Mayo, el mes de María

Queridos diocesanos:

Desde el inicio mismo de la Iglesia, la Virgen María está siempre presente en la vida de la comunidad cristiana y de los cristianos. Su presencia es como la de la madre en una buena familia, que le da calor, acogida, cariño, consuelo. Puede que su presencia sea muchas veces imperceptible y pase desapercibida; pero ella está ahí, eficazmente presente, sosteniendo el hogar con toda la dedicación y el trabajo que lleva consigo.

En el curso de los días y de los meses, hay ocasiones en que celebramos a María, la Madre del Hijo de Dios, madre nuestra y madre de la Iglesia. El mes de mayo es el mes dedicado por excelencia a la Virgen María para honrarla con el ejercicio de las flores,  para rezarla de modo especial, para agradecer su presencia y su servicio, para invocar su protección, para sentirnos amados por ella y para dar gracias a Dios por tan buena Madre.

Pero es, sobre todo,  un mes para contemplarla e imitarla en nuestro camino de fe cristiana, y de vida y de misión comunitaria como Iglesia del Señor. Los cristianos sabemos que ella nos mira y nos acoge con verdadero amor de Madre; cada uno de nosotros y la Iglesia entera, como ya ocurrió en sus primeros tiempos, estamos en su corazón; ella cuida de nuestras personas y de nuestras vidas, de nuestros afanes y de nuestras tareas; ella ora con nosotros y nos alienta en nuestra misión evangelizadora como lo hizo con los Apóstoles; María camina siempre con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades.

La Virgen no quiere que nos quedemos en ella; la Virgen dirige nuestra mirada hacia su Hijo; ella nos lo ofrece y nos lleva a Él. Su deseo más ferviente es que nuestra devoción hacia su persona sea el camino para nuestro encuentro personal con Cristo Jesús y con su Palabra para que se afiance nuestra fe y se renueve nuestra vida cristiana. Por ello, nuestro amor y nuestra devoción a Maria deben estar siempre orientados a Cristo. Porque Cristo Jesús, el Señor Resucitado, es el centro y fundamento de nuestra fe. El es el Salvador, el único Mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús es el Camino para ir a Dios y a los hermanos; Él es la Verdad que nos muestra el misterio de Dios y, a la vez, el misterio y la grandeza del ser humano; y Él la Vida en plenitud que Dios nos regala con su pasión, muerte y resurrección. María es siempre camino que conduce a Jesús, fruto bendito de su vientre. María, Madre de Dios y Madre nuestra, no deja de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5).

Nuestra devoción a la Virgen María será auténtica, si realmente nos lleva al encuentro con Cristo, a la conversión a Dios y a sus mandamientos, a fortalecer nuestra fe y vida cristiana, a dejarnos evangelizar para ser una Iglesia misionera. María es la humilde esclava del Señor, la Madre que nos da a Dios, la primera discípula de su Hijo, el modelo perfecto de imitación y de seguimiento de Jesús. Si honramos a María con amor sincero acogeremos de sus manos a Jesús, el Hijo de Dios, para encontrarnos con El, conocerle, amarle y seguirle con una adhesión personal en estrecha unión y en comunión con los Pastores de su Iglesia.

María nos anima y exhorta hoy de modo especial a la perseverancia en la fe en su Hijo, como lo hizo con los primeros cristianos, para ser testigos de Dios y de su amor en nuestro mundo. A Cristo por María: este es mi deseo para todos en este mes de Mayo, dedicado a la Virgen.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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