50º Aniversario de la Parroquia del Carmen de Burriana

HOMILIA EN EL CINCUENTENARIO DE LA

PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

DEL PUERTO DE BURRIANA

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16 de julio de 2009

(Za 2,14-17; Sal Lc 1,46-55; Mt 12,46-50)

 

Hoy, coincidiendo con la Fiesta de Nuestra Señora del Carmen, Titular y Patrona de esta vuestra Parroquia, celebramos el 50º Aniversario de su creación. Las palabras del profeta Zacarías nos invitan esta mañana a congratularnos con todos vosotros: ‘Alégrate y goza, hija de Sión (alégrate y goza parroquia del Carmen del Grao de Burriana) que yo vengo a habitar dentro de tí. (Za 2, 14).

Desde que el 4 de julio del año del Señor de 1959 comenzara su andadura, vuestra parroquia de Nuestra Señora del Carmen ha sido presencia palpable del amor de Dios para los hombres y mujeres de este barrio del puerto de Burriana; vuestra comunidad ha sido la Iglesia de Dios que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas (cf. ChL 26). Alentada por la fuerza del Espíritu Santo, en estos años ha ido creciendo y madurando como comunidad de fe, de esperanza y de caridad. Vuestra comunidad parroquial está de enhorabuena; y nuestra Iglesia diocesana, de la que ella es una célula viva, se alegra con vosotros al celebrar con gozo estos cincuenta años de rica existencia. En ella y a través de ella, muchos han sido quienes han recibido la fe cristiana, han sido engendrados a la vida de los hijos Dios, han sido incorporados a Cristo y a la comunidad de la Iglesia por el Bautismo; muchos han sido también quienes en ella y por medio de ella han conocido a Jesús y su Evangelio, se han encontrado con Él y han madurado en la fe mediante la escucha y la acogida de la Palabra de Dios y han alimentado su vida cristiana en la oración y en los sacramentos; otros muchos han descubierto y seguido aquí el camino de su vocación cristiana, han encontrado en ella fuerza para la misión y el testimonio de fe, personal o asociado, motivos para la esperanza, consuelo en la aflicción y ayuda en la necesidad.

Nuestro gozo y nuestra alegría se hacen en esta mañana oración de alabanza y de acción de gracias. De las manos de María la Virgen del Carmen, Madre de la Iglesia, bajo cuyo patrocino vive y camina vuestra comunidad parroquial, nuestra mirada se dirige a Dios. Con María le cantamos: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador. … porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1, 46-47, 49). Sin El, sin su permanente presencia amorosa, nada hubiera sido posible. Al Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, alabamos y damos gracias.

Le damos gracias por todos los dones recibidos a lo largo de estos años. Gracias le damos por vuestra comunidad parroquial y por cuantos la han formado en el pasado y la integráis en el presente; por la entrega generosa de todos los sacerdotes que la han pastoreado y servido. Con corazón agradecido recordamos especialmente a sus párrocos: Mn. Elías Milián Albalat, en el inicio y puesta en marcha, Mn. Vicente Adrià, después, Mn. Luis María Roca Meliá, que la regentó por más de 40 años, Mn. Amado Segarra, Mn. Vicente Borja y Mn. Antonio Losas, en la actualidad. Y ¿cómo no dar gracias al Señor por todos los que han colaborado activa y generosamente en la vida litúrgica, en la catequesis, en el trabajo pastoral con los niños, los adolescentes y los jóvenes, con los matrimonios y las familias, con los pescadores, con los pobres, los marginados y los enfermos? Gracias, Señor, también por todos aquellos que de un modo callado y sin notoriedad, han contribuido a la vida de esta comunidad mediante su oración fervorosa, su vida y obras de santidad, el ofrecimiento de su dolor o su contribución económica.

Sí; el trabajo realizado ha sido mucho; pero en la evangelización siempre queda por hacer. Sé de vuestro empeño y muy en especial del de vuestro párroco por consolidar los grupos de catequesis o de regularizar la formación de adultos; conozco, comparto y apoyo vuestro anhelo de un nuevo templo. ¿Cómo afrontar el futuro, queridos hermanos, en vuestra sencillez y a pesar de la precariedad del templo y de las instalaciones parroquiales, que esperamos que pronto queden solucionadas? Como Iglesia hemos de caminar siempre desde la fe, con esperanza y en la caridad, sabiendo que el Señor Jesús está por su Espíritu siempre en medio de nosotros, y cooperando todos para que esta vuestra comunidad sea viva y evangelizadora hacia adentro –en sus miembros, muchos de ellos alejados- y en el barrio.

Anclada en el seno de la Iglesia diocesana y abierta a la Iglesia universal, la comunidad parroquial de Nuestra Señora del Carmen es y está llamada a ser ámbito de comunión y de misión; de comunión con Dios y, desde él, con los hermanos; y de misión para que Cristo y su Evangelio salvador llegue a todos. Formada por piedras vivas, cuya piedra angular es Cristo, vuestra comunidad parroquial está llamada a ser en el barrio signo de la presencia amorosa de Dios, ámbito donde Dios sale al encuentro de los hombres, para comunicarles su vida de amor que crean lazos de comunión fraterna entre ellos. Es Dios Padre quien, habitando entre los suyos y en su corazón, hace de ellos su santuario vivo por la acción del Espíritu Santo.

Acercaos a Él, piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y apreciada por Dios. Disponeos como piedras vivientes a ser edificados en casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer víctimas espirituales agradables a Dios por mediación de Jesucristo’ (1 Pt 2, 5), nos exhorta San Pedro. Vuestra parroquia será viva en la medida en que todos vosotros, sus miembros, viváis fundamentados y ensamblados en Cristo, piedra angular; vuestra comunidad parroquial será iglesia viva si por vosotros corre la savia de la Vid que es Cristo, que genera comunión de amor y de vida con Dios y comunión fraterna con los hermanos.

En esta parroquia, -Iglesia en el barrio-, el Espíritu actúa especialmente a través de los signos de la nueva alianza, que ella ofrece a todos: la Palabra de Dios, los sacramentos y la caridad.

La Palabra de Dios, proclamada y explicada con fidelidad a la fe de la Iglesia y acogida con fe y con corazón bien dispuesto, os llevará al encuentro gozoso con el Señor, el Camino, la Verdad y la Vida. La Palabra de Dios es luz, que os iluminará en el camino de vuestra existencia, que os fortalecerá, nos consolará y nos unirá. La proclamación y explicación de la Palabra en la fe de la Iglesia, la catequesis y la formación que se imparte en los distintos grupos no sólo deben conduciros a conocer más y mejor a Cristo y su Evangelio así como las verdades de la fe y de la moral cristianas; os han de llevar y ayudar a todos y a cada uno a la adhesión personal a Cristo y a su seguimiento gozoso en el seno de la comunidad eclesial.

Seguir a Jesucristo os impulsará a vivir unidos en su persona y su mensaje evangélico en la tradición viva de la Iglesia. Porque la Palabra de Dios, además de ser escuchada y acogida con fe y con docilidad, ha de ser puesta en práctica. “El que cumple la voluntad de mi Padre en el Cielo, ese es mi hermano, y mi hermana y mi madre” (Mt12, 50). La Palabra de Dios hace posible, por la acción del Espíritu, hombres nuevos con valentía y entrega generosa.

En la comunidad parroquial, Dios se nos da también a través de los Sacramentos; al celebrar y recibir los sacramentos participamos de la vida de Dios; por los Sacramentos se alimenta y reaviva nuestra existencia cristiana, personal y comunitaria; por los Sacramentos se crea, se acrecienta o se fortalece la comunión con la parroquia, con la Iglesia diocesana y con la Iglesia Universal.

Entre los sacramentos destaca la Eucaristía. Es preciso recordar una y otra vez que la Eucaristía es el centro de la vida de todo cristiano, el centro y el corazón de toda la vida de la comunidad parroquial. Toda parroquia ha de estar centrada en la Eucaristía  Además “la Eucaristía da al cristiano más fuerza para vivir las exigencias del evangelio…” (Juan Pablo II). Sin la participación en la Eucaristía es muy difícil, es imposible permanecer fiel en la vida cristiana. Como un peregrino necesita la comida para resistir hasta la meta, de la misma forma quien pretenda ser cristiano necesita el alimento de la Eucaristía. El domingo es el momento más hermoso para venir, en familia, a celebrar la Eucaristía unidos en el Señor con la comunidad parroquial. Los frutos serán muy abundantes: de paz y de unión familiar, de alegría y de fortaleza en la fe, de comunidad viva y evangelizadora.

La participación sincera, activa y fructuosa en la Eucaristía os llevará necesariamente a vivir la fraternidad, os llevará a practicar la solidaridad, os remitirá a la misión, os impulsará a la transformación del mundo. Los pobres y los enfermos, los marginados y los desfavorecidos han de tener un lugar privilegiado en la Parroquia. Ellos han de ser atendidos con gestos que demuestren, por parte de la comunidad parroquial, la fe y el amor en Cristo. Ellos, su vez, os evangelizarán, os ayudarán a descubrir a Cristo Jesús.

La celebración frecuente del Sacramento de la Penitencia será aliento y esperanza en vuestra experiencia cristiana. La humildad y la fe van muy unidas. Sólo cuando sabemos ponernos de rodillas ante Dios por el sacramento de la confesión y reconocemos nuestras debilidades y pecados podemos decir que estamos en sintonía con el Padre Dios “rico en misericordia” (Ef 2,4). En el sacramento de la Penitencia se recupera y se fortalece nuestra comunión con Dios y con la comunidad eclesial; la experiencia del perdón de Dios, fruto de su amor misericordioso, nos da fuerza para la misión, nos empuja a ser testigos de su amor, testigos del perdón y de la reconciliación.

La vida cristiana, personal y comunitaria, se debilita cuando estos dos sacramentos decaen. Y en nuestra época, si queréis vivir como cristianos, si queréis superar los miedos a serlo y confesarlo ante los ataques constantes, si queréis ser evangelizadores auténticos no podréis hacerlo sin la experiencia profunda de estos dos sacramentos. Un creyente que no se confiesa con cierta frecuencia y no participa en la Misa dominical, termina en poco tiempo apartándose de Cristo y se convierte en un cristiano amorfo. Su fe se esfuma, deja de tener consistencia.

Regenerados por la Palabra y los Sacramentos os convertiréis en ‘piedras vivas’ del edificio espiritual, que forma una unidad social de vida entroncada en Cristo y que se llama comunidad cristiana. Es decir: una comunidad que acoge y vive a Cristo y su Evangelio; una comunidad que proclama y celebra la alianza amorosa de Dios; una comunidad que aprende y ayuda a vivir la fraternidad cristiana conforme al espíritu de las bienaventuranzas; una comunidad que ora y ayuda a la oración; una comunidad en la que todos sus miembros se sienten y son corresponsables en su vida y su misión al servicio de la evangelización en una sociedad cada vez más descristianizada; una comunidad que es fermento de nueva humanidad, de transformación del mundo, de una cultura de la vida y del amor, de la justicia y de la paz.

Al celebrar el 50º Aniversario de vuestra parroquia miramos, rezamos y contemplamos a la Virgen del Carmen, vuestra Patrona. Como los marineros de antaño, que leían las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano, así la Virgen del Carmen como estrella del mar nos guía y nos protege por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo. María es la Madre de Dios; ella nos da, nos muestra y nos quiere llevar a su Hijo, el Hijo de Dios, el Salvador. Ella desea que nuestro amor hacia su persona sea ante todo el camino para nuestro encuentro con Cristo Jesús y para nuestra renovación cristiana. María es el arca de la nueva Alianza, el templo vivo, la Hija de Sión, lugar de presencia singular entre los hombres de Aquel que la ha creado. Por medio de María, el Hijo de Dios, el Mesías y Salvador, viene a visitar y a redimir a su pueblo, a iluminarlo y dirigir sus pasos por el camino de la paz (Lc 1, 68,79).

 María es nuestra madre espiritual porque nos da a Cristo, el Hijo de Dios, fuente de vida y salvación; ella orienta nuestra mirada hacia su Hijo: ella nos muestra y nos lleva a su Hijo, ella nos lleva a Dios. Jesús nos invita a acogerla “en nuestra casa”: es decir, en nosotros mismos, en nuestras familias, en nuestra sociedad. María es nuestra madre, y no deja de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5). ¡Cuánto necesitamos los cristianos escuchar estas palabras de María y, con ella, descubrir y vivir con alegría que Dios nos ama, y nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales!

Como María, el verdadero cristiano se sabe elegido por Dios y llamado por Jesús para seguirle. El cristiano es escogido para ser enviado, para ser su portavoz y testigo. No permanece cómodamente donde siempre sino que, como Jesús, se pone en camino al encuentro de las gentes que salen al paso para anunciar a Jesucristo y su Evangelio. Como el mismo Cristo, la Iglesia y cristiano resultarán molestos en muchos casos, porque sacuden a la gente de su letargo y acaban siendo incómodos. Interpelan, porque denuncian el pecado, la mentira, la injusticia, una vida al margen de Dios; porque piden el cambio de la conversión; y ésta encuentra siempre resistencia. La Verdad de Dios, manifestada en Cristo, molesta en un mundo que quiere vivir de espaldas a Dios. Y sin embargo la Verdad nos hace libres. El discípulo y apóstol de Jesucristo no se echa atrás, sino que persevera en la  misión recibida, a pesar de la dificultad. La Buena Noticia ha de llegar a todos. Pide temple de hombres fuertes, convencidos. El Reino de Dios no quiere hacerse sitio a la fuerza, pero se impone por su propia  fuerza.

Al celebrar hoy la fiesta de la Virgen del Carmen, acojamos al Hijo que ella nos muestra en sus brazos, encontrémonos con Él, hagamos de Cristo el centro de nuestra fe y de nuestra vida, personal y comunitaria. Atraídos por María, vayamos al encuentro con su Hijo en la oración desde la escucha atenta de su Palabra, en los Sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía en la comunidad cristiana en el Domingo, día del Señor Resucitado.

Por intercesión de María, la Virgen del Carmen, pidamos hoy una vez más por todos nosotros, por nuestras familias, por las gentes del mar, por nuestro Barrio y por nuestra Ciudad. De manos de María acojamos a Cristo Jesús, que se nos da en comida una vez en esta Eucaristía. ¡Que unidos a El en la comunión seamos como María testigos suyos en el mundo, instrumentos de unidad, artífices de la paz y fermento de esperanza!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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