¡Gracias, Santo Padre!

Queridos diocesanos:

Desde hace un tiempo están apareciendo en los medios casos de abusos sexuales de menores perpetrados por algunos sacerdotes. Permitidme que mi carta-reflexión de hoy verse sobre esta cuestión delicada, con el propósito de ayudar a su justa valoración

Es innegable que se han dado estos hechos. Para que no quede duda alguna, antes de nada hay que expresar nuestra condena sin reservas de estos gravísimos delitos, que son más graves y execra­bles por haber sido cometidos por personas en las que los fieles y, particularmente, los niños ponen una confianza especial. A la condena de los delitos se une nuestra petición de perdón a las víctimas y de su justa compensación. Asimismo deber ser alejado del ministerio aquel de quien conste que se ha manchado con esta infamia, quien deberá someterse al debido tratamiento médico. Junto al justo proceso canónico, la Iglesia colabora con las autoridades civiles, si se da algún caso.

Un solo caso de abuso por parte de un sacerdote sería inaceptable y sería motivo de profundo dolor por la víctima, por la infidelidad del sacerdote a su ministerio y por el debilitamiento de la misma Iglesia, llamada a ser santa. Sin embargo, en contra de lo que parecería no es la Iglesia católica la institución en la que con más frecuencia se da este tipo de abusos; el porcentaje de casos es tan reducido como para poner bajo sospecha poco menos que a todos los sacerdotes. Aunque esto redimensiona cuantitativamente el fenómeno, no atenúa de ningún modo su condena ni la lucha por extirparlo: el sacerdocio exige que accedan a él sólo personas humana y espiritualmente maduras, y el orden y el ministerio recibidos piden que los sacerdotes vivan con gozo el don hermoso del celibato y con plena fidelidad y gozo su promesa de castidad perfecta por el Reino de los cielos, como ocurre en la inmensa mayoría de los casos.

También hay quien imputa al celibato de los sacerdotes católicos la causa de los comportamientos desviados. No es cierto: está probado que no existe ningún nexo de causalidad entre celibato y abusos sexuales de menores. La estadística muestra que estos abusos son más frecuentes entre laicos y casados que entre el clero célibe; y los datos de las investigaciones muestran que los sacerdotes culpables ya no observaban el celibato.

La Iglesia católica -pese a la imagen deformada con que es presentada- es la institución que ha decidido librar la batalla más clara contra los abusos sexuales de menores, comen­zando desde dentro. Pese a todo y contra toda verdad se ataca con ensañamiento y virulencia despiadados al Papa, Benedicto XVI, tachándole de encubridor y consentidor o de no pedir perdón a las víctimas; y la misma Iglesia es presentada por algunos como un ‘club de pederastas”. Nada más lejos de la realidad.

Ha sido precisamente Benedicto XVI quien ha dado un impulso decisivo a dicha lu­cha, ya como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe. Como tal favoreció una reforma, también legislativa, más rigurosa en esa ma­teria. Y ahora, como Pastor supremo de la Iglesia, busca la purificación de la Iglesia y siempre ha pedido y pide transparencia, firmeza y severidad en estos casos.

Por todo desde aquí le decimos: Gracias, Santo Padre. Cuente con la plena adhesión de nuestra Iglesia diocesana y con nuestra oración para que Dios que, en su dolor, le conceda paz y firmeza ante tantas difamaciones a que se ve sometido.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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