Al servicio del Evangelio y de la sociedad

Queridos diocesanos:

La celebración del Día de la Iglesia diocesana, el domingo 18 de noviembre, nos invita a los católicos a conocer nuestra Iglesia y a sentirla como propia para amarla de corazón. Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón es la comunidad de los cristianos católicos que vivimos en el territorio diocesano: presidida por el Obispo en nombre de Jesucristo, anuncia, celebra y vive en la caridad a Cristo, el  Evangelio salvador de Dios para toda la humanidad.

Cada uno experimenta la Iglesia diocesana en su comunidad parroquial o eclesial; cada una de ellas son como células de la Iglesia diocesana; pero, como ocurre en el cuerpo humano, separadas de la Iglesia diocesana dejarían de existir. Nuestra Iglesia diocesana no es, por tanto, algo ajeno a cada uno de nosotros, los católicos; es nuestra Iglesia, donde nacemos a la fe, la cultivamos, la celebramos y la vivimos. En ella se nos envía a dar testimonio del Evangelio y a vivirlo día a día con nuestras obras de amor. Así es como la Iglesia lleva a cabo su misión de evangelizar. De este modo contribuye a construir una sociedad más humana y fraterna, justa y solidaria.

En la raíz de la actual crisis económica, moral, social, familiar e institucional está sin duda el abandono de Dios y de sus mandamientos, inscritos en la naturaleza humana. Como decía Juan Pablo II, cuando Dios desaparece del horizonte de los hombres, comienza el ocaso de su dignidad. Anunciando, celebrando y viviendo con fidelidad el Evangelio de Jesucristo, nuestra Iglesia contribuirá sin duda alguna a la superación de la crisis actual.

Nuestra Iglesia es un don del amor gratuito de Dios y una tarea encomendada a cuantos la formamos. Como don de Dios, la hemos de acoger con gratitud y la hemos de amar de corazón. Querida por Cristo y alentada por la fuerza del Espíritu Santo es el lugar de la presencia del Señor y de su obra salvadora entre nosotros. El mismo Cristo nos ha encomendado la hermosa tarea de anunciar el Evangelio, de celebrar los sacramentos, de vivir el amor para que la obra de su Salvación llegue a todos. Su vida y su misión dependen de todos y de cada uno de lo que formamos parte de esta gran familia.

A los católicos nos urge redescubrir, valorar y vivir sin complejos y tibiezas nuestra identidad cristiana y eclesial. Ambas son inseparables. No se puede ser cristiano al margen de la Iglesia. Amar, sentir y vivir la Iglesia como algo propio no será posible si no existen un conocimiento objetivo y desde dentro de la Iglesia misma, así como una vivencia personal de la propia fe en el seno de la Iglesia. Ser cristiano no se reduce a recibir el bautismo y el resto de los sacramentos, o a practicar ocasionalmente. Cristiano es quien se ha encontrado con Cristo, cree y confía en Él, y se adhiere a Él con toda su mente y todo su corazón; es cristiano quien acoge y vive el don de la fe y la nueva vida del bautismo, formando parte de la Iglesia y participando en los sacramentos.

Es cristiano quien deja que Jesús y su Evangelio conformen su pensar, sentir y actuar, y quien da testimonio de su fe y se compromete en la transformación de la sociedad y del mundo. Cristiano es, quien unido a Cristo en el seno de la Iglesia, participa en su vida y misión. No lo olvides: la Diócesis es tu Iglesia y cuenta contigo y tu generosidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Mensaje realista y de esperanza

Queridos diocesanos

Durante tres semanas se ha celebrado en Roma el Sínodo de los Obispos sobre la “nueva evangelización para la transmisión de la fe”. Al final del mismo, los padres sinodales han escrito un mensaje al Pueblo de Dios bajo el título “como la samaritana en el pozo”. Este documento es fruto del sínodo, si bien no es el fruto final que será la exhortación apostólica que nos ofrecerá en su momento el santo Padre. El mensaje es un documento bello en su contenido y sencillo en su lenguaje, cuya lectura recomiendo.

El mensaje del Sínodo es realista y, a la vez, lleno de esperanza. Los padres sinodales son muy conscientes de los desafíos a los que se enfrenta la Iglesia en su misión evangelizadora tanto en su interior como hacia el exterior; pero también reconocen la vitalidad existente en la Iglesia gracias a la presencia en medio de ella de Jesucristo, su Señor, y de la fuerza del Espíritu Santo.

Las dificultades en la evangelización, fruto de la secularización, el laicismo hostil, el ateismo militante, la indiferencia religiosa, el alejamiento de muchos bautizados, de la globalización o de las migraciones son oportunidades para una nueva evangelización. La Iglesia sabe que el Señor guía la historia con su Espíritu y esto nos da serenidad a los creyentes ante los nuevos problemas. Y de otro lado, “no hay hombre o mujer que en su vida, como la mujer de Samaría, no se encuentre junto a un pozo con un cántaro vacío, con la esperanza de saciar el deseo más profundo del corazón, aquel que sólo puede dar significado pleno a la existencia. Hoy son muchos los pozos que se ofrecen a la sed del hombre, pero conviene hacer discernimiento para evitar aguas contaminadas. Es urgente orientar bien la búsqueda, para no caer en desilusiones que pueden ser ruinosas”.

Los cristianos creemos firmemente que sólo Jesucristo es el agua que da la vida verdadera y eterna, y estamos enviados a ofrecer a todos a Jesucristo, vida para el mundo. De ahí que la tarea prioritaria de una nueva evangelización sea conducir a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo al encuentro con Él en la Iglesia, porque ella es el espacio ofrecido por Cristo en la historia para poderlo encontrar. El le ha entregado su Palabra, el bautismo que hace hijos de Dios, su Cuerpo y su Sangre, la gracia del perdón del pecado en el sacramento de la Reconciliación, la experiencia de una comunión que es reflejo mismo del misterio de la Santísima Trinidad y la fuerza del Espíritu que nos mueve a la caridad hacia los demás.

