Iniciación cristiana de adultos

Queridos diocesanos:

Cada año son más los adultos que reciben los sacramentos de la Iniciación cristiana en nuestra Diócesis: en unos casos, la mayoría, se trata de adultos que, habiendo recibido el Bautismo y la primera Comunión, completan su iniciación recibiendo el sacramento de la Confirmación; en otros casos, con tendencia creciente, se trata de adultos que no han recibido ninguno de los tres sacramentos y desean ser cristianos. Es un signo de la presencia salvadora de Dios por el Espíritu Santo en nuestra Iglesia y un motivo de alegría y de esperanza en tiempos de indiferencia religiosa y de alejamiento de la Iglesia de otros bautizados.

Ahora bien: a este respecto debemos recordar que la Iniciación cristiana es el proceso de inserción en el misterio de Cristo, muerto y resucitado: es un don de Dios que recibe la persona humana por mediación de la Madre Iglesia. De ahí que se llame Iniciación cristiana a todo el proceso o camino en el que la Iglesia hace nuevos cristianos. Tres aspectos inseparables son esenciales en este proceso: la iniciativa de Dios, la respuesta de la persona humana y la mediación de la Madre Iglesia.

La Iniciación cristiana es, antes de nada y en primer lugar, un don de Dios: sólo Él puede hacer que el ser humano renazca en Cristo por el agua y el Espíritu; sólo Él puede comunicar vida eterna. Suya es la iniciativa y suya la capacidad de santificar al ser humano por su gracia. Ésta se comunica eficazmente en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, que divinizan al hombre. Ahora bien, la Iniciación cristiana es un don de Dios que recibe la persona humana: el hombre, auxiliado por la gracia divina, responde libre y generosamente al don de Dios, recorriendo un camino de liberación del pecado y de crecimiento en la fe. La gracia santificante comunicada en los sacramentos es un don al que se puede y se ha de responder libremente con la ayuda del Espíritu Santo para que dé sus frutos; esa gracia incide y ha de incidir en todas las dimensiones que configuran la existencia humana. Y, en tercer lugar, la Iniciación cristiana es un don de Dios que recibe la persona humana por mediación de la Madre Iglesia. La Iglesia recibe la vida de Cristo para engendrar, por mandato suyo y por la acción del Espíritu Santo, nuevos hijos para Dios de todos los pueblos de la tierra.

Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una Iniciación que consta de varias etapas con unos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la fe, a la conversión y al cambio de vida, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística. Este camino por etapas se llama catecumenado y no puede faltar nunca:  no sólo en el caso de adultos no bautizados, sino también para aquellos que solicitan el sacramento de la Confirmación siendo ya adultos, adaptándolo, eso sí, a la situación de cada uno. No nos podemos conformar con una catequesis de estilo escolar, hecha en unas pocas semanas o meses y entendida sólo como requisito previo para acceder a los sacramentos.

Necesitamos un cambio de mentalidad y entender que la celebración de los sacramentos debe ser precedida y acompañada por la evangelización, la fe y la conversión, porque sólo así pueden dar sus frutos en la vida de los fieles. Esta es la voluntad del mismo Cristo, que mandó a sus apóstoles a hacer discípulos a todas las gentes y a bautizarlas.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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