¡En Navidad, nace Dios!

Queridos diocesanos

Es Navidad. Ante los intentos de ocultarlo y ante el riesgo de perder su sentido más genuino hay que recordar que en Navidad celebramos el nacimiento del Hijo de Dios en Belén. Os anuncio una gran alegría… hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11); estas son las palabras del ángel a los pastores aquella noche fría de Belén. Aquel Niño es el Mesías esperado, el Salvador de toda la humanidad, el Señor de tierra y cielo, de la historia y del universo.

Jesús nace en una familia pobre, pero rica en amor. Nace en un establo, porque para Él no hay lugar en la posada. Es acostado en un pesebre, porque no tiene una cuna. Llega al mundo ignorado de muchos, pero acogido por los humildes pastores.

Nace un Niño, que es el Hijo eterno del Padre-Dios, el Creador del cielo y de la tierra. En ese Niño se revela el misterio de Dios. Él es la Palabra de Dios, que existía desde siempre y ahora toma carne en un momento de la historia. Ese Niño es la revelación definitiva de Dios a los hombres. Jesús dirá más tarde, “el que me ve a mí, ve al Padre”. Ese Niño es el Emmanuel, el “Dios-con-nosotros”, que viene a llenar la tierra de la gracia y del amor de Dios, de su luz, de su verdad y de su vida. Dios se hace hombre para que, en Él y por medio de Él, todo ser humano pueda quedar sanado, redimido y salvado, pueda renovarse y alcanzar su plenitud. A quien lo acoge con fe le da la capacidad de participar de su misma vida divina, de ser hijo de Dios (cf. Jn 1,12).

Con la venida de Cristo, la historia humana adquiere una nueva dimensión y profundidad. Con él, Dios mismo entra en la historia humana, abraza totalmente la historia humana desde la creación a la parusía. El mundo, la historia y la humanidad recobran su sentido: no estamos sometidos a la fuerzas de un ciego destino o a una evolución sin rumbo. El destino de la humanidad no es otro sino Dios en Cristo Jesús.

En Navidad, Dios mismo se pone a nuestro alcance en el Niño de Belén. Y Jesús no es una ficción, sino un hombre de carne y hueso;  no es un mito ni una leyenda piadosa, sino alguien concreto, que provoca nuestra fe. Dios mismo sale a nuestro encuentro. Dios no es una idea ni un ser lejano, sino un Dios con nosotros, que está en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia personal y colectiva. Con Jesús, Dios pone su tienda en medio de la humanidad y se hace solidario con todos. Dios se hace nuestro prójimo y el prójimo deviene lugar de encuentro con Dios. Desde entonces el amor a Dios y el amor al prójimo no serán ya sino las dos caras de la misma moneda.

En Navidad nace Dios; y lo hace para todos los hombres, también para los hombres de hoy. Este Niño nos trae la salvación, el amor, la alegría y la paz de Dios para todos. El Niño Dios de Belén nos abre a todos el camino hacia Dios, y nos da la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios. A cuantos lo reciben les da el poder ser hijos de Dios, no por obra de la raza, sangre o nación, sino por la fe en su nombre (cf. Jn 1, 12).  Navidad es así la proclamación de la dignidad de todo ser humano. Porque el hombre sólo es digno de Dios y de su amor. La gloria de Dios es que el hombre viva (S. Irineo): somos  hechura de Dios, creados por amor y para el amor de Dios sin límites. Este es el fundamento de la verdadera dignidad de todo ser humano. Acojamos al Niño Dios. Que todos tengamos una feliz Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Cáritas nos necesita

Queridos diocesanos:

Cercana ya la Navidad, nuestra Caritas diocesana relanzaba por cuarto año la campaña extraordinaria ante  la crisis económica tan fuerte que sufrimos. El lema de este año, “Ante la crisis, ayudémonos”, es una llamada apremiante a nuestra conciencia cristiana. Nuestras Cáritas -diocesana, interparroquiales y parroquiales- están desbordadas ante el número creciente de personas y familias necesitadas. Cada día son más quienes se acercan en busca de alimentos, artículos de higiene, de dinero para la luz o el alquiler de vivienda, pero también para pedir ayuda humana, consuelo y orientación. “No llegamos a todos”, me dicen los responsables de Cáritas.

Antes de nada no puedo por menos de dar gracias de todo corazón a Dios por la generosidad mostrada hasta ahora por tantos fieles cristianos y por tantas otras personas de buena voluntad. Pero ante la situación persistente de la crisis econó­mica y sus efectos tan negativos para personas y familias tenemos que redoblar nuestro esfuerzo. Ante tanto sufrimiento no podemos quedarnos en la indiferencia o en el lamento. Como cristianos hemos de reaccionar y reforzar nuestro compromiso caritativo con los más pobres y necesitados. Si ‘la caridad de Cristo nos apremia’ siempre, más aún nos urge en estos momentos a compartir nuestros bienes con los más necesitados y a ofrecer parte de nuestro tiempo como voluntarios de Cáritas.

En el prefacio tercero de este tiempo del Adviento cantamos que el Señor viene a nosotros en cada hombre y en cada acontecimiento. Estas palabras nos recuerdan aquel pasaje evangélico en que Jesús al final de los tiempos llama benditos a los que dieron de comer al hambriento, de beber al sediento, o visitaron al enfermo o al encarcelado; a todos ellos les invitará a pasar al banquete de las bodas eternas. Porque –así dice Jesús- lo que hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis (cf. Mt 25, 31-46) Sí. El Señor viene hoy a nuestro encuentro en nuestro prójimo, y, en especial, en los necesitados de lo más elemental para supervivir, en los parados y en sus familias, en los que se sienten inútiles por  haber sido expulsados de la vida laboral o en los jóvenes que llevan años buscando un empleo.

El Papa nos recordaba hace unos días que la fe que se hace activa y comprometida en la caridad es el distintivo de los cristianos, y que organizaciones como Cáritas ayudan a la Iglesia a hacer más visible y creíble el amor que procede de Dios; ese amor que nos nace en Navidad. Este es el distintivo cristiano: la fe que actúa en la caridad. Cada uno de nosotros está llamado a dar su contribución para que el amor con el que Dios nos ama desde siempre y para siempre se convierta en vida, en fuerza de servicio y en conciencia de responsabilidad. Es una forma excelente de prepararnos para la Navidad y de celebrarla.

Tengamos un corazón sensible. Éste es un tiempo propicio para compartir. No olvidemos que hay más alegría en dar que en recibir. Ni las ideologías ni los sistemas salvarán al hombre. Lo que necesitamos son testigos del amor de Dios, que afronten la crisis como una oportunidad para hacer el bien, generar esperanza y construir una sociedad, basada en la verdad, en la justicia y en la verdadera humanidad. Salgamos de nosotros mismos y ayudemos a los que peor lo pasan.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La alegría cristiana del Adviento

Queridos diocesanos

De entre las actitudes que el tiempo de Adviento nos invita a vivir con intensidad, el tercer Domingo de este tiempo destaca la alegría. De hecho, este domingo se llama tradicionalmente “Gaudete” (alegraos) precisamente por el tono gozoso, presente en la Palabra de Dios de la liturgia de este día. Isaías anuncia el retorno del exilio de Babilonia como una gran noticia: Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos. Ante tal perspectiva la única reacción lógica es el entusiasmo: Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo. Se trata de la misma alegría y entusiasmo que María cantó en el Magníficat, por las maravillas que Dios ha obrado en su persona. Y san Pablo, en su primera carta a los cristianos de Tesalónica, nos exhorta: Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros.

Así pues, la actitud de espera y esperanza, de preparación allanando nuestros caminos al Señor que viene, y también de compromiso de dar testimonio de esta venida del Señor, han de ir acompañados de un tono gozoso y alegre. La razón de esta alegría es que el Señor, que ya ha venido, sigue viniendo cada día y vendrá al final de los tiempos, ha hecho obras grandes por nosotros; por ello hemos de estarle agradecidos y vivir esperanzados de que continuará haciéndose presente y actuando en nuestro mundo.

Decía Chesterton que “la alegría es el gigantesco secreto del cristiano”. Esta es una vieja verdad. Tan vieja como las cartas de S. Ignacio de Antioquía, que –incluso cuando ya se sabía trigo de Cristo próximo a ser molido en los dientes de las fieras- se dirigía a sus fieles deseándoles ‘muchísima alegría’.

En el mundo también hay alegría, es cierto; pero es una alegría que al final se demuestra siempre frágil y poco duradera, y no pocas veces superficial y falsa. La fuente de la perenne alegría cristiana brota de lo hondo: la alegría cristiana viene de ese fondo de serenidad que hay en el alma, que, aún en la mayor dificultad, en la más grave enfermedad y en la muerte, se sabe amada, acogida, acompañada y protegida por Dios en su Hijo, Jesucristo. Dios es eternamente fiel a su palabra y a su designio de amor por cada ser humano.

El motivo de nuestra alegría en el Adviento es que Dios está cerca y viene a nosotros como el Salvador, como el Libertador, como la Luz que ilumina nuestros caminos y como la Vida que perdura en eternidad. Esta es la raíz de nuestra alegría: hemos sido rescatados del poder del maligno y de la muerte para ser trasladados a un mundo inundado por la gracia, la vida y el amor de Dios. Dios se ha hecho de nuestra carne y de nuestra sangre, ha entrado en nuestra historia personal, familiar y colectiva, y camina con nosotros. María, su madre, es nuestra madre y su Vida es vida para el mundo. Somos pequeños, limitados, finitos y llenos de defectos; pero gracias al Hijo de Dios, que nace en Belén,  puede resplandecer en nosotros el poder, la misericordia y el amor de Dios.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

María, la Virgen del Adviento

Queridos diocesanos:

María, la Madre del Hijo de Dios y Madre nuestra, que siempre nos acompaña en nuestra vida, lo hace muy especialmente en el Adviento. En este tiempo, la liturgia la recuerda diariamente. Además la contempla muy especialmente en la Solemnidad de la Inmaculada, en que, con la Concepción Inmaculada de María, celebramos la preparación radical a la venida del Salvador y el feliz comienzo de la Iglesia sin mancha ni arruga.

En esta fiesta recordamos que María fue preservada del pecado original desde el mismo instante de su concepción. Ella es el fruto primero y maravilloso de la redención realizada por Cristo. Alabamos a Dios, porque ha hecho maravillas en Maria: ella es la “llena de gracia” de Dios. Pero también contemplamos su belleza y su santidad por su fe, por su esperanza y por su amor a Dios y a los hombres. Porque María no permanece pasiva ante la plenitud de amor de Dios hacia ella, sino que responde con una fe y una confianza total en el Dios que la ha agraciado. María vive su existencia desde la verdad de su persona, que sólo la descubre en Dios. Como criatura de Dios, María sabe bien que nada es sin el amor de Dios y que su vida sin Dios, como toda vida humana, sólo produce vacío existencial. María sabe que está hecha para acoger y para dar, para hacerse ‘donante del don donado”. María sabe que la raíz y el destino de su existencia no están en sí misma, sino en Dios; Él es su esperanza; por ello vivirá siempre en, para y hacia Dios. Ella no es sino la hija predilecta del Padre, signo de la ternura de Dios.

María abre su mente y su corazón a Dios; acogiendo con humildad su pequeñez, se llena de Dios. Así se convierte en madre de la libertad y de la dicha. Movida por la fe y el amor, María acepta y acoge la Palabra de Dios en su corazón y acoge al Verbo mismo de Dios en su seno virginal y pone su vida enteramente en Dios, a su servicio y el de la salvación del género humano. “Hágase en mi según tu Palabra”, es su respuesta. María dice sí a la vida, dice sí al amor, a la gratuidad, a la esperanza, a la fortaleza, a la fe, a la paciencia, a lo eterno.

María, la Virgen del Adviento, que se preparó de modo singular a la vendida del Hijo de Dios, nos enseña a vivir el Adviento. Por su fe en Dios, María es la madre y modelo de todos los creyentes. Dichosa por haber creído, nos muestra que la fe es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23). En María, la Iglesia y los cristianos tenemos nuestra imagen más santa. Con María, la humanidad, representada en ella, comienza a decir sí a la salvación que Dios le ofrece con la llegada del Mesías. María es la madre de la esperanza, ejemplo y esperanza para cada uno de nosotros y para la humanidad entera. En ella ha quedado bendecida toda la humanidad. María es buena noticia de Dios para la humanidad. En ella, Dios, dador de vida, irrumpe en la historia humana; Dios no deja sola y abandonada a la humanidad; Dios ama a los hombres, nos llama a su amor, nos bendice y nos ofrece salvación.

Abramos como María nuestra mente y nuestro corazón a Dios y a su amor. María nos ofrece un mensaje de amor y de esperanza en una sociedad que debe despertar para no abandonar los valores, basados en Dios. En Cristo Jesús es posible el amor y la comunión con Dios, entre los hombres y entre los pueblos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Tiempo para avivar la esperanza

Queridos Diocesanos:

Este domingo comienza el tiempo litúrgico de Adviento. Señala el Catecismo de la Iglesia católica que “al celebrar anual­mente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza la es­pera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ar­diente deseo de su segunda Venida”. Nos preparamos para celebrar el nacimiento de Cristo, el Mesías, en quien se cumplieron las promesas del Antiguo Testamento. Y, a la vez, esperamos que se cumplirá todo lo que Jesús nos ha prometido. El Señor volverá y, entonces, quedará cumplido el tiempo de la historia y la Iglesia entrará en su plenitud.

Con Jesús, el Hijo de Dios, Dios ha entrado en nuestra historia y ha redimido a la humanidad. Por la encarnación del Hijo de Dios, por su muerte y resurrección, el reino de Dios ya está entre nosotros y a nuestro alcance, y avanza hacia la plenitud. El Adviento es el tiempo propicio para profundizar en nuestro deseo y en nuestra espera de que se realice en nosotros la redención que Cristo Jesús ya ha cumplido y nos ofrece en su Iglesia. Por ello oramos para que Dios nos ayude en nuestra necesidad de ver y sentir la promesa de salvación aquí y ahora.

Necesitamos avivar o reforzar la esperanza. Como nos dijo ya el beato Juan Pablo II, muchas personas están afectadas hoy por un oscurecimiento de la esperanza. Muchos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza; y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo. Se extiende el miedo a afrontar el futuro, a asumir compromisos duraderos, a adoptar decisiones de por vida, a abrirse al don de la vida.  El vacío interior y la pérdida del sentido de la vida atenazan a muchas personas. En la raíz de la pérdida de la esperanza está el intento de excluir de la vida a Dios y a su Hijo, Jesucristo.

Sin embargo, el hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, sin esperanza, se convertiría en insoportable. Con frecuencia, quien tiene necesidad de esperanza busca poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. La esperanza queda así reducida al ámbito intramundano; es una esperanza cerrada a Dios; una esperanza que se contenta con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica, con la felicidad de tipo hedonista, del disfrute del día a día y del consumismo, o la huida en el sexo, el alcohol o las drogas. Pero, al final, todo esto se demuestra al final ilusorio e incapaz de satisfacer la sed de felicidad infinita que el corazón del hombre continúa sintiendo dentro de sí.

Durante el Adviento, tiempo de deseo y de espera del Señor, estamos invitados a volver nuestra mirada y nuestro corazón a Dios, a escuchar su Palabra. Adviento nos recuerda que tenemos que estar listos para encontrar al Señor en todo momento de nuestra vida.  Adviento quiere despertar a los cristianos ante el riesgo de dormirse en la vida diaria, de entretenerse en el momento presente y de olvidar que estamos de camino hacia la casa del Padre, hacia la consumación de todo al final de los tiempos.

Pero,  ¿qué esperamos de la vida o a quién esperamos? ¡Dime qué esperas y te diré quién eres! En medio de nuestras oscuridades, de nuestras tristezas y secretos, de nuestras dificultades y enfermedades  abramos los ojos y tomemos conciencia de la presencia de Dios en el mundo y en nuestras vidas. El es la esperanza que no defrauda.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jesucristo, Rey del Universo

Queridos diocesanos:

Este domingo, el último del año litúrgico, celebramos la fiesta de Jesucristo, Rey del universo. Ya cuando el Ángel anuncia a María que Dios la ha elegido para ser la Madre del Hijo unigénito del Padre, Jesús es llamado “rey”; pero no en sentido terrenal, sino en sentido mesiánico; es decir, Jesús es el heredero del trono de David para un reino que no tendrá fin (Lc 1, 32-33). La realeza de Cristo permanece escondida durante su existencia en Nazaret. Más tarde, durante su vida pública, Jesús inaugura el nuevo reino, que “no es de este mundo” (Jn 18, 36); y, al final, lo realiza plenamente con su muerte y resurrección. Una vez resucitado, Jesús les dice a sus Apóstoles: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18): este poder brota del amor, que Dios manifestó plenamente en el sacrificio de su Hijo, y que está destinado a todos. El reino de Cristo es don ofrecido a los hombres de todos los tiempos, para que el que crea en el Verbo encarnado “no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

Cristo Jesús, dice de sí mismo: “Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 22, 13). Y el Concilio Vaticano II lo glosa con estas palabras: “El Señor es el fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones”. No caminamos hacia el caos, la destrucción o la nada. “Vivificados y reunidos en su Espíritu, peregrinamos hacia la consumación de la historia humana, que coincide plenamente con el designio de su amor: ‘Restaurar en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra’ (Ef 1, 10)” (GS n. 45). A la luz Cristo, centro de la historia, hemos de entender la condición de todo ser humano, su vocación y su dignidad, su origen y su meta. Esta es la misión de la Iglesia ayer, hoy y siempre: anunciar y testimoniar a Cristo, para que todo ser humano y el universo entero puedan realizar plenamente su vocación.

Cuando los judíos presentan a Jesús a Pilatos para que lo juzgue, éste le pregunta: “Pero, ¿tú eres rey?”.  Jesús le contesta: “Tú lo dices: Yo soy rey”. Esta misma pregunta brota actualmente en muchas personas, que buscan con sinceridad la verdad y el sentido último de  la vida. Cristo Jesús no deja a nadie indiferente. Quienes creen en El se sienten agradecidos y felices. Quienes no acaban de decidirse por Cristo, no están tranquilos. Y la respuesta de Jesús sigue siendo: “Sí, soy rey”. Pero lo es de forma muy especial. Su reino no es de este mundo. No tiene ejércitos. No pretende imponer su autoridad por la fuerza. No amenaza la soberanía de otros reinos. Jesús es Rey porque ha venido a este mundo para dar testimonio de la verdad, para vencer el pecado y la muerte, para instaurar el reino del amor y la vida, de la libertad, la justicia y la paz. Su realeza pasa por el convencimiento y el corazón. Su palabra es verdadera y se gana el corazón de todos los que la escuchan con buena voluntad.

En Cristo Jesús, descubrimos la verdad profunda de nuestra vida, la verdad de Dios para nosotros y de nosotros para Dios. Todos los que la escuchan de buena voluntad, la acogen en su corazón y se hacen discípulos suyos. El nos pone en el terreno de la verdad y de la vida, en el camino del amor y de la esperanza. El es el reino de la vida eterna. Lo vivimos ya en este mundo, pero lo desborda y llega hasta la vida eterna: la vida definitiva en la casa del Padre.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Somos Iglesia Diocesana: ¡Colabora con ella!

Queridos diocesanos:

El Papa Benedicto XVI, en la Homilía en la Misa conclusiva de la JMJ, nos recordaba que no se puede ser cristiano cada uno por su cuenta, sino sólo en el seno de la Iglesia, en comunión con ella. Y nos pedía que amemos a la Iglesia, que nos ha engendrado en la fe, que nos ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor.

La Jornada del Día de la Iglesia Diocesana quiere ayudarnos a los católicos precisamente a tomar conciencia de que pertenecemos a una diócesis determinada: en nuestro caso, a la Iglesia de Jesucristo en Segorbe-Castellón. Nuestra diócesis es una determinada porción de todo Pueblo de Dios, en la que se hace presente y opera la única Iglesia de Jesucristo. Las parroquias, por su parte, hacen que, en una determinada zona, los cristianos podamos vivir y celebrar nuestra fe de una manera mucho más concreta. Y ello sin perder nunca la referencia más inmediata a la diócesis y al Obispo y, a través de éste, a la comunión de todas las Iglesias particulares con el Santo Padre y con la Iglesia de Roma, que el Papa ha recibido el especial encargo de apacentar.

Nuestra Iglesia diocesana está encomendada al cuidado y a la atención pastoral del Obispo. Los sacerdotes son sus colaboradores necesarios en el anuncio de la Palabra de Dios, en la celebración de la Eucaristía y en la administración de los sacramentos y en la guía de las comunidades. Pero cada bautizado, por el sa­cramento del Bautismo, forma parte de la Iglesia diocesana, de su vida y de su misión. Con razón podemos decir y sentir que todos somos Iglesia diocesana, con variedad de vocaciones y de ministerios, pero una única misión.

Hemos de cultivar el sentido de nuestra pertenencia y de nuestro amor a la Iglesia diocesana; hemos de implicarnos más en sus tareas pastorales y en su sostenimiento económico. Nuestra Iglesia espera la colaboración personal de todos nosotros. La mayoría de las acciones pastorales las llevan a cabo voluntarios; así los miembros de los consejos de pastoral o de economía, los catequistas de niños, jóvenes o adultos, los voluntarios de Cáritas, los visitadores de enfermos, los encargados de la limpieza de templos, lo cantores, etc. Entre todos hacemos posible el buen funcionamiento de las parroquias o diócesis. A todos se nos pide nuestro compromiso.

La Iglesia necesita, también, nuestra colaboración eco­nómica. La parte más importante del sostenimiento económico de la Iglesia son las aportaciones voluntarias de los católicos, sea mediante la asignación tributaria para la Iglesia en la declaración anual de la renta sea mediante donativos y colectas. Por un camino o por otro, la Iglesia siempre se ha financiado en su mayor parte con las donaciones de los fieles. La mejor forma de colaborar es con una aporta­ción periódica personal o familiar, abonada por domiciliación bancaria. La cuantía dependerá de la situación económica familiar y de la generosidad de sus miembros. Soy consciente de la grave crisis económica que padecemos. Pero nuestra Iglesia te necesita. Y te necesitan tantos y tantos que acuden a la Iglesia en estos momentos de crisis. Colabora con tu Diócesis, ¡Sé generoso en la colecta de este día! Muchas gracias. ¡Que Dios te lo pague!

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Los laicos en la vida pública

Queridos diocesanos:

En el presente curso queremos promover la presencia de los laicos católicos en la vida pública. Ya el Concilio Vaticano II enseña que los fieles laicos, incorporados a Cristo por el bautismo, forman parte de la Iglesia y están llamados a participar, según su condición, en la misión evangelizadora de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo. El Concilio ha subrayado, a la vez, que el carácter peculiar de la vocación de los laicos es “buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. A ellos de manera especial les corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor” (LG 31).

El compromiso evangelizador de los laicos en la vida pública no se reduce a la política; abarca también el ámbito social, la economía, la cultura, las ciencias y las artes, la vida internacional, los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional o el sufrimiento. Cuantos más laicos haya impregnados del Evangelio, responsables de estas realidades y comprometidos en ellas, competentes para promoverlas y conscientes de que es necesario desplegar su plena capacidad cristiana, tanto más se irá implantando el Reino de Dios y se extenderá la salvación de Cristo.

