Por el verdadero matrimonio y la familia

Queridos diocesanos

En el primer domingo después de la Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret y, en España, la Jornada por la Familia El verdadero matrimonio y la familia están sustentados por el amor. En la Navidad contemplamos la manifestación suprema del amor de Dios, que en Belén se hace hombre por amor al hombre.

Las raíces más hondas del matrimonio y de la familia se encuentran en Dios mismo, en su amor creador del ser humano, y, por ello, en la misma naturaleza humana. El matrimonio no es algo confesional, sino que está inscrito en la misma naturaleza humana. Dios crea por amor al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Dios los llama a la vida, al amor y a la comunión mutua, fiel y para siempre en el matrimonio.

Dios mismo hace fecunda su unión amorosa en los hijos. “Los creó hombre y mujer y los bendijo diciendo: creced y multiplicaos, llenad la tierra” (Gn 1,27-28). En todo hombre y en toda mujer hay una llamada de Dios al amor y a la comunión interpersonal. El amor conyugal nace de la admiración mutua de un hombre y de una mujer ante la belleza y la bondad del otro e incluye una llamada a la comunión y a la transmisión de la vida. Es una llamada de Dios al amor esponsal que les lleva a la íntima entrega mutua para ser padre y madre responsables y amorosos. De la comunión del hombre y de la mujer en el matrimonio surge la familia. Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos; los padres cristianos también lo son de la educación de la fe de sus hijos.

Sin embargo, desde una perspectiva relativista, laicista y de total autonomía moral del individuo y del Estado se rechaza esta comprensión del matrimonio, como unión de un hombre y una mujer. No se admite que el matrimonio tenga que quedar reservado a la unión de un hombre y de una mujer, y se equipara al matrimonio la unión entre dos ciudadanos cualesquiera. Como denunciamos los Obispos españoles “de esta manera se establece una insólita definición legal del matrimonio con exclusión de toda referencia a la diferencia entre el varón y la mujer”. En consecuencia, tampoco se admite que la familia se base en el matrimonio, que la unión de los esposos para ser verdadera manifestación del amor matrimonial ha de estar abierta a la nueva vida, que la vida humana no se fabrica sino que se procrea como fruto del amor entre los esposos, que toda vida humana desde el momento mismo de su concepción hasta su muerte natural ha de ser querida, respetada y defendida.

No cabe duda que la propaganda, explícita o subliminal, va minando la conciencia de muchos ciudadanos y también la conciencia de muchos católicos. No es infrecuente escuchar que la Iglesia ha de ‘adaptarse’ a la sociedad, aun a costa de abandonar su fidelidad al Evangelio en la tradición viva de la Iglesia y así su fidelidad al ser humano según el plan de Dios. Se acepta como algo probado la acusación que se hace a la Iglesia de oponerse a los así llamados ‘avances’ de la sociedad y de la ciencia, sin tan siquiera preguntarse si todo lo socialmente permitido y lo científicamente posible es también moralmente aceptable, ayude al desarrollo verdaderamente humano y al progreso de la sociedad.

La Jornada de la familia nos invita una vez más a volver nuestra mirada a Dios para acoger, proclamar y vivir sin complejos el Evangelio del matrimonio, de la familia y de la vida en la comunión en la fe y en la moral de nuestra Iglesia. Hemos de recuperar su anuncio en la catequesis, en las homilías, en los cursos de formación y en nuestros medios; y hemos de hacerlo sin miedo como servicio al Evangelio, a los hombres y a la sociedad.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En Navidad Dios viene a nuestro encuentro

Queridos diocesanos:

Navidad está a la puerta. Aunque no falten los intentos de silenciar su verdadero sentido, en Navidad resuenan con fuerza las palabras del evangelista Juan: “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn, 1, 14). Esta frase muestra el contenido propio de la fiesta de la Navidad y el motivo de la alegría navideña de los cristianos; una alegría que se ofrece a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Jesús, el Niño que nace en Belén, es la Palabra eterna de Dios, la Palabra de Dios hecha carne. El Niño nacido en Belén es el Hijo de Dios encarnado. Dios y Hombre, la divinidad y la humanidad, unidas en una sola persona: el Niño-Dios nacido en Belén.