Por todo ello, los padres sinodales plantean los desafíos a la evangelización con un tono positivo. Cuanto más difícil es la situación analizada, más alentadoras son las palabras del Sínodo en los distintos temas que abordan y en las distintas partes de la Iglesia universal. Por ejemplo, en relación con los jóvenes, su mensaje está lleno de realismo y de esperanza cristiana, que está lejos de todo voluntarismo. Los padres sinodales están preocupados por los jóvenes, pero no son pesimistas. Preocupados, porque justo sobre ellos vienen a confluir los embates más agresivos de estos tiempos. Pero no son pesimistas porque “el amor de Cristo es quien mueve lo profundo de la historia y además, porque los jóvenes tienen aspiraciones profundas de autenticidad, de verdad, de libertad, de generosidad, de las cuales sólo Cristo puede ser respuesta capaz de saciarlos”.

El mensaje del Sínodo muestra pues que la Iglesia está viva, que no puede aceptar una visión catastrofista de su realidad, sino que vive en la esperanza y en la confianza.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Padre, maestro y evangelizador de los jóvenes

Queridos diocesanos

La reliquia de San Juan Bosco estará entre nosotros del 24 al 26 de este mes de octubre, como anuncio preparatorio del bicentenario de su nacimiento el año 2015. Se trata de una parte del brazo derecho dentro de una réplica exacta de la estatua yacente del Fundador de la familia salesiana que se encuentra en la Basílica de María Auxiliadora de Turín (Italia).  La reliquia llegará a la Plaza Mayor de Burriana el próximo día 24 por la tarde, desde donde será trasladada en procesión a la iglesia parroquial de María Auxiliadora. Allí celebraremos junto con toda la familia salesiana una solemne Eucaristía de acción de gracias a Dios por este Santo padre, maestro y evangelizador de los jóvenes

La reliquia de Don Bosco nos habla de un cristiano y de un sacerdote profundamente enamorado de Dios y del hombre desde niño. Don Bosco fue un joven alegre y emprendedor, dotado de una inteligencia despierta y de un gran sentido común. Todo lo puso al servicio de la educación y de la evangelización de la juventud; primero con su oratorio trashumante y, más tarde, con una casa y capilla. Su vocación fue hacer buenos cristianos y mejores ciudadanos, llevando a niños y jóvenes al encuentro con Dios en Jesucristo desde la base de una educación integral de su persona. Todo joven era para él un tesoro a amar, estudiar y descubrir para extraer de cada uno todas sus potencialidades y riquezas y afianzarlas con hábitos fuertes. Su pedagogía consistió en conducir con mucho amor a quienes encontraba para que fijaran sus ojos en Jesús, se encontrasen con Él y se dejasen conformar por Él, para que vivieran el Evangelio y así fueran santos. Nunca olvidaba acercarlos a María Auxiliadora, nuestra Madre del Cielo.

Después de casi ya doscientos años, el camino de Don Bosco, continúa vivo en toda la Iglesia y también entre nosotros gracias a los Salesianos de Burriana. El legado, el método y el ardor apostólico de Don Bosco son de enorme actualidad en este tiempo en que la Iglesia nos llama a la tarea urgente de la nueva evangelización, también y especialmente de los jóvenes. Muchos son los que, aun estando bautizados, se han alejado de la Iglesia, y viven sin tener en cuenta la praxis cristiana. Como hiciera Don Bosco hemos de favorecer en ellos un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de sentido profundo y de paz nuestra existencia, y hemos de ayudarles al redescubrimiento de la fe cristiana, fuente de gracia, de alegría y esperanza, y al seguimiento de Cristo en comunión con la Iglesia.

Acudamos a Burriana a orar ante la reliquia de este padre, maestro y evangelizador de jóvenes cristianos y de la gran familia salesiana. Que él nos ayude y enseñe a ser signos del amor de Dios y testigos del Evangelio de Jesucristo hoy, especialmente entre los niños y jóvenes. Ante la situación de crisis y preocupación por el presente y futuro que nos toca vivir, recobremos nuevos ánimos cada día en las mismas fuentes que él lo hizo: La Palabra de Dios, la Eucaristía y la devoción a María Santísima. Oremos también por las vocaciones salesianas para que continúen sembrando en el corazón de los jóvenes el Evangelio de Jesucristo y su profundo amor a la Santísima Virgen María.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La fe: don gratuito de Dios

Queridos diocesanos:

Recién comenzado el Año de fe, que nos invita a redescubrir la fe, es bueno recordar que la fe es un don gratuito de Dios. La fe, en efecto, no se debe a nuestro esfuerzo,  ni es el resultado de nuestra búsqueda. Nosotros anhelamos y buscamos. Pero “creer” es regalo de Dios. La fe nace y se alimenta de su gracia. Dios está ahí desde el comienzo. La persona sólo inicia su movimiento hacia Dios porque, desde el primer momento, Dios está en el fondo de  su ser, atrayéndola hacia su propio Misterio. Es su presencia amorosa la que origina y sostiene su itinerario hacia Dios. Buscamos a Dios, pero él “no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,27-28). Sin su luz, aunque sólo sea bajo forma de preguntas que brotan en el corazón humano, nadie buscaría su rostro. Sin su presencia, percibida oscuramente en el fondo de la conciencia, nadie daría paso alguno hacia Él.

Todos, lo sepamos o no, estamos habitados por esta presencia de Dios. Aun el más indiferente o el más incrédulo, vive envuelto por la gracia de Dios que lo acoge y lo ama sin fin. Dios no fuerza ni coacciona. Sólo se ofrece, sin retirar nunca su amistad. Ni siquiera el pecado destruye su presencia; sólo impide que nos abramos a ella. Dios se ofrece y nos busca permanentemente a través de personas, experiencias y acontecimientos que nos interpelan y nos atraen hacia él.

