Oración y compromiso por la vida humana

Queridos diocesanos:

Durante este año, ya a punto de concluir, hemos orado en toda la Iglesia en España por el respecto, la acogida y la defensa de la vida humana. Seguíamos así la invitación de Juan Pablo II en la Evangelium Vitae: allí pedía que “en cada comunidad cristiana, con iniciativas extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, Creador y amante de la vida”. Terminado este año, hemos de seguir orando; es más, hemos de intensificar la oración por la vida humana. Nuestra oración hecha con fe y confianza, con insistencia y perseverancia dará su fruto, porque Dios es un Dios de vida y no de muerte. Aunque a veces ante los poderes de este mundo nos parezcamos a David frente a Goliat, nuestra fe en el Dios de la vida nos asegura que al final triunfará el bien sobre el mal, la vida sobre la muerte.

Ante el incremento de la ‘cultura de la muerte’ en el proyecto de ley de ampliación del aborto, que se ha radicalizado con el voto de las minorías a cambio de compensaciones económicas, vienen a mi mente unas palabras de Juan Pablo II en 1997: “Una nación –decía el Siervo de Dios- que mata a sus propios hijos es una nación sin futuro. Es necesaria, por consiguiente, una movilización general de las conciencias y un esfuerzo ético común, para hacer realidad la gran estrategia de la defensa de la vida”. ¡Qué sinceras y actuales son estas palabras aplicadas a la realidad española de hoy!

Los católicos no podemos callar ni mirar hacia otro lado ante el número creciente de abortos, la ampliación de su despenalización y otros muchos ataques contra la vida humana. Es urgente nuestro compromiso efectivo en la promoción, acogida y defensa de toda vida humana: esta es la base de una sociedad verdaderamente humana y de un progreso verdaderamente humano. No se trata de imponer una perspectiva de fe, sino de defender los valores propios e inalienables de todo ser humano, accesibles a la recta razón, que el Estado ha de respetar y hacer respetar. Este compromiso ha de ser personal, de nuestras familias, de nuestras comunidades, de toda nuestra Iglesia diocesana. Es urgente además la formación de nuestros fieles en la doctrina moral de la Iglesia sea en catequesis, en clases de religión, en cursos de formación u en homilías; la situación nos llama a exponer con total integridad la doctrina moral de la Iglesia católica sobre el Evangelio de la vida, para comprender, razonar y aceptar el valor de toda vida ante la propaganda abortista.

La vida de todo ser humano, en cualquier fase de su desarrollo, desde su fecundación hasta su muerte natural es inviolable. La acogida, el respeto y la defensa de toda vida humana es la primera expresión de la inviolabilidad de la persona humana; es ésta una afirmación que se puede descubrir por la mera razón; para los creyentes es además reflejo de la inviolabilidad de Dios, creador y dueño de toda vida humana.

Como decíamos los Obispos españoles al final de la última Asamblea Plenaria, “los  católicos estamos por el ‘sí’ a la vida de los seres humanos inocentes e indefensos que tienen derecho a nacer; por el ‘sí’ a una adecuada educación afectivo-sexual que capacite para el amor verdadero; por el ‘sí’ a la mujer gestante, que ha de ser eficazmente apoyada en su derecho a la maternidad; por el ‘sí’ a leyes justas que favorezcan el bien común y no confundan la injusticia con el derecho”.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración cristiana de la Navidad

Queridos diocesanos:

 Se acerca la Navidad, en la que celebramos el nacimiento en la historia del Hijo de Dios. Recordar esta obviedad es hoy necesario ante la pérdida del sentido propio, originario y profundo de la Navidad. Los mismos cristianos nos dejamos con harta frecuencia contagiar por el ruido exterior y el consumismo de estos días, o por el silenciamiento cada vez mayor del sentido cristiano de la Navidad, como lo demuestran los adornos anodinos y las tarjetas sin motivo religioso alguno, al uso.

De otro lado, de modo consciente y diseñado, aumenta, y cada vez con más fuerza, la voluntad de borrar el sentido cristiano de la Navidad excluyendo el belén y los villancicos de lugares públicos; se argumenta que son lugares laicos, interpretando la Constitución según el propio deseo de imponer a una sociedad plural, también a los católicos creyentes, el laicismo como religión de Estado. A esto se añade ahora el acuerdo, de momento aplazado, de prohibir los crucifijos en la escuela lo que impondría incluso a las escuelas católicas la obligación de esconder o negar su propia identidad. Son signos, que so capa de tolerancia ante el pluralismo religioso, muestran la cristofobia, que se promueve en España y en Europa y que contrasta con el trato exquisito de otras religiones.

Ante esta situación, los cristianos hemos de recuperar y fortalecer la celebración cristiana de la Navidad. Personal, familiar y comunitariamente hemos de centrar nuestra celebración en el Misterio que nos recuerda el Belén, y evitar todo derroche, todo dispendio y tantos otros excesos neopaganos.

En Navidad nace Jesús en Belén. El Niño que nace es el Hijo de Dios, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, el Salvador. Dios se hace hombre y viene a habitar entre nosotros. Dios se hace hombre, para que el hombre participe de la misma vida de Dios. Jesús nace pobre y nos enseña que la felicidad no se encuentra en la abundancia de bienes ni en el bienestar material, sino en el amor que nos brinda y contagia el mismo Dios. Jesús viene al mundo sin ostentación alguna. Dios se humilla para que podamos acercarnos a Él, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda ante la maravilla de su humildad, para que superemos nuestro egoísmo y nuestra soberbia. Dios se hace hombre por amor a todos los hombres y para encender nuestro amor hacia nuestro prójimo, en especial hacia el pobre, el necesitado, el no nacido, el anciano o el enfermo.

La venida del Señor no es un hecho sólo del pasado sino también del presente. Pero será así sólo si dejamos que Dios ‘llegue’ a nosotros. Cristo nace para que nosotros renazcamos a la vida de Dios. Este tiempo de Navidad pide de los cristianos una actitud contemplativa, de silencio y de adoración, de acogida y de acción de gracias, de celebración en familia y en la comunidad parroquial con la Eucaristía.  Nos pide contemplar el Misterio, celebrarlo, acogerlo, asimilarlo y confesarlo ante los hombres sin miedo. Si Cristo nace en nosotros, como ocurrió en María, nos convertiremos en Cristos vivos. Esto resistirá cualquier prohibición o imposición de eliminar a Dios, a Cristo y su Evangelio o la Navidad de la faz de nuestra tierra. Y esta será también la razón de nuestra alegría navideña.

Os deseo a todos una feliz y santa Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

María, Virgen y Madre de la Esperanza

Queridos diocesanos:

Con frecuencia observamos que en el hombre actual ha anidado el desencanto; el hombre de hoy, en efecto, está de vuelta de muchas grandes ilusiones y tiene miedo al futuro; se refugia en lo inmediato, en las satisfacciones a corto plazo, en lo material e intramundano; parece como si hubiera perdido la esperanza. En nuestro mundo hay signos claros de falta de esperanza, como son: la crisis del ‘nosotros’ y el culto del individualismo y del egoísmo que llevan a la pérdida de la solidaridad; o el relativismo como norma de vida, el consumismo exasperado, la llamada ‘cultura del placer’ o la crisis de confianza en el futuro que lleva a la crisis de la acogida de la vida humana, a la alarmante baja tasa de natalidad, al envejecimiento de la población o a la crisis de la familia. Ahí está también el nihilismo contemporáneo que corroe la esperanza en el corazón del hombre, induciéndolo a pensar que dentro de él y a su alrededor reina la nada: nada antes del nacimiento, nada después la muerte.

Entre nosotros avanza una forma de pensar y de vivir, instalada en el momento presente y cerrada a la trascendencia. También entre los cristianos hay una creciente crisis de fe en la vida eterna que es la única que hace a la existencia mundana realmente digna de ser vivida. Esto se traduce en un individualismo carente de comunión eclesial y de práctica sacramental. Muchos cristianos se conforman con una religiosidad ambigua, sin una referencia personal al Dios verdadero, a Jesucristo y a la comunidad eclesial; otros se alejan silenciosamente, atenazados por el miedo ante el hostigamiento de la fe cristiana y de la Iglesia, o se dejan arrastrar por la moda del agnosticismo.

En realidad, si falta Dios, desaparece la esperanza. En este tiempo de Adviento podemos recuperar a Dios de manos de María, la Virgen y Madre de la Esperanza; de sus manos podemos también recuperar y fortalecer la belleza y la profundidad de la esperanza cristiana, acogiendo a Dios en Cristo Jesús, nuestra Esperanza. Esto es lo que desean también las parroquias de la Ciudad de Onda con la celebración de un Año mariano, dedicado a la Virgen de la Esperanza.

En el Adviento nos hemos de preparar para acoger al ‘Enmanuel’, al Dios-con-nosotros, que nos nace en la Navidad, eliminando de nuestra vida todo lo que impide que Dios venga a nosotros. A ello nos ayuda la Virgen, modelo para todo creyente. María es la Virgen de la Esperanza porque creyó en las palabras del Ángel y porque esperó en el cumplimiento de su promesa. María es además la Madre de la Esperanza porque es la Madre de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. Él es nuestra esperanza (1 Tim 1,1).

Jesucristo ya ha traído la plenitud de la vida en Dios a los hombres y nos emplaza a recibirlo con fe y a mantenernos fieles y firmes en la fe ‘hasta que El vuelva’. Se trata de una fe y de una esperanza, gozosas, seguras y exigentes, que arraigan en el amor incondicional de Dios, que huyen de los optimismos frívolos, que llevan al compromiso y tienden hacia la plenitud del final de los tiempos, el momento definitivo de Dios.

El mensaje central de nuestra fe es que Dios ama y no abandona nunca a nuestro mundo; muestra suprema de ello es que ha enviado a su Hijo, el  Emmanuel, el ‘Dios con nosotros’, el Salvador. Jesús, con su nacimiento en Belén, ha iniciado ya el mundo nuevo, la vida nueva del hombre en Dios: en Él se realizan las promesas de Dios y las esperanzas humanas. María nos da a Cristo y nos conduce hacia Él; ella es el camino seguro para encontrarnos con Cristo, nuestra esperanza.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La Inmaculada, Buena Noticia para la Humanidad

Queridos Diocesanos:

Nos disponemos a celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María de tan arraigada tradición en toda nuestra Diócesis como en toda España.

La Inmaculada Concepción nos recuerda que María, elegida para ser la Madre del Salvador, ha sido agraciada por Dios con dones a la medida de su misión tan importante de ser la Madre del Hijo de Dios. La Virgen fue preservada de toda mancha de pecado original desde el instante mismo de su concepción para ser la digna morada del Señor. En la Madre de Jesús, Dios obra maravillas: es llamada a la existencia llena de gracia, llena del amor de Dios.

La Inmaculada nos muestra el verdadero rostro de Dios, que es amor, y que crea por amor y para la vida en su amor. La perfecta santidad de María se debe al Hijo que concebirá en su seno. En ella se realiza de modo anticipado y perfecto la obra de salvación de Jesucristo: fue preservada del pecado original, y creada llena de gracia y de santidad desde siempre “en vista de los méritos de Jesucristo, salvador del género humano”. En la Virgen María se manifiesta por vez primera el plan divino de Salvación trazado por el amor misericordioso de Dios “antes de la creación del mundo” para todos.

María responde al amor de Dios hacia ella con su fe confiada y su entrega total a Dios. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según palabra” (Lc 1,38). María vive toda su existencia desde la verdad de su persona, que ella descubre sólo en Dios y en su amor. La Virgen es consciente de que ella es nada sin el amor de Dios, y que la vida humana sin Dios solo produce vacío en la existencia. Ella sabe que la raíz de su existencia no está en sí misma, sino en Dios, que está hecha para acoger el amor y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. En María, Dios dice Sí al hombre y la mujer dijo Sí a Dios. María, aceptando su pequeñez, se llena de Dios, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha.

Por ello, la Inmaculada es también la fiesta de los creyentes. Por su fe, María es la madre y modelo de todos los creyentes. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe y la vida en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23).

La  misma humanidad comienza a decir sí a la salvación que Dios le ofrece con la llegada del Mesías. Ella es la primicia de la humanidad redimida. La “plenitud de gracia”, que para María es el punto de partida, es la meta para todos los hombres, que acogen en fe el amor de Dios; Dios nos ha creado “para que seamos santos e inmaculados ante él” (Ef 1, 4). La Purísima es así Buena Noticia para la humanidad. En ella. Dios, dador de amor y de vida, irrumpe en la historia humana. Dios no deja a la humanidad aislada y en el temor. Dios busca al hombre y le ofrece vida y salvación. La Inmaculada recuerda a todo hombre que Dios lo ama de modo personal, que quiere sólo su bien y lo busca con un designio de gracia y misericordia.

En un mundo con miedo y sin esperanza ante el futuro, la Inmaculada nos ofrece un mensaje de amor y de esperanza. En un contexto que invita a prescindir de Dios y a erigirnos en dioses, a suplantar a Dios y hacer del hombre la única fuente y meta de todo, también del bien y del mal, María Inmaculada nos llama a abrirnos al misterio de Dios y a acogerlo con fe. Solo en Dios y en su amor está la verdad del hombre. Sólo en Dios lograremos desarrollar lo mejor que hay en nosotros.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Tiempo para la esperanza

Queridos diocesanos:

Con este primer domingo de Adviento entramos en el tiempo de cuatro semanas que nos prepara inmediatamente para la fiesta de la Navidad, memoria de la encarnación de Cristo en la historia. Pero el mensaje espiritual de Adviento es más profundo y nos proyecta hacia la vuelta gloriosa del Señor, al final de nuestra historia. Esta doble perspectiva hace del Adviento el tiempo de la alegría y de la esperanza.

Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi señala que el hombre tiene diferentes esperanzas en las diver­sas épocas de su vida, unas más grandes y otras más pequeñas; “sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una espe­ranza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar”. De esta gran esperanza, que es Dios, nos habla el tiem­po de Adviento.

En este sentido, este tiempo nos ofrece una gran oportunidad para redescubrir lo que verdaderamente esperamos, lo que realmente puede hacernos felices. Al final del Adviento contemplaremos a Dios que se hace hombre en el misterio de la Navidad. En Jesús, Dios mismo, nuestra verdadera esperanza, se hace carne y nos mira con rostro humano. En Jesús, comprenderemos cómo somos amados por Dios y cómo hemos de amar al prójimo.

La Iglesia nos exhorta a prepararnos para acoger a Dios, que viene a nosotros. En el anuncio apocalíptico de Jesús en el evangelio de este primer domingo de Adviento, todo el universo se conmueve y se anuncia la segunda venida de Jesucristo. Simbólicamente se nos dice que todo aquello en lo que tenemos puesto nuestro corazón de una manera desordenada debe ser apartado, porque impide acoger a Dios en nuestra vida y, en Él, al prójimo.

Cuando ponemos nuestra seguridad y nuestra esperanza en cosas caducas y éstas pasan o se tambalean, experimentamos ansiedad y angustia. En la tremenda crisis económica actual, muchas personas han experimentado esos síntomas al perder sus ahorros, no poder pagar su hipoteca o quedarse sin trabajo. En esas situaciones comprendemos mejor que sólo en Dios podemos poner nuestra esperanza, porque sólo Él es la realidad que no pasa nunca; sólo en Él podemos encon­trar un sentido perdurable y sólo desde su amor eterno y fiel podemos superar todas las pruebas y contrariedades.

En la espera del Señor, San Pablo nos propone un camino: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos”. Ciertamente para que la espe­ranza sea verdadera no puede desentenderse de los demás. El individualismo egoísta, tan extendido hoy, acaba siendo una fuente de desesperanza que conduce al hombre al vacío de la existencia.

Cuando vivimos con los demás, cuando amamos a los demás y nos comprometemos con ellos, de modo especial, con los que sufren o pasan necesidad material y espiritual, al igual que cuan­do nos dejamos amar por quienes nos rodean, se acrecienta la esperanza, porque el corazón se ensancha y se hace capaz de cosas más grandes. Amando al prójimo, señala Benedicto XVI, cada uno “abre también la mirada hacia la fuente de la alegría, hacia el amor mismo, hacia Dios”.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Cristo Rey: Testigo de la verdad

Queridos diocesanos:

En el último domingo del año litúrgico celebramos la Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Durante su Pasión, a la pregunta de Pilatos, “¿Con que tú eres rey?”, Jesús respondió: “Tú lo dices: soy rey” (Jn 18, 37). Pero su “reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). Por esta razón rechazó el título de rey cuando se entendía en sentido político (cf. Mt 20, 25). Cristo no vino a dominar sobre pueblos y territorios, sino a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado, de la mentira y de la muerte, y a reconciliarlos con Dios.

Jesús ha nacido y ha venido al mundo para ser testigo de la verdad (Jn 18, 37). La ‘verdad’ que Cristo vino a testimoniar en el mundo es que Dios es amor y que Dios nos ama. Está la verdad de Dios, del hombre y del mundo, de la que Jesús dio pleno testimonio con el sacrificio de su vida en el Calvario. La cruz es el ‘trono’ desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor: ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del ‘príncipe de este mundo’ (Jn 12, 31) e instauró definitivamente el reino de Dios. Este Reino se manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que todos los enemigos, y por último la muerte, sean sometidos. Entonces el Hijo entregará el Reino al Padre y finalmente Dios será “todo en todos” (1 Co 15, 28).

El camino para llegar a esta meta es largo y no admite atajos. En efecto, toda persona debe acoger libremente la verdad del amor de Dios. Dios es amor y verdad, y tanto el amor como la verdad no se imponen jamás: llaman a la puerta del corazón y de la mente y, donde pueden entrar, infunden paz y alegría. Este es el modo de reinar de Dios, este es su proyecto de salvación, un designio que se revela y desarrolla poco a poco en la historia (Benedicto XVI).

La realeza de Cristo no puede ser comprendida por quienes se aferran al poder de este mundo. También al confesar hoy la realeza de Jesucristo, los cristianos somos objeto de incomprensión o de burla escéptica, como lo fue Jesús por Pilatos. Su realeza va unida al amor por la verdad, que no siempre es cómoda. Hay una forma de ejercer hoy el poder que busca someter la verdad. Es el caso del totalitarismo, que “nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena iden­tidad, tampoco existe ningún principio seguro que garan­tice relaciones justas entre los hombres” (Juan Pablo II).

Al manipular la verdad, todo se enturbia. El fraude, el robo, la corrupción, la mentira, el aborto, la eutanasia y muchas otras formas injus­tas de tratar al hombre, de no reconocer su dignidad sagrada dejan de reconocerse como males. La verdad sometida y manipulada mantiene a los hombres en la esclavitud. Algunos experimentan la crueldad de esa situación, mientras otros, en el sueño de una aparen­te libertad, son esclavos de sus propias pasiones.

Jesucristo Rey, al liberarnos del pecado, nos capacita para ordenar toda nuestra vida y nuestras acciones según Dios, según sus mandamientos. Así, todo alcanza su verdad. Jesucristo es Rey y abre ante nosotros un nuevo horizonte de libertad, que vence el miedo ante todo poder humano. Dejemos que su reino se haga presente en medio de noso­tros. Sólo él puede liberarnos de todas las formas de tira­nía.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López  Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Sentirse Iglesia diocesana

Queridos diocesanos:

El Día de la Iglesia diocesana, que estaño celebramos Domingo, 15 de noviembre, nos invita a los católicos a sentirnos parte de ella para amarla de verdad. Nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón no es algo ajeno a cada uno de nosotros; es nuestra Iglesia, de la que formamos parte todos los católicos que vivimos en el territorio diocesano. Cierto que sentimos más cercana a nuestra parroquia, pero ésta no seria nada sin la Iglesia Diocesana, de la que es como un miembro en el cuerpo humano, a la que estar vitalmente unida si no quiere enfermar, languidecer y morir.

Con frecuencia los católicos acudimos a la Iglesia o a nuestra parroquia sólo cuando la necesitamos; una vez satisfecha nuestra necesidad la olvidamos y vivimos al margen de ella, de su vida y de su misión. No agradecemos tantos bienes recibidos de ella como son, entre otros: la fe en Jesucristo y su Palabra, su Eucaristía y los demás sacramentos, la educación en la fe y de la conciencia moral, la capacidad de amar a los demás y de sacrificarnos por ellos, el perdón de los pecados, la continua renovación de nuestras personas, la ayuda en la necesidad, el compromiso con nuestra sociedad y la esperanza de la vida eterna.

Otros se alejan de ella, de su fe y de su moral, de su vida y misión diciendo que se puede ser cristiano católico al margen de la Iglesia. ‘Creo en Jesucristo pero no en la Iglesia’, dicen. Craso error. Porque ¿cómo han llegado a Jesucristo, y a Dios, el Dios revelado por Él, y como se mantienen unidos a Él si no es en y por la Iglesia? La citada oposición es contraria a lo que profesamos en el Credo: “Creo en la Iglesia una, santa católica y apostólica”. Se olvida que la Iglesia misma es el Cuerpo de Cristo, de la cual Él es la Cabeza: y no se puede separar la Cabeza del resto del cuerpo.

Nuestra Iglesia diocesana es un don del amor de Dios. Hemos de saber amarla de corazón como a nuestra misma madre y familia. La Iglesia es querida y fundada por Cristo; y está permanentemente alentada por la presencia del Espíritu Santo para ser el lugar de la presencia del Señor, de su Evangelio y de su obra de Salvación entre nosotros. Quien se aleja de ella termina por desfallecer en su fe y vida cristiana.

Nos urge recuperar el amor a nuestra Iglesia, valorar y agradecer los bienes recibidos de ella. Es preciso sentir que somos parte de nuestra Iglesia, que la necesitamos y que queremos vivir en y con ella, comprometidos con su vida y su misión para que nuestra Iglesia acompañe y ayude a todos. Nuestro amor nos ha de llevar al compromiso con nuestra Iglesia: en la vivencia de la fe y vida cristianas, en la cooperación en su vida y tareas, y en el compromiso económico.

En estos momentos de profunda crisis económica, moral y espiritual, el acompañamiento y la ayuda de la Iglesia son de gran esperanza para una sociedad dolorida. Para que quienes acuden a la Iglesia buscando ayuda puedan encontrar en ella una respuesta adecuada, ha de disponer de los medios necesarios. La colaboración de los católicos y de los que valoran su labor es indispensable, también y precisamente en estos momentos de crisis. En estas circunstancias, nuestra la colaboración es, más que nunca, el termómetro de nuestro amor a la Iglesia y de nuestro compromiso eclesial. Todos tenemos que participar en la Iglesia y colaborar económicamente en su sostenimiento. Todos somos necesarios.

Con mi  afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fe en la vida eterna

Queridos diocesanos:

La Solemnidad de todos los Santos y la Conmemoración de todos los difuntos al comienzo del mes de noviembre nos introducen en ese tono de mirada hacia el final de la vida y hacia la muerte y, más allá de ella, hacia la vida eterna. Es una perspectiva que tiene este mes de noviembre en nuestra cultura cristiana.

Recuerdo cómo hace unos años una conocida actriz narraba su encuentro con un párroco anciano. Ella le preguntó: “¿De dónde saca Ud. fuerza para ser cristiano en medio de un ambiente cada vez más hedonista, materialista e indiferente?”. La respuesta de aquel sacerdote fue: “La fuerza para ser cristiano la encuentro al observar un mundo inquietantemente petulante y charlatán: vocifera, parlotea y se divierte mientras todo va bien. Sólo cuando uno muere, cesa en su afán; ya no tiene nada que decir y calla. Y al callar el mundo, es cuando yo anuncio un mensaje -que se confronta con las risas de un mundo arrogante-, y es que el hombre tiene una meta: la vida eterna”.

El mundo de hoy tiene necesidad de redescubrir el sentido de la vida y de la muerte en la perspectiva de la vida eterna. Fuera de ella, la cultura moderna, nacida para exaltar al hombre y su dignidad, se transforma paradójicamente en cultura de muerte. Sin el horizonte de Dios se encuentra como prisionera del mundo, sobrecogida por el miedo, y genera por desgracia muchas patologías personales y colectivas.

Que el hombre tiene por meta la vida eterna es lo que Jesús anuncia cuando los saduceos se enfrentaron a Él con la cuestión de la resurrección. Para los saduceos, el hombre era la única medida para explicar la realidad. Quien piensa y vive únicamente desde la perspectiva del hombre, de la materia y del presente, no puede entender ni creer en el anuncio la vida eterna y de la resurrección; hasta le parecerá ridículo. Pero esto ocurre sólo hasta que se topa con la dura e impenetrable realidad del misterio que envuelve la existencia del hombre y su destino.

Jesús nos dice que la vida eterna sólo se entiende en el horizonte de Dios, para quien todos los hombres están llamados a una vida sin fin y feliz, si viven con responsabilidad el presente haciendo el bien. Dios es Creador y Misericordioso, pero también Juez y Señor de la historia, que apela a nuestra responsabilidad y nos juzgará de nuestros actos. La esperanza en la vida eterna no es un soporífero para nuestra vida actual. Por el contrario, la fe en la vida eterna es el aguijón que espolea al creyente para hacer el bien según Dios, hasta llegar a la plenitud de la vida eterna.

Jesús mismo, muerto y resucitado, es nuestra esperanza. Él vivió nuestra vida humana con un amor y una entrega total a Dios y a los hombres. Él nos mostró a un Dios que es amor y vida. En su muerte en la Cruz vemos toda la fuerza, toda la grandeza del camino de Dios. Su muerte, ofrecida al Padre en expiación por nuestros pecados, acerca la humanidad a Dios: porque es una muerte fruto del amor total, definitivo, que sólo Dios es capaz de tener. Esta muerte, acogida por Dios, que le resucita de entre los muertos, se convierte en fuente de vida para todos. En su muerte y resurrección han quedado rotos los lazos de la muerte. Jesús vive, Jesús ha vencido a la muerte. Y todos, unidos a él por la fe y por las obras, podemos vivir, en este mundo y más allá de este mundo, su misma vida: vida de unión con Dios, vida eterna y feliz.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La santidad, la mejor inversión

Queridos diocesanos:

Toda la liturgia del Día de Todos los Santos nos habla de santidad. Los santos nos recuerdan que la fuerza del Espíritu Santo actúa por doquier; es una semilla capaz de arraigar en todas partes, que no necesita especiales condiciones de raza, de cultura o de clase social. Por eso esta fiesta es una fiesta de gozo: el Espíritu de Jesús ha dado, da y seguirá dando fruto, y lo hará en todas partes.

Todos esos hombres y mujeres anónimos, de todo tiempo y lugar, a quien recordamos en el Día de Todos los Santos tienen algo en común. Todos ellos “han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero”. Todos ellos han sido pobres de espíritu, hambrientos y sedientos de justicia, limpios de corazón y trabajadores de la paz. Porque en este día no celebramos una fiesta superficial; celebramos la victoria dolorosamente alcanzada por tantos hombres y mujeres en el seguimiento de Cristo Jesús por el camino de las Bienaventuranzas.

A todos les une la búsqueda y la lucha por una vida más fiel, más entregada a Dios y más dedicada al servicio de los hermanos y del mundo nuevo que quiere Dios. En este día de Fiesta, de alegría y de acción de gracias, celebramos que viven ya con Dios hombres y mujeres de todo tiempo, lugar y condición social, que han luchado esforzadamente en el camino del amor, que es el camino de Dios.

Con frecuencia pensamos que la santidad es una heroicidad propia sólo de algunos pocos. Pero no es así. La santidad es dejar que se desarrolle en nosotros la nueva Vida nueva de nuestro Bautismo, es vivir unidos a Cristo, es seguirle con fidelidad, es asemejarse a Él. Y esto vale también para nosotros: todo cristiano esta llamado e invitado a la santidad, a la amistad y unión con Dios. Es algo exigente, sin duda; porque es preciso tomarse en serio la condición de bautizados, de Hijos de Dios, de discípulos del Señor y de miembros de la Iglesia; y esto no es algo superficial, puntual o limitado a unos actos, tiempos o circunstancias; abarca a toda la persona y toda su vida.

Para saber cuál es el camino de este seguimiento, el camino de la santidad, el camino de la perfección, hemos de subir con los Apóstoles al monte de las Bienaventuranzas, acercarnos a Jesús y ponernos a la escucha de las palabras de vida que salen de sus labios. También Él hoy nos dice: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

El Maestro proclama bienaventurados y, podríamos decir, “canoniza” ante todo a los pobres de espíritu, es decir, a quienes tienen el corazón libre de prejuicios y condicionamientos, de soberbia y prepotencia, a quienes, por ello, están dispuestos a acoger a Dios en su vida y a cumplir en todo su voluntad. La adhesión total y confiada a Dios supone desprenderse y desapegarse de sí mismo, para dejarse llenar del amor de Dios.

Los santos se tomaron en serio estas palabras de Jesús; creyeron que su felicidad vendría de traducirlas y vivirlas en el día a día de su existencia. Y comprobaron su verdad en su vida: a pesar de las pruebas, de las sombras y de los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de vivir en comunión con Cristo. En Él descubrieron, presente en el tiempo, el germen inicial de la gloria futura del reino de Dios. Ellos nos muestran un camino posible para todos.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe.Castellón

Al servicio de la familia

Queridos diocesanos:

Celebramos con gozo el 10º Aniversario del Centro de Orientación Familiar. Este servicio diocesano ha ofrecido en estos años de existencia ayuda y orientación a un gran número de novios, matrimonios y familias.

El COF está integrado en la pastoral matrimonial y familiar de nuestra Iglesia Diocesana, que, además de la atención de las parroquias a novios, matrimonios y familias, cuenta con grupos y movimientos familiaristas y con la Delegación Diocesana de Pastoral familiar. De otra parte, en diversas zonas y parroquias se imparten cursillos prematrimoniales a los novios, y no podemos olvidar la atención a familias en necesidad por parte de Cáritas y otras instituciones eclesiales.

No obstante, en conversaciones privadas o en encuentros pastorales, la pastoral familiar es una de las cuestiones que encuentra mayor sensibilidad y preocupación.

Los sondeos sociológicos sitúan a la familia como una de las instituciones mejor valoradas. La familia actual muestra aspectos positivos, como una conciencia más viva de la libertad personal y una mayor atención a la calidad de las relaciones interpersonales en el matrimonio, a la promoción de la dignidad de la mujer, a la procreación responsable y a la educación de los hijos. Pero la acechan nuevos y graves problemas, como una equivocada concepción de la independencia de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades en la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas de la familia en la transmisión de los valores; el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto o la instauración mentalidad anticonceptiva.

La Iglesia mira a la familia, con esperanza y con preocupación, porque se trata de un bien muy importante para toda la humanidad, que se encuentra amenazado. Y es que la familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre nace y crece. El clima familiar es básico en el desarrollo de la personalidad y los hábitos de conducta; en ella la persona aprende a ser persona, y se enraízan los criterios y valores que orientan la vida futura.

La familia es una caja de resonancia de cuanto ocurre en la sociedad y se siente contaminada por una visión materialista, hedonista y secularizada de la vida. Se puede decir que la familia va dejando de ser, en general, religiosa y escuela de fe; y lo que se transmite en muchas no es la fe cristiana, sino indiferencia y silencio religioso. Es verdad que hay familias, que mantienen viva su identidad cristiana y se  preocupan por la educación de la fe de sus hijos. Pero hay otras en que lo religioso está ausente del hogar, aunque se siga pidiendo el bautizo del hijo, se solicite la primera comunión, la catequesis o la clase de religión.

Los desafíos pastorales son muchos. Pero el Señor nos empuja a acompañar y servir a la familia, “iglesia doméstica”, y a todos aquellos que descubren su vocación al matrimonio y la familia. Los padres, hoy más que nunca, tienen que velar porque la familia sea la primera escuela de actitudes y valores para los hijos, llamados a ser miembros activos de la Iglesia y ciudadanos solidarios de la sociedad.

El crecimiento de la identidad cristiana de las familias será un fermento inestimable en la Iglesia y en la sociedad, y una respuesta a la iniciación cristiana y la transmisión de la fe.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón