Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes

La Val d’Uxó, Parroquia de Ntra. Sra. de Lourdes, 11 de febrero de  2007

 

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor” (Sal 1,1-2). Al celebrar la Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, Titular y Patrona de ésta, vuestra parroquia, el salmista nos invita esta tarde a la confianza en Dios. Las palabras del salmista las aplicamos hoy a María, la Virgen de Lourdes: ella, la Virgen Madre Inmaculada, es la creyente por excelencia, que confió en Dios y se fió de las palabras del Ángel Gabriel. Su prima Isabel le dirá: “Dichosa tú porque has creído que en ti se cumplirán las palabras del Señor” (Lc 1, 48). María es la Madre de Dios, la morada de Dios entre los hombres, signo elocuente y especialísimo del amor de Dios hacia los humanos; en ella y a través de ella, Dios nos muestra su amor misericordioso, nos da su paz y nos ofrece su consuelo; ella nos muestra el camino de la fe y de la confianza en Dios.

Yo soy la Inmaculada Concepción”, así se reveló María a Bernardette de Subirous en la gruta de Lourdes. María es “la llena de gracia”, preservada de toda mancha de pecado desde el mismo momento su concepción. Ella es la  Madre de Jesús y Madre nuestra, la primicia de la humanidad redimida, colmada del amor de Dios. Ella nos muestra así el verdadero rostro de Dios y nos llama a confiar en él: Dios es amor, y crea por amor y para la vida sin fin en el amor. En la doncella virgen de Nazaret se manifiesta el proyecto divino de Salvación trazado por el amor misericordioso de Dios “antes de la creación del mundo”.

Con las palabras de Libro de Judit cantamos: “Bendito sea el Señor, creador del cielo y tierra” (Jud 13, 17-20,18), que nos ha creado por pura gratuidad para el amor y para la vida. Aunque el ser humano se olvide de Dios y se cierre a Él, aunque quiera construir su mundo al margen del Creador, aunque intente erigirse en centro y en norma de todo y suplante a Dios en su vida, Dios sigue amando al hombre, lo busca, sale a su encuentro. No estamos destinados a perecer o a desaparecer en la nada. Dios “nos ha destinado en la persona de Cristo por pura iniciativa suya, a ser sus hijos” (Ef 1,4).

¡Cómo lo supo entender María! Ella responde al amor de Dios con una confianza total en Dios y con una entrega plena de su persona a Dios. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu  palabra” (Lc 1,38). María vive así su existencia desde la verdad de su persona, – la de todo ser humano, nuestra propia verdad- que sólo se descubre en Dios y en su amor. María es consciente de que nada es sin el amor de Dios, que la existencia humana, sin Dios, sólo produce vacío en la vida. Ella sabe que la raíz de su existencia no está en sí misma, sino en Dios, que está hecha para acoger el Amor de Dios, fiarse de Él y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios, y así para los hombres, sus hermanos. En María, Dios dice “sí” al hombre y la mujer dijo “sí” a Dios. Y entonces Dios se hizo hombre. Misterio de amor incompresible por parte de Dios, misterio de una fe admirable por María. Misterio que nos abre el camino hacia Dios y hacia los hermanos. María, aceptando su pequeñez, se llena de Dios, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha.

La Virgen de Lourdes es buena noticia de Dios para la humanidad. En ella irrumpe Dios, dador de amor y de vida, en la historia humana. Dios no deja a la humanidad aislada, en el temor o en el dolor. Dios busca al hombre y le ofrece vida y salvación, asumiendo en la Cruz el dolor humano hasta la muerte; y la Cruz se convierte en el árbol de la vida. La Inmaculada nos recuerda que Dios nos ama de modo personal, que quiere únicamente nuestro bien y nos sigue constantemente con un designio de gracia y misericordia, que alcanzó su cima en el sacrificio redentor de Cristo.

En medio de un mundo que invita a prescindir de Dios, a suplantar a Dios y hacer del hombre la única fuente y meta de todo, también del bien y del mal, a hacer de los bienes materiales y del placer a toda costa el centro y meta de nuestra vida, María Inmaculada nos llama a abrirnos al misterio de Dios y acogerlo en la fe. Sólo en Dios y en su amor está la verdad del hombre, de su origen y de su destino; sólo en Dios lograremos desarrollar lo mejor que hay en nosotros.

