Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Clausura del Año Sacerdotal

S.I. Concatedral de Castellón, 11 de junio de 2010

(Ez 34,11-16; Sal 22; Rom 5,5b-11; Lc 15,3-7)

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Queridos sacerdotes y hermanos todos en el Señor:

El Señor nos convoca esta mañana en la Solemnidad de su Sagrado Corazón, para clausurar el Año especial Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI con motivo del 150º Aniversario de la muerte a esta vida del santo Cura de Ars, San Juan María Vianey. Abundantes han sido las gracias, que Dios ha derramado sobre todos nosotros en este año jalonado con actos de oración y con celebraciones litúrgicas de la Eucaristía, con encuentros sacerdotales de formación y de acción de gracias, con la peregrinación diocesana a Ars hasta los restos del Santo de Ars, el encuentro interdiocesano en Valencia o la participación de algunos de nuestros sacerdotes en congresos y otros actos en Roma.

Si, hermanos. Dios nos ha ofrecido un año de gracia. Este año ha sido una bendición de Dios, un tiempo propicio otorgado a todos los sacerdotes para nuestra necesaria renovación interior de modo que nuestro testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo. Durante este tiempo de gracia, fieles y comunidades hemos orado con intensidad y constancia a Dios por la santificación de los sacerdotes, de la cual depende también y en gran medida la eficacia de nuestro ministerio; la presencia habitual de esta intención en nuestras comunidades ha ayudado a valorar la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea y a apreciar el don del propio sacerdote para la propia parroquia, a querer a cada sacerdote de vosotros.

En el futuro constataremos los frutos de la deseada renovación: la fuerza del Espíritu Santo renovador y santificador, impetrada con tanta oración y ayuno en tantos lugares y por tantas personas, no será vana si se muestra en un testimonio sacerdotal vigoroso y gozoso, renovado y evangélico, que contribuya a la tan necesaria renovación de la humanidad de nuestro tiempo. Por todo ello damos gracias a Dios: por este año, por esta bendición y por todas las gracias recibidas

Este Año sacerdotal se ha celebrado en medio de una tormenta mediática mundial, en la que se ha manifestado la debilidad de algunos sacerdotes; pero esto no puede ofuscar ni mucho menos la fidelidad evangélica y la entrega generosa de la inmensa mayoría de los sacerdotes y, sobre todo, el reconocimiento del inmenso don que representan los sacerdotes, que sois cada uno de vosotros. Cada presbítero somos presencia sacramental de Cristo, sacerdote y Buen Pastor de nuestra vida.

Cada uno somos un don de Dios a los hombres y les ofrecemos a Cristo en persona que es el Camino, la Verdad y la Vida, la Luz que ilumina nuestros pasos, el Amor que no tiene límites y Amor que ama hasta el final. Los sacerdotes nos anuncian y nos ofrecen el buen alimento de su Palabra, que es Vida, fuerza de salvación para quienes creen, buena Noticia que llena de esperanza; los sacerdotes nos conceden de parte de Dios el perdón y la gracia de la reconciliación. En particular, los sacerdotes nos dan a Dios, sin el cual no podemos nada y no podemos esperar nada. Son gesto y señal del amor irrevocable de Dios, que no abandona a los hombres.

Los sacerdotes no somos sólo algo ‘conveniente’ para que la Iglesia funcione bien; más bien hay que decir y reconocer que los sacerdotes somos necesarios simplemente para que la Iglesia exista: porque somos ministros de la Eucaristía, sin la cual no hay Iglesia. Demos gracias a Dios por cada uno de nuestros sacerdotes, que desempeñan su propia tarea y servicio pastoral en las ciudades y pueblos, y que con frecuencia tienen la sensación de ser olvidados y estar aislados, de no saber qué hacer, pero que muestran siempre que Dios se encuentra en lo que es pequeño y en lo que no cuenta a los ojos del mundo.

El Año sacerdotal ha concluido, pero los objetivos que con él se pretendían siguen siendo de enorme actualidad. Son un legado permanente de este año, que se convierten hoy en tarea permanente y cotidiana para todos: sacerdotes y fieles. En este día centramos nuestra mirada en el Corazón de Cristo, en el Sagrado Corazón de Jesús, fuente inagotable del amor de Dios que “ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5b). El Corazón de Jesús es la hoguera inagotable donde podemos obtener amor y misericordia para testimoniar y difundir entre todos los miembros del Pueblo de Dios y para toda la humanidad. En esta fuente debemos beber ante todo nosotros, los sacerdotes, para poder comunicar a los demás la ternura divina al desempeñar los diversos ministerios que la Providencia nos confía.

En estos momentos recios es necesario que los sacerdotes nos dejemos renovar interiormente día a día por la gracia de Dios: en una palabra, que tendamos hacia la santidad de vida en la entrega generosa y fiel a la vocación y ministerio que cada uno hemos recibido. Sólo si somos hombres de Dios, podremos ser servidores de los hombres y de la Iglesia. Los sacerdotes estamos llamados a ser como Cristo. Debemos ser santos. La santidad sacerdotal no es un imperativo exterior, es la exigencia de lo que somos. Sin la santidad sacerdotal, sin una vida espiritual profunda, alimentada día a día y vivida con ardor pastoral en el ejercicio de nuestro ministerio, todo se derrumba.

Lo que más cuenta es centrar nuestra vida y nuestra actividad en un amor fiel a Cristo y a la Iglesia, que suscite en nosotros una acogedora solicitud pastoral con respecto a todos. Para realizar fielmente esta tarea hemos estar y vivir centrados en el Señor Jesús; es decir, hemos de esforzarnos por ser pastores según el corazón de Cristo, manteniendo con él un coloquio diario e íntimo, dejándonos modelar por Él y por su corazón de pastor. La unión con Jesús es el secreto del auténtico éxito del ministerio y de la fidelidad siempre fresca de todo sacerdote.

Si en el centro de nuestro sacerdocio está el mismo Cristo, en los sacerdotes no habrá lugar para una vida mediocre. No dejemos lugar a una vida mediocre y tibia nunca y mucho menos en el momento actual, en el que es tan necesario mostrar la identidad de lo que somos y dar así razón de la esperanza que nos anima. Como Cristo, el Buen pastor,  estamos llamados a buscar a la oveja perdida (cf. Lc 15, 3-7), a vendar a las heridas, curar a las enfermas y guardar y apacentar como es debido a las fuertes (Ez 34,16).

La humanidad actual a menudo corre el riesgo de perder el sentido de la existencia; cierta cultura contemporánea pone en duda todos los valores absolutos e incluso la posibilidad de conocer la verdad y el bien. Por eso, es necesario testimoniar la presencia de Dios, de un Dios que comprenda al hombre y sepa hablar a su corazón. Nuestra tarea consistirá precisamente en proclamar con nuestro modo de vivir, antes que con nuestras palabras, el anuncio gozoso y consolador del Evangelio del amor en ambientes a veces muy alejados de la experiencia cristiana.

Por tanto, seamos cada día oyentes dóciles de la Palabra de Dios, vivamos en ella y de ella, para hacerla presente en nuestra acción sacerdotal. Anunciemos la Verdad, que es Cristo mismo. Que la oración, la meditación y la escucha de la palabra de Dios sean nuestro pan de cada día. Si crece en nosotros la comunión con Jesús, si vivimos de él y no sólo para él, irradiaremos su amor y su alegría en nuestro entorno.

Junto con la escucha diaria de la palabra de Dios, la celebración de la Eucaristía ha de ser el corazón y el centro de todas nuestras jornadas y de todo nuestro ministerio. El sacerdote, como todo bautizado, vive de la comunión eucarística con el Señor. No podemos acercarnos diariamente al Señor, y pronunciar las maravillosas palabras: “Esto es mi cuerpo” y “Esta es mi sangre”; no podemos tomar en nuestras manos el Cuerpo y la Sangre del Señor, sin dejarnos aferrar por él, sin dejarnos conquistar por su fascinación, sin permitir que su amor infinito nos cambie interiormente.

La Eucaristía ha de llegar a ser para nosotros escuela de vida, en la que el sacrificio de Jesús en la Cruz nos enseñe a hacer de nosotros mismos un don total a los hermanos. La comunión y la amistad con Cristo aseguran la serenidad y la paz también en los momentos más complejos y difíciles.

Queridos sacerdotes: Bien sabemos que en nuestro camino no estamos solos. Contamos con la compañía y amistad fiel de Cristo, que nunca abandona. Nos lo recuerda su presencia real y permanente en el Sagrario, en la Eucaristía. La fidelidad de Cristo es aliento para nuestra fidelidad a Él, al don u misterio recibido, a todos los hermanos, a nuestra Iglesia y toda la humanidad. Contamos con la protección, el aliento y la guía de la Virgen María, Madre de todos los sacerdotes. En nuestro camino contamos también con la cercanía humana y con la oración sincera de muchos fieles, que aprecian la persona y el ministerio de sus sacerdotes. “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”, decía el santo Cura de Ars.

Hermanos y hermanas: A vosotros os pido que queráis y améis a los sacerdotes, que sepáis apreciarlos y acompañarlos; y, si es preciso, saber perdonarlos. Oremos por todos ellos a Dios; y oremos también para que el Señor siga suscitando entre nosotros vocaciones al sacerdocio, para que nos siga dando “pastores según su Corazón”.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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