Misa exequial por D. Herminio Pérez Güemez

 

S.I. Catedral-Basilica de Segorbe, 19 de noviembre de 2012

(Sab 3,1-9; Salm 121; 1 Jn 3,1-2; Jn 14,1-6)

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Amados hermanos y hermanas en el Señor

El Señor nos ha convocado como Iglesia diocesana en torno a la Mesa de su Palabra y de su Eucaristía para celebrar el misterio de su Pascua, su muerte y su resurrección, en la muerte a este mundo de nuestro hermano sacerdote, D. Herminio. En la celebración de hoy, la Pascua de Cristo se hace más íntima y visible con la muerte de D. Herminio, quien en las primeras horas de ayer era llamado por el Padre del amor y de la misericordia a su presencia, a la edad de 89 años.

D. Herminio había visto la luz de este mundo el día 3 de octubre de 1923 en Camarena de la Sierra (Teruel), como hijo único de unos padres profundamente cristianos. Ingresó en el Seminario de Zaragoza en 1934 y fue ordenado presbítero el 20 de julio de 1947 en la S.I. Catedral de Teruel. En la Universidad Pontificia de Comillas de Santander obtuvo la licenciatura en Teología Dogmática.

Después de ejercer los ministerios de formador y profesor en el Seminario de Teruel y de vicario parroquial en la de San Andrés de Teruel, en 1954 fue nombrado párroco de Ntra. Sra. de los Ángeles de Bechí y, al pasar esta parroquia a Segorbe-Castellón en 1960, D. Herminio pasó a formar parte de nuestro presbiterio diocesano. En Bechí se ganó el aprecio y el reconocimiento de los feligreses por la entrega, inteligencia, buen trato y acogida que les dispensó. Con su talante dialogante y su gran bondad supo suscitar la colaboración y el compromiso de los fieles en los duros años de la postguerra civil española. D. Herminio consiguió de las administraciones públicas locales y estatales que la población de Bechí logrará disfrutar de servicios sociales esenciales, como nuevas instalaciones para el colegio del pueblo, el asfaltado de calles, el alumbrado eléctrico público entre otros. Por aquellos años inició los trámites para la construcción de la que unos pocos años más tarde sería la Casa de Espiritualidad de Cursillos de Cristiandad, que en breve albergará nuestro Seminario diocesano misionero ‘Redemptoris Mater’. Por todo lo anteriormente dicho, la población de Bechí le dedicó su avenida principal a D. Herminio Pérez Güémez.

En 1961, D. Herminio se trasladó a Segorbe, donde ejercerá los más variados diferentes ministerios pastorales en la curia diocesana. En 1961 el Obispo diocesano, Mons. José Pont i Gol, le nombró Canciller-Secretario de Cámara de la nueva curia, además le encomendó otros muchos ministerios; D. Herminio fue Notario Mayor, Provicario General, Agente de Preces, Delegado de Estadística, Delegado Diocesano de Medios de Comunicación, Delegado de adjunto de Apostolado Seglar, Profesor del Seminario de Segorbe. Todas estas tareas las asumió con gran dedicación y mucho esfuerzo por poner en marcha la nueva curia diocesana. Además, con posterioridad a 1961, asumió otras tareas: él fue Director del Boletín Oficial del Obispado, Juez Prosinodal, Responsable de las Casas Abadías, Vicario Episcopal de la zona de Plana Sur y Secretario del Consejo de Gobierno, Canónigo arcipreste de la S.I. Catedral, Vicario General, miembro del Colegio de Consultores, Juez diocesano, y, por último, Canciller-Secretario General y Delegado de Asuntos Matrimoniales, cargos que ejerció hasta hace poco menos de dos años.

Los tres Obispos, inmediatos predecesores míos, y un servidor confiamos a D. Herminio responsabilidades delicadas, que desempeñó con fidelidad y competencia. Sus aportaciones eran siempre muy valiosas para el discernimiento de los diversos asuntos manifestando siempre una clara visión diocesana. En su largo itinerario ministerial, tanto a nivel parroquial como diocesano, ha ejercido el ministerio con  generosidad, prudencia, celo pastoral y total disponibilidad y amor a la Iglesia. D. Herminio gozaba de gran consideración y afecto por parte de los sacerdotes, religiosos y laicos que le han trataron en el desempeño de sus responsabilidades. Todo ello nos movió a pedir de Su Santidad el titulo de prelado doméstico, que le entregamos en la Misa Crismal de este Año. Bien se puede afirmar que ha sido un sacerdote benemérito y ejemplar, que forma parte del patrimonio espiritual de nuestro presbiterio, don y estímulo para quienes todavía peregrinamos hacia la casa del Padre.

En esta mañana damos gracias a Dios por su persona, por su ministerio sacerdotal y por su buen ejemplo. A la vez elevamos nuestra oración al Dios del amor y de la misericordia por nuestro hermano. Y lo hacemos a la luz de la Palabra que Dios nos ha ofrecido en esta Liturgia.

El fragmento del Libro de la Sabiduría contiene una exhortación a la constancia en la prueba y una invitación a la confianza en Dios. El autor sagrado alaba la confianza de los justos en Dios en las vicisitudes y en las pruebas de la vida y les exhorta a mantenerse fieles al amor de Dios: “Los que confían en Dios comprenderán la verdad; los fieles a su amor seguirán a su lado; porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos” (Sab 3,1-9, 9). Quien acoge la llamada de Dios que viene a su encuentro, quien se pone al servicio del Señor y entrega la vida en el ministerio eclesial no está exento de pruebas y de dificultades como demuestra la experiencia de los santos, como lo ha experimentado D. Herminio. Pero el vivir en el temor de Dios, en el seguimiento de Cristo y en la entrega a la vocación recibida, libera el corazón de toda pobreza y sumerge en el hondón del amor fiel y eterno de Dios. “Los que teméis al Señor, confiad en él … esperad sus bienes, la felicidad perpetua y la misericordia”, nos recuerda el autor del Eclesiástico (Sir 2,8-9).

Esta invitación a la confianza a los que temen al Señor y esperan en Él, conecta con el fragmento del Evangelio de Juan, que hemos proclamado: “Que no tiemble vuestro corazón -dice Jesús a los Apóstoles en la última Cena -. Creed en Dios y creed también en mi” (Jn 14,1). Nuestro corazón está siempre inquieto hasta que no encuentra un asidero seguro en nuestro peregrinaje por esta vida; y, en estas palabras de Jesús, nuestro corazón encuentra la roca sólida donde afianzarse y reposar. Porque, quien se fía de Jesús, pone su confianza en Dios mismo. Jesús es verdadero hombre, pero en Él podemos depositar nuestra fe incondicional, porque – como él mismo dice a Felipe – Él está en el Padre y el Padre está en Él (cfr Jn 14,10). En Jesús de Nazaret, Dios mismo ha venido en verdad a nuestro encuentro. Los seres humanos tenemos necesidad de un amigo, de un hermano que nos coja de la mano y nos acompañe hasta “la casa del Padre” (Jn 14,2); los seres humanos tenemos necesidad de alguien que conozca bien el camino. Y Dios, en su amor “sobreabundante” (Ef 2,4), ha enviado a su Hijo, no solo para indicar el camino, sino para hacerse El mismo “el camino” (Jn 14,6).

Por ello, “nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14,6), como nos dice Jesús. Este “nadie” no admite excepción; porque estas palabras son el correlato de aquellas otras de Jesús en la última Cena. Tomando el cáliz, dice Jesús: “esta es mi sangre, la sangre de la nueva alianza, que será derramada por todos para remisión de los pecados” (Mt 26,28). También las “estancias” en la casa del Padre son “muchas”; es decir, junto a Dios hay espacio para “todos” (cfr Jn 14,2). Jesús es la Vida abierta y ofrecida a “todos”; no hay ni existen otras vidas. Y las que parecen “otras”, si son auténticas, conducen a Él; de lo contrario no conducen a la Vida. Nunca podemos valorar y agradecer suficientemente el inmenso don que el Padre nos ha hecho a la humanidad enviando a su Hijo Unigénito.

A este don del Padre Dios corresponde nuestra responsabilidad, que es tanto mayor cuanto mayor es la relación que tenemos con Jesús, cuantos mayores son los dones que de El hemos recibido. “Al que mucho se le ha dado, – dice el Señor –, mucho se le reclamará; al que mucho se le ha confiado, mucho se le pedirá” (Lc 12,48). Por este motivo, al dar gracias a Dios por todos los beneficios que ha otorgado a nuestro hermano difunto, ofrezcamos por él la pasión y muerte de Cristo, para que llenen las lagunas debidas a su fragilidad humana.

El Salmo responsorial (121) y la segunda Lectura (1 Jn 3,1-2) llenan nuestro corazón de la esperanza, a la que hemos sido llamados. El Salmista nos invita a imitar en espíritu a los peregrinos que ascendían a la ciudad santa y, después de un largo camino, llegaban llenos de alegría a sus puertas: “Qué alegría cuando me dijeron: ‘Vamos a la casa del Señor’. Ya están pisando nuestro pies tus umbrales Jerusalén!” (Sal 121,1-2). El Apóstol Juan, en su primera carta, expresa esta alegría esperanzada desde la certeza de ser hijos de Dios y a la espera de la plena manifestación de esta realidad: “ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. … Cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2).

Hermanos y hermanas en el Señor. Con nuestra mirada de fe en este misterio de salvación, ofrezcamos esta Eucaristía por nuestro hermano D. Herminio; él ya nos ha precedido en su encuentro definitivo con el Padre, en último paso hacia la vida eterna. Invoquemos la intercesión de la Bienaventurada Virgen María para que le acoja en la casa del Padre en la confiada esperanza de poder un día unirnos a él para gozar de la plenitud de la vida y de la paz. Amen.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

1 comentario
  1. M. Carmen Monzonis
    M. Carmen Monzonis Dice:

    Por Providencia divina he podido con mi móvil entrar en esta página
    Millones de gracias Monseñor Don Casimiro. Eso de ser una analfabeta en informática, me ha traído no pocos problemas
    Repito: Que Dios le bendiga siempre y para siempre. el

    Responder

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