Cierto que la vida se nos torna a veces demasiado difícil. Pero no podemos achacarle a Dios la autoría de los males. Dios siempre estará no sólo a nuestro lado, sino de nuestro lado en Cristo Jesús: Él es Dios-con-nosotros. Por eso, quienes, por el Bautismo, ya participamos de la unción del Espíritu que reposa en Jesús, debemos apoyarnos constantemente en el Señor: Él siempre nos bendice pues no se olvida de que somos suyos. Él nos apacienta y nos conduce hacia la verdad plena y hacia la perfección del mismo Dios.

María nos enseña a estar junto a Jesús y a dejarnos amar por Él.  Nos alienta a  dejar que Él y los valores del Reino de Dios penetren hasta lo más íntimo de nosotros. Jesús desde la Cruz (Jn 17, 25-27) nos entrega a su Madre en la persona de Juan, el discípulo amado; y el discípulo amado la acoge en su casa. María se convierte para nosotros en la encomienda que el Señor quiere hacernos a quienes hemos de convertirnos en sus discípulos suyos.

Si sabemos a acoger a María en nuestra casa, en nuestra existencia, en nuestro corazón, ella impulsará con su maternal intercesión nuestra vida en la confianza a Dios y de amor al prójimo. Porque ella nos quiere en una relación vivida en la comunión fraterna, capaz de ser luz puesta sobre el candelero para iluminar a todos. Si Cristo y si María están en nosotros, haremos nuestras las bienaventuranzas, viviremos como discípulos de Cristo, sin miedo al odio, a los vituperios, a los ataques de sus enemigos; seremos, en fin, testigos de Evangelio, del Reino de Dios y de su amor para todos, en especial para el que sufre, para los enfermos y para sus familias.

En la Fiesta de Lourdes celebramos con toda la Iglesia la Jornada Mundial del Enfermo. La Iglesia nos exhorta a “acoger, comprender, acompañar” a los enfermos. Nuestra forma de acompañar no puede ser otra que la proclamación y la vivencia del mensaje de la total confianza y de la alegre esperanza en Dios, fundado en la certeza de la resurrección de Cristo y, por tanto, en el amor y la fidelidad salvadora de Dios.

El ser humano es consciente que mantiene un pleito con el envejecimiento, con las enfermedades crónicas o incurables, con las situaciones de fragilidad, la discapacidad y la dependencia, con la aparición de nuevas patologías y nuevas amenazas, ya que, a pesar de todos los avances, la muerte sigue presente. Esto produce un “malestar existencial” que influye de forma negativa en la búsqueda del sentido de la vida y en la elaboración de una escala de valores respetuosa de la persona y de la naturaleza.

Hoy es más necesario evangelizar el mundo de la salud y la enfermedad, recordar cada día la parábola del Buen Samaritano (Lc 10.29-37). Dos aspectos de la misión de toda comunidad cristiana: –el anuncio del Evangelio y el testimonio de la caridad–, subrayan lo importante que es traducir el mensaje de Cristo en iniciativas concretas. De ahí que se nos recuerde una vez más la obligación de hacer presente la esperanza, regalo de la Pascua, a través del anuncio de la Palabra, de la oración y de la celebración de los Sacramentos, signos de comunión y servicio a los hermanos que sufren.

Nos urge imprimir un rostro más humano a la asistencia y al cuidado a los enfermos. Si hay caridad se convierte en dedicación generosa y cálida, delicada y gratuita, plantea cuestiones de sentido, amplía la comprensión y la comunión, abre la mente y el corazón a horizontes más elevados. Entonces el cuidado a los enfermos se convierte en proclamación silenciosa, pero eficaz, del Evangelio. Cuando el ser humano es tratado en su enfermedad como persona y es ayudado en su fragilidad, se está proclamando que el hombre mantiene su valor de hijo de Dios en todo momento, también cuando sufre la degradación del cuerpo o la mente.

A María, Salud de los enfermos y Consuelo de los afligidos, encomendamos hoy, en la Jornada Mundial del Enfermo, a todos los que sufren la falta de salud, física, espiritual o mental; junto con toda la Iglesia le encomendamos de modo especial a los enfermos incurables; ella es la Madre solícita y compasiva de la humanidad que sufre. No podemos ocultar a los enfermos, no hay que marginar a los que sufren.

Bajo la protección maternal de María, la Virgen de Lourdes, ponemos también hoy a todos los que, de una manera u otra, trabajan en el mundo de la salud: directores de centros sanitarios, capellanes, médicos, investigadores, enfermeras, farmacéuticos y voluntarios. Bajo su manto protector ponemos también el servicio desinteresado de tantos sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos en el campo de la salud, que atienden generosamente a los enfermos, a los que sufren y a los moribundos. Que ella, nuestra Madre, interceda por nosotros, para que caminemos en una fe hecha obras de amor hacia los que sufren. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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