Por eso, el esfuerzo de la persona que busca la verdad y quiere creer no se dirige a “conseguir” a Dios. Se orienta, más bien, a hacerse disponible, a escuchar y acoger, a sintonizar con la llamada que se le hace, a dejarse encontrar por Dios y su amor. Se trata de reconocer a Dios y su presencia: “Dios estaba ahí, y yo no lo sabía” (Gn 28,16). Quien se orienta hacia Dios vive una experiencia difícil de explicar, pero cada vez más inconfundible. Busca, pero sobre todo es buscado. Llama, pero sobre todo es llamado. Da pasos, pero atraído y conducido por Dios. No es él la fuente de la búsqueda. Lo que mejor define su postura es la acogida.

La fe no es el resultado de nuestras investigaciones, sino que brota siempre de una confianza cada vez más viva que Dios mismo va despertando al revelarse en nosotros. Por eso, para creer, lo importante es ponerse ante Dios, y acoger su amor y su llamada. La fe no es tampoco una decisión que tomamos convencidos por el testimonio o la argumentación de otros creyentes; estos sólo pueden ayudarnos e invitarnos a escuchar al que está ya presente en nosotros. Lo decisivo es el encuentro con Dios en Jesucristo. Este es el camino para despertar y reavivar nuestra fe.

La fe es pues un don gratuito que hemos de agradecer. No es una conquista, algo exigible a lo que tenemos derecho porque nos lo hemos merecido. La fe nos viene dada, es regalo de Dios. Esto no quiere decir que Dios la ofrece arbitrariamente a unos y la niega a otros. Todo hombre ha sido creado por Dios y lleva dentro de sí una llamada a buscarlo y encontrarlo. Sin ese encuentro, no se salva como hombre. Por eso, hemos de decir que Dios, siendo gratuito, es lo más precioso y necesario para el ser humano, pues es su alegría, su plenitud y su salvación. Así nos lo muestran las palabras del Ángel Gabriel a María: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”; y la respuesta de la Virgen: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 28.38).

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Apertura Diocesana del Año de la Fe

S.I. Concatedral de Castellón, 14 de octubre de 2012

(Sab 7,7-11; Sal 89; Heb 4,12-13; Mc 10, 17-30)

****

 

¡Hermanos todos muy amados en el Señor!

Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta solemne Eucaristía para la apertura diocesana del Año de la fe. Lo hacemos tres días después de que fuera abierto  en Roma por el Santo Padre, Benedicto XVI, coincidiendo con la fecha en que comenzara su andadura el Concilio Vaticano II hace 50 años, el 11 de octubre de 1962. Nuestra Iglesia diocesana se une con gozo al Santo Padre y a la Iglesia Universal para celebrar este Año de la fe; un año para dar gracias a Dios por el Concilio Vaticano II así como por la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, hace veinte años.

En este año de la fe, como nos dice el Papa en carta ‘Porta fidei’, Dios nos ofrece, ante todo un tiempo especial de gracia para redescubrir nuestra fe cristiana y la alegría de creer que nos impulse a anunciarla con entusiasmo en tiempos de increencia e indiferencia religiosa, de relativismo, agnosticismo y nihilismo, que dificultan la fe y provocan en muchos cristianos un debilitamiento de la fe y un alejamiento de Iglesia y de la práctica cristiana.

Pese a todas estas dificultades, circunstancias y situaciones, en el fondo de cada persona está la inquietud del hombre rico que en el evangelio de hoy se acerca a Jesús y le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” (Mc 10,17). Y la respuesta del Señor no es otra sino la fe total en él y su seguimiento. No basta con cumplir los mandamientos; es necesario antes de nada abrirse a Dios, a su gracia y a su amor. Por eso le dice: “Una cosa te falta: “Anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres … y luego ven y sígueme” (Mc 10, 21).  Para seguir a Cristo Jesús es necesario creer en él, fiarse de él y confiar plenamente en él. La fe es la puerta (cf. Hch 14, 27), que nos introduce en la vida eterna, en la felicidad, en la vida de comunión con Dios; a la vez que nos permite la entrada en su Iglesia. Y esta puerta está siempre abierta. “Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino, que empieza por el bautismo y dura toda la vida” (Benedicto XVI, Porta fidei, 1). El camino de la fe es propio de todo bautizado.

Redescubrir la fe significa para cada bautizado volver a abrirse a la gracia y a la fe  bautismal, y dejarse abrazar por Dios para que su fe se avive, fortalezca y purifique; redescubrir la fe implica confirmar, confesar, vivir y anunciar esa fe que hemos recibido por pura gracia de Dios. Los cristianos de hoy necesitamos volver a descubrir el propio bautismo y la fe bautismal, la alegría de creer y la belleza de la fe, el gozo de ser cristianos y el entusiasmo de vivir y proclamar la fe y ofrecerla a los demás. Y hemos de hacerlo con el frescor y la admiración del primer día, de un modo personal y comunitario.

La fe cristiana se basa en el encuentro personal con Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, en el seno de la comunidad de los creyentes. Cristo es el centro de nuestra fe, que es, ante todo, la adhesión de mente y de corazón a Cristo; una adhesión gozosa y total que cambia y orienta la vida, que mueve al seguimiento radical de Cristo, dejando falsas seguridades. Este encuentro con Cristo es lo que falta al hombre rico del evangelio de hoy que se acerca a Jesús buscando  la vida eterna, pero que no acoge su invitación a dejarse encontrar y amar por Él para dejarlo todo y seguirle, “porque era muy rico”, porque prefería sus riquezas a la vida eterna que buscaba, porque había puesto en las riquezas su seguridad y confianza (cf. Mc 10, 22).

