Fiesta del Bautismo del Señor

Segorbe, S.I. Catedral, 7 de enero de 2007

 

Con la Fiesta del Bautismo de Jesús, que hoy celebramos, concluye el tiempo de la Navidad. La Liturgia de la Iglesia nos brinda hoy la oportunidad de revivir el bautismo de Jesús de manos de Juan Bautista. A orillas del Jordán, Juan Bautista administra un bautismo de penitencia, exhortando a la conversión de los pecados. Ante el Precursor llega también Jesús, el cual, con su presencia, transforma ese gesto de penitencia en una solemne manifestación de su divinidad. “Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: ‘Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto” (Lc 3, 21-22). Son las palabras de Dios-Padre que nos manifiestan a Jesús como su Hijo unigénito, su Hijo amado y predilecto.

Esta ‘manifestación’ del Señor sigue a la de Navidad en la humildad del pesebre y al encuentro en Epifanía con los Magos, para adorar al Niño como al Rey anunciado por las Escrituras. En la Navidad hemos contemplado con admiración y alegría la aparición de la ‘gracia salvadora de Dios a todos los hombres’ (Tt 2, 11); una gracia, manifestada en la pobreza y humildad del Niño-Dios, nacido de María virgen por obra del Espíritu Santo. En el tiempo navideño hemos ido descubriendo las primeras manifestaciones de Cristo, ‘luz verdadera que ilumina a todo hombre’ (Jn 1, 9): luz, que brilló primero para los pastores y después para los Magos, primicia de todos los pueblos gentiles llamados también a la fe, que, siguiendo la luz de la estrella, y llegaron a Belén para adorar al Niño recién nacido (cf. Mt 2, 2).

Hoy, en el Jordán se realiza cuanto se ha dicho del Niño, nacido en Belén y adorado por los pastores y los Magos. Dios-Padre presenta a Jesús, al inicio de su vida pública como su Hijo unigénito, como el Cordero que toma sobre sí el pecado del mundo. En el Bautismo en el Jordán, el Padre manifiesta a los hombres que Jesús es su Hijo y revela su misión de consagrado de Dios y Mesías. Jesús comienza públicamente su misión salvadora; él es el enviado por Dios para ser portador de justicia, de luz y de libertad. “Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hech 10, 38)  Su misión se caracterizará por el estilo del siervo humilde y manso, dispuesto a entregarse totalmente; él hará de su vida un acto de entrega y de servicio a todos, como nos ha dicho Isaías (Is 42, 1-4. 6-7).

En el Jordán se abre así una nueva era para toda la humanidad. Este hombre, que aparentemente no es diferente de todos los demás, es Dios mismo, que viene a nosotros para liberarnos del pecado y para dar el poder de “convertirse en hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios” (Jn 1, 12-13).

El Bautismo de Jesús nos remite a nuestro propio bautismo. En la fuente bautismal, al renacer por el agua y por el Espíritu Santo, la gracia de Cristo transformó nuestra existencia de mortal en inmortal, liberándonos del pecado original y de todo pecado personal. Por el bautismo hemos sido injertados en la vida misma de Dios, convirtiéndonos en hijos adoptivos suyos, en su unigénito “Hijo predilecto”. Dios nos hace partícipes de la vida eterna, la verdadera vida, la felicidad también en un futuro aún desconocido. En el bautismo, quedamos insertados en la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta familia de Dios, en la que el bautizado es insertado, lo acompañará siempre, incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de la vida; le brindará consuelo, fortaleza y luz.

Esta familia nos dará palabras de vida eterna, palabras de luz que responden a los grandes desafíos de la vida y dan una indicación exacta sobre el camino que conviene tomar. Esta compañía brinda al bautizado consuelo y fortaleza, el amor de Dios incluso en el umbral de la muerte, en el valle oscuro de la muerte. Le dará amistad, le dará vida. Y esta compañía, siempre fiable, no desaparecerá nunca. No sabemos lo que sucederá en futuro. Pero de una cosa estamos seguros: los que pertenecen a esta familia de Dios nunca estarán solos, tendrán siempre la amistad segura de Aquel que es la vida.

La nueva vida bautismal es eterna, porque es comunión con Aquel que ha vencido la muerte, que tiene en sus manos las llaves de la vida. Estar en la familia de Dios, significa estar en comunión con Cristo, que es vida y da amor eterno más allá de la muerte. Sí: el bautismo inserta en la comunión con Cristo y así da vida, la vida.

¡Cómo no dar gracias a Dios, que nos ha hecho hijos suyos en Cristo! ¿Pero, cómo podremos dar gracias a Dios por el don de la nueva vida bautismal si no la valoramos porque hemos convertido a Dios en un extraño en nuestra vida, porque lo hemos suplantado por otros dioses, porque pensamos no estar necesitados de salvación, de la vida que sólo Dios nos puede donar? O ¿cómo le vamos a dar gracias a Dios, si presentamos a nuestros hijos al bautismo, no movidos por la fe sino llevados tan sólo por la costumbre de bautizar?

El bautismo es un don, el don de la vida. Pero un don debe ser acogido, debe ser vivido. Un don de amistad implica un ‘sí’ al amigo e implica un ‘no’ a lo que no es compatible con esta amistad, a lo que es incompatible con la vida de la familia de Dios, con la vida verdadera en Cristo.

Dios no realiza el milagro de regenerar al hombre sin su colaboración. Todo bautizado, también los bautizados en la infancia en la fe de la Iglesia, profesada por sus padres, al ser capaz de comprender, debe recorrer, personal y libremente, un camino espiritual que, con la gracia de Dios, le lleve a confirmar, en el sacramento de la confirmación, el don recibido en el bautismo. Pero ¿podrán abrirse los niños y los adolescentes a la fe y al don recibido si los adultos, especialmente los padres, no les ayudamos a ello? Nuestros niños y adolescentes necesitan que padres, padrinos y toda la comunidad cristiana les ayudemos a conocer al verdadero Dios, que es amor misericordioso, y a encontrarse con Jesús para entablar una verdadera amistad con él. A los padres y padrinos corresponde introducirles en este conocimiento y amistad a través del testimonio de vida cristiana en el día a día, en su matrimonio, en las relaciones con ellos y con los demás; unas relaciones que se han de caracterizar por la atención, la acogida y el perdón. Grande es la responsabilidad de la cooperación de los padres en el crecimiento espiritual de sus hijos y en la transmisión de la fe. Si ya es grande su de ser padres ‘según la carne’, ¡cuánto más lo es la de colaborar en la paternidad divina, dando su contribución para modelar en sus hijos y criaturas de Dios la imagen misma de Jesús, Hombre perfecto!

En las promesas bautismales renunciamos a las tentaciones, al pecado, al diablo. Es la renuncia a la ‘pompa diaboli’, es decir, a la falsa promesa de vida en abundancia, pero que en realidad es una anticultura de la muerte: la mentira, el fraude, el abuso del cuerpo como mercancía y como comercio,la injusticia, el desprecio del otro; una anticultura que se expresa en una sexualidad que se convierte en pura diversión sin responsabilidad, que se transforma en ‘cosificación’ —por decirlo así— del hombre, al que ya no se considera persona, digno de un amor personal que exige fidelidad, sino que se convierte en mercancía, en un mero objeto.

En nuestras promesas decimos ‘sí’ al Dios vivo, es decir, a un Dios creador, a una razón creadora que da sentido al cosmos y a nuestra vida; decimos ‘sí’ a Cristo, es decir, a un Dios que no permaneció oculto, sino que tiene un nombre, tiene palabras, tiene cuerpo y sangre; a un Dios concreto que nos da la vida y nos muestra el camino de la vida; ‘sí’ a la comunión de la  Iglesia, en la que Cristo es el Dios vivo, que entra en nuestro tiempo, en nuestra profesión, en la vida de cada día.

Éste es mi Hijo amado; escuchadle” (Mc 9, 7). Hoy, este anuncio y esta invitación resuenan particularmente para todos los bautizados. Por el bautismo estamos enriquecidos con el don de la nueva vida, con el don de la fe e incorporados a la Iglesia. El Padre nos ha hecho en Cristo hijos adoptivos suyos y nos ha revelado un singular proyecto de vida: escuchar como discípulos a su Hijo para ser realmente sus hijos.

La riqueza de la nueva vida bautismal es tan grande que pide de todo bautizado una única tarea; es la que el apóstol Pablo no se cansa de indicar a los primeros cristianos con las palabras: “Caminad según el Espíritu” (Ga 5, 16), es decir, vivid y obrad constantemente en el amor a Dios haciendo el bien a todos como Jesús.

Es la llamada al seguimiento de Jesús según la vocación, que cada uno haya recibido de Dios, para ser testigos valientes del Evangelio. Esto es posible gracias a un empeño constante, para que se desarrolle y llegue a su plena madurez el germen de la vida nueva. El camino es: amar a Cristo, invocarlo sin cesar e imitarlo con constante adhesión a su llamada. Hemos recibido la llama de la fe: una llama que ha de estar continuamente alimentada, para que cada uno, conociendo y amando a Jesús, obremos siempre según la sabiduría evangélica. De este modo, llegaremos a ser verdaderos discípulos del Señor y apóstoles alegres de su Evangelio.

Queridos hermanos: demos gracias hoy al Señor porque Dios no se esconde detrás de las nubes del misterio impenetrable, sino que, como decía el evangelio de hoy, ha abierto los cielos, se nos ha mostrado, habla con nosotros y está con nosotros; vive con nosotros y nos guía en nuestra vida. Demos gracias al Señor por este don y acojamos el don de la vida, la verdadera vida, la vida eterna. Amén.
+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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