Recepción de los restos del Beato Recaredo Centelles Abad

Iglesia Parroquial del Santo Ángel Custodio – La Vall d’Uixó
I Domingo de Cuaresma, febrero de 2012

(Gn 9,8-15; Sal 24; 1 Pt 3,18-22; Mc  1,12-15)

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¡Amados hermanos todos en el Señor!

Permitidme que, antes de nada, salude a los sacerdotes, a los párrocos de La Vall, a los diáconos y a los seminaristas; y que salude de modo muy especial a Mn. Vicente Borja Dosdá, Párroco de ésta del Santo Ángel que tanto ha trabajado hasta lograr que los restos del Beato Recaredo puedan descansar en esta iglesia parroquial; saludo a mi Vicario Episcopal de Pastoral y -¿cómo no?- al Secretario General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, a la vez, que le expreso nuestro cordial agradecimiento por habernos concedido el traslado de los restos desde su casa en Tortosa a esta iglesia parroquial; le pido que así se lo trasmita al Director General del Instituto y a todos sus miembros. Mi saludo agradecido y respetuoso a las autoridades que nos acompañan: al Ilmo. Sr Alcalde y miembros de la Corporación Municipal de La Vall d’Uixó, a la Honorable Sra. Consellera de Infraestructuras de la Comunidad Valenciana, al resto de la autoridades y los miembros de la Guardia Civil. Saludo a las Reinas de las Fiestas y a las representaciones de Cofradías y Asociaciones.

El Señor Jesús nos ha convocado en este ‘Domingo de Hora’ en torno a la mesa de su altar para renovar y actualizar el misterio pascual de su pasión, muerte y resurrección. El misterio pascual, la entrega hasta el extremo de Jesús, el Hijo de Dios, es la expresión suprema del amor de Dios hacia toda la humanidad, un amor que redime y un amor que se convierte en fuente de vida y de salvación para el mundo. Es el pacto definitivo de Dios con la humanidad.

Al recibir hoy los restos del hijo de La Vall, el beato Recaredo Centelles Abad (1904-1936) queremos ponerlos cerca del ara del altar de Cristo, a cuyo sacrificio él fue unido por su sangre derramada; y queremos colocarlos cerca de la pila bautismal donde el Beato renació a la vida de los Hijos de Dios por el Bautismo, al día siguiente de su nacimiento, el 24 de abril de 1904.

Hoy es un día grande para todo el pueblo de La Vall, para la comunidad católicos de esta Ciudad y sus parroquias, y, en especial, para esta Parroquia del Ángel; como lo es también para sus familiares, a quien saludo cordialmente, y para toda nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón. Hoy es un día de verdadera gracia al poder contar desde ahora con la presencia cercana de un intercesor ante Dios, fuente de toda gracia.

Unidos en la oración damos gracias a Dios una vez más por el don de su persona, por su familia profundamente católica, donde recibió la fe cristiana y aprendió a vivir como discípulo del Señor; a Dios le damos gracias por la entrega de nuestro Beato a la tarea de la promoción y formación de sacerdotes como Sacerdote Operario; y a Dios damos gracias especiales por su muerte martirial.

Con su martirio, el Beato Recaredo nos ha dejado un testimonio de fe, de esperanza y de caridad. En verdad: El Beato Recaredo es testigo de una fe llena de confianza en el amor de Dios que nunca abandona a aquellos que le aman; es testigo de una esperanza sin fisuras en la vida eterna y sin fin, que Dios tiene reservada a quienes se fían de Él; él es testigo de un amor entregado a Dios hasta el derramamiento de su sangre y de un amor sin reservas al prójimo, incluido el perdón de sus asesinos. Después ser ametrallado aquel 25 de octubre de 1936, cayó al suelo, todavía vivo, sobre su costado derecho. Uno de sus asesinos burlándose le dijo: “Tú que eres cura, bendícenos”. A lo que Recaredo, que no podía moverse, le respondió: “Si me das la vuelta, sí”. Le dieron la vuelta, y mientras él bendecía, le descerrajó un tiro de gracia en uno de sus ojos, cayendo definitivamente fulminado, consumando así su deseo de ser mártir de Jesucristo.

Donde sólo había odio por ser sacerdote de Cristo y de su Iglesia, él supo poner amor, perdón y bendición. Por su persona, por su testimonio de santidad, por su testimonio de fe, de esperanza y de caridad damos gracias esta tarde a Dios.

El Beato Recaredo Centelles nos recuerda que la verdad y la base de toda existencia humana es Dios y que el corazón de la vida cristiana es la caridad: el amor de Dios y el amor a Dios y al prójimo, basados en una fe plenamente confiada en el amor fiel y providente de Dios. Dios que es amor, crea por amor y llama a la vida plena y eterna junto a Él; y Dios, que es eternamente fiel, no abandona a quien le ama con todo su corazón y con todas sus fuerzas siguiendo sus caminos. Nos lo recordaba el Salmo de este domingo. “Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad, para los que guardan tu alianza” (Sal 24).

Si algo configuró el espíritu de nuestro Beato ya desde niño y en su vida sacerdotal y en su martirio, fue una fe sin fisuras en Dios, en su amor y en su fidelidad, hasta considerar su martirio como una gracia de Dios: una fe confiada y un amor radical a Dios, que lo llevaron a mantenerse fiel a la fe hasta el extremo de hacer oblación de su vida a Dios; y un amor a Dios que se hizo perdón de sus asesinos.

No lo olvidemos: La fuerza del Beato Recaredo en su vida cristiana y sacerdotal y así también en su martirio fue su experiencia personal de Dios: la experiencia de un Dios que es Padre amoroso y fiel, que no abandona nunca a los que guardan su alianza ni tan siquiera en la muerte. Por la fe, descubrió, acogió y vivió el amor que Dios había derramado en su corazón, hasta poder exclamar ya a sus 17 años: “Soy de Cristo, ya estoy muerto, vive solo el corazón”.

En la vida y en la muerte del Beato Recaredo se hicieron realidad las palabras de San Pablo: “nadie que cree en él, quedará defraudado” (Rom 10,11). Él estaba firmemente seguro de que el amor de Dios no le abandonaría nunca, tampoco en la tragedia de su muerte. Su respuesta al amor recibido de Dios será un vivo deseo de entregarle su vida por amor, si así era su voluntad, y de amarle amando al prójimo, incluso perdonando a sus verdugos, porque también a ellos estaba destinado el amor de Dios.

Como fruto de su amor a Dios, nuestro Beato buscará estar unido a Él en todo momento. Esta unión con Dios se manifestará en su serenidad ante la persecución religiosa de 1936 que le sorprendió aquí, en su pueblo, atendiendo a los enfermos de manera especial, “aunque le costara la vida”, como él decía, y preparándose a la vez para el martirio que consideraba “una gracia muy grande del Señor”. Así se manifestó también en las palabras a su familia en el asesinato de su hermano, pocos días antes que el suyo: “!No lloréis más¡ Demos gracias a Dios porque se ha dignado elegir un mártir en la familia. ¡Ojalá se sirviera escogernos a nosotros!”.

En su deseo de amar a Dios y agradarle en todo no se preocupará más que de buscar en todo la gloria de Dios y acoger su voluntad, hasta estar dispuesto a dar su propia vida a Dios. Su fidelidad a su fe cristiana hasta el martirio, su serenidad, su perdón y su esperanza ante la muerte, proceden de su gran fe y de su confianza en el amor de Dios. El encarnó la acogida amorosa y dócil de la voluntad del Padre: amó a Dios y, en Él, al prójimo. Con su martirio nos mostró que el amor es la única fuerza capaz de vencer el odio, la crispación, el rencor, el mal y el pecado; la única fuerza capaz de construir una sociedad más justa y fraterna.  Este es el gran legado del Beato Recaredo para todos nosotros.

Hoy nos preguntamos qué es lo esencial en la vida cris­tiana. La experiencia nos enseña que la causa más universal del sufrimiento en el mundo no es ni la enfermedad, ni la guerra, ni el hambre, sino el odio humano, el egoísmo y la falta de amor de las personas y de los pueblos. En otras palabras: el gran drama de nuestro tiempo es la ausencia de Dios, como lo fue antes del diluvio universal y tantas veces en la historia humana.

La experiencia nos dice que cuando Dios desaparece de nuestra vida, de nuestras familias y de la sociedad, comienza la muerte del hombre. Lo importante, por ello, es cuidar las dos claves de la vida cristiana: la fe en Dios y el amor a Dios que se hace amor al prójimo. Dios es siempre la garantía del ser humano, del respeto de su dignidad y de su vida desde su concepción hasta su muerte natural, y de la construcción de una sociedad justa y fraterna, basada en la verdad. Cuando damos prioridad a las cosas secundarias, nuestro corazón se llena de preocupaciones y se vacía de lo esencial. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Lo esencial de nuestra vida no es otra cosa sino Dios mismo y su amor.

Pero parece que no encontráramos tiem­po para dedicarnos a lo verdaderamente importante. Y lo importante en la vida cristiana es amar a Dios con todo el co­razón, fiándose en todo momento de El y confiando en Él, sin renegar de Él, sin avergonzarse de ser cristianos, de creer en Dios y amar a Dios sin buscar excusas.

El Evangelio de este Domingo nos recuerda que lo fundamental para el cristiano, como para Jesús, es creer y confiar en Dios, amarle y acoger su voluntad, en definitiva dejar a Dios ser Dios en nuestra vida. Como Jesús en el desierto también nosotros estamos tentados a hacer de lo material el centro de nuestra vida; como Jesús en el desierto estamos tentados de buscar el poder sobre los demás o de suplantar a Dios y su voluntad erigiéndonos en dioses para nosotros y para los demás. ¡Que frecuentes son estas tentaciones en nuestro tiempo, empecinado en vivir de espaldas a Dios! El Evangelio nos exhorta a volver nuestra mirada, nuestra mente y nuestro corazón a Dios: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15), nos dice Jesús al inicio de esta Cuaresma. Este es el camino para vencer la tentación de vivir al margen de Dios. Este es el camino que nos muestra Jesús. Este es camino que nos muestra nuestro mártir, el Beato Recaredo.

El amor confiado a Dios sobre todas las cosas más que un mandamiento es un don, una gracia para todo cristiano, recibida el día de nuestro renacimiento a la vida de los hijos de Dios por el Bautismo; no a todos se les da el don de conocer y de amar a Dios. Si lo descubrimos, como nuestro Beato, no cesaremos de dar gracias a Dios y no haremos otra cosa que cultivar en nuestro corazón el amor a Dios y, como su consecuencia necesaria, el amor al prójimo. El amor a Dios nunca decepciona; el amor a Dios llena de paz, de alegría, de esperanza y de plenitud. Porque es hombre y la mujer sólo son dignos de Dios y de su amor.

Pero somos frágiles. El contexto social nos tienta a prescindir de Dios en nuestra vida. Marginado Dios de nuestra vida, comienza el deterioro de las relaciones humanas, de las relaciones familiares y sociales, impera la mentira, la apariencia, el querer ser y aparentar más que los demás, la avaricia, la especulación por s tener más que los demás, el odio, el rencor y la muerte.

El Evangelio de hoy nos recuerda las tentaciones de Jesús en el desierto, pero también su victoria sobre el tentador. San Pío de Pietrelcina decía: El demonio tiene una única puerta para entrar en nuestro espíritu: esta puerta es la voluntad. Las tentaciones son llamadas a nuestro cora­zón; pero nunca lograrán derribar la entrada, si nosotros no abrimos la puerta. Ésa es nuestra esperanza y la garantía de que, como indica san Agustín, Dios nunca permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Quien permanece fiel a Dios en Cristo nunca queda derrotado. Así lo dice san Pablo citando la Escritura: Nadie que cree en él quedará defraudado.

Toda tentación busca derribar nuestra confianza en Dios. Lo hace mediante el ardid de presentar algo como bueno, para atraer nuestros sentidos o mover nuestro orgullo, para que dejemos de lado a Dios y sus caminos. El salmo de hoy (Sal 24) recuerda que el “Señor es bueno y es recto, enseña el camino a los pecadores, hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes”. Quien confía en el Señor puede estar tranquilo, porque Dios le asegura: Me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribu­lación, lo defenderé, lo glorificaré.

La Eucaristía no es sólo ‘banquete fraternal’, sino también es ‘memorial’ vivo de la entrega de Jesús al Padre. Unido a Cristo, nuestro mártir ofreció su propia vida en sacrificio a Dios. Que él nos enseñe, a ofrendar vuestras vidas con Cristo al Padre, creyendo y confiando en Dios, y amándole sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Que él, que tanto trabajó en la promoción y formación de las vocaciones al sacerdocio, nos enseñe a trabajar por las vocaciones e interceda ante Dios para que nos conceda el don de nuevas vocaciones al sacerdocio en nuestra Iglesia, diocesana, en esta parroquia del Santo Ángel y en nuestras familias.

Participemos en esta Eucaristía, el sacramento de la entrega y del amor de Dios en Cristo. Que la participación en el amor de Dios, nos lleve a ser testigos de su amor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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