El encuentro con Cristo vivo, nuestra adhesión de mente y corazón a él, la acogida de su Palabra y el consecuente seguimiento fiel de Jesús nos llevarán al testimonio y a la misión. La fe verdadera siempre es una fe confesante. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mc 5,13-16). Como la samaritana hemos de sentir de nuevo la necesidad de acercarnos al pozo para escuchar a Jesús que nos invita a creer en Él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4,14). Debemos descubrir de nuevo el gusto por la oración, la puerta que nos abre a la fe. Hemos de redescubrir el gusto por alimentarnos de la Palabra de Dios, que es “viva y eficaz” (Hb 4,12) y nos es transmitida fielmente por la Iglesia; sería muy hermoso que a lo largo de este año cada día personalmente o en cada familia se leyese un fragmento de la Sagrada Escritura y que, en lugar de otras cosas, se regalase  la Biblia con ocasión de la Primera Comunión, de la Confirmación o del Matrimonio. Debemos redescubrir el gusto por los sacramentos, en especial por la Eucaristía, el Pan de la Vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (Cf. Jn 6,51) y por el Sacramento de la Penitencia, para experimentar el amor misericordioso de Dios. El Señor nos sigue diciendo con insistencia: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna” (Jn 6,27).

El Año de la fe es también un tiempo de gracia para la renovación de nuestra fe y vida cristiana, y para una sincera y autentica conversión a Dios y a Jesucristo. Conversión quiere decir ‘volver nuestra mirada y nuestro corazón’ a Dios; dejar que Dios y Cristo ocupen el centro de nuestro corazón, auténtico sagrario de cada persona. Sólo ante Dios descubrimos la verdad sobre nosotros mismos. La carta a los Hebreos nos acaba de recordar que la Pa­labra de Dios es penetrante hasta el punto donde se dividen el alma y el espíritu (cf. Hb 4,12). Nada hay en nuestro corazón, en el mundo de nuestros afectos, pensamientos y sentimientos, que escape a Dios; si somos sinceros ante Dios, si nos dejamos confrontar con su Palabra también quedará claro dónde está nuestro corazón, dónde están nuestros afectos y pensamientos, dónde buscamos nuestras seguridades y cuáles son las verdaderas motivaciones de nuestra vida.

En el evangelio de hoy, aquel hombre rico descubre en Jesucristo, la Palabra encarnada, la respuesta a sus deseos más profundos. “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” (Mc 10,17).  Nuestra vida también está llamada a medirse continuamente con Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida, a dejarse confrontar con su Palabra. Corremos el peligro de reducir nuestra vida cristiana a tener unos conocimientos o al cumplir unos preceptos, que siempre interpretamos restrictivamente; estos peligros sólo se superan en el encuentro personal con el Señor, en la apertura del corazón a su gracia y a su palabra, que nos transforma, sana, vivifica y salva.

Para celebrar de manera digna y fecunda este Año, el Papa nos exhorta a conocer los contenidos o verdades de la fe cristiana. Redescubrir los contenidos de la fe profesada es un compromiso que todo creyente debe interiorizar constantemente y hacer suyo propio. Necesitamos formar nuestra fe para que nuestra adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de cambio profundo. Este Año debe suscitar en todos los creyentes la aspiración a conocer, comprender y rezar el Símbolo de la fe, el Credo, para confesarla con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Sobre todo es importante que el Credo sea, por así decirlo, ‘reconocido’. No basta sólo con conocerlo intelectualmente; es necesario ‘reconocerlo’, es decir descubrir el vínculo profundo entre las verdades que profesamos en el Credo y nuestra existencia cotidiana a fin de que estas verdades sean verdadera y concretamente luz para los pasos de nuestro vivir, agua que rocía las sequedades de nuestro camino y vida que vence ciertos desiertos de la vida contemporánea. En el Credo se injerta la vida moral del cristiano, que en él encuentra su fundamento y su justificación.

El Papa nos invita además a profundizar en los contenidos de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe. El Catecismo de la Iglesia Católica ha de ser en este año un verdadero instrumento de apoyo, especialmente para sacerdotes, catequistas, educadores cristianos, padres de familia y, en general, para todos aquellos que, fieles al Señor, quieran profundizar en su fe y prepararse para ser auténticos misioneros de Cristo en el mundo.

Así mismo, en este Año se nos ofrece la oportunidad de releer y estudiar los documentos del Concilio Vaticano II verdadera gracia de Dio, que son “incluso para nuestro tiempo, una brújula que permite a la nave de la Iglesia avanzar mar adentro, en medio de tempestades o de ondas serenas y tranquilas, para navegar segura y llegar a la meta”  (Benedicto XVI, Audiencia del 10.10.2012).

Ningún creyente católico puede decir “yo creo a mi manera”. El que cree, o cree y confiesa la fe de la Iglesia o su fe deja de ser una fe católica y apostólica. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar en esta realidad cuando escribe: “Con el corazón se cree y con los labios se profesa” (cf. Rom 10,10). Con estas palabras, el apóstol no sólo nos dice que el corazón ha de estar abierto a la gracia para mirar con profundidad y comprender que lo que se anuncia con los labios es la Palabra de Dios, sino también que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él. Y este “estar con el Señor” nos lleva a la responsabilidad de comprender las razones por las que se cree. Sobre esta responsabilidad hemos de insistir en este Año de la fe.

La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la exigencia de saber qué es lo que creemos y por qué lo creemos. El conocimiento y reconocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia y para dar público testimonio de ello. Por otra parte, la fe en nuestros días está siendo sometida, más que en el pasado, a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que pretende reducir el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo a mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.

En este Año de la Fe hemos de esforzarnos por vivir con mayor profundidad y esplendor la celebración de la fe en la Liturgia. Esto significa fomentar la participación plena, fructuosa, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas, de forma que éstas sean la primera y más necesaria fuente donde alimentar la fe y la vida cristiana. Este es el ardiente deseo de la Iglesia, manifestado en el Concilio Vaticano II

Finalmente, el Año de la fe es un tiempo de gracia para fortalecer el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad” (1 Cor 13,13). Con palabras más fuertes, que afectan también a los cristianos, el apóstol Santiago dice: “¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros le dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras está muerta por dentro” (St 2,14-18).

La fe sin caridad no da fruto y la caridad sin fe puede convertirse en un mero sentimiento a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. Nuestro servicio a los pobres ha de brotar siempre de nuestro encuentro con Cristo. Él es el que nos abre los ojos y nos empuja hacia los pobres. Es admirable ver en nuestras comunidades cómo muchos cristianos dedican su vida con amor al que está solo, marginado o excluido; precisamente por su fe, son capaces de ver reflejado en su rostro sufriente, el mismo rostro de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer, en quienes piden nuestro amor, el rostro del Señor que nos dice: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo; y es su mismo amor el que nos impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida, el aliento que nos sostiene en todo desfallecimiento y que dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna.

Vivamos este tiempo de gracia bajo la protección de la Virgen María y tras sus huellas. Como ella, aunque en otro nivel, los creyentes hemos sido objeto de la gracia de Dios por el don de la fe; como ella estamos invitados a alegrarnos por este don; y como ella hemos de responder: “He aquí la esclava el Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1,38), acogiendo a Cristo Jesús y su palabra en nuestra vida.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

 

 

 

Fiesta de la Virgen del Pilar

Castellón, Iglesia de la Stma. Trinidad, 12 de octubre de 2012

****

Amados hermanos y hermanas en el Señor.

Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración para mostrar vuestro sincero amor de hijos a la Virgen del Pilar. Con la emotiva ofrenda de flores a la Virgen del Pilar antes de la Misa habéis mostrado una vez más el cariño, la fe y devoción de los aragoneses a la Virgen del Pilar. Ahora en esta Eucaristía damos gracias a Dios por María, la Virgen del Pilar, por su patrocinio, guía y protección. Esta mañana, miramos, honramos y rezamos a la Virgen del Pilar; ella nos mira y nos acoge con amor de Madre; ella cuida de nuestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades. Ella nos alienta especialmente en estos momentos de crisis económica, pero también y sobre todo moral, social, política y, en particular, espiritual. Porque ¿qué sería de nosotros, de nuestras familias, de Aragón, de España y de Hispanoamérica sin la protección maternal de la Virgen del Pilar en el pasado y en el presente?

La Palabra de Dios de este día muestra el significado de la Virgen del Pilar para el pueblo de Dios y para nuestro pueblo. María es el Arca de la nueva Alianza. Como el Arca de la Alianza era la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1Crón 15,3-4.16; 16,1-2), así María, la Virgen del Pilar, es signo de la presencia de Dios en el camino de esta vida para el pueblo cristiano, el pueblo aragonés, nuestro pueblo español y nuestros pueblos hermanos de Hispanoamérica. Por ello, la Virgen del Pilar es motivo de gozo para la Iglesia y para nuestros pueblos. También la segunda lectura (Hech 1,12-14) y el evangelio (Lc 11,27-28) nos hablan de la presencia de la Virgen en la vida de la Iglesia y de las alabanzas que el pueblo le tributa. Ella es “esperanza de los fieles y gozo de todo nuestro pueblo” cantaremos en el Prefacio. Por intercesión de María, la Virgen del Pilar, le pedimos a Dios al inicio del Año de la fe, inaugurado ayer por el Papa Benedicto XVI “fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor”.

Como lo era el Arca de la Alianza para el Pueblo de Israel, así es la Virgen del Pilar para el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, como “la columna que nos guía y sostiene día y noche en nuestro peregrinaje terrenal”. La columna, el Pilar, sobre el que se aparece y aparece representada la Virgen, es símbolo del axis mundi, del vínculo que une el cielo y la tierra: el pilar es la manifestación de la fuerza de Dios en el hombre y la energía del hombre cuando ancla su existencia en Dios. El Pilar es soporte de lo sagrado, soporte de la vida, soporte del mundo, lugar donde la tierra se une con el cielo, el eje a cuyo alrededor gira la vida cotidiana. María, el Arca de la nueva Alianza es la mujer escogida por Dios para venir Dios mismo a nuestro mundo. En ella la tierra y el cielo, Dios y el hombre, se han unido para siempre en Jesucristo.

Las columnas garantizan la solidez de todo edificio. Si se dañan, el edificio entero amenaza derrumbarse. María es también la primera piedra de la Iglesia, el templo de Dios; en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de Pentecostés, va creciendo el pueblo de Dios; la fe y la esperanza de la Virgen alientan a los cristianos en su esfuerzo por edificar el Reino de Dios día a día, siendo testigos de su amor.

El Pilar, firme a las orillas del río, es símbolo de la fe de un pueblo que ve en la protección de María la mejor ayuda para mantener su fe, su esperanza y su compromiso cristiano en el duro bregar de la vida. Como una columna de fuego por la noche y una  nube durante el día acompañaban al pueblo de Israel peregrino por el desierto (Éx 13,21-22), así vemos los creyentes en la Virgen del Pilar la presencia de Dios, que guía al pueblo elegido a través del peregrinaje de esta vida.

En una sociedad cada vez más cerrada a Dios es hora de volver a pensar en Dios, de volver a hablar de El, de creer en Él y de contar con su presencia en nuestra vida; en un mundo cada día más cerrado en sí mismo, es hora de escuchar y anunciar sin miedo a Cristo, de recuperar las raíces cristianas de nuestro pueblo. El Pilar de la Virgen nos recuerda la presencia permanente de Dios en la historia humana. Dios es quien confiere el fundamento último y seguro de la dignidad de la persona humana, de toda persona humana, más allá de la pertenencia a un pueblo, raza o nación. La apertura a Dios es la base segura para construir relaciones más justas y más fraternas entre todos los hombres y entre todos los pueblos; pues Dios, el Dios revelado en Cristo y nacido de María, llama a superar los odios, las divisiones e las injusticias entre los hombres y entre los pueblos.

En este tiempo parece que interesa más lo inmanente que lo trascendente, lo inmediato que lo futuro, lo de tejas para abajo que los asuntos del cielo. “Vive a tope, goza, no repares en nada, aprovéchate lo que puedas, enriquécete lo más rápido posible, no te preocupes por nada, vive el presente”: estos son los reclamos que se escuchan una y otra vez en nuestra sociedad del bienestar, cerrada a Dios, a la verdad y al bien.

Ante todo esto, Jesús nos dice: “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11, 27-28). María es bienaventurada por ser la Madre de Dios, por haber llevado en su seno al Hijo de Dios, por haberle amamantado con sus pechos. Pero es, sobre todo, dichosa y bienaventurada por haber creído, por ser la primera creyente: creyó que aquel que llevaba en su seno era el Hijo de Dios, creyó en su Palabra y la puso en práctica. María se convierte así en pilar de la Iglesia.

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, nos dice Jesús hoy a nosotros (Lc11, 27-28). Jesús nos invita a avivar nuestra fe, a acoger con fe su Palabra en la fe de la Iglesia, a formar parte de la comunidad de los creyentes, a llevar una vida coherente con la fe que profesamos. De poco o nada serviría nuestra devoción a la Virgen del Pilar si no nos lleva al encuentro con Cristo, si no nos lleva a Dios, si no nos lleva a la Palabra de Dios. María es dichosa por haber acogido, creído y vivido la Palabra de Dios.

La fe cristiana y la devoción a la Virgen del Pilar, que hemos heredado, son un tesoro, pero necesitan ser interiorizadas, personalizadas y pasadas por el corazón, impregnadas por la experiencia creyente, confesadas y celebradas en unión con la Iglesia y vividas con coherencia y fidelidad, sin miedo ni vergüenza a que nos señalen con el dedo. Para ello, como Maria, hemos de acercarnos a la Palabra de Dios: como Maria hemos de leer con frecuencia la Palabra de Dios; y como ella, hemos acoger con fe, interiorizar y cumplir la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura y en la tradición viva de la Iglesia.

Nuestro amor a la Virgen del Pilar, si es auténtica, nos lleva a asumir como propios su actitud ante la Palabra de Dios en nuestra concreta situación de vida. No es asunto exclusivo de la conciencia, de la vida íntima y privada. La Palabra de Dios acogida con fe transforma y ha de transformar nuestra existencia en todas sus dimensiones: en la esfera personal y en la familiar, en la esfera laboral y en la pública. Intentar separar o excluir nuestra fe cristiana del ámbito laboral, social o público sería vivir o pedir que neguemos nuestra propia identidad en parcelas importantes de nuestra vida “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”.

La Fiesta de la Virgen del Pilar nos invita mirar a la Virgen María, para como ella, volver a creer y vivir la Palabra de Dios. De sus manos hemos de reavivar la fe, la esperanza y la caridad cada uno de los miembros de nuestra Iglesia.

Recordemos también hoy al Cuerpo de la Guardia Civil, en el día de su Patrona. Pidamos al Señor, que María, la Virgen del Pilar, la siga protegiendo en su trabajo de servicio a nuestro pueblo: un trabajo necesario para el bien común de nuestra sociedad.

 ¡Que la Virgen del Pilar nos ilumine a todos los creyentes! Que ella proteja a Aragón, a España y todos los pueblos hermanos de Hispanoamérica! Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

En vísperas del Año de la fe

Queridos diocesanos:

Nos encontramos ya en vísperas del inicio del Año de la fe, convocado por Benedicto XVI mediante su carta apostólica Porta fidei (“la puerta de la fe”). El mismo Papa lo inaugurará en Roma el próximo día 11 de octubre para toda la Iglesia Universal. Ya en este día nos uniremos al Santo Padre y a toda la Iglesia mediante la oración. Y tres días más tarde, todos los miembros de la Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón estamos convocados e invitados a la inauguración diocesana de este Año de la fe con la solemne Eucaristía concelebrada, que presidiré como vuestro Obispo en la S.I. Concatedral de Santa María de Castellón el domingo 14 de octubre a las seis de la tarde.

Recordemos que el motivo de este Año de la fe es la celebración del cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II en 1962 y el vigésimo ani­versario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. El Concilio Vaticano II es, en palabras del Papa, “la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX”, “una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza” y “una gran fuer­za para la renovación siempre necesaria de la Iglesia”. Y el Catecismo de la Iglesia Católica, por su parte, es “uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II”, un “subsidio precioso e indispensable, y un verdadero instrumento de apoyo a la fe”. Releer y estudiar los documentos de Concilio nos ayudará a fortalecer nuestra fe.

En efecto: ante el cansancio, el debilitamiento o las dudas de la fe, ante el ambiente de increencia e indiferencia religiosa, el Santo Padre nos llama e invita a una renova­da conversión al Señor Jesús para redescubrir la fe y recuperar la alegría de creer de modo que todos los miembros de la Iglesia seamos para el mun­do actual testigos gozosos y convincentes del Señor Resucita­do, capaces de señalar la “puerta de la fe” a todos en estos tiempos de nueva evangelización. Como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles (14, 27), Dios, por medio de la predicación de San Pablo, abre a los gentiles la puerta de la fe. Por la fe, el ser humano es intro­ducido en la vida de comunión con Dios; una vida que comienza en el bautismo y que, si es acogida y vivida con fidelidad, continuará en plenitud más allá del tránsito de la muerte en la vida eterna.

