su vida”.

Para renovar nuestro compromiso misionero, los cristianos hemos de acoger antes de nada la invitación de  Jesucristo a la mesa de su Palabra y de la Eucaristía para unirnos con Él y vivir unidos a Él. “Venid y veréis”, nos dice el Señor. El encuentro con el Amor de Dios en la Palabra y en la Eucaristía cambia nuestra existencia y crea la comunión; unidos a Cristo y entre nosotros podremos ofrecer a los demás un testimonio creíble de nuestra fe en Cristo y dar razón de nuestra esperanza.

La participación en la Eucaristía nos ayuda a comprender y vivir mejor el sentido misionero de toda existencia cristiana. Con las palabras al final de cada Misa, -‘Podéis ir en paz’- somos enviados a anunciar la Palabra de Dios, a vivir y testificar el memorial de la Pascua, el encuentro y la unión con el Señor. Los discípulos de Emaús reconocieron al Resucitado al partir el Pan y marcharon al instante para comunicar lo que habían visto y oído. Quien ha hecho la experiencia de encuentro y unión con el Señor en la Eucaristía no puede guardarlo para sí mismo, sino que ese encuentro le lleva necesariamente a la misión. De ahí que la misión se debilita cuando languidece la celebración de la Eucaristía y la participación plena en ella.

La Eucaristía nos ha de estimular a todos -fieles, Iglesia diocesana y comunidades parroquiales- a abrirnos cada vez más a la misión entre nosotros y a la cooperación misionera para promover el anuncio del Evangelio en el corazón de toda persona, de todos los pueblos, culturas, razas, nacionalidades, en todas las latitudes.

Renuevo a todos mi invitación a la oración por la misión y las misiones y, a pesar de las dificultades económicas, al compromiso de ayuda fraterna y concreta para sostener a las Iglesias jóvenes.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Al servicio de la Evangelización

Queridos diocesanos:

Nuestra ‘Hoja Parroquial’ está de enhorabuena. Con el presente número cumple cincuenta años. Semana a semana ha venido informando puntualmente, sobre todo, de la vida de nuestra Iglesia diocesana en todos sus ámbitos y dimensiones. Parroquias, arciprestazgos, delegaciones, vicarias, movimientos, comunidades y un largo etcétera han estado presentes en la Hoja, como lo han estado también noticias sobre la formación y la catequesis, la liturgia y la acción caritativa y social, las misiones y otros ámbitos de la acción pastoral de nuestra Diócesis. No han faltado tampoco la palabra periódica de los Obispos, los artículos de formación, de información y de reflexión así como las entrevistas. Una amplia cobertura han tenido igualmente las informaciones sobre la vida de la sociedad o de la Iglesia Universal, de otras Iglesia Diocesanas o de la Iglesia en España.

Al contemplar hoy estos cincuenta años de historia damos en primer lugar gracias a Dios por el don de este medio de comunicación tan necesario para nuestra Iglesia diocesana y por el bien que ha reportado a tantas personas. Recordamos y agradecemos a todos aquellos que la han hecho posible en tareas de dirección, de redacción, de información, de colaboración, de gestión, de impresión o de reparto. Gracias al buen trabajo de muchos, tantas veces anónimo y desinteresado, sus muchos lectores han podido tener en sus manos puntualmente la Hoja Parroquial. Gracias de corazón a todos.

En la era de la información, los medios de comunicación, en general, los propios de nuestra Iglesia, en particular, y la Hoja parroquial, en especial, son imprescindibles para el llevar a cabo la tarea de la Evangelización. Los cincuenta años de nuestra Hoja Parroquial la avalan como un medio de comunicación muy importante e imprescindible de nuestra Iglesia hacia adentro y hacia fuera.

Aunque gracias a la técnica disponemos ya de otros medios más rápidos, este medio escrito sigue teniendo su lugar propio y necesario. Queremos que, ante todo, siga estando al servicio de la información de la rica y variada vida de nuestra Iglesia diocesana en sus múltiples ámbitos, dimensiones y facetas. Para conseguir este fin es preciso que haya una comunicación mayor de noticias a la redacción de la Hoja desde todos los ámbitos de nuestra Iglesia diocesana. Esto ayudará a un mayor y mejor conocimiento de la rica vida de nuestra Iglesia en sus comunidades, tareas y servicios, y favorecerá que crezcamos en la toma de conciencia de formar parte de esta Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón. Como lo ha hecho hasta ahora, la Hoja seguirá ofreciendo la carta semanal del Obispo y breves artículos de formación. En cualquier caso, la ‘Hoja Parroquial’ seguirá siendo un medio al servicio de la comunión en nuestra tarea de la Evangelización.

Desde aquí animo a todos a su lectura y difusión. También en el interior de nuestra Diócesis necesitamos comunicarnos más para conocernos mejor y crecer en la comunión y en la misión. Finalmente felicito a los responsables y colaboradores de la Hoja; y les animo a seguir con ilusión renovada en este trabajo tan importante para la misión de nuestra Iglesia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón