A favor de la familia y de la vida humana

Queridos diocesanos

En la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret celebramos la Jornada por la Familia y por la Vida. La familia y la vida humana están íntimamente unidas y ambas están sustentadas por el amor. Por ello se celebra esta Jornada en el domingo inmediato a la Navidad, que es la manifestación suprema del amor de Dios, que en Belén se hace hombre por amor al hombre.

Las raíces más hondas de la familia y de la vida se encuentran en Dios, en su amor creador del ser humano, y, por ello, en la misma naturaleza humana. Dios crea por amor al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Dios los llama a la vida, al amor y a la comunión mutua, fiel y para siempre en el matrimonio. Dios mismo hace fecunda su unión amorosa en los hijos. “Los creó hombre y mujer y los bendijo diciendo: creced y multiplicaos, llenad la tierra” (Gn 1,27-28). En todo hombre y en toda mujer hay una llamada de Dios al amor y a la comunión interpersonal. El amor conyugal nace de la admiración mutua de un hombre y de una mujer ante la belleza y la bondad del otro e incluye una llamada a la comunión y a la transmisión de la vida. Es una llamada de Dios al amor esponsal que les lleva a la íntima entrega mutua para ser padre y madre responsables y amorosos. De la comunión del hombre y de la mujer en el matrimonio surge la familia.

Sin embargo, desde una perspectiva laicista y de total autonomía moral del individuo y del Estado se rechaza esta comprensión del matrimonio, de la familia y de la vida humana. No se admite que el matrimonio sea sólo la unión de un hombre y de una mujer, que ésta unión mutua lo sea para siempre o, al menos, estable, que la familia se base en el matrimonio, que la unión de los esposos para ser verdadera manifestación del amor matrimonial ha de estar abierta a la nueva vida, que la vida humana no se fabrica sino que se procrea como fruto del amor entre los esposos, que toda vida humana desde el momento mismo de su concepción hasta su muerte natural ha de ser querida, respetada y defendida.

No cabe duda que la propaganda explícita y la propaganda subliminal van minando también la conciencia de muchos católicos. No es infrecuente escuchar que la Iglesia ha de ‘adaptarse’ a la sociedad, aun a costa de abandonar su fidelidad al Evangelio en la tradición viva de la Iglesia y así su fidelidad al ser humano según el plan de Dios. Se acepta como algo probado la acusación que se hace a la Iglesia de oponerse a los así llamados ‘avances’ de la ciencia, sin tan siquiera preguntarse si todo lo científicamente posible es también moralmente aceptable. ¿Son de verdad un avance que merezca el apelativo de ‘humano’ el ‘divorcio expres’, el número creciente de familias rotas, la destrucción de innumerables embriones, el alarmante y creciente número de abortos, o las depresiones que sufren las mujeres que abortan?

La Jornada de hoy nos invita una vez más a volver nuestra mirada a Dios para acoger, proclamar y vivir sin complejos el Evangelio del matrimonio, de la familia y de la vida en la comunión en la fe y en la moral de nuestra Iglesia. Hemos de recuperar su anuncio en la catequesis, en las homilías, en los cursos de formación y en nuestros medios; y hemos de hacerlo sin miedo como servicio al Evangelio, a los hombres y a la sociedad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La Luz de la Navidad

Queridos diocesanos:

 “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). Con estas palabras, el ángel anuncia a los pastores el nacimiento de Jesús en Belén. Esta es la buena noticia de la Navidad, la razón más profunda de nuestra alegría navideña y el motivo de nuestra esperanza. Como los pastores, los cristianos escuchamos con estupor este anuncio y acudimos con gozo a Belén a contemplar este misterio de salvación: el Hijo de Dios, la Palabra eterna de Dios, se hace carne y acampa entre nosotros. Dios viene hasta nosotros, se hace uno de los nuestros y asume nuestra propia carne.

Ese Niño, que yace humilde y pobre en el portal, es el Mesías esperado, es la luz para el pueblo que camina en tinieblas (cf. Is 9, 1). Al pueblo oprimido y doliente se le apareció “una gran luz”. Es la luz de la nueva creación. En el Niño de Belén, la luz originaria vuelve a resplandecer en el cielo para toda la humanidad y despeja las tinieblas del pecado. La luz radiante de Dios aparece en el horizonte de la historia para proponer a los hombres un nuevo futuro de esperanza. Es la luz divina que da valor y sentido a la vida de todo ser humano. Sin ella, todo estaría desolado y nada tendría sentido. Dios se hace hombre para hacernos partícipes de su misma vida divina y de su gloria eterna.

El Niño Dios no es una idea o invención humana, sino el mismo Dios que se hace presente por amor entre nosotros. Él viene para alumbrar nuestra noche, para orientar nuestros caminos y para llevarnos por la senda de la verdad. Él viene para sanar nuestras dolencias y pecados, para darnos la vida de Dios. En la noche fría y oscura de la Navidad, nace Dios; la luz se hace palabra y mensaje de esperanza.

Pero, ¿no contrasta esta certeza de la fe con nuestra realidad? Hoy también nuestro mundo vive una noche oscura y camina muchas veces en tinieblas, porque está huérfano de Dios. La tiniebla de nuestro mundo es esa voluntad recalcitrante de querer vivir sin Dios o de espaldas a Él. La noche obscura de nuestro mundo es declarar con tono altivo la muerte de Dios para suplantarlo por el hombre. La tiniebla del hombre de hoy es el rechazo mezquino del amor de Dios; un rechazo nacido del corazón satisfecho con los logros limitados de la ciencia y la técnica.

Sin embargo, el mundo sin Dios se convierte en un mundo en que reina la frialdad egoísta y calculadora de los hombres. La frialdad y la oscuridad de la historia contemporánea se manifiestan en las guerras, el terrorismo, el desprecio de la vida humana, el afán desmedido de lucro a costa de los demás, las víctimas de la violencia y de los malos tratos, las situaciones de injusticia y tantas otras situaciones adversas.

Hoy resuena de nuevo: “No temáis, hoy nos ha nacido un Salvador”. Este Niño tierno y frágil cambiará la historia del hombre: las desgracias en gracia, la muerte en vida, el sufrimiento en gloria, la tristeza en alegría, el odio en amor, la esclavitud en libertad, la debilidad en fuerza, los llantos en alegría, la corrupción en solidaridad, los rencores en fraternidad gozosa. En este Niño-Dios se nos ha dado el amor. El quiere nacer en todos. Acojámosle. En este sentido os deseo a todos feliz Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Preparar hoy la Navidad

Queridos diocesanos:

El Adviento es tiempo de preparación para la Navidad. ¿Cómo hacerlo en estos tiempos de crisis económica y espiritual? Los cristianos no podemos olvidar que en Navidad celebramos el nacimiento del Hijo de Dios. En Belén se nos muestra la entrañable humanidad de Dios y su solidaridad con el hombre. El Niño Dios, que nace en Belén, es el ‘Emmanuel’, el ‘Dios con nosotros’, el Mesías, el Salvador. En este Niño se manifiesta el Amor de Dios, que ofrece al hombre su vida y su amor. Dios ama tanto al hombre, que no tiene a menos hacerse uno de los nuestros para abrirnos el camino hacia su amor, para ser sus hijos y, en él, hermanos de todos los hombres; en Belén, Dios nos abre el camino al amor fraterno y solidario.

“Gloria a Dios en las alturas y en la tierra al hombre paz”, cantaremos en Navidad. San Ireneo decía que “la gloria de Dios es que el hombre viva”. La gloria de Dios no es algo que nos aleje de Él, sino algo que nos acerca a Él. La gloria de Dios es el resplandor que brota de su gran corazón; no es otra cosa sino el amor de Dios. De este amor divino nace el hombre.

Dios quiere al ser humano y se goza con sus hijos, los hombres. A Dios le alegra y le glorifica que el hombre viva. El amor de Dios es creativo y crea al hombre para que llegue a su plenitud. En esto consiste el amor, en que el amado sea lo más perfecto posible. La gloria de Dios se manifiesta dando vida y esplendor a sus criaturas. Por así decirlo, la gloria de Dios crece en la medida en que se acoge y crece la vida del hombre. La gloria de Dios dignifica al hombre, y la gloria del hombre engrandece la gloria de Dios. Dios quiere que el hombre viva, porque El es Amor y Vida.

En Navidad, Dios viene para que el hombre tenga vida. La razón última de este misterio es el gran amor de Dios. Jesús nace para que nos sintamos amados por Dios, para que tengamos vida y nos abramos a la esperanza. Jesús viene para curar e iluminar, para levantar y liberar, para perdonar y salvar. Jesús es el Dios que salva, ama y da Vida. La vida que Dios quiere para el hombre es la vida en plenitud. Esta vida empieza por la vida natural: Jesús también cura a los enfermos, alimenta a los hambrientos y resucita a los muertos. Esta vida sigue con la vida de comunión y del perdón, de la caridad fraterna y solidaria, de la paz y la justicia.

Prepararse para la Navidad es acoger a Dios y, a la vez, trabajar por acoger a los hombres, luchar para que todo hombre pueda vivir con dignidad. Prepararse a la Navidad es comprometerse con la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural; es extender la mano para levantar al caído; es acoger al que sufre soledad, pobreza, paro o marginación; es enfrentarse a la mentira que degrada y destruye; es rescatar al esclavo de sus vicios. Preparar la Navidad es saber dar a alguien razones para vivir y alentar la esperanza de muchos, amar desinteresadamente y que tu amor cree amor.

Son muchos los que a causa de la crisis económica están pasando verdadera necesidad, material y espiritual. Para ayudarles, nuestra Cáritas diocesana ha lanzado una colecta extraordinaria. De nuestra generosidad depende que Cáritas pueda atender a los más desfavorecidos. Así daremos gloria a Dios, celebraremos una cristiana Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

María, la mujer de la Palabra de Dios

Queridos Diocesanos:

Apenas comenzado el Adviento celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, tan arraigada en toda nuestra Diócesis. El dogma de la Inmaculada Concepción nos recuerda que María, elegida para ser la Madre del Salvador, ha sido agraciada por Dios con dones a la medida de esta misión tan importante: Ella es la ‘llena de gracia’ (Lc 1, 28).

María ha sido preservada de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción para ser la digna morada de Dios, para ser su Madre. María abraza la gracia recibida de Dios con total disponibilidad y entrega de su persona: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Por su fe, esperanza y caridad, la Virgen colabora de manera totalmente singular con la obra del Salvador para restablecer la vida de unión y amistad de toda la humanidad con Dios, que son germen de unidad y fraternidad entre los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia, asociada para siempre a la obra de la redención.

María es la primera cristiana; es el modelo para todo cristiano en su camino de unión con Dios y con los hombres por su fe, por su esperanza y  por su caridad. De manos de María recibimos a su Hijo, el Señor, el Salvador; siguiendo su estela nos encontraremos también con Jesucristo y la salvación.

En este tiempo del Adviento, tiempo de preparación para la celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios, la Palabra de Dios hecha carne, María nos enseña a todos los creyentes el modo cómo nos hemos preparar a la Navidad. Desde la misma anunciación, María es la maestra y el modelo viviente de acogida de Dios y de encuentro personal con Dios y con su Palabra: ella escucha la Palabra de Dios y la acoge con fe, la medita y la interioriza. María vive de la Palabra de Dios y la pone en práctica. María es realmente la mujer de la Palabra de Dios.

El Magníficat es un canto de María en que ella nos muestra la profundidad de su alma; es la mejor muestra de María como mujer de la Palabra. Esta poesía es un tejido hecho completamente con hilos del Antiguo Testamento. Nos muestra que María ‘se sentía como en su casa’ en la Palabra de Dios: María vivía de ella, estaba configurada por ella. Ella hablaba con palabras de Dios; sus pensamientos eran los pensamientos de Dios. María estaba penetrada de la luz divina; por eso era tan espléndida, tan hermosa; por eso irradiaba amor y bondad (Benedicto XVI).

Al estar inmersa en la Palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con ella, María recibía también la luz interior de la sabiduría de Dios. Quien piensa con Dios como María, piensa bien; y quien habla con Dios como María, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo.

Celebrar la Purísima implica seguir con todas sus consecuencias las huellas de María, leyendo y dejándose llevar por la Palabra de Dios en este tiempo de Adviento.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Al comienzo del Adviento

Queridos diocesanos:

Este domingo comenzamos el Adviento. El Adviento es el tiempo fuerte o especial que la Iglesia nos ofrece para prepararnos a la celebración del nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios. Toda la vida de un cristiano debería ser como un adviento continuado; un tiempo de acogida permanente del Señor que viene a nosotros, a nuestras vidas, a nuestra historia, a nuestro mundo. El cristiano ha de vivir su existencia desde la esperanza de la venida en el presente y en el futuro del Señor Jesús, con una fe viva, hecha obras de amor, con verdadera hambre de Dios y con una presencia misionera en el mundo.

Una y otra vez constatamos la urgencia de una renovada evangelización de nuestra tierra para que el Dios, que nos nace en Belén, llegue a todos. Es ésta una tarea que corresponde a todos los cristianos, también a los fieles seglares. Cada uno debería sentirse interpelado; a nadie le es lícito permanecer ocioso.

Pero, para poder acometer esta tarea, todo cristiano necesita recuperar y vivir con alegría la vida nueva recibida en el Bautismo, así como la belleza de la propia vocación y misión, radicadas en el mismo. Necesitamos alimentar y fortalecer nuestra fe y vida cristiana, para reforzar así nuestra identidad católica y eclesial, y para vivir con audacia una presencia visible e incisiva en la sociedad siendo verdaderamente “levadura evangélica” y “sal y luz” del mundo.

Nos toca vivir en una situación social, política y cultural que intenta neutralizar  la presencia cristiana en el mundo, confinando la fe a la esfera de la vida privada; una cultura que quiere hacer ‘invisibles’ y, a la vez, suplantar por otras cosas o personajes a Cristo y su venida a este mundo; se pretende quitar el sentido cristiano a la Navidad e imponer una navidad ‘laica’.

En el Adviento, los cristianos hemos de prepararnos para vivir la Navidad en su sentido propio: Dios nace, Dios viene a nosotros. Vivir el Adviento comporta vivir vigilantes desde la esperanza de la venida presente y futura del Señor Jesús. Poniendo nuestra mirada en el futuro nuestros ojos se vuelven hacia el presente para acoger y vivir en el día a día al Dios que viene a nosotros.

En nuestro peregrinaje por esta vida, la vigilancia y la esperanza son pilares imprescindibles de la vida cristiana, de nuestra Iglesia y de cada uno de sus fieles, que os invito a avivar en este tiempo de gracia del Adviento. La vigilancia nos ha de llevar a una conversión constante a Dios en Cristo Jesús, intensificando la vida de oración, la escucha de la Palabra de Dios, la participación en la Eucaristía y la acogida del amor misericordioso de Dios en el Sacramento de la Reconciliación; hemos de revisar el tono de nuestra caridad y compromiso cristianos. La esperanza en el triunfo definitivo de Cristo nos ayudará a fortalecer nuestra fe en la vida eterna y a no perder la paz ante las insidias de los poderes de este mundo.

Redescubramos en este tiempo de Adviento el encuentro personal con Jesucristo vivo. Sólo este encuentro con Cristo vivo da sentido último y definitivo a nuestra vida.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Historia, Arte y Fe

Queridos diocesanos:

La Fundación de la Comunidad Valenciana ‘La Luz de las Imágenes’ vuelve a nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Esta vez lo hace con tres hermosas y magnas exposiciones en los templos principales de tres emblemáticas poblaciones de La Plana de Castellón: El Salvador de Burriana, San Jaime de Villarreal y la Concatedral de Santa María.

Estas tres exposiciones son tres hitos en la historia de nuestra Iglesia diocesana íntimamente unida a la historia de nuestro pueblo. El Salvador de Burriana rememora el resurgir de la fe cristiana y de la Iglesia en el siglo XIII después de la Reconquista por el Rey Jaime I. San Jaime de Villarreal nos lleva al tiempo del esplendor de la fe católica, en el Renacimiento y en el Barroco. Y Santa María de Castellón nos sitúa en la historia contemporánea de nuestra diócesis, desde la ilustración a la modernidad y las vanguardias, unas épocas de destrucción del patrimonio eclesiástico y de su reconstrucción y nueva creación gracias a la fuerza de la fe cristiana de un pueblo.

La contemplación de estos templos, de El Salvador y de San Jaime tan bellamente restaurados y recuperados, de la Concatedral reconstruida y de sus aledaños terminados, hablan ya por sí mismas de una historia y de una cultura profundamente marcadas en sus distintas épocas por la fe cristiana. Sin ella serían impensables la belleza y majestuosidad de estos monumentos arquitectónicos. Nuestra historia y nuestra cultura, se quiera o no se quiera reconocer, tienen raíces cristianas y católicas.

También los retablos, cuadros, objetos litúrgicos y demás piezas expositivas nos remiten a la vitalidad de una fe, fecunda en la creación de obras de arte, que forman ya parte esencial del acervo cultural de nuestro pueblo. Las exposiciones, que vamos a tener la dicha de visitar y contemplar, no se entenderían sin esta fecunda simbiosis entre la fe, el arte y la cultura a lo largo de los siglos. Con ser importante el valor patrimonial, histórico y artístico de los templos y de las obras expuestas, sería insuficiente quedarse en esta dimensión. No se puede olvidar que su origen, su finalidad y su fuerza creativa es siempre religiosa: en su inmensa mayoría están destinados a la evangelización y al culto, y son expresión de la fe cristiana de quienes las encargan, patrocinan o crean.

La visita a las exposiciones es una ayuda para conocer la historia y la cultura de nuestro pueblo; es una invitación a disfrutar de la belleza del patrimonio histórico-artístico. A los creyentes, además, nos ayudará a fortalecer nuestra fe en tiempos de dificultad al rememorar la vitalidad creyente de nuestros antepasados. Y a los no creyentes, la contemplación de la belleza de las obras les puede acercar a la Belleza, que no es otro sino Dios mismo. Este es mi deseo como Obispo de esta Iglesia de Segorbe-Castellón, que acoge con agradecimiento estas exposiciones y pone su patrimonio histórico-artístico al servicio del diálogo entre la fe y la cultura.

La fe cristiana no se impone, se propone. Esto ocurre también a través de las obras de arte religioso y cristiano. El fecundo diálogo entre la fe y el arte en la historia también es posible y deseable en el presente.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La Iglesia diocesana, nuestra Iglesia

Queridos diocesanos:

Cada año, el domingo anterior a la Solemnidad de Cristo Rey, celebramos el Día de la Iglesia Diocesana. Es una Jornada muy apropiada para conocer nuestra Iglesia diocesana, para sentirla y amarla como propia, como nuestra madre en la fe y como nuestra propia familia. Así se suscitará también nuestro compromiso efectivo en su vida de comunión, en su misión evangelizadora y en su sostenimiento económico.

Recordemos que nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón es la comunidad de fe, formada por los cristianos católicos que vivimos en el territorio diocesano, es decir, en la mayor parte de la provincia de Castellón. Presidida por el Obispo en nombre de Jesús, el Buen Pastor, nuestra Iglesia anuncia, celebra y realiza el Evangelio de Jesús, la Salvación de Dios, para todos. Está integrada por comunidades parroquiales y otras comunidades eclesiales, que son como células del cuerpo mayor de la Iglesia diocesana; todas ellas serán células vivas y evangelizadoras, si están unidas en la comunión y en la misión de la Iglesia diocesana; sólo así serán de verdad comunidades donde se anuncie, celebre y viva la comunión de Dios en la comunión fraterna.

A todos los diocesanos nos urge conocer nuestra  Diócesis. No se puede amar, lo que se desconoce. En las encuestas preparatorias del vigente Plan Diocesano de Pastoral, se constataba que muchos católicos desconocen o tienen un conocimiento insuficiente de nuestra Diócesis. No sólo son desconocidas su historia, su fisonomía externa, su organización, sus múltiples tareas y sus actividades evangelizadoras, formativas, litúrgicas y caritativas. También se desconoce su realidad teológica más profunda: es decir, que la Iglesia diocesana es el lugar de la presencia en nuestra tierra de la salvación de Dios para el mundo. Además, la Iglesia diocesana es sentida por muchos diocesanos como algo distante; no hay conciencia de que ellos pertenecen a la esa Iglesia, ni la sienten como la propia familia de los creyentes. Hay, de otro lado, signos de una falta seria de amor hacia la Iglesia, en general, y hacia la Iglesia diocesana en particular. Esta desafección se muestra en el alejamiento de la vida de la Iglesia, o en la crítica mordaz, con razón o sin ella, o en el silencio cómplice ante ataques injustificados. Sin duda, que, como comunidad humana, nuestra Iglesia tiene defectos y pecados; son los de cada uno de quienes la formamos.

A los todos los católicos nos urge descubrir nuestra identidad cristiana y eclesial y vivirlas con alegría y fidelidad, para no esconder nuestra condición católica en privado o en público, de palabra o por obra. Nuestra Iglesia espera de todos que nos comprometamos de verdad en su vida, en su misión y en sus actividades. Conocer, amar, sentir y vivir nuestra Iglesia diocesana como algo propio no será posible si no existe, antes de nada, una intensa vivencia personal de la propia fe y vocación en una comunidad concreta, unida a la Iglesia diocesana. Porque la vivencia personal de la fe ha de estar centrada en Cristo, pero, a la vez, entroncada, alimentada, celebrada y vivida en el seno de la comunidad de los creyentes, en la Iglesia, participando y colorando en su vida de comunión, en su misión y en su mantenimiento económico. Sin la implicación de todos y sin medios económicos, nuestra Iglesia no puede cumplir su tarea. También en estos momentos de crisis hemos de ser generosos en la colecta. Gracias de antemano.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Nutrirse de la Palabra de Dios

Queridos Diocesanos:

Al final del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia, celebrado en el mes de octubre en Roma, los Padres sinodales nos han dirigido un mensaje muy hermoso, en el que nos invitan a todo el Pueblo de Dios a la escucha y a la lectura amorosa de la Biblia. Con un leguaje muy directo nos muestran el alma y la sustancia de la Sagrada Escritura, centrándose en cuatro imágenes: la voz, el rostro, la casa y el camino.

La Palabra de Dios es la Voz misma de Dios. Su Voz resuena en los orígenes de la creación y rompe el silencio de la nada, dando origen a las maravillas del universo. Es una Voz que entra en la historia, herida por el pecado humano y atormentada por el dolor y la muerte. La Voz del Señor marcha junto con la humanidad para ofrecer su gracia, su alianza, su salvación. Es una Voz que desciende después en las páginas de las Sagradas Escrituras que ahora leemos en la Iglesia bajo la guía del Espíritu Santo.

El Rostro de la Palabra de Dios es Jesucristo, la Palabra hecha carne. El es el Hijo del Dios, pero también hombre mortal, ligado a una época histórica, a un pueblo y a una tierra. Él vive la existencia fatigosa de la humanidad hasta la muerte, pero resucita y vive para siempre. Él es quien hace que nuestro encuentro con la Palabra de Dios sea perfecto: nos devela el ‘sentido pleno’ y unitario de las Sagradas Escrituras. El cristianismo no es sin más una religión del libro, sino una religión que tiene su centro en una persona, Jesucristo, revelador del Padre. Él nos hace entender que también las Escrituras son ‘carne’, es decir, palabras humanas que se deben comprender y estudiar en su modo de expresarse, pero que custodian en su interior la luz de la verdad divina que sólo con el Espíritu Santo podemos vivir y contemplar.

La Casa de la Palabra de Dios es la Iglesia, en la que siempre la hemos de escuchar y entender, orar y vivir. Debemos escuchar y entender la Biblia en la enseñanza de la Iglesia, es decir en su anuncio en la catequesis, en la homilía o a través de la proclamación auténtica. La hemos de acoger en la fracción del pan, la Eucaristía, en la que los fieles somos invitados a nutrirnos en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo; la hemos de acoger además en la oración de la Liturgia de las Horas, oración de la Iglesia destinada a ritmar los días y los tiempos del año cristiano, y en la Lectio divina, la lectura orante de las Sagradas Escrituras, que conduce al encuentro con el Cristo, palabra de Dios viviente. Y, por último, la hemos de vivir en la comunión fraterna porque para ser verdaderos cristianos no basta con oír la Palabra de Dios, sino que hay ponerla por obra.

Y, finalmente, el camino de la Palabra de Dios es el camino de los hombres para que su anuncio llegue a todos, siguiendo el mandato de Jesús. La Palabra de Dios debe correr por los caminos de la comunicación, entrar en las familias y también en las escuelas y en los ámbitos culturales. Como ha dicho Benedicto XVI en su homilía en la Eucaristía conclusiva del Sínodo nos tenemos que nutrir de la Palabra de Dios para poder evangelizar, pues ésta es la razón de ser de nuestra Iglesia diocesana.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Oración por los difuntos

Queridos Diocesanos:

Por ‘Todos los Santos’ acudimos a los cementerios para recordar a nuestros difuntos. El amor que les profesamos queda de manifiesto en el cuidado y el adorno con flores de sus tumbas. La Iglesia además nos recuerda, en especial, en estos días la importancia de no descuidar la oración por los difuntos. “Es una idea santa y piadosa orar por los difuntos, para que sea vean libres de sus pecados”, leemos en el libro de los Macabeos (2 Mc 2,12). Siguiendo esta recomendación, los cristianos ya desde los orígenes de la Iglesia han pedido por los difuntos.

Al orar por los difuntos hacemos profesión de nuestra fe en la vida eterna, de nuestra esperanza en un futuro reencuentro con ellos junto al Padre Dios y de nuestra confianza en la misericordia de Dios, necesaria para que quienes han muerto sean purificados de sus faltas.

Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi ha escrito bellas palabras sobre el purgatorio, ese estado en el que se encontrarán muchos hombres tras el transito de la muerte. Dice el Papa que puede haber personas que hayan vivido pisoteando el amor y que en ellos ya nada se podrá remediar; en ellos la destrucción del bien será irrevocable, será el infierno. Otras personas se habrán impregnado totalmente de Dios y su muerte no será más que la culminación de su vida terrena en el cielo; son esa multitud inmensa de santos anónimos que recordamos en la Fiesta de Todos los Santos y a quienes pedimos que intercedan por nosotros.

Pero, sigue diciendo el Papa, “según nuestra experiencia, ni lo uno ni lo otro son el caso normal de la experiencia humana. En gran parte de los hombres -eso podemos suponer­- queda en lo más profundo de su ser una última aper­tura interior a la verdad, al amor, a Dios. Pero en las opciones concretas de la vida, esta apertura se ha empañado con nuevos compromisos con el mal; hay mucha suciedad que recubre la pureza, de la que, sin embargo, queda la sed y que, a pesar de todo, rebrota una vez más desde el fondo de la inmundicia y está presente en el alma”.

Quienes mueren así pasan por una purificación ante Dios Juez. Dicha purificación comporta dolor y alegría. Dolor porque quema lo impuro que hay en ellos, y alegría porque sabemos que van a ser total­mente de Dios. Nosotros podemos y debemos pedir por esas personas. Es lo que hace la Iglesia, es lo que hacemos los creyentes cristianos.

Nuestra oración expresa nuestra esperanza. No conocemos el resultado directo de nuestra oración, pero no podemos dejar de confiar. Dios es bueno para los que esperan y confían en Él, para quienes lo buscan de corazón. En el Evangelio se nos habla de las estancias que hay en la casa del Padre. Aluden a un designio de Dios. En su misericordia nos ha pensado junto a Él para siempre. Por eso rezamos con fe por nuestros difuntos. Dios no abandona a ninguno de sus hijos. Somos conscientes de que el pecado nos hace indignos ante Dios, pero también que El ha ideado maneras justas y misericordiosas para que pueda realizarse su salvación en nuestros difuntos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Recuperar el rezo del Rosario

Queridos diocesanos:

Muchas parroquias celebran en este mes de Octubre la Virgen del Rosario. De inmediato viene a nuestra mente la oración del Rosario. Pero ¿es el Rosario algo trasnochado? Ciertamente que no.

Al presentar el Plan diocesano de Pastoral exhortaba a mirar a Cristo, a centrarnos en El para caminar tras Él. Cristianos y comunidades cristianas precisamos avivar y profundizar la fe y la vida cristianas. Y esto lo hemos de hacer basados en un conocimiento sapiencial de Cristo, de su Persona, de su Misterio y de su Evangelio, que nos lleve a seguir e imitar al Señor en el camino hacia la santidad.

No cabe la menor duda que el rezo sosegado y devoto del Rosario es una oración que nos lleva a contemplar el rostro de Cristo. Recitar el Rosario es en realidad contemplar con María el rostro de su Hijo. El Rosario es una oración sencilla y profunda a la vez. Rezado con fe y devoción nos lleva al encuentro con Cristo, con sus palabras y con sus obras de Salvación a través de los misterios de gozo y de luz, de dolor y de gloria. Desde los misterios del Rosario llegamos al Misterio del Hijo de Dios. Su rezo se encuadra perfectamente en el camino espiritual de nuestra Iglesia diocesana, llamada a vivir la comunión y la misión del anuncio del Evangelio con la mirada, la mente y el corazón puestos en el Señor.

Para llevar a cabo su misión, nuestra Iglesia necesita dejarse evangelizar en sus miembros y en sus comunidades. El rezo del Rosario nos lleva a Cristo y al Evangelio. María nos lleva siempre a su Hijo. En su rezo podemos aprender de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la hondura y la anchura de su amor desde todo el Evangelio. Pues el Rosario es una oración profundamente evangélica. No sólo los misterios, sino que también las mismas oraciones principales están tomadas del Evangelio.

Al comienzo de cada misterio oramos con las mismas palabras con que Jesús enseño y mandó orar a sus discípulos: el Padrenuestro. En cada Avemaría nos dirigimos a la Virgen, con las palabras de saludo del ángel Gabriel en la Anunciación y de alabanza gozosa de su prima Isabel en la Visitación; y con la Iglesia pedimos su intercesión en el presente y en el paso definitivo a la vida eterna. Al finalizar cada misterio, la oración se hace invocación y alabanza al Dios Uno y Trino, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En verdad: el rosario es un verdadero ‘compendio del Evangelio’, como lo llamaron Pío XII y Pablo VI.

El Rosario es fuente de gracia y de santidad para todos. Nos abre y dispone a la gracia de Dios. Es fuente de comunión con Dios mediante la comunión vital con Cristo en la contemplación de sus misterios; y es fuente de comunión con los hermanos en Cristo por medio de Maria al ofrecer su rezo por alguna necesidad propia o ajena.

Es preciso que recuperemos el rezo del Rosario en nuestra Iglesia diocesana: en privado o en grupo, en parroquias y comunidades, y, -¿por qué no?- también en las familias. Una familia que reza unida, permanece unida. Su rezo no puede mecánico y distraído; pero su práctica defectuosa no debe llevar a su supresión, sino a su purificación.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón