Consagración de virgen de Mª Elena Domenech

Castellón, Sto. Tomás de Villanueva, 16 de mayo de 2009

Domingo VI de Pascua

(Is 60, 19. 62,1-5; Sal 40; 1 Jn 4,7-10; Jn 15, 9-17)

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

En menos de un año el Señor Resucitado nos convoca de nuevo en esta Iglesia parroquial de Santo Tomás de Villanueva para la consagración de una virgen: entonces era para la consagración de Juana, hoy lo es para la de Mª Elena. Es un nuevo don de Dios en nuestra Iglesia y para nuestra Iglesia diocesana, que ve así incrementado su Orden de las Vírgenes. Alabemos y demos gracias a Dios por esta nueva vocación a la virginidad consagrada. Es un signo más del Señor Jesús resucitado y de su presencia activa por su Espíritu en medio de nuestra Iglesia. Alegrémonos por este nuevo don, que refuerza nuestra esperanza. Cuando siguiendo las palabras del Salmista (40) nos acogemos a Dios y ponemos en él toda nuestra esperanza, nunca quedamos defraudados. Alabemos a Dios que hace brillar su rostro amoroso una vez más en medio de nosotros.

La vocación a la consagración virginal de nuestra hermana es obra del amor de Dios. “Dios es amor”, nos dice San Juan (1 Jn 4,8). Esta revelación del rostro de Dios no es una especulación; es la experiencia personal de Juan, testigo directo del amor de Dios manifestado en Cristo. Cada cristiano llega a serlo también cuando entra en la comunión con Dios en Cristo en su Iglesia, cuando experimenta su amor en la intimidad de su corazón. El amor no es algo para explicar. Dios ha revelado que es amor a través de sus obras, a través de su desmesurada caridad, mostrada de modo supremo en Jesucristo: porque Dios nos ama en desmesura nos ha dado a su mismo Hijo único, a su Hijo amadísimo, “para que vivamos por medio de Él” (1 Jn 4,9). El ser humano está necesitado de amor, sobre todo, del amor de Dios, para poder vivir y ser feliz.

El amor nace siempre en Dios. Dios, que es amor, es la fuente del amor. El Hijo, Jesús, se origina del Padre en un proceso de Amor, que es el Espíritu. Este amor en Dios es comunión plena de vida, es comunidad de personas, es trinidad de personas. Este Dios-amor nos llama a la vida por amor para hacernos partícipes de su amor intratrinitario, el único capaz de saciar nuestro deseo innato de felicidad. El signo más claro de ese amor por cada uno de nosotros, su encarnación, es Cristo Jesús. El es el camino del amor de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia él, porque él es la Vida. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo. Tanto nos amó Jesús que entregó su vida hasta la muerte por nosotros para que tengamos vida en abundancia. Jesús es el amor de Dios hecho rostro humano; él es la medida y el camino del amor de Dios.

San Juan, en la segunda lectura de este Domingo, nos recuerda: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación de nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). Estas palabras de Juan son aplicables a toda vocación cristiana, y también a tu vocación a la virginidad consagrada. Dios nos precede con su amor; el toma la iniciativa. Por el misterio Pascual de su Hijo, nos libera de la esclavitud del pecado, es decir, de nuestra incapacidad de acoger su amor; y, sobre todo, nos abre a la vida de comunión con Dios, nos hace ‘capaces’ de ser morada de Dios; nos capacita para ser de Dios y amar a Dios.

¡Cómo has experimentado tú, Mª Elena, este amor y la ternura de Dios en tu vida! El Hijo amado, que tiene una relación única con el Padre, es el que te ha introducido en la inefable circulación de amor que une, en la Santísima Trinidad, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Cierto que no han faltado pruebas y días de oscuridad en tu vida por la fragilidad de tu salud. Pero siempre has experimentado que el amor de Dios te acompañaba. Y tú, sintiéndote amada por Dios, le supiste responder con esas palabras tan tuyas: “De Dios soy” y te has entregado a él para su alabanza y para su gloria. Querías, eso sí, serlo y vivirlo en la intimidad. Pero el Señor te ha mostrado a través de su Iglesia que te llamaba a una consagración pública y solemne.

Sí. Dios te llama por medio de la Iglesia a sellar tu amor pleno y esponsal con Jesucristo mediante tu consagración pública y solemne. Dios, que se ha complacido en ti, desea desposarse contigo para que seas “corona de adorno en su mano” (Is 62, 3). El Señor desea atraerte más íntimamente a sí, para que, desposada con él, pongas su carisma al servicio de la Iglesia y de todos los hombres. Así podrás entregarte con más ahínco a la extensión del Reino de Dios para que la Buena Noticia, que Dios es amor y nos ama, llegue a todos.

Por medio de mi ministerio, el Espíritu Santo va a enriquecerte esta tarde con una nueva unción espiritual. Este mismo Espíritu te consagrará a Dios con un nuevo título, al elevarte a la digni­dad de esposa de Cristo, uniéndote con vínculo indisoluble al mismo Hijo de Dios.

El modelo de tu virginidad está en la persona, en la vida y en las palabras de Jesús. Jesús fue y vivió virgen. El fue así la traducción humana de Dios, que es amor: amor universal, sacrificado, enteramente desprendido y entregado. El, su vida y su palabra, es la encarnación máxima del amor de Dios y del amor a los hermanos. Tu consagración te capacita y te llama a seguir más de cerca a Cristo. Siguiendo sus huellas estarás más disponible para amar a Dios y a los hermanos, para una entera y exclusiva dedicación a las “cosas del Señor”.

Tu consagración virginal es un don de Dios en la Iglesia; en la Iglesia lo has descubierto y la Iglesia lo reconoce hoy. Y, es un de Dios nuestra Iglesia. Pero, como nos recuerda Benedicto XVI, la virginidad consagrada es “un carisma tan luminoso y fecundo a los ojos de la fe, como oscuro e inútil a los del mundo” (Discurso de 15 de mayo de 2008 a un grupo de vírgenes con ocasión del segundo Congreso ‘Ordo Virginum’)

A los ojos de la fe, ser virgen desposada con el Señor y renunciar por el Reino de los cielos al matrimonio, no es una renuncia al amor. Al contrario, es una forma de vivir el amor en sobreabundancia, como Cristo, tu Esposo. Quien acoge con generosidad y vive con fidelidad el don a la virginidad, vive también con radicalidad el amor a Dios y a los hermanos. Que haya en la Iglesia hombres y mujeres que por esta sobreabundancia de amor permanezcan vírgenes para radicalizarse en el servicio a Dios y a los hermanos es un gran don para la comunidad eclesial.

Los Padres de la Iglesia llaman Esposas de Cristo, propio de la misma Iglesia, a las vírgenes consa­gradas a Cristo. Y con razón, pues ellas prefiguran el Reino futuro de Dios, en donde nadie tomará marido ni mujer, sino que todos serán como los ángeles de Dios.

La virginidad no es algo que se pueda minusvalorar, o equiparar a cualquier otro proyecto. No es algo que haya que ocultar, ignorar o silenciar al pueblo cristiano por más que no se entienda en un mundo alejado de Dios, en un mundo utilitarista y que deshumaniza la sexualidad.

Jesús, en el Evangelio de hoy te dice como antaño a tus discípulos: no has sido tu quien me ha elegido; soy yo quien te he elegido y te he destinado para que vayas y des fruto, y tu fruto dure (cf. Jn 15, 16).

Procura, pues, hija amada, que toda tu vida concuerde con la vocación y la dignidad a la que has sido llamada y a la que eres consagrada. La Iglesia te considera como la porción más escogida de la grey de Cristo, pues por ti se manifiesta y crece su fecundidad. A ejemplo de María, la Virgen Madre de Dios, has de ser “esclava del Señor de nombre y de hecho, a imitación de la Madre de Dios” (Ritual, 29), entregando a Dios todo tu ser como la Virgen de Nazaret. ¡Que el Señor sea todo para ti, porque a Él has elegido por encima de todo! Tu carisma debe reflejar la intensidad, pero también la lozanía de los orígenes, del amor primero de nuestra Iglesia.

Tu consagración virginal no exige ningún cambio exterior particular. Permanecerás en tu propio ambiente de vida. Aunque no asumes las características específicas de la vida religiosa, sobre todo de la obediencia, tu carisma implica una entrega total a Cristo, una configuración con el Esposo, que requiere implícitamente la observancia de los consejos evangélicos, para conservar íntegra, fresca y creciente tu fidelidad al Señor (cf. Ritual, 47).

“Permaneced en mi amor”, dice Jesús a sus discípulos (Jn 15, 9). Para una virgen consagrada permanecer en el amor de Cristo pide interioridad y, al mismo tiempo, la impulsa a comunicarse con los hermanos. “Que tu vida sea un testimonio particular de caridad y signo visible del Reino futuro” (Ritual 30). ¡Que en tu vida personal irradie siempre la dignidad y porte externo de ser esposa de Cristo, que exprese la novedad de la existencia cristiana y la espera serena de la vida futura. Así, con tu vida recta, podrás ser estrella que orienta el camino del mundo. La elección de la vida virginal recuerda a las personas la transitoriedad de las realidades terrenas y la anticipación de los bienes futuros. Sé testigo de la espera vigilante y operante de la venida del Señor; sé testigo de la alegría, de la paz y de la seguridad, propia de quien se abandona al amor de Dios (Cf. Benedicto XVI, Discurso citado).

Viviendo en medio de este mundo, sábete siempre peregrina hacia el Reino, pues la virgen consagrada se identifica con la esposa que, juntamente con el Espíritu, invoca la venida del Señor: “El Espíritu y la esposa dicen: “¡Ven!” (Ap 22, 17).

¡Que Cristo, tu Esposo, sea, ya en la tierra, tu gozo! Así será también tu corona cuando te introduzca en su Reino, donde, siguiendo al Cordero dondequiera que vaya, cantarás eternamente un cántico nuevo por los siglos de los siglos. Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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