Ordenación Presbiteral de Julio Alonso Santos y David Barrios Figueras

Castellón de la Plana, S.I. Concatedral, 23.06.2012

(Núm 11,11-12.14-17.25; Sal 36; Hech 20, 17-18a.28-32.36; Mc 1,24-20)

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¡Muy amados todos en el Señor!

Con el gozo de sabernos bendecidos y agraciados una vez más por Dios, nos hemos congregado para la ordenación de presbítero de Julio y de David. Demos gracias a Dios y, con el salmista (36,2-3), bendigamos a Dios en todo momento y que su alabanza esté siempre nuestra boca. Y oremos intensamente por ellos como Pablo oró con todos los presentes sobre los presbíteros de Éfeso en Mileto para que Dios les conceda su Espíritu y les haga sus sacerdotes para la nueva evangelización.

Por la imposición de mis manos y la oración de consagración, estos hermanos nuestros van a quedar hoy configurados con Cristo, Pastor y Cabeza de su Iglesia: gracias a la ordenación y por la fuerza del Espíritu, a partir de ahora podrán representar a Cristo y actuar en su nombre como Pastor y Cabeza invisible de su Iglesia.

Cierto que todos los cristianos participamos por nuestro bautismo del sacerdocio real en Cristo. Sin embargo el mismo Cristo, llamo a algunos discípulos, a los apóstoles, para que en la Iglesia desempeñasen en nombre suyo el oficio pastoral para bien de los hombres. “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mc 1, 17). Él mismo Jesús, enviado por el Padre, envió, a su vez, a los Apóstoles por el mundo, para continuar sin interrupción su obra de Maestro, Sacerdote y Pastor por medio de ellos y de sus sucesores, los Obispos. Y los presbíteros, por su parte, son asociados al ministerio apostólico de los Obispos, participan del su ministerio y son sus colaboradores al servicio del pueblo de Dios.

Hoy, queridos Julio y David, después de haber acogido con generosidad y alegría la llamada del Señor al sacerdocio ordenado, tras un largo tiempo de oración, formación y reflexión, vais a ser constituidos “pastores de la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su Hijo” (Hech 20, 28). Gracias a Cristo y por El, la Iglesia, su Cuerpo, se edifica y crece como pueblo de Dios y templo del Espíritu Santo. Al ser configurados con Cristo, sumo y eterno Sacerdote, y al ser unidos al sacerdocio de los Obispos, vais a quedar convertidos en verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento para anunciar el Evangelio, para celebrar el Culto divino y para apacentar el Pueblo de Dios. Es Cristo mismo quien os elige y capacita para ello, no como alguien ausente sino como el Señor Resucitado, presente en vosotros y en medio de su Iglesia.

Sin Jesucristo, sin su elección, sin su envío y sin su acción por medio del Espíritu Santo en vosotros, nada sois y nada podréis ser ni hacer. No olvidéis nunca vivir vuestro sacerdocio anclados y cimentados en Cristo, recordando este día: Vivid vuestro sacerdocio basado en el encuentro personal con Él en la oración litúrgica y personal diarias, en la meditación y escrute de la Palabra de Dios, en la celebración diaria de la Eucaristía y en la recepción frecuente de la Penitencia así como en vuestra vida pastoral. El motor y la razón de vuestra vida deberá ser siempre un amor apasionado por Cristo, Maestro que enseña, Sacerdote que ofrece y se ofrece, y Pastor que guía. Esto os llevará a una verdadera caridad pastoral; es decir, a amar a los hombres y mujeres y a desviviros por todos los hermanos con los mismos sentimientos y la misma entrega de Cristo, el Buen Pastor.

De la identificación existencial con Cristo y de la unión vital con Él brotará un amor apasionado por todos los hombres, especialmente por los más pobres, para llevarlos a Cristo, el Evangelio de Dios, el único que puede salvar al ser humano. Solo así podréis ser sacerdotes de la nueva evangelización y de la misión ad gentes.

La segunda lectura de hoy (Hech 20, 17-18a.28-32.36) nos recuerda el encuentro de Pablo con los presbíteros de Éfeso a quienes había hecho llamar a Mileto. Pablo, encarcelado, sabe que está llegando al final de su vida. Lo que más le preocupa es que el Evangelio sea proclamado íntegro al “rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios” frente a aquellos que lo deformarán (Hech 20, 29.30).

Vosotros, como presbíteros, tendréis la tarea de proclamar la Palabra y enseñar en nombre de Cristo, el Maestro. Cumpliréis, pues, esta misión con la autoridad misma de Cristo, de quien haréis las veces, de modo especial en la predicación. Predicar es comunicar a Cristo, porque Cristo es la Buena nueva de Dios-Amor a los hombres. Anunciar a Cristo es anunciar y proponer con humildad y sencillez, con convicción y alegría a Cristo Salvador, la Palabra del Dios vivo que engendra la fe en quienes la acogen en su corazón. Una gran tarea y una gran responsabilidad la vuestra, queridos Julio y David. Vais a prestar a Cristo vuestra inteligencia, vuestras palabras y vuestros labios, para que -por medio de vosotros- el Señor mismo ilumine la mente y entre en el corazón de quienes os escuchen y así sean atraídos por el Padre en el Espíritu.

Como Pablo también vosotros pensaréis muchas veces que no estáis a la altura de lo que Dios espera de vosotros. Os veréis a menudo como niños que balbucean ante las maravillas divinas que tenéis que comunicar. Y es verdad. Pero precisamente este sentimiento de indignidad –si es manifestación de sincera humildad- será la mejor garantía de vuestra rectitud de intención y, por tanto, de la eficacia de vuestro ministerio. Como, Pablo, no dudéis nunca que estáis “en manos de Dios y de su palabra, que es gracia y tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos” (Hech 20, 32). La ayuda y la fuerza de Dios nunca os faltarán; no olvidéis que la eficacia de la Palabra viene siempre y en último término de Dios.

La nueva evangelización pide que seáis sacerdotes enteramente ganados por Jesucristo vivo que es el Evangelio perenne de Dios a los hombres, tal como se conserva, se celebra, se vive y se anuncia en la Iglesia católica y apostólica. Para ello es necesario ser sacerdotes con un claro sentido eclesial, y vivir en comunión afectiva y efectiva con la Iglesia y sus Pastores en la doctrina, en la disciplina y en la misión. En la transmisión de la Palabra de Dios, Pablo pide a los presbíteros de Éfeso y, con él, la Iglesia os pide hoy a vosotros y a todos sus ministros plena fidelidad al depósito revelado. El sacerdote no es señor, sino siervo de la Palabra de Dios. Como sacerdotes seréis ministros de Cristo, la Palabra de Dios por excelencia, y administradores de los misterios de Dios. Lo primero que se pide y que se espera de un administrador es fidelidad; es decir, que proclame el Evangelio en su integridad, tal como es trasmitido en la tradición viva de la Iglesia, “sin falsificar, reducir, torcer o diluir los contenidos del mensaje divino” (Directorio, n. 45). Vuestra misión, como ministros de Cristo, “no es enseñar una sabiduría propia, sino enseñar la palabra de Dios e invitar insistentemente a todos a la conversión y a la santidad” (PDV 26).

Al mismo tiempo debéis poner todos los medios a vuestro alcance para que la Palabra de Dios cobre vida en vuestra propia existencia, en vuestro obrar y en vuestros labios, y así mueva, a quienes os escuchen, a la conversión a Dios, al cambio de vida desde el Evangelio, al encuentro personal con Jesucristo y a la adhesión de su mente y corazón a El y a su Evangelio, de modo que su conciencia y actuación sean conformes al Evangelio. Esforzaos en adquirir y acrecentar la doctrina necesaria, y dedicad siempre el tiempo necesario a la preparación de las homilías o las catequesis. Mantened en vosotros siempre vivo el deseo de llegar a las personas, en su situación y circunstancia concreta, para facilitarles el encuentro personal con Dios, con Cristo y con su Evangelio. No olvidéis que, también en nuestro tiempo, los corazones de los hombres y mujeres están sedientos de verdad, de verdadera libertad, de belleza y de felicidad; es decir, están sedientos de la salvación que sólo puede venir de Dios en Cristo.

Que vuestro anuncio de la Palabra sea expresión de vuestra oración personal: una oración humilde, sincera y trasparente ante Dios y ante vosotros mismos. Sólo una oración así posibilita la apertura dócil a la Palabra de Dios y a su voluntad, así como a vuestras verdaderas necesidades y de las personas a vosotros confiadas.

Hoy vais a ser constituidos también ministros de la Eucaristía. Al entregaros la patena y el cáliz, os diré: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. En la celebración orante de la Eucaristía diaria, continuada en una oración ante el Sagrario, en charla confiada con nuestro Señor y dejando pasar los rostros de las personas, es donde se preparan los frutos de la gracia divina en quienes nos oyen.

Configurados con Cristo, el buen Pastor, queridos David y Julio, seréis también ministros de la misericordia divina en el sacramento de la reconciliación, vinculado íntimamente al de la Eucaristía. ¡Sed ministros santos de la misericordia divina! ¡Ofreced el sacramento del perdón amoroso de Dios a tantos corazones destrozados por el mal y por la esclavitud del pecado! Dios cuenta con vuestra disponibilidad fiel para realizar prodigios extraordinarios de su amor en el corazón de los creyentes en el sacramento de la Penitencia. En la fuente de la reconciliación, los bautizados podrán hacer la viva y consoladora experiencia del buen Pastor, que se alegra por cada oveja perdida que recupera. ¡Vivid vosotros mismos la gracia hermosa de la reconciliación como una exigencia profunda y un don siempre esperado mediante una práctica regular de la confesión! Así, daréis nuevo vigor e impulso a vuestro camino de santidad y a vuestro ministerio.

Queridos hijos: Vais a ser ordenados presbíteros para esta Iglesia de Segorbe-Castellón, abiertos siempre a la Iglesia universal y a la misión. Sois ordenados en una época en la que el ambiente de increencia e indiferencia religiosas, y fuertes tendencias culturales quieren hacer que la gente, sobre todo los jóvenes y las familias, olviden a Dios y a su Hijo, Jesucristo. Pero no tengáis miedo: Dios estará siempre con vosotros. Con su ayuda, podréis recorrer los caminos que conducen al corazón de cada hombre y de cada mujer, al corazón de la sociedad y al corazón de la cultura; con la fuerza del Espíritu podréis llevarlos a Cristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, al Cordero de Dios y buen Pastor, que dio la vida por ellos y quiere que todos participen en su misterio de su amor y salvación.

Si estáis llenos de Dios, si Cristo es el centro de vuestra vida y permanecéis en íntima unión con él y en comunión con la Iglesia, seréis verdaderos sacerdotes de la nueva evangelización: sacerdotes que crean de verdad en la necesidad e importancia de su ministerio y lo vivan con verdadera alegría y entrega; sacerdotes que se centren en el anuncio del kerig­ma cristiano; sacerdotes que estén bien formados y sean conscientes de la necesidad de cristianizar la cultura; sacerdotes que se sepan servidores de las vocaciones, de los carismas y de la comunidad cristiana, para que sea viva y evangelizadora; sacerdotes que sean testigos de la esperanza de la vida futura y eterna en Dios.

Ojalá que vuestro ejemplo aliente también a otros jóvenes a seguir a Cristo con igual disponibilidad. Por eso oremos al “Dueño de la mies” para siga llamando obreros al servicio de su Reino, porque “la mies es mucha” (Mt 9, 37).

Antes de terminar, quiero felicitar de corazón a vuestros padres, hermanos y demás familiares. Sentid el orgullo santo de que el Señor haya elegido como ministro suyo a un miembro de vuestras familias. Felicito también a nuestro presbiterio diocesano que, a partir de esta mañana, se ve incrementado con dos nuevos miembros. Y mi cordial felicitación a vuestras comunidades y a todos aquellos sacerdotes que Dios ha ido poniendo a lo largo de vuestro camino, en especial, al Sr. Rector, a los formadores y a los seminaristas del Redemptoris Mater y del Mater Dei.

Que María, Madre y modelo de todo sacerdote, permanezca junto a vosotros y os proteja, hoy y a lo largo de los años de vuestro ministerio pastoral, para gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

 

 

 

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