La Navidad es un misterio de amor. Es el amor infinito de Dios Padre, que envía al mundo a su Hijo Unigénito para abrirnos el camino hacia Él, para darnos su propia vida y su amor. Navidad es el misterio del amor del “Dios con nosotros”, el Emmanuel: Dios entra en nuestra historia humana y viene a la tierra para entregarnos su vida por amor. Con su venida se entablará una lucha angustiosa entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y la mentira, entre la muerte y la vida, entre el odio y el amor; al final, por su muerte y resurrección, triunfarán la luz y la verdad, la vida y el amor. El Príncipe de la paz, nacido en Belén, dará su vida para que en la tierra reine el amor.

Jesús, la Palabra de Dios hecha carne y nacido en Belén, nos invita con fuerza a dejarnos encontrar por Dios, a creer en Dios y a entrar en una vida nueva: es la vida que Él mismo nos ofrece en abundancia, la vida misma de Dios. Son muchos los que afirman que no necesitan de Dios; se creen autosuficientes y parecen empecinarse en vivir de espaldas a Dios. Pero el ser humano, pese al bienestar material y al progreso técnico, permanece siempre el mismo; aunque se resista algún tiempo a ello, al final se hace siempre las mismas preguntas sobre sí mismo, sobre su origen y su destino; el ser humano está hecho para el amor: necesita amar y ser amado; busca seguridad y reclama consuelo en su desvalimiento; busca y necesita la felicidad, busca y necesita la salvación. Cuando pasa el frenesí del momento, se da cuenta de que es frágil, finito y limitado, de que está necesitado de amor, de salvación, de que está necesitado de Dios.

En Navidad, Dios sale a nuestro encuentro porque nos ama. Es preciso dejarse encontrar por Dios, es preciso creer y confiar en Él, es necesario dejarse amar por Él. Como los magos del Oriente salgamos en su busca; lo encontraremos en el “niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Todas las preguntas del hombre antiguo, moderno o posmoderno, tienen en Jesucristo su respuesta, porque Él es la palabra definitiva de Dios. Jesús es y nos trae la Buena Noticia. Como nos dice san León Magno, “alegrémonos, hoy ha nacido nuestro Salvador. No puede haber lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la vida”. Esta invitación a vivir la alegría es un ofrecimiento y una llamada para todos.

Alegrémonos: la salvación ha venido por Jesucristo al mundo y algo ha cambiado definitivamente desde entonces. Y algo puede y debe cambiar en nuestra vida, si contemplamos, adoramos y acogemos al Niño-Dios, nacido en Belén.

Os deseo a todos una feliz y santa Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Navidad: llamada a la solidaridad

Queridos diocesanos:

El Adviento es tiempo de preparación para la Navidad. ¿Cómo hacerlo en estos tiempos de crisis económica y espiritual? Convirtiéndonos de verdad a Dios, para que se avive nuestra fe en Dios y nuestra solidaridad y generosidad con el hermano.

No podemos olvidar que en Navidad celebramos el nacimiento del Hijo de Dios. En Belén, Dios muestra su entrañable humanidad y su solidaridad con el hombre. El Niño, que nace en Belén, es el ‘Emmanuel’, el ‘Dios con nosotros’. En este Niño se manifiesta el Amor de Dios, que se ofrece a todo hombre. Dios ama tanto al ser humano, que no tiene a menos hacerse uno de los nuestros para abrirnos el camino para ser sus hijos y, en él, hermanos de todos los hombres; en Belén, Dios nos abre el camino al amor fraterno y solidario.

“Gloria a Dios en las alturas y en la tierra al hombre paz”, cantamos en Navidad. San Ireneo decía que “la gloria de Dios es que el hombre viva”. La gloria de Dios no es algo que nos aleje de Él, sino algo que nos acerca a Él. La gloria de Dios es el resplandor de su amor. De este amor divino nace el hombre. Dios ama al ser humano y se goza con sus hijos, los hombres. A Dios le glorifica que el hombre viva. Dios ama y crea al hombre para que llegue a su plenitud. El verdadero amor consiste en buscar el bien del amado. La gloria de Dios se manifiesta en el esplendor de sus criaturas. Por así decirlo, la gloria de Dios crece en la medida en que se acoge y crece la vida del hombre. La gloria de Dios dignifica al hombre, y la gloria del hombre engrandece la gloria de Dios. Dios quiere que el hombre viva, porque El es Amor y Vida.

