Semana Santa: Celebración de la fe cristiana

Queridos diocesanos

El Domingo de Ramos comenzamos la Semana Santa, un verdadero camino espiritual hacia la Pascua. A esta semana la llamamos ‘santa’ porque en ella celebramos los misterios santos de nuestra redención: la pasión, la muerte y la resurrección del Señor. Un año más, la Iglesia nos convoca a conmemorar, contemplar y celebrar con fe viva esta verdad central de nuestra fe: el misterio pascual del Señor, el ‘paso’ confiado de Jesús hacia el Padre; el paso del Señor a la Vida a través del dolor y de la muerte.

La liturgia del Domingo de Ramos nos ofrece, con fina y sabia pedagogía, una síntesis anticipada del misterio pascual. En la procesión de palmas recordamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y en las lecturas de la Misa contemplamos al Siervo de Dios, que sufre y muere para pasar al triunfo pascual. Jesús, el Mesías y Rey, triunfante y doliente, es aclamado y escarnecido a un tiempo: son las dos caras del misterio pascual. En la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén se anticipa su triunfo definitivo sobre el pecado y sobre la muerte en la pascua de resurrección. El Domingo de Ramos inauguramos la celebración de la Pascua, el paso de las tinieblas a la luz, de la humillación a la gloria, del pecado a la gracia y de la muerte a la vida.

La palma del triunfo y la cruz de la pasión no son una paradoja, ni un contrasentido. Son, más bien, el centro del misterio que creemos, proclamamos y actualizamos en la Semana Santa. Jesús se entrega voluntariamente a la pasión, afronta libremente la muerte en la cruz, y en su muerte triunfa la vida. Atento a la voluntad del Padre, comprende que ha llegado su “hora”, y la acepta con la obediencia libre del Hijo y con un infinito amor a los hombres: “Sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo  amado  a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

Estos días son los de mayor intensidad litúrgica de todo el año, una intensidad que ha calado hondamente en la religiosidad cristiana de nuestro pueblo. Las Cofradías de Semana Santa, presentes a lo largo y ancho de nuestra Diócesis, son el mejor ejemplo del profundo arraigo de la fe cristiana entre nosotros. No dejemos que todo quede en la tradición y en la estética; o que la Semana Santa, despojada de su núcleo santo, quede reducida a expresión cultural o evento turístico.

Porque, bien puede ocurrir que, llevados por el ambiente de fiesta y de ocio de estos días o quizá arrastrados por el contexto secularizado que nos circunda, nos quedemos en lo superficial y exterior y perdamos de vista la profundidad santa y divina de la Semana Santa. Para muchos, la Semana Santa se está vaciando de contenido y, para algunos, ya está vacía en su interior. Esto ocurre cuando nuestras procesiones se separan de la fe y vida de la Iglesia y no se participa en las celebraciones litúrgicas; o cuando las procesiones no son ya expresión de una fe viva y vivida en Cristo Jesús, que padece, muere y resucita; o cuando la Semana Santa no tiene incidencia alguna en nuestra vida cristiana, personal y comunitaria, familiar y social. Vivamos con fe la Semana Santa. Dejemos que nuestras celebraciones litúrgicas y nuestras procesiones de estos días aviven nuestra fe en el Señor y nuestra vida cristiana.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segore-Castellón

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