Punto de partida irrenunciable para poder llevar a cabo su compromiso específico es que el fiel laico viva la novedad de la vida cristiana que dimana de su Bautismo y la llamada universal a la santidad. A partir de una vida cristiana intensa de fe, alimentada en la oración, en la Palabra de Dios, en la Eucaristía y en el sacramento de la Penitencia, el cristiano puede y debe crear un mundo diferente, purificado, humanizado y santificado por la acción del Espíritu Santo. Desde la belleza y el gozo de su vida redimida y enriquecida por los dones de Dios, el cristiano puede y debe hablar de lo que ha recibido: del Señor Jesucristo y del amor del Dios Padre que son el origen y la riqueza de su vida; y sobre todo, deberá plasmarlo en su actividad cotidiana.

Toda la fuerza apostólica del cristiano descansa en la conversión personal, la renovación evangélica y la formación permanente. El Evangelio, la gracia de Dios, la acción de Cristo y de su Espíritu actúan siempre de dentro a fuera, cambiando la intimidad de la persona, sus actitudes de fondo, ideas y criterios, y su comportamiento. La primera transformación de la realidad que los cristianos debemos procurar es la transformación de la propia vida, las actitudes, los deseos y las aspiraciones. Las estructuras, las relaciones, las actividades de los hombres, toda la realidad social es proyección y expansión de esta realidad propia del ser personal de cada uno.

Hoy, ante un ambiente pagano y hostil al cristianismo, así como ante las proclamas del laicismo radical que quiere eliminar injustamente del ámbito público cualquier manifestación religiosa, los laicos han de superar el miedo a vivir su ser cristiano, a confesarse y a comportarse como tales en todos los momentos de la vida. Como Iglesia no podemos dejar de evangelizar. Lo hacemos por fidelidad al mandato de Jesús. Nos urge la caridad de Cristo hacia todos y todo.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Llamados a la santidad

Queridos diocesanos:

En la Solemnidad de todos los Santos, la Iglesia nos invita a celebrar el gozo celestial de todos los santos. Son una muchedumbre innumerable: son los santos reconocidos de forma oficial, pero también los innumerables santos anónimos de todo tiempo y lugar, que han acogido a Dios y su amor, su amistad y su vida, y se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina en su vida terrenal.

San Bernardo, en una homilía sobre el Día de todos los santos, dice: “Nuestros santos no necesitan nuestros honores y no ganan nada con nuestro culto. Por mi parte, confieso que, cuando pienso en los santos, siento arder en mí grandes deseos”. El significado de la fiesta de todos los santos consiste, pues, en que, al contemplar su ejemplo, se suscite en nosotros el gran deseo de ser como ellos: felices por vivir en Dios, en su amistad y en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir en Dios y con Dios, es decir vivir en su amistad y en su familia.

Todos estamos llamados a la santidad. No es cosa para unos pocos elegidos. Nos lo ha dicho muchas veces la Iglesia. De una manera especial lo recalcó el concilio Vaticano II. Pero, ¿cómo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios? Para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Para ser santo es necesario, ante todo, recuperar a Dios en nuestra vida, creyendo y confiando plenamente en Él; es necesario dejar a Dios el lugar que le corresponde para que en cada ser humano, creado ‘a imagen de Dios’, brille la imagen divina. Los cristianos, por el bautismo, somos hijos suyos, participamos ya de su misma vida, de su amor, de su gracia y de su amistad. Es una vida nueva que pide ser acogida, y madurar y crecer en el encuentro personal con Cristo Jesús, la adhesión a Él, la acogida de su Palabra y de sus Sacramentos, el seguimiento de Jesús en el seno de la Iglesia y el vivir en el día a día el mandamiento nuevo del amor a Dios y al prójimo y el sendero de las bienaventuranzas, sin desalentarse ante la dificultad.

La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo. Quien quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien se entrega, quien se pierde, encuentra la vida (cf. Jn 12, 24-25). Benedicto XVI ha dicho que la santidad consiste en dejar que Dios lleve nuestra carga. Es una forma de expresar la primacía de la gracia, pero también muestra la confianza de quien se sabe totalmente en manos de Dios. Los santos, dóciles a los designios divinos, han afrontado pruebas y sufrimientos, persecuciones y martirio. Han perseverado en su entrega, vienen de la gran tribulación y sus nombres están escritos en el libro de la Vida (cf. Ap 20, 12); su morada eterna es el Paraíso, la unión eterna y feliz con Dios.

Los santos son un estímulo a seguir el mismo camino y experimentar la alegría de quien se fía de Dios. Porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de Dios. La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos, porque, más que obra del hombre, es ante todo don de Dios. Dios nos ha amado primero y en Jesús nos ha hecho sus hijos adoptivos. Respondamos al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos. Acojamos su vida, su gracia y su amor con amor. Seamos santos. Y esto nos impulsará a amar también a nuestros hermanos.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

La alegría de la nueva evangelización

Queridos diocesanos

En el presente curso hemos incorporado la ‘nueva evangelización’ como tercer objetivo de nuestra acción pastoral. Lo hemos hecho por dos razones; por estar en unión y comunión con la Iglesia universal que se prepara para celebrar un Sínodo de los Obispos en Roma sobre este tema en Octubre del próximo año; y porque también nosotros sentimos la necesidad urgente de la nueva evangelización.

“Nueva evangelización” no significa ofrecer un “nuevo evangelio”, porque Jesucristo, Evangelio de Dios, es el mismo ayer, hoy y por los siglos (cf. Hb 13, 8, EN 7). Evangelizar es hoy y siempre anunciar a Jesucristo y su Evangelio; es decir, anunciar a las gentes de manera comprensible y creíble lo que Jesucristo nos comunicó acerca del ser último de Dios y sobre sí mismo, de su relación de amor entregado por nosotros y de todo lo que ello tiene que ver con el ser humano: su origen en Dios, el sentido y camino de la vida y el fin último al que está llamado, que no es otro que la vida eterna en Dios. Evangelizar es hacer presente en el mundo a Jesucristo y su obra salvadora para la humanidad; es hacer lo que hizo Jesucristo en su vida. Jesús anuncia e inaugura el Reino de Dios, su presencia, su gracia y su alianza de gracia y de misericordia con nosotros, la posibilidad de una vida reconciliada y enriquecida por los dones del Espíritu Santo en comunión con Él y con la Trinidad Santa.

Esta “nueva” evangelización supone una evangelización anterior, sin que incluya un juicio negativo respecto de ella. La evangelización a que se nos llama hoy es ‘nueva’ por la nueva situación cultural, especialmente en occidente, caracterizada por la exclusión de Dios, la indiferencia religiosa, la secularización de la sociedad, la mundanización de muchos bautizados. Esta nueva situación pide que el anuncio de Cristo y de su Evangelio se haga con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevo lenguaje. Lo requieren los signos de los tiempos, las necesidades de los hombres y de los pueblos de hoy, los nuevos escenarios que diseñan la cultura. Nueva evangelización significa, por lo tanto, promover una cultura más profundamente enraizada en el Evangelio y  descubrir al hombre nuevo que existe en nosotros gracias al Espíritu que nos ha dado Jesucristo y el Padre.

“La Iglesia existe para evangelizar”, nos recordaba Pablo VI. Esta es su misión y su tarea, su alegría y su dicha. Uno de los obstáculos para la nueva evangelización es la ausencia de alegría y de esperanza. La dura y difícil realidad pastoral genera a menudo desaliento y cansancio. La propaganda anticristiana y el ambiente adverso al cristianismo, ampliamente propiciado por las fuerzas laicistas (paganas), perece que nos hubiera tocado el alma a muchos cristianos y a no pocos pastores, catequistas, padres cristianos y profesores de religión. Nuestra fe se tambalea, nuestra esperanza se debilita y nuestra caridad pastoral se entibia  La nueva evangelización se presenta como una medicina capaz de dar nuevamente alegría ante los posibles miedos a la hora de evangelizar.

Recuperemos la dulce e importante alegría de evangelizar. Seamos ministros servidores de Cristo y del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido la alegría de Cristo y la fuerza de su Espíritu, y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios en la Iglesia y en el mundo.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón