Ordenación de cuatro presbíteros

 

Castellón, S.I. Con-catedral de Sta. María, 3 de Julio de 2008

  

Amados hermanos y hermanas en el Señor

“Cantaré eternamente, tus misericordias, Señor” (Sal 88). En esta mañana nos unimos a vuestra alegría, queridos Telesforo, Marc, Angel y Juan Carlos, y con vosotros cantamos al Señor por su gran amor hacia vosotros, y, en vuestras personas, para vuestras familias y para nuestra Iglesia diocesana. Las palabras del Salmista nos invitan una vez más a la alabanza y a la acción de gracias a Dios: hoy lo hacemos por vuestra vocación y por vuestra ordenación sacerdotal. Ambas son una gracia de Dios para vosotros; sí, pero también y ante todo para nuestra Iglesia, que en estos tiempos de escasez vocacional, se ve una vez más agraciada en vuestras personas.

Gracias sean dadas a Dios, que te os llamado, cuidado y enriquecido con sus dones a lo largo de estos años de Seminario en que habéis sabido acoger, discernir y madurar su llamada. Bien sabéis, que, como en tantos otros casos, en todo este proceso vuestro no hay aparentemente nada de extraordinario, salvo la acción amorosa de Dios, su amor misericordioso. Gracias le sean dadas por vuestro corazón disponible, generoso y agradecido a su vocación; gracias por vuestra fe confiada en el Señor, que os ha ayudado a superar miedos y temores.

Sí, hermanos, cantemos eternamente las misericordias del Señor: Dios muestra de nuevo su benevolencia para con nosotros, para con esta Iglesia suya, que peregrina en Segorbe-Castellón y, en ella, para toda la Iglesia. Quiero también expresar mi profunda gratitud y felicitación a todos cuantos han cuidado de vuestra formación, así como a vuestros padres, familiares y a todos los que os han ayudado a discernir, acoger y madurar la llamada del Señor al sacerdocio; a todos cuantos os han animado a corresponder a ella con alegría, confianza y generosidad con que lo hacéis. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de vosotros, para que perseveréis en el ministerio sacerdotal y podáis cumplir la misión que el Señor os confía hoy.

En la primera lectura hemos proclamado la elección del profeta Jeremías: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; ante de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles” (Jer 1, 4-5). Jeremías es elegido y llamado por pura gracia de Dios. El Señor le llama; no por mérito alguno por su parte, sino por puro don y gracia. Jeremías, por su parte, se siente indigno e incapaz para la misión que Dios le encomienda; tiene miedo ante la misión. Es la elección de Dios, es su llamada y es su fuerza las que hacen de Jeremías profeta del Señor.

Vosotros también, queridos hijos y hermanos, habéis ido descubriendo poco a poco que era Dios quien os había elegido desde antes de ser concebidos para ser sus presbíteros de la Iglesia del Señor; no por vuestros méritos ciertamente, sino por pura gracia. Vosotros también habéis escuchado la llamada certera del Señor a su seguimiento.

Como en el caso de Jeremías, puede que al inicio de vuestro ministerio os embargue también el miedo: miedo ante vosotros mismos por vuestras limitaciones y debilidades, miedo ante la misión en un mundo secularizado y la debilidad de nuestra iglesia en muchos de sus miembros y comunidades; miedo ante un ambiente cada vez más hostil frente a la Iglesia; miedo ante las amenazas cada vez más fuertes del laicismo excluyente y anticristiano, que nos aparece todopoderoso. En estas circunstancias resuenan hoy de nuevo las palabras del Señor a Jeremías: “No les tengas miedo, que yo estaré contigo para librarte” (Jer 1, 30). La iniciativa divina y la fuerza de Dios rompen siempre los débiles razonamientos humanos.

¡No tengáis miedo! El mismo Señor Jesús tendrá que repetir estas palabras a los Apóstoles cuando dudan en su fe o cuando desconfían de la fuerza de palabra de Jesús: es una llamada a que sientan de cerca la fuerza sobrenatural y a que superen el miedo de poder responder al gran don de Dios. ¡No tengáis miedo! os dice el Señor hoy a vosotros. Dios que os concede el don del ministerio sacerdotal, os concede también la fuerza para vivirlo. Es bueno, sin embargo, acoger y vivir el ministerio con el temor de Dios, para sentirse hoy y siempre pequeños y pobres ante Dios, para ser conscientes hoy y siempre de nuestra flaqueza y debilidad ante la grandeza de Dios, para experimentar nuestra poquedad frente a la riqueza del Omnipotente. El Papa san León Magno se pregunta: “¿Quién no verá en Cristo mismo la propia debilidad?”. Jeremías se ve indigno e incapaz, es la fuerza de Dios lo que le hace superar sus miedos. También María, la humilde doncella del pueblo, se ve tan poca cosa… ¡pero en Dios se siente fuerte y desaparece el miedo!

Siendo conscientes de nuestra debilidad, comprendemos con San Pablo que Dios “ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte” (1Cor 1,26). Siguiendo el ejemplo de Jeremías, de Pablo y de tantos otros, podéis hacer vuestras  las Palabras de Jesús, el Buen Pastor, con quien hoy seréis configurados: “Aquí estoy, Señor para hacer tu voluntad”.

Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11), dice Jesús de sí mismo, en el Evangelio que hemos proclamado. Jesús es el Buen Pastor, porque da la vida por las ovejas; porque las conoce bien y vive entre ellas participando de sus problemas, porque se preocupa especialmente de las que están fuera del redil.

Vosotros, queridos hijos, vais a ser ungidos, consagrados y enviados para ser pastores y guías al servicio del pueblo de Dios, en nombre y en representación de Cristo Jesús, el Buen Pastor. Jesús, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, ejemplo sublime de entrega amorosa, invita ‘a quienes el constituye pastores, según su corazón’ a seguir sus mismas huellas.

La primera y principal característica del buen pastor es dar, gastar y desgastar la propia vida por las ovejas. Es la suprema muestra del amor, del celo apostólico, de la caridad pastoral. De lo contrario se vivirá no para el ministerio, sino del ministerio; se servirá uno de él en beneficio y provecho propio, en lugar de vivirlo como servicio desinteresado a los hermanos.

San Pedro nos exhorta: “Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1 Pt 5,2-3). No es el despotismo autoritario, sino el amor entrañable y el servicio fraterno, lo que caracteriza al buen pastor. Ser buen pastor exige entrega incondicional y amor entrañable a los co-presbiteros, a la comunidad y a cada persona. Nuestra motivación sólo puede ser el servicio y el testimonio de una entrega total y desinteresada a la comunidad y a los hermanos: nuestro único interés ha de ser Jesucristo, su Evangelio y llevar a las personas al encuentro con Cristo y su salvación.

Para ser buen reflejo de Cristo, el Buen Pastor, es preciso que os identifiquéis más y más con El. Vivid de tal modo que la identificación con Cristo se refleje cada día más y mejor en toda vuestra existencia para ser para los demás una imagen lo más transparente posible del Buen Pastor.

Por ello no puede caer en el olvido vuestra referencia permanente y dinámica de vuestras personas y de vuestro ministerio a Cristo, el Buen Pastor y al lugar central que le corresponde. No podréis ser buenos pastores, tras las huellas del buen Pastor, sin una profunda relación de amor con Dios Padre, buscando siempre su voluntad, como Cristo Jesús. Y no podréis tampoco ser buenos pastores, sin cultivar una profunda relación de amor y amistad con Cristo Jesús, el Buen Pastor. Nadie da lo que no tiene. Nadie puede transmitir a Cristo, si no está unido vital y existencialmente a Él por el amor. Si estamos desnutridos, si estamos alejados de la fuente de la  Vida, no podremos transmitir vida. Sólo desde nuestro amor a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que El nos encomienda, con respeto, con comprensión y, sobre todo, con verdadero amor. Nuestra caridad pastoral será la prueba de nuestro amor a Cristo.

Como sacerdotes seréis hombres de la Palabra: os corresponderá la tarea de llevar en nombre de Cristo y de su Iglesia el anuncio del Evangelio a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo, a los niños y adolescentes, a los jóvenes y a los adultos. Deberéis hacerlo con gran sentido de responsabilidad, comprometiéndote a estar siempre en plena sintonía y comunión con la fe de la Iglesia.

Seréis también hombres de la Eucaristía, mediante la cual entréis cada vez más en el corazón del misterio pascual. En la Eucaristía se actualiza la sacrificio redentor del Señor, la oblación de su cuerpo, una vez para siempre, por la que todos quedamos santificados (cf. Heb 1, 10). Al entregaros la patena y el cáliz, os diré: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras,  conforma tu vida con el misterio de la Cruz”. La celebración de la Eucaristía pide la entrega total de tu persona como Cristo Jesús hasta dar la vida. ¡Haced de vosotros y de vuestra existencia un don generoso y creativo de ti mismo a Cristo, a su Evangelio y a los hermanos! No cedáis nunca a la tentación de replegaros en vosotros mismos, o de conformaros con lo ya hecho, o de caer en el pesimismo o en el cansancio.

¡Que María, la virgen, que os ha acompañado en vuestro proceso vocacional os aliente y proteja en la nueva etapa que hoy comenzáis con alegría y esperanza como presbíteros de la Iglesia del Señor! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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