Fiestas en honor del Cristo

Queridos diocesanos:

En la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre, quiero referirme a las fiestas en honor de Cristo, que, bajo distintas y muy bellas  advocaciones, celebran muchos de nuestros pueblos en este mes de septiembre. He podido comprobar personalmente la gran devoción al ‘Santísimo Cristo’ en nuestra tierra, que cuenta con una larga tradición y que se aviva en las fiestas patronales. Sin embargo puede que con el paso del tiempo para muchos las fiestas en honor de Cristo queden reducidas a una bella tradición, heredada del pasado, pero sin incidencia en el presente. Si así fuera, terminaría por perderse. Sólo si nuestras fiestas están ancladas en una fe viva en Cristo Jesús, el Señor muerto y resucitado, para la vida del mundo, se mantendrá también viva la tradición, y ésta será verdadero motivo de alegría y, a la vez, fuente de vida cristiana para todos y motor de esperanza para nuestro mundo.

Por ello en el centro de las fiestas patronales en honor del Cristo hemos de situar siempre a Jesucristo, clavado en la Cruz. Y Cristo en la Cruz es la manifestación suprema del amor de Dios hacia la humanidad, hacia todos y cada uno de nosotros. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 15). En la Cruz, Cristo nos manifiesta el verdadero rostro de Dios. Un Dios que es Amor infinito, eterno y fiel, compasivo y misericordioso. Por puro amor, Dios nos ha llamado a la existencia, nos ha creado a su imagen y semejanza, y nos invita a participar de su misma vida. Dios no es un competidor del ser humano, de su deseo de libertad o de su anhelo de felicidad. Al contrario: Dios quiere que el hombre viva, que sea verdaderamente libre y feliz. Tal es su amor, que Dios ni tan siquiera nos abandona, cuando en uso de nuestra libertad rechazamos su amistad y su amor: Dios en su amor compasivo y misericordioso, sale a nuestro encuentro para darnos el abrazo del perdón y de la reconciliación. Dios envía a su mismo Hijo, para recuperarnos del mundo de las tinieblas, de la esclavitud y de la muerte.

Por esto mirando al Santo Cristo de nuestro pueblo hemos de preguntarnos cómo está nuestra fe en Dios y en su Hijo Jesucristo. Es posible que nos hayamos dejado arrastrar por la mentalidad dominante y hayamos rechazado de hecho nuestra condición de hijos amados por Dios. Puede que nos hayamos alejado de él, que nos avergoncemos de nuestra condición de cristianos, que reduzcamos nuestra fe cristiana a momentos puntuales de culto, sin ninguna incidencia en nuestra vida personal y ciudadana, matrimonial y familiar, cultural y social.

Si así fuere a los pies de ese Cristo podremos descubrir que Dios es Amor por nosotros. Un Dios que nos ama con un amor siempre nuevo y personal, con un amor que le lleva hasta el límite del infinito dolor de la cruz, un amor que nos sigue amando y buscando pese a nuestros rechazos y desvaríos. Cristo quiere saciar nuestra sed de vida, de felicidad, de libertad. No tengamos miedo. Abramos nuestro corazón a Cristo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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