Testigos del Resucitado

Queridos diocesanos:

¡Cristo ha resucitado verdaderamente. Aleluya! Con este saludo pascual, los cristianos mostramos nuestra alegría porque Cristo ha resucitado. En su Pascua ha triunfado definitivamente la Vida sobre la muerte, el amor misericordioso de Dios sobre el pecado, y el perdón y la paz de Dios sobre el odio humano y su poder destructor.

Una nueva humanidad es posible, porque Cristo Jesús ha resucitado y lo ha hecho por todos nosotros. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su muerte redentora y su vida gloriosa es un inagotable tesoro, que se ofrece a todos los hombres de todos los tiempos. Todos sin distinción estamos llamados a participar de la fuerza regeneradora de la resurrección del Señor. Cristo resucitado es la luz del mundo que abre caminos de esperanza a toda la humanidad. Cristo muerto y resucitado abre horizontes de eternidad al ser humano. Porque Cristo Jesús ha resucitado sabemos que nuestro destino no es la tumba: Si Cristo ha resucitado, todos nosotros resucitaremos, nos recuerda S. Pablo (1 Cor 6, 14), y ello fundamenta nuestra esperanza, de modo que podamos vivir con el gozo del Espíritu.

Por el bautismo, los bautizados hemos renacido a la nueva Vida del Resucitado: es como una semilla implantada en el bautizado, que es fuerza de transformación y, germinalmente, la gracia de nuestra futura resurrección; es una semilla, destinada a crecer y dar forma y color a toda la existencia del bautizado. “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1-2).

La Pascua llama a todos los bautizados a avivar el propio Bautismo, por el que  hemos sido transformados en nuevas criaturas. Nuestra alegría pascual será verdadera si nos encontramos de verdad con el Resucitado en lo más profundo de nuestra persona; si nos dejamos llenar de su Vida y de su Paz; es esa Vida y esa Paz que vienen de Dios y generan Vida y Paz entre los hombres. El  encuentro personal con el Resucitado teñirá toda nuestra vida, nuestra relación con los demás y con toda la creación.

Celebrar de verdad la Pascua nos lleva necesariamente al testimonio. Los Apóstoles fueron, antes que nada, testigos vivos de la resurrección de Jesús. Como lo fue un sucesor suyo y Obispo de nuestra Diócesis, Mons. José María Cases -según me refieren quienes lo conocieron-, que falleció hace ya 10 años. Así también los cristianos hemos de ser testigos del Señor Resucitado. Sean cuales sean las dificultades, éste es nuestro deber más sagrado: transmitir de palabra y por el testimonio de las buenas obras la Buena Noticia de que en la resurrección de Cristo han sido vencidos definitivamente el pecado y la muerte, el odio y el egoísmo.

La caridad de Cristo nos apremia a los bautizados a dar testimonio del Resucitado, Vida para el mundo, ante una ‘cultura de la muerte’ que se extiende como una mancha de aceite en nuestra sociedad y mata toda esperanza. Demos testimonio con una vida honesta, honrada y sin doblez. A lo largo de dos mil años, los santos han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. Vivamos también hoy los cristianos con alegría y fidelidad el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora en todas partes. Lo espera una sociedad necesitada de una regeneración espiritual y moral profunda.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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