El primer paso con el que se llega a la fe es don de Dios, una gracia de Dios que impulsa a prestar asentimiento de mente y de corazón al Dios que nos habla y a los contenidos de la fe. Así escribe San Pablo: “Con el corazón se cree y con los labios se profesa” (Rom 10, 10).  Por eso, este año es un tiempo de gracia para agradecer a Dio el don de la fe y redescubrir lo que significa creer a Dios así como para conocer mejor los contenidos de la fe en la tradición viva de la Iglesia.

Aprender, recitar y rezar el Credo a solas o en familia, por ejemplo, o el estudio del Catecismo de la Iglesia católica nos ayudarán a profundizar en la fe para confesarla con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, de modo particular en la Eucaristía, y reforzar el testimonio de vida de los creyentes y, en especial, el testimonio de la caridad. La fe sin la caridad no da fruto, y la cari­dad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda.

Abramos nuestra mente y nuestro corazón al Señor, que nos quiere enseñar nuevamente el ‘arte de vivir’ que se aprende en una intensa relación con El, para descubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia

Queridos diocesanos:

El Papa Benedicto XVI proclamará a San Juan de Ávila Doctor de la Iglesia Universal el próximo 7 de octubre.  Con motivo del Año de la fe es bueno “volver la mirada” hacia este Santo y gran evangelizador; ello nos ayudará a perseverar en la misma fe de la que él fue maestro y difusor incansable. San Juan de Ávila, patrono del clero secular español desde 1946, quizá no sea muy conocido. Por ello es preciso recordar quién es este santo español, resaltar la actualidad de su vida y de su mensaje así como señalar el significado de su proclamación como Doctor de la Iglesia Universal.

Juan de Ávila nació en el umbral del siglo XVI, (1499 ó 1500), en Almodóvar del Campo (Ciudad Real); allí creció y se educó en un ambiente cristiano. Más tarde estudió Leyes en la Universidad de Salamanca, y Artes y Teología en la de Alcalá. Ordenado sacerdote en 1526, celebró su primera Misa solemne en su pueblo natal y lo festejó invitando a los pobres a su mesa y repartiendo entre ellos su cuantiosa herencia. A punto de embarcar para irse a América, el Arzobispo de Sevilla le pidió que se quedase a ejercer el ministerio evangelizador en España. Juan de Ávila recorrió pueblos y ciudades de La Mancha, Extremadura y, sobre todo, de Andalucía, lo que le valió el título de ‘Apóstol de Andalucía’. Tras varios años en Granada pasó los últimos quince años de su vida en Córdoba. Murió en Montilla, el 10 de mayo de 1569. Allí se veneran sus reliquias en el Santuario que lleva su nombre.

San Juan de Ávila fue un enamorado de Dios y de la Eucaristía, fiel devoto de la Virgen, conocedor de los Padres, de los santos y de la teología y cultura de su tiempo, buen consejero y animador de las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales en el camino de la santidad. Vivió en comunión la amistad, la fraternidad sacerdotal y el trabajo apostólico. San Juan de Ávila fue y sigue siendo un referente de santidad para los sacerdotes: un sacerdote que encontró la fuente de su espiritualidad en el ejercicio de su ministerio, configurado con Cristo. Gozó del particular carisma de sabiduría, fruto del Espíritu Santo.

Desprendido, generoso y, sobre todo, enamorado de Dios, Juan de Ávila vivió desposeído de los bienes materiales, pero con el corazón lleno de fe y de entusiasmo evangelizador, dedicado por entero a la oración, al estudio, a la predicación y a la formación de los pastores del pueblo de Dios. Fe maestro y testigo de vida cristiana de muchos santos contemporáneos suyos. San Juan de Ávila fue un gran conocedor de la Sagrada Escritura, a la que siempre remitía y que, según se decía, se sabía de memoria. Y fue también un gran escritor. Entre sus muchos libros, sermones, pláticas y cartas, se encuentra el tratado de vida espiritual “Audi, filia”.

Al declararlo Doctor de la Iglesia Universal, la Iglesia reconoce que San Juan de Ávila ha estudiado y contemplado con singular clarividencia los misterios de la fe, que ha sido capaz de exponerlos de tal modo que les sirvan de guía a los fieles en su formación y en su vida espiritual, y que ha vivido de forma coherente con su enseñanza. Por todo ello, su vida y sus obras siguen vivas y de plena actualidad en este momento crucial en que nos apremia la urgencia de una nueva evangelización. Los verdaderos creyentes como él son siempre contemporáneos. Pidamos al Señor que el Doctor del amor de Dios nos ayude a acrecentar este amor y a fortalecer nuestra fe.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El Vaticano II: brújula en un mar abierto

Queridos diocesanos:

La conmemoración del 50º Aniversario del Concilio Vaticano II  es una de las razones de la convocatoria del actual Año de la fe. El Concilio, anunciado por sorpresa por el Beato Juan XXIII a inicios de 1959,  supuso no sólo el mayor acontecimiento religioso del siglo XX sino también la reunión más numerosa de obispos en toda la historia de la Iglesia. Desde el anterior concilio, el Vaticano I (1869-1870), había transcurrido casi un siglo y, sobre todo, el mundo había cambiado completamente.

En un contexto de cambio y optimismo, su convocatoria despertó un interés generalizado en la Iglesia y por la Iglesia y su voluntad de renovarse. El cristianismo, que había construido y plasmado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza creativa. Se le veía cansado y daba la impresión de que el futuro era decidido por otros poderes espirituales. El sentido de esta pérdida y de la tarea que ello comportaba se resumía en la palabra “aggiornamento” (actualización). El cristianismo debía estar en el presente para poder forjar el futuro. Esto no significaba que la Iglesia tuviera que someterse al mundo moderno, sino que debía ofrecer una actitud dialogante para presentar el Evangelio según las preguntas profundas del hombre de su tiempo.

La preparación duró casi un cuatrienio. Luego, desde el 11 de octubre de 1962 hasta el 8 de diciembre de 1965, fue el tiempo del concilio, celebrado en los meses de otoño de esos cuatro años. El fruto del trabajo conciliar quedó plasmado en las cuatro grandes constituciones –sobre la Liturgia, la Palabra de Dios, la Iglesia y la Iglesia en el mundo actual-, nueve decretos y tres declaraciones. Pasado medio siglo desde la apertura del Concilio es el momento de su lectura sosegada, para comprenderlo en el plano de la fe y para superar las mitificaciones y los ásperos contrastes en su interpretación histórica y teológica. Esto no favorece ni el conocimiento ni la recepción del Vaticano II. En este momento, cuando el Año de la Fe nos invita a reactivar la fe, la vida y la misión evangelizadora de la Iglesia estamos llamados a leer, estudiar y volver a proponer los grandes textos que dejó el Vaticano II.

El Concilio fue una vuelta al centro de la fe. Buscaba hacer vivir con más vitalidad la Palabra de Dios. También representó una mayor importancia de la liturgia como presencia del Misterio de Dios. Asimismo mostró una comprensión más profunda de la Iglesia y alentó una mayor presencia dialogante de la Iglesia en el mundo actual. Con palabras del Beato Juan Pablo II, el Vaticano II es una “gran gracia” de Dios y una “brújula segura” para la Iglesia actual. Sus documentos son “incluso para nuestro tiempo, una brújula que permite a la nave de la Iglesia avanzar en el mar abierto” (Benedicto XVI).  Por ello es necesario volver a los textos conciliares. Hay muchas publicaciones que a menudo en lugar de dar a conocer los documentos del Concilio, los han ocultado. Su lectura y estudio directo hace posible acercarse a la inmensa riqueza que nos ha legado la asamblea ecuménica, que hemos de leer en continuidad con la tradición viva de la Iglesia.

Para nuestro tiempo, marcado por un olvido de Dios, el Concilio tiene un  mensaje fundamental: “el cristianismo en su esencia consiste en la fe en Dios, que es Amor trinitario, y en el encuentro, personal y comunitario, con Cristo que orienta y guía la vida. Todo lo demás se deduce de ello” (Benedicto XVI).

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La puerta de la fe: la oración

Queridos diocesanos:

El Año de la fe es una ocasión propicia para redescubrir nuestra fe cristiana y la alegría de creer. Este es, entre otros, el deseo del Santo Padre y el motivo de su convocatoria. Ya cercano su inicio nos debemos ir preparando para que este “tiempo de gracia” no transcurra en vano, sino que tenga los frutos espirituales deseados.

En el camino de la fe es imprescindible la oración, que es la puerta que lleva a la fe, la hace crecer, la fortalece y la mantiene viva. La fe, en efecto, no es sólo creer como verdaderas las enseñanzas de Jesús, el Hijo de Dios, ni sólo aceptar la moral que Él nos propone. La fe incluye todo esto; pero es también y antes de nada abrir nuestra mente y nuestro corazón a Jesucristo, en quien Dios viene a nuestro encuentro para darnos su amor. Creer es confiar en Jesucristo, ponerse en sus manos, prestarle la adhesión de nuestra mente y de nuestro corazón, aceptarle como el centro de nuestra existencia. Porque creemos en Él, confiamos en Él y nos fiamos de Él, creemos y acogemos su Palabra como la Verdad y su camino como el camino de la Vida.

La fe brota del encuentro personal con el Dios vivo en su Hijo Jesucristo. El Papa Benedicto VXI nos ha escrito en su primera Encíclica, ‘Dios es amor’, que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (n. 1). Es, pues, el encuentro personal con Cristo, la experiencia de su amistad y de su amor, lo que hace surgir, crecer y madurar la fe. Para ser cristiano no basta con tener unos conocimientos de Dios o de Cristo, ni unos valores cristianos. Es necesaria una experiencia personal de encuentro con Cristo, que posibilite la adhesión total de mente y corazón a Él y a su Evangelio.

Para que se dé este encuentro personal con Cristo hay que “caer en la cuenta”, del amor de Dios en Cristo, que precede cualquier decisión nuestra, como dice San Juan de la Cruz. Sólo cuando caemos en la cuenta de que Dios nos ama, que nos ha creado y redimido por sí sólo, que nos ha colmado de bienes y que quiere entablar una comunión de vida y de amor con cada uno de nosotros, podemos salir de nosotros y dejarnos encontrar y amar por Él.  El peligro y la tentación por nuestra parte es encerrarnos en nosotros mismos y no dejar lugar a Dios y su amor en nuestra existencia. Nuestro reto es descubrir que el amor de Dios por cada uno nos hace capaces de nuestra respuesta de amor en la fe.

¿Dónde descubrirlo? En la oración personal y comunitaria. Quien reza de verdad y ora con autenticidad se pone en la presencia de Dios, abre su corazón al misterio del amor de Dios, se deja encontrar y amar por Dios. La oración es la puerta para entrar en el castillo interior donde Dios habita (Santa Teresa de Jesús), es la puerta necesaria para creer. No hay otro camino para establecer una relación de amistad con Dios ni para el encuentro con Jesucristo que la oración. Y hemos de orar con constancia e insistencia.

Recuperemos o intensifiquemos la oración en este tiempo de gracia, que nos ofrece el Año de la fe. Demos a Dios cada día algo de nuestro tiempo. Y hagámoslo con fidelidad y en un lugar tranquilo, donde haya algún signo que remita a la presencia de Dios.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón