Jueves Santo, Misa en la Cena del Señor

S.I.Catedral-Basílica de Segorbe, 1 de abril de 2010

(Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Co 11,3-26; Jn 13,1-15)

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¡Amados todos en el Señor!

Con esta Eucaristía ‘en la Cena del Señor’ comenzamos el Triduo Pascual, el centro del año litúrgico. Jueves, Viernes y Sábado Santo son los tres días santos, en que conmemoramos los acontecimientos centrales de nuestra fe cristiana y de la historia de la humanidad. Tres días, en que celebramos el misterio pascual del Señor: su pasión, muerte y resurrección, fuente de Vida para el mundo y fuente inagotable del Amor para la humanidad.

En la tarde de Jueves Santo traemos a nuestra memoria y corazón, las palabras y los gestos de Jesús en la Ultima Cena. Como asamblea reunida por el Señor celebramos el solemne Memorial de la Última Cena.

Recordemos: En la tarde de aquel primer Jueves Santo, Jesús y los suyos –sus amigos, su familia- se han reunido para celebrar la Pascua en una casa de Jerusalén, en el Cenáculo. “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer”  (Lc 22, 15), les dice Jesús, indicando también el significado profético de aquella cena pascual.

La Pascua de Jesús se inscribe en el contexto de la Pascua de la antigua Alianza. Así nos lo ha recordado la primera lectura, tomada del libro del Éxodo. Al celebrar la Pascua, los israelitas conmemoraban la cena que celebraron sus antepasados al salir de Egipto, cuando Dios los liberó de la esclavitud del Faraón. Siguiendo las prescripciones del texto sagrado habían de untar con la sangre del cordero las dos jambas y el dintel de las casas. Y añadía cómo había que comer el cordero: “la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; … a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor. Yo pasaré esa noche por  la  tierra de Egipto y heriré a todos  los primogénitos. (…) La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora” (Ex 12, 11-13).

Por la señal de la sangre del cordero, los hijos de Israel obtienen la protección divina y la liberación de la esclavitud de Egipto, bajo la guía de Moisés. El recuerdo de un acontecimiento tan grande se convirtió en la fiesta de acción de gracias a Dios por la libertad recuperada: era un don maravilloso de Dios, que el pueblo ha de recordar con gratitud para siempre. “Este será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor” (Ex 12, 14). ¡Es la Pascua, el paso del Señor! Es la Pascua de la antigua Alianza.

En el Cenáculo, Jesús celebra también la cena pascual con los Apóstoles, pero le da un significado y un contenido totalmente nuevo. Lo hemos escuchado en la segunda lectura, tomada de la primera carta a los Corintios. San Pablo nos transmite ‘una tradición que procede del Señor’, según la cual Jesús, “la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía’. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva Alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía’” (1 Co 11, 23-26).

En la última Cena de Jesús con sus Apóstoles sólo hay pan y vino, no hay cordero pascual: porque Jesús mismo es el cordero. Jesús tampoco mira hacia el pasado para dar gracias por la liberación de la esclavitud de Egipto, sino que mira al futuro y anticipa los acontecimientos del día siguiente, cuando su cuerpo, cuerpo inmaculado del Cordero de Dios, será inmolado, y su sangre será derramada para la redención del mundo. Él es el Cordero pascual, el cuerpo inmolado y la sangre derramada, simbolizados en el pan y en el vino, que realizan la liberación más radical de la humanidad: la liberación del pecado y de la muerte. Así se establece la Alianza Nueva y definitiva de Dios con los hombres. ¡Es la Pascua de Cristo, la Pascua de la nueva Alianza!

“Haced esto en memoria mía”, les manda Jesús a sus Apóstoles. Con estas solemnes palabras, Jesús instituye aquella noche los sacramentos de la Eucaristía y del Orden sacerdotal. En la Cena de aquel atardecer, Jesús nos dejó la Eucaristía como don del amor y fuente inagotable de amor; el sacramento que perpetúa por todos los siglos la ofrenda libre, total y amorosa Cristo en la Cruz para la vida del mundo. En la Eucaristía, los creyentes recibimos el efecto salvador de la Cruz y el alimento para el camino; el alimento que da firmeza a nuestra fe, a nuestra a esperanza y fuerza a nuestro amor. En la comunión eucarística, Cristo mismo se une a cada uno de nosotros, creando comunión fraterna entre nosotros y nos hace germen de unidad de todos los pueblos. Al encargar a sus Apóstoles ‘hacerlo en memoria suya’, Jesús les hace partícipes de su mismo sacerdocio, el sacerdocio de la Alianza nueva y eterna, en virtud de la cual Éll, y sólo Él, es siempre y por doquier artífice y ministro de la Eucaristía. Los Apóstoles, sus sucesores y los presbíteros, a su vez, se convierten en ministros de este excelso misterio de la fe, destinado a perpetuarse hasta el fin del mundo.

En este Año especial Sacerdotal, que estamos celebrando, demos gracias a Dios por el don del ministerio ordenado y por cada uno de nuestros sacerdotes, ministros de la Eucaristía. Oremos por ellos para que sean santos. Oremos por todos ellos, para que se mantengan firmes y fieles al don que han recibido de Cristo ante la sospecha injustificada a la que se quiere someter a todos por los pecados, abusos y delitos de unos pocos. Hemos de condenar con fuerza y hemos de perseguir con firmeza estos abusos;  pedimos y hemos de pedir perdón a las víctimas de abusos y resarcirles en sus daños;. Pero con la misma firmeza y fuerza debemos todos defender a la gran mayoría de los sacerdotes, que viven con fidelidad y entrega su ministerio. Esta tarde mostramos como Iglesia diocesana también nuestro afecto y nuestra plena adhesión al Santo Padre, Benedicto XVI; y pedimos especialmente por él para que el Señor le conceda paz y energía ante tantas calumnias y difamaciones a que se ve sometido, él, que siempre ha pedido transparencia y ha mostrado firmeza y severidad en estos casos. No nos dejemos confundir: hay intentos claros de minar su autoridad y de debilitar a la Iglesia y la fuerza salvadora del Evangelio de Jesucristo.

“Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Co 11, 26). Con estas palabras, el apóstol Pablo nos exhorta a participar en la Eucaristía; pero al mismo tiempo a llevar una existencia eucarística, a ser en nuestra vida diaria testigos y heraldos del amor del Crucificado, en espera de su vuelta gloriosa. Por ello, unido indisolublemente al don de la Eucaristía, fuente inagotable del amor, Cristo nos ha dado su nuevo mandato. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Eucaristía, comunión con Cristo y con los hermanos, y existencia cristiana basada en el amor son inseparables. Desde aquella Cena, Jesús nos enseña que participar de su amor y que amar es darse, entregarse y gastarse como Él. El amor alcanza su cima en el don que la persona hace de sí misma, sin reservas, a Dios y al prójimo.

Y, para decir cómo ha de ser el amor de sus discípulos, Jesús, antes de instituir el sacramento de su Cuerpo y su Sangre, les sorprende ciñéndose una toalla para lavarles los pies. Era la tarea reservada a los siervos. Al lavarles los pies, el Maestro les muestra que sus discípulos han de amar sirviendo. “Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13,12-14). Sólo es verdadero discípulo de Jesús, quien se deja lavar los pies en el sacramento de la Penitencia, quien sabe perdonar como él ha sido perdonado, quien participa del amor de Cristo en la Eucaristía, quien lo imita en su vida y, como Él, se hace solícito en el servicio a los demás. Porque, en el amor, en el perdón, en el servicio, en la solicitud por las necesidades del prójimo está la esencia del vivir cristiano.

Estas palabras valen de un modo especial para el sacerdocio ministerial. Los sacerdotes son servidores de Cristo y del pueblo santo de Dios. El ministerio sacerdotal implica una actitud de disponibilidad humilde. Los sacerdotes debemos ser los primeros testigos de Jesús, el Siervo de Dios.

Es Jueves Santo: el Día del Amor fraterno. Para amar y servir no tendremos que ir muy lejos. El prójimo está a nuestro lado: en nuestra propia familia, entre nuestros vecinos, en el lugar de trabajo, en el pobre, enfermo o necesitado, en el parado, en el drogadicto, en el forastero o en el inmigrante. Para amar hemos de salir de nosotros mismos y dejar la comodidad, el egoísmo, la insensibilidad o los prejuicios. Si lo hacemos, seremos discípulos de Cristo, imitaremos al mismo Dios que por amor supo salir de sí mismo para acercarse a nosotros, entregarse por nosotros y permanecer con nosotros.

En la Eucaristía, la Cena que recrea y enamora, encontramos, hermanos, el alimento y la fuerza para salir a los caminos de la vida. Participemos en esta Eucaristía y seamos testigos del amor, signo de unidad y fermento de fraternidad.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellóm

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