En Navidad, Dios viene para que todo ser humano tenga vida. La razón última de este misterio es el gran amor de Dios. Jesús nace para que para que nos sintamos amados por Dios, para que tengamos vida y nos abramos a la esperanza. Jesús viene para curar e iluminar, para levantar y liberar, para perdonar y salvar. Jesús es el Dios que salva, ama y da vida. La vida que Dios quiere para el hombre es la vida en plenitud. Esta vida empieza por la vida natural: Jesús también cura a los enfermos, alimenta a los hambrientos y resucita a los muertos; esta vida sigue con la vida de comunión y del perdón, de la caridad fraterna y solidaria, de la paz y la justicia; esta vida se consuma en la eternidad gloriosa de Dios.

Prepararse para la Navidad es acoger a Dios y, a la vez e inseparablemente, a los hombres; es trabajar para que todo hombre pueda vivir con dignidad. Prepararse a la Navidad es comprometerse con la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural; es extender la mano para levantar al caído; es acoger al que sufre soledad, pobreza, paro o marginación; es enfrentarse a la mentira que degrada y destruye; es rescatar al esclavo de sus vicios. Preparar la Navidad es saber dar a alguien razones para vivir y para la esperanza, es amar desinteresadamente para que haya amor.

Son muchas familias las que a causa de la crisis económica están pasando verdadera necesidad, material y espiritual. Para ayudarles, nuestra Cáritas diocesana ha lanzado por quinto año consecutivo la colecta extraordinaria de Navidad: “Ante la crisis:¡¡¡Ayudémonos!!!”. De nuestra generosidad depende que Cáritas pueda atender a los más desfavorecidos. Así daremos gloria a Dios, celebraremos una cristiana Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fe y conversión

Queridos diocesanos:

El Adviento es un tiempo de gracia para fortalecer y purificar la fe tras la huellas de Maria. No podemos olvidar que no hay fe sin conversión radical. No se nace cristiano. Uno se va haciendo cristiano. La fe consiste precisamente en “estrenar un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ez 18,31).

“Conversión” quiere decir, antes que nada, “giro del corazón”. Pasar de la autoafirmación y autosuficiencia al abandono confiado en Dios. Dejar de ser el centro de uno mismo para vivir desde Dios. Entender y vivir la existencia, no en referencia a uno mismo ni al mundo, sino en referencia al Misterio de Dios. Por eso hay una manera radicalmente falsa de vivir la fe cristiana y consiste en que la persona siga siendo el centro de sí misma y sólo acuda a Dios para sus propios intereses.

La conversión exigida por la fe es una especie de “nuevo nacimiento” (Jn 3,35). Es una actitud nueva ante el mundo, diferente de la de aquél que no cree. Es una manera nueva de entenderse a si mismo, de pensar, sentir y actuar; es un modo nuevo de mirar, de pensar y de juzgar la realidad. Dios no es la explicación concreta de los fenómenos que se dan en el mundo, pero sí el que les da su sentido último más auténtico y trascendente. Es un modo nuevo de ser y de vivir: Dios es el horizonte y la medida de la criatura; desde Él quedamos confrontados a la verdad y al bien; desde Él somos invitados al amor.

En esta conversión no hemos de ver sólo “exigencia moral”. Convertirse a Dios es, antes que nada, curarse de la falsa autosuficiencia y de la inautenticidad, de nuestro ‘narcisismo’. Ponerse ante Dios ayuda al ser humano a conocerse a sí mismo, a descubrir su pequeñez y finitud, pero también su dignidad y grandeza, a enraizar su vida en la verdad y a esperar con confianza su último destino en Dios.

Esta conversión a Dios tiene lugar dentro de la vida de cada persona y, por tanto, cuando se da, modifica esa vida dándole más autenticidad. Cuando la persona se abre a Dios se hace más humana. Sin esta conversión moral, la fe puede ser pura ilusión. No se puede vivir ante Dios sin sentirse responsable ante el hermano y ante la sociedad. El criterio decisivo de la fe cristiana en un Dios Creador y Padre es el amor al hermano y la apertura a su necesidad: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4,8). Por otra parte, la fe cambia la actitud moral de la persona. Lo que el creyente busca no es atenerse sin más a unos principios éticos, sino responder a la invitación de Dios. Los mandamientos y las bienaventuranzas son el camino para responder a esta invitación divina. La conversión no consiste en un remordimiento cerrado y estéril, sino en retornar al Padre y acoger su perdón regenerador en el Sacramento de la Penitencia. La conversión no es esfuerzo solitario, sino obediencia a Dios, acompañada y sostenida por su gracia.

La fe en Dios para que no se atrofie y se fortalezca, exige además formas concretas para reconocer la presencia de Dios, invocar su nombre, alabar su grandeza y adorar su misterio. En la vida de fe se busca el encuentro con Dios. Por eso, la puerta de la fe y su alimento es la oración, basada en la escucha de la Palabra de Dios, que es siempre viva y eficaz. Y, junto a ella, la celebración de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía. Por último, no hemos de olvidar que la fe implica siempre un contenido. No es posible creer en Dios sin creer en lo que Dios nos revela. Por eso, el creyente va configurando su adhesión a Dios, su concepción del hombre y de la historia, y su visión del mundo a la luz de la revelación de Dios en Jesucristo, cuya síntesis encontramos en el Credo.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

María, madre y modelo de la fe

Queridos diocesanos:

Nos disponemos a entrar en el Adviento, el tiempo que nos prepara para el encuentro con Cristo Jesús, el Hijo de Dios, que viene y se nos da en la Navidad. Siempre y más aún en el Año de la fe, María nos acompaña en este tiempo como madre y modelo de fe en Dios. En ella podemos contemplar que la fe es un regalo de Dios, fruto de su gracia, y, a la vez, una adhesión confiada a Dios.

Dentro del Adviento celebramos a María en la fiesta de su Inmaculada Concepción, en la que recordamos la preparación radical a la venida del Salvador al encuentro con toda la humanidad. En la Inmaculada recordamos que María, por haber sido elegida para ser la Madre del Salvador, ha sido a la vez agraciada por Dios con dones a la medida de su misión de ser la Madre del Hijo de Dios. En nuestra Señora, Dios obra maravillas: es llamada a la existencia llena de la gracia y del amor de Dios, libre del pecado original.

Dios toma siempre la iniciativa y sale al encuentro del ser humano. La Inmaculada nos muestra el verdadero rostro de Dios: Dios es amor, crea por amor y para la vida eterna en su amor. Dios busca al ser humano, alejado de él por el pecado, para llenarle de su gracia, vida y amor. Lo primero que hace Dios es saludar. ‘Alégrate’, dice el Angel a María; un saludo que llama a la alegría y que pone de manifiesto la alegría misma de Dios al entrar en relación con nosotros; es una relación que trae la salud verdadera, la salvación. En la Virgen María se manifiesta por vez primera el plan divino de Salvación trazado por el amor misericordioso de Dios “antes de la creación del mundo” para todos.

María responde al amor de Dios con una fe confiada y con una total disponibilidad y entrega de su persona a Dios. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según palabra” (Lc 1,38). María vive toda su existencia desde la verdad de su persona, que sólo está en Dios y en su amor. La Virgen sabe muy bien que, sin el amor de Dios, ella es nada, y que, sin Dios, toda vida humana sólo produce vacío existencial. María sabe que está hecha para acoger el amor de Dios y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. María, aceptando su pequeñez, se llena de Dios, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha.

Por su fe, María es la madre y modelo de todos los creyentes. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe y la vida en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23). La Virgen es además la primicia de la humanidad redimida. La “plenitud de gracia”, que para María es el punto de partida, es la meta para todos los hombres, que acogen con fe el amor de Dios ofrecido en Cristo. Dios nos ha creado “para que seamos santos e inmaculados ante él” (Ef 1, 4). En la Virgen, Dios, dador de amor y de vida, irrumpe en la historia humana. Dios no deja a la humanidad aislada y en el temor. Dios busca al hombre y le ofrece vida y salvación; Dios lo ama de modo personal, sólo quiere su bien y lo busca con un designio de gracia y misericordia. En un mundo egoísta y desesperanzado, la Inmaculada nos ofrece un mensaje de amor y de esperanza. En un contexto que invita a prescindir y suplantar a Dios, María nos invita a abrirnos al misterio de Dios y a acogerlo con fe. Solo en Dios y en su amor está la verdad del hombre. Sólo en Dios lograremos desarrollar lo mejor que hay en nosotros.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jesucristo Rey del Universo

Queridos diocesanos:

En el último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Jesús mismo se declara Rey ante Pilatos en el interrogatorio a que lo sometió cuando se lo entregaron con la acusación de que había usurpado el título de ‘rey de los Judíos’. “Tu lo dices, yo soy rey. Pero mi reino no es de este mundo”, añade. En efecto, el reino de Jesús, el reino de Dios nada tiene que ver con los reinos de este mundo, aunque se manifieste en este mundo. No tiene ejércitos ni pretende imponer su autoridad por la fuerza. Jesús no vino a dominar sobre pueblos ni territorios, sino a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado y a reconciliarlos con Dios. El reino de Dios se realiza no con la fuerza y la potencia, sino en la humildad y en la obediencia. Cristo cumple su misión en obediencia al Padre y servicio a la humanidad. Reinar es servir.

Jesús es Rey porque ha venido a este mundo para dar testimonio de la verdad. “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37). El reino de Jesús es el reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y de la paz. La ‘verdad’ que Cristo vino a testimoniar en el mundo es que Dios es amor y llama a la vida para participar de su amor. Toda la existencia de Jesucristo es relevación de Dios y de su amor, mediante palabras y obras. Esta es la verdad de la que dio pleno testimonio con el sacrificio de su propia vida en el Calvario.

La cruz es el ‘trono’ desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor: ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del ‘príncipe de este mundo’ e instauró definitivamente el reino de Dios. Desde este momento, la Cruz se transforma en fuerza y poder salvador. Lo que era instrumento de muerte se convierte en triunfo y causa de vida. Este reino se manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que todos los enemigos, y por último la muerte, sean sometidos.

Jesús, el testigo de la verdad, nos descubre la verdad profunda de nuestras personas, del mundo y de la historia, la verdad de Dios para nosotros y de nosotros para Dios. Venimos del amor de Dios y hacia él caminamos. Por eso, porque El descubre la verdad honda y universal de nuestros corazones, todos los que la escuchan con buena voluntad, la acogen en su corazón y se hacen discípulos suyos. El reino de Cristo es el reino de la verdad, el reino del convencimiento y de la adhesión del corazón. En el evangelio de este día resuena la estremecida súplica del ‘buen ladrón’, que confiesa su fe y pide: “acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y así sucedió.

Celebrar a Cristo como Rey de la humanidad suscita en nosotros sentimientos de gratitud, de gozo, de amor y de esperanza. El Reino de Jesús es el reino de la verdad, del amor, de la salvación. El nos ha librado del reinado del pecado, de las fuerzas que nos esclavizan y del poder de la muerte. El nos pone en el terreno de la verdad y de la vida, en el camino del amor y de la esperanza. El es el Rey de la Vida Eterna. Esta fiesta nos exhorta a acoger la verdad del amor de Dios, que no se impone jamás por la fuerza. El amor de Dios llama a la puerta del corazón y, donde Él puede entrar, infunde alegría y paz, vida y esperanza.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La fe, adhesión confiada a Dios

Queridos diocesanos:

Semanas pasadas decía que la fe es un don gratuito de Dios. Dios se da al ser humano y sale a su encuentro porque le ama y le llama a participar de su amor en plenitud. Pero para que esta llamada de Dios se haga realidad es necesario el encuentro entre Dios y el ser humano; es preciso que el ser humano se deje encontrar y amar por Dios, que abra su corazón a Dios, que se adhiera confiadamente y de todo corazón a Dios, que crea a Dios y en Dios.

La fe no consiste primordialmente en creer algo, sino en creerle a Alguien. Lo primero no es adherirnos a un credo, sino confiar radicalmente en Dios. Y porque confiamos en Él, acogemos, a la vez y en el mismo acto, lo que Él nos revela. Pero lo decisivo es siempre la adhesión confiada al Dios vivo en su Hijo, Jesucristo. Nos lo ha recordado Benedicto XVI: “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1).

