Tiempo para la esperanza

Queridos diocesanos:

Con este primer domingo de Adviento entramos en el tiempo de cuatro semanas que nos prepara inmediatamente para la fiesta de la Navidad, memoria de la encarnación de Cristo en la historia. Pero el mensaje espiritual de Adviento es más profundo y nos proyecta hacia la vuelta gloriosa del Señor, al final de nuestra historia. Esta doble perspectiva hace del Adviento el tiempo de la alegría y de la esperanza.

Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi señala que el hombre tiene diferentes esperanzas en las diver­sas épocas de su vida, unas más grandes y otras más pequeñas; “sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una espe­ranza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar”. De esta gran esperanza, que es Dios, nos habla el tiem­po de Adviento.

En este sentido, este tiempo nos ofrece una gran oportunidad para redescubrir lo que verdaderamente esperamos, lo que realmente puede hacernos felices. Al final del Adviento contemplaremos a Dios que se hace hombre en el misterio de la Navidad. En Jesús, Dios mismo, nuestra verdadera esperanza, se hace carne y nos mira con rostro humano. En Jesús, comprenderemos cómo somos amados por Dios y cómo hemos de amar al prójimo.

La Iglesia nos exhorta a prepararnos para acoger a Dios, que viene a nosotros. En el anuncio apocalíptico de Jesús en el evangelio de este primer domingo de Adviento, todo el universo se conmueve y se anuncia la segunda venida de Jesucristo. Simbólicamente se nos dice que todo aquello en lo que tenemos puesto nuestro corazón de una manera desordenada debe ser apartado, porque impide acoger a Dios en nuestra vida y, en Él, al prójimo.

Cuando ponemos nuestra seguridad y nuestra esperanza en cosas caducas y éstas pasan o se tambalean, experimentamos ansiedad y angustia. En la tremenda crisis económica actual, muchas personas han experimentado esos síntomas al perder sus ahorros, no poder pagar su hipoteca o quedarse sin trabajo. En esas situaciones comprendemos mejor que sólo en Dios podemos poner nuestra esperanza, porque sólo Él es la realidad que no pasa nunca; sólo en Él podemos encon­trar un sentido perdurable y sólo desde su amor eterno y fiel podemos superar todas las pruebas y contrariedades.

En la espera del Señor, San Pablo nos propone un camino: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos”. Ciertamente para que la espe­ranza sea verdadera no puede desentenderse de los demás. El individualismo egoísta, tan extendido hoy, acaba siendo una fuente de desesperanza que conduce al hombre al vacío de la existencia.

Cuando vivimos con los demás, cuando amamos a los demás y nos comprometemos con ellos, de modo especial, con los que sufren o pasan necesidad material y espiritual, al igual que cuan­do nos dejamos amar por quienes nos rodean, se acrecienta la esperanza, porque el corazón se ensancha y se hace capaz de cosas más grandes. Amando al prójimo, señala Benedicto XVI, cada uno “abre también la mirada hacia la fuente de la alegría, hacia el amor mismo, hacia Dios”.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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