Domingo de Ramos

Castellón y Segorbe, S.I. Concatedral y Catedral, 1 de abril de 2012

 (Is 50,4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Mc 14, 1-15.47)

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¡Amados todos en el Señor!

Con este domingo de Ramos en la Pasión del Señor iniciamos la Semana Santa. Hoy es su pórtico, que nos llevará a la celebración de la Pasión del Señor en el Triduo Pascual. A esta semana la denominamos Santa porque en ella celebramos los misterios santos de nuestra redención: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.  Y la llamamos Santa, también porque, por nuestra parte, debe haber un esfuerzo renovado por vivirla en santidad de vida y con fervor intenso.

Sé que esto se hace cada año más difícil. Las tan traídas y llevadas vacaciones de primavera, el buen tiempo y otros factores, nos acosan por todos lados y dificultan la vivencia religiosa de estos días. Puede que llevados por el ambiente de fiesta y de ocio de estos días o quizá arrastrados por el contexto secularizado que nos circunda, nos quedemos en lo superficial y exterior y perdamos de vista la profundidad divina de la Semana Santa. Precisamente por eso os invito a no dejaros esclavizar por el ambiente reinante, empeñado en secularizar estas fechas reduciéndolas a poco más que vacaciones o a actos de interés cultural.

Hoy, en la procesión de los ramos, hemos acompañado con palmas y ramos a Jesús, Mesías, al Rey de los pobres, al Rey de la paz y al Rey universal y le hemos cantado “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Ya dentro de la iglesia nos hemos adentrado en la celebración de la Eucaristía y hemos proclamado la Palabra Dios que ha concluido con el relato de la Pasión de Jesucristo.

La procesión y  la liturgia de la Palabra han fijado nuestra mirada en Aquel que, a lo largo de todos estos días, va a ser el centro de cuanto vamos a celebrar: y este centro no es otro sino Cristo Jesús, el Mesías y Rey, el Salvador y Redentor del mundo. El relato de la pasión nos invita y exhorta a clavar los ojos en Jesús, en el Señor que, con toda fidelidad y con todo amor a Dios y a los hombres, sigue el camino que le llevará a la cruz para abrirnos las puertas de la Vida.

Como cada año, estos días santos quieren conducirnos al recuerdo y a la celebración de lo más grande de nuestro credo.  Nosotros, hermanos, creemos y hemos de aumentar nuestra fe en ese hombre, en Cristo Jesús, que la autoridad ha detenido, que ha sido víctima de un juicio sumarísimo, que no ha podido defenderse de las calumnias que se han lanzado contra él, que ha tenido que pasar por ladrón, bandolero y blasfemo, que ha sido duramente torturado, que ha terminado su carrera del modo más horrendo que imaginarse pueda: ejecutado en público.

Nosotros creemos en Él, y hoy queremos manifestarlo públicamente, porque sabemos que esta muerte tan desgraciada es la muerte de quien convirtió su vida en un constante e inagotable manantial de bondad, de amor, de pasión por los pobres y necesitados de perdón. Creemos en Él porque vivió poniendo en el mundo todo lo que Dios es: vida y más vida, verdad y más verdad, bondad y más bondad, servicio y lealtad infinita a los hombres.

Esta muerte tan llena de fidelidad, tan llena de amor, ha abierto un camino en el apretado bosque de nuestra vida, un bosque lleno de tropiezos e infidelidades. Jesucristo, el Hijo de Dios, a golpes de amor, ha abierto el camino para que todos podamos seguirle. Tenemos la certeza de que, por difícil que nos parezca, el que quiera podrá encontrar en él Vida,  Salvación y Gracia.  Os invito a vivir la Pascua acercando vuestras vidas al Sacramento de la Confesión; así, purificado nuestro pasado, podremos dejar que Cristo viva y brille en nosotros. La Semana Santa nos invita a seguir el camino de la santidad, que es el camino de una vida en Dios y con Dios: y ésta se apoya sólo en la gracia de Dios. ¡Abramos las puertas de nuestro corazón a Cristo que sale a nuestro encuentro porque nos ama!

Por eso hoy, al comenzar la Semana Santa, nos hemos unido gozosamente a los hombres, mujeres y niños que hace 2000 años, en Jerusalén, recibieron a Jesús que entraba en la ciudad, con ramos y palmas y gritos de júbilo. Y lo hemos hecho porque reconocemos en Jesús, al Hijo de Dios, al Mesías y Salvador; le hemos cantado y acompañado porque queremos encontrarnos con Él, porque queremos creer en Él y seguirle; porque afirmamos que su cruz es la fuente de la que brota la Vida para todos; porque sentimos encendida dentro de nosotros la llama de su resurrección que, como momento culminante de estos días santos, celebraremos en la Pascua.

Que este Domingo de Ramos sea para todos nosotros el último toque de clarín que nos abre a la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

El próximo jueves nos reuniremos para celebrar juntos la Eucaristía y su institución por el Señor en la Misa en la cena del Señor. La Eucaristía es su testamento, la señal de su amor hasta el extremo, la fuente inagotable de su amor que hace presente, en medio de nosotros, al mismo Cristo muerto y resucitado para darnos vida.

El viernes será el gran momento que dedicaremos a contemplar a Jesús que sube a la cruz, con una entrega total y un amor extremo, para que nosotros renazcamos de nuevo a la Vida de los hijos de Dios.

Y todo llegará a su culminación en la Vigilia Pascual, el sábado por la noche, en la fiesta más grande que tenemos los cristianos, cuando celebremos que esta entrega de Jesús estalla en Vida para siempre, en Vida para todos. Sin la Vigilia Pascual, a nuestras procesiones del Encuentro el Domingo de Pascua les faltaría lo mejor.

Celebremos estos días con fervor cristiano y contemplación meditativa. Abandonemos toda rutina. En estos días se va a hacer presente todo lo más grande y profundo que tenemos y creemos los cristianos. Que nuestra participación en las celebraciones y los momentos de reflexión, silencio y contemplación nos adentren en un renovado despertar de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor.

Que las procesiones se realicen con profundo respeto. Y que, como si de catequesis vivientes se tratara, impulsen a Cofrades y participantes a vivir con más sentido cristiano su vida personal, familiar y social.  No caigamos en la tentación de dejarnos seducir sólo por su belleza artística reduciéndolas a una manifestación de atracción turística.

La Eucaristía del Domingo de Ramos que estamos celebrando nos hace participar de la vida nueva de Jesús, nuestro Señor y Salvador. Dejémonos encontrar por Él para que se revitalice nuestra fe. Así se lo pido a María que supo estar siempre al lado de su Hijo Jesucristo. Que Ella, como buena Madre, nos enseñe a vivir con fidelidad y coherencia nuestra condición de cristianos.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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