El cristianismo, antes ser una explicación de Dios y del mundo, una moral o un fenómeno cultural, consiste en aceptar y vivir nuestra religación a Dios en Cristo. En su última esencia, creer es aceptar vivir desde Dios que nos da el ser por amor y nos llama a su amor en plenitud. Ésta es la experiencia básica del creyente: yo no soy todo; no soy la medida de todas las cosas; no soy el dueño de mi ser ni su origen; yo no puedo alcanzar con mis propias fuerzas mi deseo innato de infinitud; confío en Dios y acepto ser desde Dios que me hace ser; reconozco mi finitud; mi origen y mi destino están en ese Dios que me da el ser; Él es mi salvación y el fundamento sobre el que descansa todo.

La fe es, por tanto, confianza radical en Dios. El creyente siente su propia indigencia,  finitud y pecado, pero, al mismo tiempo, percibe la dignidad y la consistencia que puede encontrar en Dios; y confía en Él. En esa confianza absoluta descubre la forma lograda de ser y de vivir. Esta fe es de un orden diferente al de la ciencia. La ciencia ayuda a conocer mejor el funcionamiento de las cosas, pero es insuficiente para llevar al encuentro personal con Dios, que fundamenta todo y orienta la existencia. Por eso, la fe aporta al creyente una plenitud de sentido que la ciencia no puede generar. En el fondo último, Dios está dando sentido a todo. El creyente se sabe acogido: “De ti, Señor, viene la salvación” (Sal 3,9).

La fe es siempre una experiencia personal. La fe tiene lugar en el seno de la comunidad de los creyentes, pero la decisión personal no puede ser reemplazada por nada ni por nadie. La fe sucede en lo más íntimo de cada persona y compromete a la persona en su totalidad; es el acto personal más intenso. La fe proyecta todo el ser de la persona hacia Dios. No se cree sólo con el sentimiento, con la voluntad, con la razón o la intuición. La fe consiste en la entrega incondicional y confiada de toda la persona a Dios. Por eso, la Biblia dice que la fe tiene que ver con el “corazón”: “Buscarás al Señor, tu Dios, y lo encontrarás si lo buscas de todo corazón” (Dt 4,29).

El corazón es el centro de la persona. Desde el corazón decide la persona la orientación que quiere imprimir a su vida. Desde el corazón se sitúa ante lo bueno y lo malo, ante lo verdadero y lo falso, ante la vida y la muerte. Es el corazón del ser humano el que cree en Dios o lo rechaza. El que cree en Dios “con todo el corazón”, lo hace con todas sus facultades y con toda su capacidad de amar.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Al servicio del Evangelio y de la sociedad

Queridos diocesanos:

La celebración del Día de la Iglesia diocesana, el domingo 18 de noviembre, nos invita a los católicos a conocer nuestra Iglesia y a sentirla como propia para amarla de corazón. Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón es la comunidad de los cristianos católicos que vivimos en el territorio diocesano: presidida por el Obispo en nombre de Jesucristo, anuncia, celebra y vive en la caridad a Cristo, el  Evangelio salvador de Dios para toda la humanidad.

Cada uno experimenta la Iglesia diocesana en su comunidad parroquial o eclesial; cada una de ellas son como células de la Iglesia diocesana; pero, como ocurre en el cuerpo humano, separadas de la Iglesia diocesana dejarían de existir. Nuestra Iglesia diocesana no es, por tanto, algo ajeno a cada uno de nosotros, los católicos; es nuestra Iglesia, donde nacemos a la fe, la cultivamos, la celebramos y la vivimos. En ella se nos envía a dar testimonio del Evangelio y a vivirlo día a día con nuestras obras de amor. Así es como la Iglesia lleva a cabo su misión de evangelizar. De este modo contribuye a construir una sociedad más humana y fraterna, justa y solidaria.

En la raíz de la actual crisis económica, moral, social, familiar e institucional está sin duda el abandono de Dios y de sus mandamientos, inscritos en la naturaleza humana. Como decía Juan Pablo II, cuando Dios desaparece del horizonte de los hombres, comienza el ocaso de su dignidad. Anunciando, celebrando y viviendo con fidelidad el Evangelio de Jesucristo, nuestra Iglesia contribuirá sin duda alguna a la superación de la crisis actual.

Nuestra Iglesia es un don del amor gratuito de Dios y una tarea encomendada a cuantos la formamos. Como don de Dios, la hemos de acoger con gratitud y la hemos de amar de corazón. Querida por Cristo y alentada por la fuerza del Espíritu Santo es el lugar de la presencia del Señor y de su obra salvadora entre nosotros. El mismo Cristo nos ha encomendado la hermosa tarea de anunciar el Evangelio, de celebrar los sacramentos, de vivir el amor para que la obra de su Salvación llegue a todos. Su vida y su misión dependen de todos y de cada uno de lo que formamos parte de esta gran familia.

A los católicos nos urge redescubrir, valorar y vivir sin complejos y tibiezas nuestra identidad cristiana y eclesial. Ambas son inseparables. No se puede ser cristiano al margen de la Iglesia. Amar, sentir y vivir la Iglesia como algo propio no será posible si no existen un conocimiento objetivo y desde dentro de la Iglesia misma, así como una vivencia personal de la propia fe en el seno de la Iglesia. Ser cristiano no se reduce a recibir el bautismo y el resto de los sacramentos, o a practicar ocasionalmente. Cristiano es quien se ha encontrado con Cristo, cree y confía en Él, y se adhiere a Él con toda su mente y todo su corazón; es cristiano quien acoge y vive el don de la fe y la nueva vida del bautismo, formando parte de la Iglesia y participando en los sacramentos.

Es cristiano quien deja que Jesús y su Evangelio conformen su pensar, sentir y actuar, y quien da testimonio de su fe y se compromete en la transformación de la sociedad y del mundo. Cristiano es, quien unido a Cristo en el seno de la Iglesia, participa en su vida y misión. No lo olvides: la Diócesis es tu Iglesia y cuenta contigo y tu generosidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Mensaje realista y de esperanza

Queridos diocesanos

Durante tres semanas se ha celebrado en Roma el Sínodo de los Obispos sobre la “nueva evangelización para la transmisión de la fe”. Al final del mismo, los padres sinodales han escrito un mensaje al Pueblo de Dios bajo el título “como la samaritana en el pozo”. Este documento es fruto del sínodo, si bien no es el fruto final que será la exhortación apostólica que nos ofrecerá en su momento el santo Padre. El mensaje es un documento bello en su contenido y sencillo en su lenguaje, cuya lectura recomiendo.

El mensaje del Sínodo es realista y, a la vez, lleno de esperanza. Los padres sinodales son muy conscientes de los desafíos a los que se enfrenta la Iglesia en su misión evangelizadora tanto en su interior como hacia el exterior; pero también reconocen la vitalidad existente en la Iglesia gracias a la presencia en medio de ella de Jesucristo, su Señor, y de la fuerza del Espíritu Santo.

Las dificultades en la evangelización, fruto de la secularización, el laicismo hostil, el ateismo militante, la indiferencia religiosa, el alejamiento de muchos bautizados, de la globalización o de las migraciones son oportunidades para una nueva evangelización. La Iglesia sabe que el Señor guía la historia con su Espíritu y esto nos da serenidad a los creyentes ante los nuevos problemas. Y de otro lado, “no hay hombre o mujer que en su vida, como la mujer de Samaría, no se encuentre junto a un pozo con un cántaro vacío, con la esperanza de saciar el deseo más profundo del corazón, aquel que sólo puede dar significado pleno a la existencia. Hoy son muchos los pozos que se ofrecen a la sed del hombre, pero conviene hacer discernimiento para evitar aguas contaminadas. Es urgente orientar bien la búsqueda, para no caer en desilusiones que pueden ser ruinosas”.

Los cristianos creemos firmemente que sólo Jesucristo es el agua que da la vida verdadera y eterna, y estamos enviados a ofrecer a todos a Jesucristo, vida para el mundo. De ahí que la tarea prioritaria de una nueva evangelización sea conducir a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo al encuentro con Él en la Iglesia, porque ella es el espacio ofrecido por Cristo en la historia para poderlo encontrar. El le ha entregado su Palabra, el bautismo que hace hijos de Dios, su Cuerpo y su Sangre, la gracia del perdón del pecado en el sacramento de la Reconciliación, la experiencia de una comunión que es reflejo mismo del misterio de la Santísima Trinidad y la fuerza del Espíritu que nos mueve a la caridad hacia los demás.

Por todo ello, los padres sinodales plantean los desafíos a la evangelización con un tono positivo. Cuanto más difícil es la situación analizada, más alentadoras son las palabras del Sínodo en los distintos temas que abordan y en las distintas partes de la Iglesia universal. Por ejemplo, en relación con los jóvenes, su mensaje está lleno de realismo y de esperanza cristiana, que está lejos de todo voluntarismo. Los padres sinodales están preocupados por los jóvenes, pero no son pesimistas. Preocupados, porque justo sobre ellos vienen a confluir los embates más agresivos de estos tiempos. Pero no son pesimistas porque “el amor de Cristo es quien mueve lo profundo de la historia y además, porque los jóvenes tienen aspiraciones profundas de autenticidad, de verdad, de libertad, de generosidad, de las cuales sólo Cristo puede ser respuesta capaz de saciarlos”.

El mensaje del Sínodo muestra pues que la Iglesia está viva, que no puede aceptar una visión catastrofista de su realidad, sino que vive en la esperanza y en la confianza.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Padre, maestro y evangelizador de los jóvenes

Queridos diocesanos

La reliquia de San Juan Bosco estará entre nosotros del 24 al 26 de este mes de octubre, como anuncio preparatorio del bicentenario de su nacimiento el año 2015. Se trata de una parte del brazo derecho dentro de una réplica exacta de la estatua yacente del Fundador de la familia salesiana que se encuentra en la Basílica de María Auxiliadora de Turín (Italia).  La reliquia llegará a la Plaza Mayor de Burriana el próximo día 24 por la tarde, desde donde será trasladada en procesión a la iglesia parroquial de María Auxiliadora. Allí celebraremos junto con toda la familia salesiana una solemne Eucaristía de acción de gracias a Dios por este Santo padre, maestro y evangelizador de los jóvenes

La reliquia de Don Bosco nos habla de un cristiano y de un sacerdote profundamente enamorado de Dios y del hombre desde niño. Don Bosco fue un joven alegre y emprendedor, dotado de una inteligencia despierta y de un gran sentido común. Todo lo puso al servicio de la educación y de la evangelización de la juventud; primero con su oratorio trashumante y, más tarde, con una casa y capilla. Su vocación fue hacer buenos cristianos y mejores ciudadanos, llevando a niños y jóvenes al encuentro con Dios en Jesucristo desde la base de una educación integral de su persona. Todo joven era para él un tesoro a amar, estudiar y descubrir para extraer de cada uno todas sus potencialidades y riquezas y afianzarlas con hábitos fuertes. Su pedagogía consistió en conducir con mucho amor a quienes encontraba para que fijaran sus ojos en Jesús, se encontrasen con Él y se dejasen conformar por Él, para que vivieran el Evangelio y así fueran santos. Nunca olvidaba acercarlos a María Auxiliadora, nuestra Madre del Cielo.

Después de casi ya doscientos años, el camino de Don Bosco, continúa vivo en toda la Iglesia y también entre nosotros gracias a los Salesianos de Burriana. El legado, el método y el ardor apostólico de Don Bosco son de enorme actualidad en este tiempo en que la Iglesia nos llama a la tarea urgente de la nueva evangelización, también y especialmente de los jóvenes. Muchos son los que, aun estando bautizados, se han alejado de la Iglesia, y viven sin tener en cuenta la praxis cristiana. Como hiciera Don Bosco hemos de favorecer en ellos un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de sentido profundo y de paz nuestra existencia, y hemos de ayudarles al redescubrimiento de la fe cristiana, fuente de gracia, de alegría y esperanza, y al seguimiento de Cristo en comunión con la Iglesia.

Acudamos a Burriana a orar ante la reliquia de este padre, maestro y evangelizador de jóvenes cristianos y de la gran familia salesiana. Que él nos ayude y enseñe a ser signos del amor de Dios y testigos del Evangelio de Jesucristo hoy, especialmente entre los niños y jóvenes. Ante la situación de crisis y preocupación por el presente y futuro que nos toca vivir, recobremos nuevos ánimos cada día en las mismas fuentes que él lo hizo: La Palabra de Dios, la Eucaristía y la devoción a María Santísima. Oremos también por las vocaciones salesianas para que continúen sembrando en el corazón de los jóvenes el Evangelio de Jesucristo y su profundo amor a la Santísima Virgen María.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón