Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral, 8 de abril de 2007

 

“!Cristo ha resucitado! Aleluya!”. Es la Pascua de la Resurrección del Señor, el Día en que actuó el Señor, el día del gozo y del triunfo, de la gloria y de las promesas cumplidas. La exaltación que Juan veía ya en la Cruz se hace hoy realidad y experiencia deslumbrante. Cristo ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo ya “no está aquí”, en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. No: El no está aquí, ¡Ha resucitado!. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

¡Cristo ha resucitado! Por ello podemos cantar: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. El autor de la vida ha vencido a la muerte. Alegrémonos, hermanos: Cristo ha resucitado y, en su resurrección, Dios muestra que ha aceptado el sacrificio de su Hijo y en Él hemos sido salvados. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad de nuestra fe. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte, de las tinieblas, del dolor y de la angustia. La resurrección de Cristo, hermanos, no es un mito para cantar lo que siempre sucede: el eterno retorno de la naturaleza, que florece de nuevo en primavera, o el proceso interminable de continuadas reencarnaciones, o una vuelta a la vida para volver a morir desesperadamente. Tampoco es una “historia piadosa” nacida de la credulidad de las mujeres o de la profunda frustración de un puñado de discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre.

La Palabra de Dios de hoy nos invita a acercarnos a la resurrección del Señor, acogiendo con fe el signo del sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de personas concretas, “los testigos que él había designado”, a los que se apareció, con los que comió y bebió después de su resurrección”; a ellos les encargó dar solemne fe y testimonio de su resurrección (cf. Hech, 10, 41-42).

La tumba-vacía es un signo esencial, aunque imperfecto, de la resurrección. Algunos, como María Magdalena, ante el hecho del sepulcro vacío, exclamarán: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Otros, como Pedro, se contentarán con certificar fríamente el hecho: “entró en el sepulcro y vio las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6). Otros, como Juan, no se contentarán con la sola certificación del hecho.  Juan “vio y creyó.  Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,8-9). El suceso mismo de la resurrección, el paso de la muerte a la vida de Jesús, no tiene testigos. Las mujeres, los Apóstoles y los discípulos se encuentran con Cristo Vivo, una vez resucitado. Para aceptar el sepulcro vacío como signo de su resurrección es necesaria la fe, como Juan; y como en el resto de los discípulos es necesario el encuentro personal con el Resucitado para superar las dudas y la primera incredulidad.  “Nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21), dirán los discípulos de Emaús,Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”, dirá Tomás (Jn 20, 25).

Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide tamben de nosotros un acto de fe en comunión con la fe de los apóstoles, testigos de la resurrección; una fe que nos es trasmitida en sus sucesores, los Obispos, y en la comunidad de sus discípulos, la Iglesia. La resurrección pide creer personalmente que Cristo vive; pide el encuentro personal con El en la comunidad de los creyentes. Nuestra fe no es fácil o débil credulidad; se basa en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con Él directamente en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (Hech 10, 39-41). A los testigos se les cree, según la confianza que merecen, según el índice de credibilidad que se les reconoce. Pedro y el resto de los Apóstoles dan testimonio de algo de lo que están convencidos. Tan convencidos, que llegarán a dar la vida por Cristo.

¡Cristo ha resucitado! Cristo Jesús no es una figura del pasado, alguien que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos su recuerdo y su ejemplo. Su resurrección no es un hecho histórico hundido en el pasado y sin actualidad y vigencia para nosotros. No. ¡Cristo vive! El es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Su resurrección nos muestra que Dios no abandona a los suyos, a la humanidad, a la creación entera. Con la resurrección gloriosa del Señor todo adquiere nuevo sentido: la existencia humana, la historia de la humanidad y el futuro de la creación.

¡Cristo ha resucitado! Y lo ha hecho por todos nosotros y por todos los hombres. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir desde ahora.

A los bautizados, nos recuerda San Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1). Celebrar a Cristo resucitado significa reavivar la vida nueva recibida en la fuente del bautismo: una vida que rompe las fronteras del tiempo y del espacio, porque es germen de eternidad; una vida, que anclada en la tierra, vive, sin embargo, según los bienes de allá arriba, los bienes del Reino de Dios: reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia de amor y de paz. Celebrar a Cristo resucitado nos llama a vivir libres de la esclavitud del pecado y en servicio constante al Dios vivo, presente en los hombres y en la creación resucitada.

Hoy, la Iglesia y las comunidades cristianas se revisten de sus mejores galas, porque en ellas Cristo resucita: Es el triunfo de la vida de Dios. Y cuantos celebramos esta Pascua podemos afirmar: ¡Cristo está aquí!, en medio de nosotros. “Lo veréis en Galilea”, y cada comunidad es Galilea: donde se reúnen los que creen y los que aman es Galilea. Él está aquí, en medio de nosotros, y nos habla al corazón. Él está aquí, y nos cura de nuestras dudas y nuestros miedos. Él está aquí, y se deja palpar y exhala su Espíritu en nosotros. Él está aquí, y nos alimenta con su palabra y con su cuerpo. Él está aquí, y nos renueva, nos pacifica y nos resucita. Él está aquí, y nos envía a ser testigos de su resurrección.

La Pascua de Cristo está llamada a prolongarse en la Iglesia y en el mundo, en cada persona y en la sociedad. Es un proceso de lucha contra el mal y de superación de la muerte, porque en Cristo resucitado la Vida ha vencido a la muerte.

¡Cristo ha resucitado! Este es el anuncio central de nuestra fe y el fundamento de la esperanza de la humanidad. Si Cristo no hubiera resucitado, no sólo sería vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14), sino también nuestra esperanza, porque seríamos rehenes del mal y la muerte. “Ahora, en cambio, Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto” (1 Co 15,20). Con su muerte, Jesús ha quebrantado y vencido la ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa, el pecado.

“¡Paz a vosotros!” (Jn 20,19.20). Éste primer saludo del Resucitado a sus discípulos se repite hoy al mundo entero. Para todos, especialmente para los pequeños y los pobres, la Pascua proclama hoy la esperanza de la paz, de la paz verdadera, basada en los sólidos pilares del amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad. ¡Que la paz triunfe sobre las guerras en todas las regiones del mundo, que la padecen! ¡Que la paz del Resucitado triunfe sobre la violencia verbal y física! ¡Que la paz del Resucitado transforme nuestros corazones y supere la crispación en nuestra sociedad! ¡Que el perdón, don del resucitado, derrote y supere nuestra lógica humana de la venganza y de la violencia, del rencor y del odio! ¡Que el Señor resucitado nos libre del peligro de un dramático choque entre las culturas y las religiones!

Como a los Apóstoles asustados en la tempestad del lago, Cristo nos repite hoy a todos: “¡Ánimo, soy yo, no temáis!”. (Mc 6,50). Si Él está con nosotros, ¿por qué tener miedo? Su presencia nos da fuerza para superar nuestras zozobras en la fe, para superar nuestros miedos y respetos humanos a confesarnos cristianos y a vivir como tales, para seguir anunciando como Iglesia a Jesucristo y su Evangelio a todo hombre y mujer de buena voluntad. Aunque parezca muy oscuro el horizonte de la humanidad, hoy celebramos el triunfo esplendoroso de la alegría pascual. Si un viento contrario obstaculiza el camino de los pueblos, si se hace borrascoso el mar de la historia, no podemos ceder al desaliento y a la desconfianza.

¡Cristo ha resucitado! Cristo está vivo entre nosotros. El está realmente presente en el sacramento de la Eucaristía: Él se ofrece como Pan de salvación y como Alimento de los peregrinos. Ha resucitado Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Aleluya!
 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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