Apertura del 50º Aniversario de la Diócesis de Segorbe-Castellón

 

Catedral-Basílica de Segorbe – 3 de enero 2009

(Ecle 24, 1-2.8-12; Sal 147; Ef 1,3-6.15-18; Jn 1,1-18)

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Muy amados hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

Os saludo cordialmente a todos cuantos habéis tenido a bien acercaros esta tarde hasta la Iglesia Madre de nuestra Diócesis, la S. I. Catedral de Segorbe, para inaugurar el 50º Aniversario de su actual configuración: saludo a todos los sacerdotes concelebrantes y, en especial, a los Cabildos Catedral y Concatedral, a mis queridos Sres. Vicarios General y Episcopal de Pastoral, a los Sres. Arciprestes presentes así como a los diáconos asistentes y seminaristas. Mi saludo agradecido a los miembros de la Comisión Organizadora del Aniversario. Mi saludo respetuoso y agradecido al Sr. Regidor-Concejal de Castellón, presente en representación del Sr. Alcalde.

 San Pablo, en la segunda lectura de este Domingo segundo de Navidad, nos invita a bendecir y dar a gracias a Dios “porque nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales” (cf. Ef 1, 3). En la Navidad, Dios nos ha bendecido con el nacimiento de su Hijo, mostrando así su cercanía amorosa a toda la humanidad: el Verbo, la Palabra de Dios, se ha hecho carne y ha acampado entre nosotros; a quienes lo acogen y creen en Él les da el poder ser hijos de Dios. El mismo Dios se ha hecho y sigue presente y operante entre nosotros en su Iglesia; él mismo ha hecho de esta porción del Pueblo de Dios, que es nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, su tienda, la porción de su heredad, el ámbito de su cercanía amorosa entre nosotros para todos (cf. Ecle 14, 12).

Al inaugurar el 50º Aniversario de la configuración actual de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, mediante la Bula ‘Ecclesia catholica urbes’ de Juan XXIII de 31 de mayo de 1960, damos gracias a Dios por nuestra Iglesia diocesana en su pasado y en su presente: Dios mismo, sirviéndose de los avatares de la historia y de las decisiones humanas, se ha dignado reunir a las comunidades cristianas de esta tierra en torno al Obispo, como su Padre y Pastor, y como Sucesor de los Apóstoles, para hacer de todas ellas una Iglesia diocesana. Dios mismo ha hecho de esta porción del pueblo de Dios espacio de la presencia viva de Jesucristo, de su Evangelio y de su obra salvífica en esta tierra, centro de irradiación de la buena nueva de la fe y manifestación para el mundo de su paternidad universal.

Esto es lo fundamental de nuestra celebración; este el gran don de Dios por el que damos gracias. La configuración territorial es accidental, histórica y cambiante. Dejando para los historiadores la relación de nuestra Diócesis con la antigua Segóbriga, la nuestra fue un día Diócesis de Albarracín-Segorbe, durante siglos sólo Diócesis de Segorbe, y hoy, desde 1960, Diócesis de Segorbe-Castellón: pero siempre ha sido Iglesia del Señor. Segorbe es la sede episcopal, que permanece hasta el presente en los cambios territoriales a través de la historia: un gran honor para la comunidad católica de esta ciudad, al que seguro se siente obligada por su proverbial nobleza.

A lo largo de los siglos y, en especial en estos cincuenta últimos años, Dios nos ha bendecido en innumerables personas, en su mayoría desconocidas, que siguiendo las huellas de Jesús, supieron vivir en su vida cotidiana la llamada a la santidad, a la perfección del amor a Dios y a los hermanos, siendo así testigos vivos del Evangelio de Jesucristo. Dios nos ha bendecido con el don de abundantes vocaciones al ministerio presbiteral, al diaconado, a la vida consagrada en sus distintas formas: son muchos los sacerdotes y los consagrados, que entregaron su vida a Dios sirviendo a los hermanos en el camino, en la tarea y el ministerio que el Señor les confió. Dios mismo, por medio de su Espíritu Santo, ha llamado también a lo largo de nuestra historia -y todavía hoy no cesa de llamar- a hijos de esta Iglesia para ser heraldos del mensaje de salvación en cualquier parte del mundo. Dios nos ha bendecido asimismo con innumerables seglares, testigos de la verdad del Evangelio, que salva y plenifica, en la vida matrimonial y profesional, en la cultura y en la política, en las artes y en el trabajo, en la acción caritativa y social. Y finalmente han sido y son una bendición de Dios para la vida y misión de nuestra Iglesia las múltiples parroquias y otras comunidades eclesiales, las cofradías, las asociaciones y los movimientos a lo largo y ancho de nuestra Diócesis.

Bendigamos y demos gracias a Dios, por todos nuestros antepasados en la fe: obispos, sacerdotes, religiosos y seglares; por su fidelidad a la fe cristiana, por su fortaleza en la esperanza y por la grandeza de su caridad, en algunos casos, ejemplos de una caridad martirial. Agradecemos gozosos su testimonio de santidad, su fuerza evangelizadora y su extraordinario legado de historia, arte y cultura, expresión de la vitalidad de su fe.

Al recordar a nuestros antepasados y a tantos diocesanos del presente, cómo no hacer nuestras las palabras de Pablo a los Efesios: “Por eso yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias a Dios por vosotros, recodándoos en mi oración” (Ef 1, 15)

Esta es la herencia de nuestro pasado a nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón cuando nos disponemos a celebrar este 50º Aniversario. Pero nuestra Iglesia no es sólo historia, sino también una realidad viva en el presente, aunque tantas veces aparezca frágil, envejecida y debilitada. Y es una realidad viva, porque Dios mismo, en su cercanía amorosa, sigue presente y operante en nuestra Iglesia, en muchos fieles y en nuestras comunidades. Porque Cristo, su Evangelio y su obra salvífica, siguen vivos y presentes en esta Iglesia nuestra. Cristo Resucitado mismo es la voz que llama, el Pastor que “cuida de su rebaño y vela por él (cf. Ez 34,-11-36), que nos conduce y nos da vida, que nos sostiene por la fuerza del Espíritu en la entrega fiel de cada día a nuestra vocación, misión y tarea. El mimo Jesucristo es el camino, la verdad y la vida para todos, llamados a ser hijos de Dios en el Hijo por la fe en él.

Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón es una realidad compleja, con su elemento humano y con su elemento divino. En su aspecto visible es la comunidad de los cristianos católicos, que vivimos en el territorio diocesano: la formamos obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos y seglares; una comunidad, que peregrina y crece en la fe, una comunidad que proclama el Evangelio y celebra los misterios de la fe, una comunidad que vive la caridad, una comunidad en la que se debe vivir y a la que se debe servir en la tarea siempre nueva de evangelizar. A su vez, la Iglesia Diocesana es una gran comunidad de comunidades, que integra en su comunión y misión a las 149 comunidades parroquiales, agrupadas en los 14 arciprestazgos, las numerosas comunidades de vida consagrada y otras comunidades eclesiales, los movimientos, los grupos y las asociaciones. Y cuenta con diversos servicios pastorales y administrativos.

Al hablar de nuestra Iglesia diocesana muchas veces nos quedamos en lo visible, en las personas, en el territorio o en sus estructuras. Pero su realidad humana, externa y visible, no puede hacernos olvidar que en su esencia más profunda nuestra Diócesis es signo e instrumento de salvación, porque en ella, mediante sus personas y sus estructuras visibles, – incluso a pesar de sus deficiencias- Jesucristo está presente y actúa su salvación en favor de los hombres.

Esta realidad íntima de la Diócesis debe ser conocida, valorada y vivida por todos sus miembros, por las comunidades y por los grupos eclesiales. Y ha de aparecer también en los proyectos de la vida diocesana, para que de este modo, sobre la faz de la Diócesis, resplandezca Cristo, luz de las gentes. Nuestra Iglesia no es una mera “organización eclesiástica”, a la que se pertenece por razones administrativas y jurídicas, pero no por razones de fe; la vida cristiana no es una mera práctica ético-religiosa, sino acontecimiento de salvación, de experiencia de gracia y de comunión vital con Dios y con los hermanos.

Sí. Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón es un evento de salvación, que acontece en un tiempo y en un espacio determinado. Es esa porción del Pueblo de Dios, que vive en la gran parte de la provincia de Castellón y que está confiada al Obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de modo que, adherida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía, constituye una Iglesia particular en la que verdaderamente se encuentra y opera la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica (cf. ChD 11). Nuestra Iglesia Diocesana es un misterio de comunión para la misión; una, santa, católica y apostólica existe para promover y vivir la unidad, la santidad y la universalidad de la misión en sus miembros e instituciones, en la sucesión de los Apóstoles.

La celebración de 50º Aniversario de la configuración actual de nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón nos ofrece una oportunidad hermosa para lograr una mayor conciencia de pertenecer a ella para responsabilizarnos con su vida y misión.

Es urgente que todos y, especialmente, los pastores, cultivemos sin cesar el afecto a nuestra Iglesia Diocesana, mostrándonos siempre dispuestos, cuando seamos invitados por el Pastor, el Obispo, a unir las propias fuerzas a las iniciativas y actividades diocesanas en la misión única y compartida. Para ello fundamental que todos los diocesanos conozcamos nuestra Diócesis, la valoremos y la acojamos como necesaria para nuestra fe y vida cristiana personal y comunitaria; y, sobre todo, nos urge amarla como a algo propio, como a la comunidad de la que formamos parte, como a la propia familia.

Muchos de nuestros católicos desconocen o tienen un conocimiento insuficiente de nuestra Diócesis. Se desconoce su historia, su fisonomía externa, su organización, sus múltiples tareas y actividades evangelizadoras, formativas, litúrgicas y caritativas. Además, la Iglesia diocesana es sentida por muchos diocesanos como algo distante; otros no tienen conciencia de pertenecer a esta Iglesia, ni la sienten como la propia familia de los creyentes. Por el contrario, se siente más la parroquia, el grupo o el movimiento, donde se vive y practica la fe. Pero no se puede olvidar que todas estas realidades son realmente eclesiales, sólo si no están en unión y comunión con el Obispo y entroncadas vitalmente en la comunión de la fe, de la celebración y de la misión de la Iglesia diocesana; es en ésta donde opera y se realiza la Iglesia del Señor; y es a través de su entronque vital en ella, como se integran en la comunión de la Iglesia universal. Hemos de evitar el particularismo y el parroquialismo.

Hay, de otro lado, signos de una creciente falta de amor hacia la Iglesia, en general, y hacia la Iglesia diocesana, en particular. Esta desafección se muestra en el alejamiento de la vida de la Iglesia, o en la crítica corrosiva, hecha sin amor, de los mismos católicos o en el silencio cómplice ante ataques injustificados. Pero también se muestra cierta desafección hacia la Iglesia diocesana, cuando se vive en el grupo, movimiento, asociación o cofradía, e incluso en la parroquia prácticamente de espaldas a la Iglesia diocesana. Nuestra unión efectiva y afectiva pide, se muestra y crece cuando se acogen y aplican las normas o las directrices pastorales diocesanas, o se atiende a las convocatorias diocesanas, se comunican y se asiste a ellas.

En la base de todo y como condición previa, hemos de descubrir y valorar nuestra identidad cristiana y católica para vivirla con alegría y fidelidad, para no avergonzarnos de nuestra condición católica en privado o en público, de palabra o por obra. Amemos a nuestra Iglesia diocesana, porque, no lo olvidemos, la formamos todos y la construimos entre todos.

Hoy y siempre nuestra Iglesia está llamada a ser viva desde Cristo por la santidad de sus miembros. Como en tiempos pasados, está llamada a acoger, proclamar, celebrar y testimoniar a Jesucristo, su Evangelio y su obra salvadora del hombre y transformadora de la sociedad, del mundo y de la cultura. Nuestra Iglesia es y está llamada a ser signo eficaz de comunión de Dios con los hombres y de unidad de los hombres entre sí (cf. LG 1, por encima de razas, lenguas y pueblos. La nuestra es una Iglesia que está llamada a ser y quiere ser “un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando” (Plegaria Eucarística, V/b)

Varios son los problemas y desafíos ante los que nos encontramos como Iglesia diocesana en nuestra vida y misión. Señalo algunos.

De un lado está el reto de la indiferencia religiosa y eclesial, creciente y multiforme. Una indiferencia hecha de relativismo y de hedonismo. En ciertos casos, proviene de una ignorancia religiosa. En otros casos, es razonada, ideológica, que genera una hostilidad declarada y se expresa muchas veces en un laicismo excluyente.

De otro lado a nadie se le escapa el alejamiento de la vida eclesial, por distintas causas y motivos, y el bajo índice de práctica dominical y sacramental de nuestros fieles. Algo que nos ha de preocupar e interpelar seriamente. Podríamos decir que muchos son más católicos que cristianos. El verdadero problema no es que nuestra Iglesia llegue a ser minoritaria en nuestra sociedad; lo verdaderamente grave sería llegar a ser marginales, el peligro de retirarnos de la escena del mundo y replegarnos sobre nosotros mismos, privando así al Evangelio de su fuerza salvadora, transformadora y humanizadora.

No obstante, las estadísticas no pueden dar cuenta de la real vitalidad de la fe, que observamos en muchos cristianos y en muchas comunidades parroquiales, aunque no sean muchos los bautizados implicados integrados, y en las nuevas comunidades eclesiales. Nuestro reto actual es ayudar a muchos bautizados a pasar de un cristianismo de tradición a un cristianismo de adhesión, de confesión y de engendramiento. Y también ayudar a los cristianos y a nuestras comunidades a mantener una posición de desacuerdo y a veces de resistencia espiritual ante los intentos de marginar a Dios, a Cristo y al Evangelio, de la vida, de la configuración social y de la educación de las futuras generaciones, sin refugiarse de manera nostálgica en el pasado.

Un tercer desafío es la iniciación cristiana y la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Vivimos un tiempo de emergencia educativa, en general, y de emergencia en la educación en la fe. “Sin educación, no hay evangelización duradera, ni profunda. No hay ni crecimiento ni madurez. No hay cambio de mentalidades ni de cultura” (Benedicto XVI, Discurso a los Salesianos en 2008). Esta urgencia educativa comienza primero en el seno de las familias cristianas, que, a su vez, necesitan ser evangelizadas para poder ser evangelizadoras. Para muchos adolescentes y jóvenes deberemos privilegiar un primer anuncio de la fe y un proceso de iniciación cristiana de tipo catecumenal, que les lleve al encuentro personal con Cristo, a la conversión de vida y a su integración real en la Iglesia. Es necesario poner en marcha una pedagogía del acompañamiento y proponer la fe como un camino también de humanización y de maduración humana, y no de manera moralizante o intelectualista. En particular, frente a la pérdida de referencias antropológicas, nos urge desarrollar una pastoral de la vida y del amor humano en la educación, ya desde la más tierna infancia, y en el acompañamiento de novios, matrimonios y familias.

Un último desafío es la privatización de la existencia, que engendra la privatización de la fe. Es conocido el slogan: “Creo en Dios o en Jesucristo, pero no creo en la Iglesia”. El hombre puede llegar a inventar, en el supermercado de lo religioso, sus propias creencias de manera sincretista y a partir de sus problemáticas individuales. Este individualismo y subjetivismo amputa la fe de su dinamismo comunitario y misionero y de la expresión de la diaconía de la Iglesia.

Es fundamental revitalizar nuestras comunidades cristianas, para que, centradas en Jesucristo, sean vivas, fraternas y evangelizadoras. En una eclesiología de comunión, es necesario promover la colaboración de los laicos y de los sacerdotes con un ardor verdaderamente misionero. Debemos acoger, como dones del Espíritu a nuestra Iglesia de hoy, las nuevas realidades eclesiales como son las nuevas comunidades y los nuevos movimientos eclesiales.

Ante la situación actual, el Señor nos exhorta a recuperar la esperanza a la que Dios nos llama. La esperanza es posible porque el mundo ha sido salvado por Cristo. Pongamos nuestra única esperanza en nuestro Señor Jesucristo y en la fortaleza de una fe viva y vivida, celebrada y compartida en la comunidad eclesial. Si el Señor Jesús tuvo una fuerte oposición y fue elevado a la muerte, ¿por qué sorprendernos que ocurra lo mismo con su Iglesia y con sus discípulos?

Para los grandes desafíos de hoy y de siempre no hay otro camino verdadero que Cristo. Él es la Luz del mundo; es a Él a quien los hombres buscan, muchas veces incluso sin saberlo y a veces por vías contrarias a la suya. Ofrecer y propiciar el encuentro con Él en la oración, en la escucha de la Palabra y en la celebración de los Sacramentos, es la clave para una apasionante renovación de nuestra Iglesia y de nuestro mundo.

Hay que volver a hablar de Dos, no de un dios cualquiera, sino del Dios que nos ha revelado Jesucristo. Atrevámonos, con la ayuda de la gracia de Dios, a vivir la aventura más hermosa que hoy podemos vivir: llevar el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo, necesitados de Dios, de amor y de vida, de sanación y salvación.

La evangelización es una apasionante tarea que implica a todos: evangelizar de nuevo; evangelizar como en los primeros tiempo dejándose ‘ganar’ por Cristo para que los hombres crean y pueda haber una humanidad abierta al futuro y hecha de hombres nuevos a los que Él ha devuelto su dignidad, su libertad y su esperanza.

Urge que los cristianos en nuestra Iglesia diocesana seamos anunciadores y testigos incansables de Cristo y de su Evangelio. El creciente número de hombres que también entre nosotros no le conocen reclama que nos entreguemos prioritariamente al servicio del anuncio misionero del Evangelio. La hora presente es la hora de la misión, del anuncio gozoso del Evangelio, así será también la hora de renacimiento espiritual y moral de nuestra sociedad.

No nos podemos quedar en la simple conservación de lo existente; es tiempo de proponer de nuevo y, ante todo, a Cristo, el centro del Evangelio. El solo mantenimiento es claramente insuficiente. Nos apremia como Iglesia diocesana acometer el irrenunciable servicio de una nueva evangelización: “Nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión”, como dijo tantas veces el venerable Juan Pablo II. El ardor tiene que ver con la conversión, es decir, con la mirada a Cristo. Los métodos y la expresión serán nuevos en la medida en que Cristo sea encontrado por hombres de este mundo y de esta cultura. Los métodos y la expresión no son nada si falta el ardor de un encuentro con Jesucristo que toque el centro de la persona. Esto cabe esperar de nuestra Iglesia.

Que este tiempo de gracia, que Dios nos concede en este Aniversario, nos ayude a descubrir nuestra identidad cristiana y eclesial, a profundizar en el conocimiento de la herencia espiritual de nuestros antepasados, a sentirnos Iglesia diocesana y a seguir a los testigos y a los maestros que nos han precedido. Reavivemos nuestro ser cristiano y nuestra llamada a la santidad en el seno de la comunión de nuestra Iglesia diocesana.

Seamos testigos de Jesucristo y de su Evangelio. Este Aniversario es una ocasión de gracia para dejarnos fortalecer en nuestra conciencia misionera. Jesús nos envía a la misión: a anunciar a todos los hombres de todos los tiempos la Buena  Nueva del amor misericordioso y redentor de Dios a los hombres, revelado por Cristo mediante sus palabras, su vida, su muerte y su resurreción.

El mandato misionero de Jesús es siempre actual y hoy es urgente. Es hora de volver a hablar de Dios y de anunciar a Jesucristo sin complejos y sin miedos. Sigamos los pasos de San Pascual, de nuestros santos, mártires y beatos y de cuantos nos precedieron en la fe. ¡Que Maria, Madre del Hijo de Dios y Madre nuestra, la Virgen de la Cueva Santa proteja y ampare a esta nuestra Iglesia diocesana en el año de su 50º Aniversario en su peregrinación hacia la casa del Padre!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

 

 

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